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Oración: encuentro con uno mismo y con Dios

Amigos CEADS
Ayer retomamos el Estudio Sistematizado del Evangelio, analizando el capítulo XXVII Pedid y Se os Dará, en el cual estudiamos diferentes puntos relacionados con la oración. Un tema de mucho interés, ya que con frecuencia nos pasa que no tenemos un hábito adquirido de la oración, muchas veces no sabemos cómo pedir, o qué pedir, o incluso nos cuesta sentir la oración como una práctica que nos ayuda a encontrarnos con la divinidad suprema. 

En ese sentido, iniciamos analizando la importancia de las oraciones inteligibles, y lo impreciso que podría ser orar en lenguas, ya que la oración solo tiene valor por el pensamiento que se une a ella, y es imposible unir el pensamiento a lo que no se comprende, porque lo que no se comprende no puede conmover al corazón. 
Es así que debemos tener en cuenta que Dios lee en el fondo del corazón y ve el pensamiento y la sinceridad; sería rebajarle creerle más sensible a la forma que al fondo.
Siguiendo ese orden, procedimos a razonar sobre las oraciones por los Espíritus errantes, en la que vimos que éstas representan un acto de piedad y de caridad hacía Ellos. Orar por los Espíritus desencarnados es ir acorde con la justicia divina, porque la oración tiene sobre ellos una acción más directa; aumenta su ánimo, les excita el deseo de elevarse por el arrepentimiento, la reparación y puede desviarles del pensamiento del mal; en este sentido es como puede aligerarse y aun abreviarse sus sufrimientos, y son todos estos aspectos la finalidad de las leyes divinas.
Teniendo claro estos dos puntos, las oraciones inteligibles y por los “Muertos” (Espíritus desencarnados), ¿Cuál sería el modo correcto de orar? ¿Qué debemos pedir? Bien, lo primero que nos compete es entender que el primer deber de toda criatura humana, el primer acto que debe señalar para ella la vuelta a la vida activa de cada día, es la oración. Porque con frecuencia caemos en el error de rezar, de repetir palabras de forma maquinal, ya sea por costumbre o por deber. 

Los Espíritas debemos orar desde que el Espíritu ha vuelto a tomar el yugo de la carne; la oración debe elevarse a los pies de la majestad divina, con humildad, con profundidad, alentada por el reconocimiento de todos los bienes recibidos hasta el día, y por la noche que se ha pasado, durante la cual nos ha sido permitido, aunque sin saberlo, volver al lado de nuestros amigos, de nuestros guías, para que con su contacto nos den más fuerza y perseverancia. 
Debemos evitar el error de orar por soluciones inmediatas a los problemas que afrontamos, mas sí, fuerzas para saberlos afrontar y aprender a ser mejores personas al superarlos. La oración no es un acto milagroso, es una práctica que aunada con nuestro deseo de mejorar, de ayudar y de estar en comunión con Dios, es nuestra mejor arma para nuestro progreso espiritual. 

Finalmente, compartimos este mensaje de San Agustín, que precisamente se encuentra en este capítulo del Evangelio según el Espiritismo: 
Venid los que queréis creer: los Espíritus celestes corren y vienen a deciros cosas grandes; Dios, hijos míos, abre su ancho pecho para daros sus bienes. ¡Hombres incrédulos! ¡Si supieseis de qué modo la fe hace bien al corazón y conduce el alma al arrepentimiento, a la oración! La oración, ¡ah!, ¡cuán tiernas son las palabras que salen de la boca en el momento de orar! La oración es el rocío divino que destruye, el excesivo calor de las pasiones; hija primogénita de la fe, nos lleva al sendero que conduce a Dios. En el recogimiento y la soledad, estáis con Dios; para vosotros no hay ya misterio, él se os descubre. Apóstoles del pensamiento, para vosotros es la vida; vuestra alma se desprende de la materia y recorre esos mundos infinitos y etéreos que los pobres humanos desconocen.
Nunca dejemos de orar!!!

El Equipo CEADS

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