Ir al contenido principal

Conocimiento es responsabilidad

Hola familia,

ayer en nuestra clase de estudio Sistematizado del Evangelio, nos dedicamos a comprender la máxima “mucho se pedirá a aquél que mucho recibió”. Empezamos leyendo el texto de estudio y luego pasamos a una dinámica que tenía por objetivo reconocer la abundancia de talentos que tenemos todos, pese a que muchas veces no los seamos capaces de ver.

Algunos compañeros quedaron responsables de contestar algunas preguntas, compartiendo sus talentos con los demás. Las preguntas y nuestras respuestas son las que os pongo a continuación:

1 ¿Qué significa la expresión de Jesús: “mucho se pedirá a aquél que mucho recibió?
Que los talentos que recibimos de Dios, sean los del conocimiento, sean los de los bienes materiales, deben ser multiplicados a favor del prójimo y nos imponen una responsabilidad mayor ante la Providencia Divina y nuestros semejantes.

2 ¿La ignorancia justifica el error?
Justificar no es el término. La ignorancia sólo atenúa la punición. Es evidente que, mal contrario de ignorante, aquél que sabe más debe proceder mejor, bajo pena de, no actuando así, sufrir más por ser más responsable.

3 Siendo así, ¿no es más aconsejable saber menos, pues así, menos cuentas tendremos que presentar a Dios?
Eso constituye un regocijo efímero, que sólo hará que retardemos nuestro progreso, a cuya ley, antes o después, inexorablemente tendremos que adherirnos.

4 ¿De qué ceguera nos habla aquí Jesús? ¿Sería la de los ojos físicos?
No. Se trata de la ceguera del alma, que puede ser voluntaria, en las personas que no quieren ver la verdad, personificada por Jesús. La Providencia Divina nos cobra en la misma proporción que nos ofrece: si recibimos mucho, mayor es nuestra obligación de multiplicarlo a favor del prójimo. Si erramos por desconocer la verdad, seremos menos punidos (y no perdonados), he aquí que Dios sólo nos cobra lo que de Él hemos recibido. Dios nos pune, no solamente por nuestros errores cometidos, sino también, por nuestra inercia, comodismo y mala voluntad. “El peor ciego es aquél que no quiere ver”.

5 ¿Por qué los fariseos eran grandes pecadore? Porque conocían la ley de Dios, la predicaban, pero no la practicaban.


6 ¿El Evangelio está al alcance de todos?
Sí, pues él vino para alcanzar a todos, pudiendo su aprendizaje ser accesible y adquirido por todos, inclusive por analfabetos, simplemente escuchando sus prédicas.

7 ¿El conocimiento del Evangelio implica la vivencia de sus enseñanzas?
Su conocimiento implica proporcional responsabilidad por los actos cometidos. Siendo así, aquellos que lo conocen y no lo viven serán más severamente punidos.

8 ¿El conocimiento espírita propicia más responsabilidad?
Sí. Con todo, también mayores alegrías, si es bien practicado.

La enseñanza de los espíritus, que se esparcen por todas partes, permite que las máximas del Evangelio se extiendan a todos, letrados o iletrados, creyentes o incrédulos, cristianos o no. El Evangelio no es sólo una admirable filosofía de vida, pero encierra las propias leyes de la vida, a las cuales estamos subordinados. “A los espíritas, pues, mucho les será pedido, porque mucho han recibido; pero también, a los que lo hubieran aprovechado, mucho les será dado”.

La conclusión de la tarde fue la siguiente:
Los talentos que recibimos de Dios, en términos de conocimiento y bienes materiales, deben ser multiplicados en favor del prójimo. Delante de Dios, la responsabilidad de nuestros actos es directamente proporcional al esclarecimiento del que ya somos portadores. Debemos buscar ser personas sencillas, esforzándonos por vivir según el conocimiento espiritual del que ya disponemos.
¡Que seamos dignos de llevar el nombre el Señor en los lábios, haciendo nuestros corazones permeables  su dulce y pacificadora influencia!


Cariños de la hermana menor

Comentarios

  1. ¡Qué genial entrada! Espero con ansias poder ir a una reunión de CEADS.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

El camino del convencimiento

David Santamaría ¿Cuál podríamos pensar que es el mejor procedimiento para convencer a alguien de que los postulados espiritistas son ciertos y correctos? ¿Sería por el contacto con la fenomenología mediúmnica? O, tal vez, ¿sería más efectivo hacerlo a través del razonamiento? De entrada nos encontramos con una condición inherente al espiritismo y es la de ser totalmente contrario al proselitismo. Allan Kardec tenía perfectamente claro que hay que dar explicaciones detalladas a quien manifiesta un interés sincero en tener información; pero, que no tiene ningún sentido intentar convencer a los que tienen animadversión por todo lo que tenga que ver con el espiritismo, ni a aquellas personas que tienen suficiente con sus profundas convicciones religiosas. O sea, que únicamente dedicaríamos atención a aquellos que muestren un interés real, por mínimo que este sea y que, en más de una ocasión, pueden estar en el campo del ateísmo o del materialismo. En El Libro de los Médiums, primera parte

El dormir y los sueños

Jordi Santandreu Lorite Allan Kardec interrogó a los Espíritus acerca del dormir y de los sueños, como no podía ser de otra manera, ya que desde tiempos inmemoriales el Ser Humano ha asociado el dormir con traspasar una puerta velada por el oscuro manto de la materia. Lo que se supone que hay detrás de ese umbral se ha interpretado de maneras diferentes según la época y el lugar. Los sueños han estado asociados, en general, a la dimensión espiritual de la vida, al más allá . En todas las tradiciones antiguas, desde la Grecia de Platón y Sócrates, a la India de los Upanishads, pasando por el Egipto de los faraones, el mundo de los sueños era aquél en el que dioses y humanos podían reencontrarse. En el Antiguo Testamento hay numerosas referencias a sueños proféticos, como el de Abraham o el de Jacob, que soñó con “una escalera apoyada en tierra, que en su extremo llegaba al cielo. Ángeles subían y bajaban por ella. Jehová, que estaba en lo alto, dijo: Yo soy Jehová, el Dios de Abraham y

COVID-19: ¿Una oportunidad perdida?

Humberto Werdine  Estoy escribiendo este texto en los primeros días de septiembre de 2020, en el auge del inicio de la segunda ola del virus COVID 19, aquí en Europa. Mi familia fue alcanzada, mi esposa y una de mis hijas. Mi hija está prácticamente recuperada y mi esposa se recupera poco a poco. Ninguna de ellas necesitó ingreso hospitalario. Agradezco a Dios todos los días por su recuperación. Tengo amigos que han sufrido mucho con este virus. Unos tuvieron que ser entubados y se recuperaron después de muchas semanas de angustia y dolor. Otros, no tuvieron la misma suerte y fallecieron. Todos los que partieron eran de una edad parecida a la mía, entrados ya los 60 años. Esta misma semana, una querida amiga me envió un mensaje a mi whatsapp privado, calificando a esta enfermedad de maldita. He recibido varios comentarios parecidos de muchas y diversas personas que usan un adjetivo similar para esta enfermedad y, algunos, cuestionando por qué Dios habría mandado una enfermedad tan pern