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Entre la modestia y la humildad

¡Hola familia de mi alma, feliz año! ¡Feliz 2012!

Como de costumbre, ayer nos reunimos en nuestro centro. Como era el primer sábado de mes, tocaba el estudio del Evangelio según el Espiritismo, guiados por nuestra querida Vera Lucia. ¿Qué mejor manera de empezar el año que estudiando el mensaje de amor que nos ha dejado el Dulce Maestro?
¿Y qué mejor tema, entre todos, que el de la caridad, para iluminar los propósitos de todos nosotros durante este año que se inicia? Sí, señoras y señores, tocaba estudiar un texto extraído del capítulo XIII del Evangelio según el Espiritismo, que nos habla de las diferentes formas de hacer la caridad.
"Hacer bien sin ostentación es un gran mérito; ocultar la mano que da es aún más meritorio; es señal incontestable de una gran superioridad moral, porque es menester ver las cosas de más alto que lo que se ven vulgarmente, es preciso hacer abstracción de la vida presente e identificarse con la vida futura; en una palabra, es menester colocarse sobre la Humanidad para renunciar a la satisfacción que procura el testimonio de los hombres y esperar la aprobación de Dios." Evangelio según el Espiritismo, cap. XIII.
Parecía que estudiaríamos el mismo mensaje de siempre… “que no sepa la mano derecha lo que hace la izquierda”… Aun que no seamos aun capaces de dar sin esperar nada a cambio, sabemos que este es el camino que conduce a la perfección. Sin embargo, Vera tenía planes más ambiciosos para la tarde. Ella quería que profundizáramos en la comprensión de las formas de hacer la caridad: la caridad que se hace con modestia y la que se hace con humildad. Ella realmente quería que nos hiciéramos un lío mental: ¿qué diferencia hay entre la modestia y la humildad? ¿Se puede ser modesto sin ser humilde? ¿Existe humildad sin modestia?

Os presento el resumen de lo que conseguimos esclarecer entre todos, pero os invitamos a los lectores a seguir profundizando en la reflexión.

La modestia es esencial para la humildad. Aun que parezca una cuestión de matiz, la humildad es algo más profundo, mientras que la modestia seria más superficial. De hecho, así empieza el texto de estudio de la tarde: “Hacer bien sin ostentación es un gran mérito; ocultar la mano que da es aún más meritorio.” Es decir, está bien hacer el bien sin alarde, pero es aun más elevado ser capaz de callar el bien que se hace.

Muchos ya somos capaces de hacer el bien sin alarde. Está claro que no esperamos salir en los periódicos, ni tampoco que nos abran las puertas cuando pasemos porque damos nuestros primeros pasos en el auxilio a los demás. Aun y así, lo normalito entre la mayoría de nosotros es que lo expliquemos a alguien más. Basta con dar un pequeñito paso en el servicio al prójimo, como visitar una residencia, ir al Cottolengo, hacer una donación a un proyecto asistencial… que aparece el gusanillo del orgullo… ¡Entran unas ganas de decir a la gente que estamos haciendo la caridad! Como ya somos mayorcitos, nos controlamos… Sólo lo explicamos así, a boca pequeña, a aquel amigo, a la familia o a otros compañeros de ideal espírita. Así, casi sin querer, dejamos caer: “Sí, sí, hay que ayudar a los demás. Yo colaboro con los proyectos asistenciales de nuestro centro”; “Me encanta ir al Cottolengo! ¿No sabes qué es? Es una institución de caridad con la que yo colaboro…”.

¿Y por qué tenemos tantas ganas de explicar a los otros el bien que hemos hecho? Porque estamos todos hambrientos de amor. Todos deseamos ser amados, aceptados, admirados por los demás. Tenemos mucha necesidad de afecto, de que se nos quiera, de sentirnos necesarios. El ego nos pide ardientemente que informemos a los demás que tienen razones para amarnos.

A esta altura, ya podemos volver a la advertencia contra el gusanillo del orgullo, que también la encontramos en el texto de estudio de esta tarde:
"El que aprecia más el sufragio de los hombres que el de Dios, prueba que tiene más fe en los hombres que en Dios, y que la vida presente es más apreciable para él que la vida futura; o lo que es lo mismo, que no cree en la vida futura; si dice lo contrario, obra como si no creyese en lo que dice." Evangelio según el Espiritismo, cap. XIII.
 Así fue como llegamos a una operación casi matemática: cuanto más confiamos en Dios, menos necesitamos que nos amen los demás; cuanto más necesitamos el amor y la admiración de los demás, menos confiamos en Dios. Le podemos dar cuantas vueltas queramos a esta operación, que el resultado es siempre el mismo: si amas a Dios, amas a tu prójimo, pero no necesitas que tu prójimo te de nada a cambio. Fijaros que no es una cuestión de “sí” o “no”, 8 o 80. Es un verdadero continuo. A medida que aprendemos a ignorar la voz de nuestro ego, poco a poco vamos perfeccionando nuestra forma de hacer el bien. Entendamos que esta es una larga jornada: para los que ya hemos abandonado el mal, hacer el bien es un primer paso. Pero luego hay que aprender a hacerlo sin alarde. Y más adelante con modestia. Para solo entonces aprender a hacerlo con humildad, que es cuando la caridad se hace por amor. En el silencio, que solo conoce Dios, se erigen las verdaderas obras de amor, libres de toda manifestación del ego, por encima de toda necesidad que no sea la de dar de sí.

Jesús fue y es la máxima expresión conocida por la humanidad terrestre de lo que comentamos. Él que era justo y bueno, que no supo hacer más que consolar  a los  desamparados, curar los enfermos y dar esperanza a los hombres, murió colgado en la cruz. He ahí, durante su calvario, una prueba más de su máxima confianza en Dios. Jesús no necesitaba el amor de los hombres porque se entregaba totalmente en los brazos del Padre. Jesús no necesitaba sentirse querido, admirado o comprendido por los hombres, porque estaba en comunión con Dios.

 Nosotros no nos podemos comparar a Jesús y no debemos exigir de nosotros mismos, tampoco de los demás, el amor incondicional, que aun no somos capaces de alcanzar. Pero sí podemos mirarLe como un modelo, seguirLe los pasos, usar Sus enseñanzas como inspiración, luz y guía de nuestras conciencias. Empecemos por la caridad modesta. Aprendamos poco a poco a callar el bien que hacemos. Caminemos siempre, buscando la sintonía con la espiritualidad superior, unidos por el ideal mayor de la doctrina espiritista: FUERA DE LA CARIDAD NO HAY SALVACIÓN. 

Cariños de la hermana menor.

Comentarios

  1. Querida hermanita menor:

    Muy linda y veraz su reflexión sobre la CARIDAD!... Nos cuesta muuuuucho hacer cualquier cosa sin alardearla. Es verdad, todos tenemos HAMBRE DE AFECTO, DE RECONOCIMIENTO, de allí es que nos cuesta callar realmente nuestras buenas obras. Jesús comprende que esas son etapas de nuestro crecimiento hacia Dios. Pero llegará el momento EN QUE LO HAREMOS, de forma hermosamente callada, humilde y olorosa, con un perfume interior de AMOR DIVINO tan intenso que pasamos a elaborar, por hobbie, con la seguridad que TAN SÓLO EL CREADOR LO PERCIBE Y NOS SOSTIENE EL ATREVIMIENTO DE AMAR CON VERDADERA CARIDAD, POR LA FELICIDAD DE APRENDER A SERVIR A DIOS EN LA FIGURA DEL PRÓJIMO.
    Felicitaciones por tan bellos estímulos que nos plasmó en su blog del CEADS como alimento de crecimiento espiritual al inicio de 2012!...

    Saludos afectuosos,

    APRENDIZ DEL AMOR DE JESÚS

    ResponderEliminar
  2. Querida Aprendiz, a mi me tocó mucho la clase porque lo vivo al diario! Para mí es como si el Evangelio me estuviera convocando a otra fase de la caridad en mi vida. Por ejemplo, cuando visito los niños del Cottolengo y me reconocen, me alegro... y ahora veo que he dedicado más amor a los que dan muestras de reconocerme que a los demás, simplemente porque me devuelven el amor que les doy. Esto es algo natural, pero me ha checho un clic en el corazón entender entender las dos formas de hacer la caridad. Muchas gracias, Vera, por tu orientación en el estudio del Evangelio, y a los compañeros de CEADS que enriquecen tanto la clase. Besos de la hermana menor

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