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De justicia, luz y crecimiento

Hola familia, 

Ayer nos reunimos una vez más en nuestro querido centro. El tema de la clase no era fácil: la justicia divina. Sólo hace falta echar un vistazo alrededor para comprender su dificultad: ¿Dónde está la justicia divina que permite tanto dolor en el mundo? ¿Dónde la justicia si sufren los niños? ¿Cómo entender la justicia divina que permite que espíritus perversos encarnen entre los mansos? La verdad es que puede ser una experiencia bastante turbadora pensar en todo esto. Gracias a los recursos que la Doctrina de los Espíritus nos ofrecen, aún teniendo una idea limitada de qué es Dios, nos hemos acercado al tema sin dogmatismos, con responsabilidad y las conciencias abiertas. 

 Lo primero que hicimos fue leer 3 principios enunciados con claridad por los espíritus sobre el sufrimiento:

1. El sufrimiento es inherente a la imperfección.

Donde no hay imperfección, no hay dolor. Nuestra naturaleza es luminosa, obra perfecta de la inteligencia cósmica universal. En el momento de la creación éramos ignorantes. No habíamos hecho uso del libre albedrío. Cuando usamos mal al libre albedrío, empalicemos nuestra naturaleza luminosa con el sufrimiento que nuestras propias malas elecciones nos causan, pero en potencia, tenemos plena capacidad de amar. La madurez espiritual se alcanza aprendiendo a hacer un buen uso del libre albedrío.

2. Toda imperfección y toda falta que la motiva lleva consigo su propio “castigo”. 

Cada vez que hacemos mal uso del libre albedrío, por la ley de causa y efecto, producimos dolor para nosotros mismos. Uno puede pensar que esto sólo vale para las faltas importantes, como matar o robar… pero imperfecciones del alma como la intolerancia y la agresividad producen en la vida cotidiana una onda de negatividad que causa sufrimientos y desequilibrios que pronto o tarde tendrán que ser corregidos. La corrección es siempre dolorosa, porque, como hemos visto antes, es un signo de imperfección. 

3. Para asegurar su felicidad futura, el hombre debe deshacerse de sus imperfecciones. 

Este es bueníiiiiimo… Fijaros, tenemos que DESHACERNOS de cosas, no acumular… Hablamos mucho de perfeccionamiento moral, pero se nos olvida de que Dios nos creó perfectos… No necesitamos más para ser perfectos, necesitamos sí despojarnos de nuestras imperfecciones. Éstas han hecho una especie de costra alrededor nuestro… mirándonos unos a otros es difícil creer que bajo esta cosa a veces tan oscura exista un ser de luz, pero es así. Todas las criaturas de Dios son seres de luz. Solemos decir “me falta humildad”. Es un error. No nos falta humildad, nos sobra orgullo. Tenemos que despojarnos de nuestras imperfecciones para que nuestra naturaleza luminosa pueda brillar otra vez, sin que el mal uso que tantas veces hacemos del libre albedrío nos empalidezca y se acumule como una costra que impide ver nuestra belleza.

Quizá ayude desdramatizar algunas palabras, como JUSTICIA DIVINA, DEUDA, ARREPENTIMIENTO, REPARACIÓN y SUFRIMIENTO. Si entendemos la JUSTICIA DIVINA como la propia ley de progreso, la ley de causa y efecto, cuando alguien pregunte, ¿Dónde está la justicia divina?, podremos contestar: está escrita en la conciencia de los hombres. Y la tan temida DEUDA que tan frecuentemente decimos que habrá que rescatar y que algunos llegamos a llamar “castigo”, está mal entendida. ¿Qué le debemos a Dios? De hecho, con Él tenemos crédito, todo el crédito del mundo. Dios nos ha dado la eternidad para buscar la perfección, nos ha hecho perfectos, con plena capacidad de amar. A él no le debemos nada. Lo que pasa es que cuando no ejercemos nuestra capacidad de amar generamos dos tipos de necesidad: 1. La necesidad de ARREPENTIMIENTO, que nada más es que la necesidad de aceptar la verdad ante uno mismo; 2. La necesidad de REPARACIÓN, que es la necesidad de aceptar la verdad ante el otro. A estas dos necesidades solemos llama DOLOR y SUFRIMIENTO, pero igualmente las podríamos llamar aprendizaje y crecimiento. Así es cómo llegamos a entender cómo el dolor y el sufrimiento son mecanismos de la evolución

Después de estas consideraciones, leímos y comentamos algunos puntos retirados del libro “El Cielo y el Infierno” y luego escuchamos una bonita canción de nuestro compañero espírita Pedro Cabreara. Os dejo las dos cosas para inspirar la meditación en la Justicia Divina y os deseo desde la luz de mi corazón, que brille la luz del vuestro, libre del dolor y del sufrimiento.

Cariños de la hermana menor 

Del capítulo 7, 1ª. Parte de «El Cielo y el Infierno».

1. El alma o espíritu sufre en la vida espiritual las consecuencias de todas las imperfecciones de que no se ha despojado durante la vida corporal. Su estado dichoso o desgraciado es inherente al grado de su depuración o de sus imperfecciones. 

2. La dicha perfecta es inherente a la perfección, es decir, a la depuración completa del espíritu. Toda imperfección es a la vez una causa de sufrimiento y de goce, de la misma manera que toda cualidad adquirida es una causa de goce y atenuación de los sufrimientos. 

 3. “No hay una sola imperfección del alma que no lleve consigo sus consecuencias molestas e inevitables, ni buena cualidad que no sea origen de un goce.” La suma de penas es, de este modo, proporcional a la suma de imperfecciones, de la misma manera que la suma de goces está en razón de la suma de buenas cualidades. 

4. En virtud de la ley del progreso, teniendo el alma la posibilidad de adquirir el bien que le falta y de deshacerse de lo malo que tiene según sus esfuerzos y voluntad, se deduce que el porvenir no está cerrado a ninguna criatura. Dios no repudia a ninguno de sus hijos, recibiéndolos en su seno a medida que alcanzan la perfección, y dejando así a cada uno el mérito de sus obras. 

5. El sufrimiento, siendo inherente a la imperfección, como el goce lo es a la perfección, el alma lleva consigo misma su propio castigo en todas partes donde se encuentre. No hay necesidad para eso de un lugar circunscrito. Donde hay almas que sufren está el infierno, así como el cielo está en todas partes donde hay almas dichosas. 

6. El bien y el mal que se hace son producto de las buenas y malas cualidades que se poseen. No hacer el bien cuando se está en disposición de hacerlo es resultado de una imperfección. Si toda imperfección es una causa de sufrimiento, el espíritu debe sufrir no sólo por todo el mal que ha hecho, sino también por todo el bien que pudo hacer y no hizo durante su vida terrestre. 

 7. El espíritu sufre por el mismo mal que hizo, de modo que estando su atención incesantemente dirigida sobre las consecuencias de este mal, comprende mejor los inconvenientes y es incitado a corregirse de él. 

8. Siendo infinita la justicia de Dios, lleva una cuenta rigurosa del bien y del mal. Si no hay una sola mala acción, un solo mal pensamiento que no tenga sus consecuencias fatales, no hay una sola buena acción, un solo movimiento bueno del alma, el más ligero mérito, en una palabra, que sea perdido, aun en los más perversos, porque constituye un principio de progreso.

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