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¿Qué amigos queremos?

¿QUÉ AMIGOS QUEREMOS?
(Kédima Furquim)

Esta es la historia de cuatro inseparables amigos que se conocían desde la guardería. Provenían de familias humildes que siempre había hecho todo lo posible para que tuviesen una buena educación. Elvira era la madre de uno de ellos, ama de casa y madre de 4 hijos, trabajaba duro para que a sus hijos nunca les faltase un plato en la mesa. Desde muy joven, Elvira frecuentaba un centro espírita de su ciudad y más tarde empezó a trabajar como empleada de hogar; siempre iba con una sonrisa de alegría y paz cuando le tocaba ir al centro. Sus hijos acudían desde siempre a las clases de educación espírita; eran unos niños muy atentos y siempre que podían ayudaban con pequeñas labores en el centro. Un día Elvira cogió al aire una conversación de  su hijo mayor, Eduard, quien estaba quedando con sus amigos para hacer un botellón, por lo que Elvira se puso un poco nerviosa con aquella sorpresa, pero luego pensó en darle una oportunidad, pues aunque no sabía explicar por qué sí sabía que todo en la vida tiene siempre una explicación. Sin embargo a los pocos días, Elvira comenzó a notar un cambio de actitud en Eduard, porque ya no quería asistir más a las clases de educación juvenil, ni mucho menos ayudar a Elvira en sus labores de casa, como hasta entonces. Fue en ese momento cuando Elvira habló con él.

-Edu, ¿qué te ocurre? Te noto raro y ¡no pareces el mismo niño de siempre! –Elvira no debía perder los nervios.

-¡Ya lo sé! –contestó él desganado y con rintintín.

-Pero ¿qué ha pasado para que cambies de forma tan brusca? Me sorprende que ya no quieras ir a clase de educación juvenil –Esperaba poder encaminarlo de nuevo en la buena senda.

-¡Nada! ¡Sólo estoy basándome en mi “libre albedrío”! –Decía con sorna- ¿No es eso lo que nos enseñan en el Centro? ¿Que tenemos “libre albedrío” para tomar nuestras decisiones?

-¡Sí! –Contestó la madre- pero ¿Acaso crees que estás tomando las decisiones correctas?

-¡Bueno, bueno! ¡Ya lo discutiremos eso! –contestó –…y  ahora déjame tranquilo que me voy con ellos. ¡Ah! y ¡no me esperes para cenar!

Eduard se marchó dando un portazo y el corazón de Elvira se inundó de una tristeza tan grande que lo único que consiguió hacer de bueno fue rogar a Dios para que ayudase a su hijo a raíz de la decisión que había tomado. Así pasaron los días, semanas y meses, hasta que un buen día sonó el teléfono.

-¿Es usted la madre de Eduard?

-¡Sí! ¿Qué ha pasado?

-Somos de la Policía señora, lamento anunciarle que su  hijo ha sido detenido. La esperamos en su comisaría.

Cuando llegó Elvira, no conseguía reunir el valor para mirar a los ojos de su hijo; no paraba de pensar que aquel niño, su hijo, que fue tan bien educado en su seno, ahora estaba sentado en comisaría con las manos atadas por haber cometido un robo en un bar. Luego supo que los amigos de Eduard pudieron zafarse de la persecución con la policía, pero Eduard no lo consiguió.

Cuando Elvira se acercó a él vio en la mirada de su hijo una profunda señal de arrepentimiento, así como un inmenso dolor por haber causado tanto sufrimiento a su madre, mujer que tanto le amaba. Al menos pudieron abrazarse, pero sin decirse nada, callaban sus cuerpos y también sus almas. Al llegar a casa, Eduard pidió perdón a su madre y fue entonces cuando Elvira pudo hablarle de nuevo y le dijo:

-Querido hijo, todos gozamos del libre albedrío e inteligente es aquel que sabe usarlo de buena manera. Tienes amigos y la vida te va a brindar muchos más, pero tienes que sintonizar con personas afines a ti, que sepan y conozcan el amor de Dios, que sepan que esa doctrina que tanto amamos nos hace bien; no tienes que ser quien no eres sólo por querer conservar una amistad pasajera, porque en un futuro algunos de esos lazos se romperán de un modo u otro. Tienes que seguir siendo aquel niño tan especial que has sido hasta ahora.

Poco tardó Edu en hablar motu proprio con sus amigos. Les explicó que les apreciaba mucho pero que si ellos iban a mantener aquellas actitudes, que él no iba a continuar con ese tipo de amistades y les dejaría. Lo más increíble fue que el amor de aquellos cuatro chicos pudo cambiar sus historias; hoy en día, padres e hijos frecuentan la misma casa espírita y son muy felices por haber tenido la oportunidad de sufrir para poder limar las diferencias y poder seguir desde entonces, una nueva historia de amor y amistad.

Acordaos que somos libres, pero que muchas veces el uso partidista y el abuso de esa libertad puede costarnos muy caro.

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