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De pensamientos propios y ajenos

Buenas familia de mi alma,

Ayer en CEADS vivimos un sábado más de aprendizaje y crecimiento. Nos separamos en dos grupos, leímos el texto que os había adelantado en el blog e intercambiamos impresiones e ideas sobre el tema. Las principales conclusiones del estudio se podrían resumir así:

  • La influencia de los espíritus en la vida cotidiana, en nuestros pensamientos y actitudes, es un hecho. En realidad, su influencia en nuestros pensamientos y reacciones es mayor de los que a menudo pensamos.
  • No es posible ni útil detenerse a distinguir los pensamientos propios de los ajenos. Los que sí es una responsabilidad ineludible es distinguir entre los buenos pensamientos, que nos exhortan a la paciencia, la calma y el equilibrio, y los pensamientos que nos arrastran a actitudes de arrogancia, intolerancia, angustia o agresividad. Identificar la naturaleza de los pensamientos y sentimientos y trabajar con disciplina en la búsqueda de la sintonía con el amor es tarea de cada uno.
  • Nadie puede transferir la responsabilidad de sus actos a los desencarnados, culpabilizándoles por sus actitudes infelices. Todos estamos dotados del libre albedrío y somos responsables de nuestras elecciones.
Gracias a la psicografía, los espíritas conocemos relatos de espíritus desencarnados que nos cuentan sus experiencias para que aprendamos de ellas. Para ilustrar la clase, los monitores nos presentaron el caso de Saquarema, que permitió que la influencia pacífica pero negativa de los espíritus le robaran preciosas oportunidades de evolucionar.

"Cuando volví a encontrarme con mi amigo Custodio Saquarema en la Vida Espiritual, después de la efusión afectiva de compañeros separados desde mucho tiempo atrás, la charla se orientó naturalmente hacia comentarios relativos a la nueva situación. Sabía que Custodio pertenecía a una familia espírita y seguramente, en esa condición, habría sacado el máximo de ventajas de la existencia que acababa de abandonar. Pensando en eso aventuré una pregunta, en la expectativa de saberlo con excelente bagaje para ingresar en habitaciones superiores. Sin embargo, Saquarema sonrió vagamente y me informó con la aguda autocrítica que le conocía en el mundo de los encarnados:

-Bien, mi querido, no aprecias lo que es una obsesión enmascarada, sin ninguna señal exterior. La tierra me mandó de vuelta para acá según el viejo principio de «ganó pero no se lo lleva». Acumulé mucha consideración y mucho dinero; sin embargo, retorné mucho más pobre que cuando partí rumbo a la reencarnación...

Como percibía que yo no estaba dispuesto a interrumpirlo, continó:

-No ignoras que renací en un hogar espírita, pero como le sucede a la mayoría de los que reencarnan, llevaba conmigo, ligados a mi clima psíquico, a algunos socios de vicios y extravagancias del pasado, quienes al no tener el vehículo de carne, se valían de mí para vincularse a las sensaciones del plano terrestre, como si yo fuera una vaca en condiciones de cooperar en la alimentación y conducción de una pequeña familia... Debes creer que, por mi parte, había retomado el arado de la vida física, llevando un excelente programa de trabajo que, de haber sido atendido me aseguraría un valioso avance en dirección a las vanguardias de la luz. No obstante, mis parásitos espirituales, astutos e inteligentes, actuaban disimuladamente sin que ni en lo más mínimo presintiera su influencia... Y, ¿sabes cómo lo hacían?

-¿... ?

- Por medio de simples reflexiones íntimas – prosiguió Saquarema desilusionado. Tan pronto salí de la adolescencia, con una buena dosis de razonamientos lógicos en la cabeza, los instructores amigos me exhortaban, por boca de mis padres, a cultivar el reino del espíritu, refiriéndose al estudio, a la abnegación, al perfeccionamiento, pero, dentro de mí las voces de mis compañeros surgían de mi mente como cursos de agua que fluyen de una vertiente, facilitándome la falsa idea de que hablaba conmigo mismo: «¿Cosas del alma, Custodio? Nade de eso. Este momento es para que vivas la juventud, la alegría, el sol... Deja la filosofía para después...». Transcurrido algún tiempo me gradué como Bachiller. Las advertencias provenientes del hogar se hicieron sentir con más intensidad, convocándome al deber; sin embargo, mis seguidores, hasta entonces invisibles para mí, replicaban también con una burla que los demás no oían: «¿Ahora? No es el momento oportuno. ¿De qué manera vas a armonizar la carrera que acabas de empezar con asuntos de religión? ¡Custodio, Custodio!... Respeta la opinión de la mayoría, ¡no te hagas el loco!...». Me casé y poco después llamamientos a la espiritualización recrudecieron a mí alrededor. Mis hábiles explotadores, sin embargo, comentaron con vivacidad:» ¡No cedas, Custodio! ¿Y las responsabilidades de familia? Es preciso trabajar, ganar dinero, obtener una posición, cuidar de la mujer y los hijos...». La muerte me quitó a mis padres y yo, abogado y dedicado a las finanzas, ya en la madurez oía todavía a los Buenos Espíritus, por intermedio de compañeros aplicados, que me exigían dedicarme a la elevación moral poniendo en ejecución los compromisos asumidos; no obstante, dentro de mi casa interior se acrecentaban los argumentos de mis obsesores inflexibles: «Custodio, tienes muchas ocupaciones... ¿Cómo vas a dedicar menos tiempo a los negocios? ¿Y la vida social? Piensa en la vida social.. No estás preparado para la siembre de la fe.» Enseguida, amigo mío, llegaron la vejez y la enfermedad, esas dos enfermeras del alma que vivían dándose la mano en la Tierra. Empecé a sufrir y a desengañarme. Algunos escasos amigos que me visitaban en mi ancianidad, me trasmitían las postreras invitaciones de la Espiritualidad Mayor, insistían conmigo, esperando que me consagrara a los sagrados asuntos del alma; sin embargo, desde entonces, los gritos de mis antiguos parásitos fueron más intensos, más irónicos, me inspiraban sarcasmo como si fuera yo mismo el que me ridiculizaba: ¡¿Tú, viejo Custodio?! ¿Qué vas a hacer con el Espiritismo? Es demasiado tarde... Profesión de fe, mensajes del otro mundo... ¿Qué se dirá de ti, mi viejo? Tus mejores amigos hablarán de locura, de senilidad... No tengas dudas... Tus propios hijos te privarán de derechos, como si fueras un enfermo mental, inepto para administrar ningún interés económico... Ya se te pasó el tiempo para eso...»

Saquarema me dirigió una significativa mirada y concluyó:

-Mis perseguidores no maltrataron mi cuerpo ni me turbaron la mente. Alimentaron tan sólo mi comodidad y con eso me impidieron todo avance renovador. Vuelvo de la Tierra, querido, imitando al labrador endeudado que regresa, con las manos vacías, de un campo fértil donde podría haber acumulado inimaginables tesoros... Sé que tú todavía escribes para los hombres, nuestros hermanos. Cuéntales mi pobre experiencia; cuando estés junto a ellos refiérete a la obsesión pacífica, peligrosa, enmascarada... ¡Diles algo acerca del valor del tiempo, de la grandeza potencial de cada momento, dentro de la peregrinación humana!

Abracé a Saquarema que quedaba con la esperanza puesta en nuevas oportunidades, prometiendo atender su solicitud. Y aquí transcribo su enseñanza personal, que podrá servir a muchos, a pesar de que tengo la certeza de que si ahora yo estuviera reencarnado en la Tierra y recibiera de alguien semejante lección, tal vez estuviera muy poco dispuesto a aprovecharla."
El El caso de nuestro amigo Saquarema es tocante. Sus “enemigos” espirituales consiguieron neutralizar en el toda la fuerza de renovación intima, pese a las invitaciones de crecimiento que la espiritualidad le enviaba constantemente a través de familiares y amigos. ¿Cuántas escusas somos capaces de poner para posponer el trabajo de iluminación interior?

Antes que nos apiademos demasiado de Saquarema por la obsesión sufrida durante toda su vida, desearía llamar la atención a su deuda para con sus supuestos enemigos. Saquarema no solo es responsable de posponer su auto- iluminación, sino que es corresponsable del atraso espiritual de toda la colonia de obsesores que le acompañaba. Me explico: De haber abrazado los valores del espiritismo, Saquarema habría llevado consigo a su compañía espiritual. No solo él mismo se habría beneficiado, sino todos los que convivían con él en su atmosfera psíquica. Al sucumbir a las orientaciones de sus obsesores, Saquarema renunció a las oportunidades de evolución que les ofrecían los amigos espirituales, pero también colaboró a que sus obsesores persistieran en la ignorancia. Al ser enviado a encarnar en un hogar espiritista, se supone que tenía la tarea de poner orden a lo que en el pasado había colaborado a desorganizar. Siendo él, el del grupo de espíritus en deuda recíproca, el escogido para encarnar, se supone que también era el que disponía de más elementos intelectuales y morales para aprovechar la oportunidad de reeducación propia y colectiva.

Bien. ¿Qué le pasará a nuestro amigo Saquarema? Rafa nos pidió que intentáramos “predecirle” el futuro. Siendo todo lo optimistas que la doctrina nos enseña a ser, hemos llegado a la conclusión de que Saquarema volverá a encarnar, vivirá situaciones difíciles, tendrá quizá que enfrentarse a la prueba de la mediumnidad, pero con el auxilio de la doctrina espiritista, que esta vez no desaprovechará, superará la prueba. Además, conmovido por las deudas del pasado, acogerá como hijos a sus antiguos obsesores, a quiénes educará en los valores espirituales del amor y de la caridad.

Familia, no hagamos como Saquarema, no dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy mismo. Aprendamos de los errores de nuestros hermanos, corrigiendo los nuestros propios y aprovechando las oportunidades de servicio y crecimiento que Dios y nuestro amado Maestro nos envían al diario.

Una semana de luz y auto-iluminación a todos.

Cariños de la hermana menor

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