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Jesús: modelo y guía

Hola familia,

ayer en CEADS dimos continuidad, en el Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita, a nuestras reflexiones sobre la evolución del pensamiento religioso. En la reunión de ayer nos dedicamos a estudiar la importancia de Jesús y los evangelios.

Jesús, como nos dice la Doctrina Espírita, es el modelo de perfección al que puede aspirar la humanidad terrestre. No lo confundimos con Dios, pero sabemos que cumple sus designios como guía de la Tierra desde épocas remotas. De hecho, sabemos que él orientó todo el trabajo de elaboración de nuestro planeta. Como modelo al que podemos aspirar, Jesús se transforma en la visión espírita en un hermano de evolución: alguien a quién podemos seguir como ejemplo, dependiendo de cada uno de nosotros llegar a alcanzar su nivel intelectual y moral. Su imagen no es por tanto la de un ser inalcanzable, cuya perfección establece distancias insalvables entre él y nosotros. No. Jesús es un espíritu que, como nosotros, ha seguido su propio camino evolutivo. Ejemplificó encarnado en la Tierra su mensaje de amor y paz, trayendo de forma cercana y humilde mensajes de consuelo y esperanza.


En su encarnación en la Tierra, anduvo entre prostitutas, publicanos, enfermos, pobres e infelices. Sus seguidores los escogió entre la gente más sencilla, dejando siempre muy claro que los sanos no necesitan de médico. Él venia a por los hijos extraviados, como el pastor que deja a todo un rebaño para buscar la oveja perdida. El Maestro vino por cada uno de nosotros. En su gran misericordia, nos educó para no juzgar a los demás con el “que tire la primera piedra el que esté libre de pecado”; nos enseñó a volvernos hacia él cuando el yugo de la Tierra se nos hiciera demasiado pesado, porque “su yugo es leve”; nos propuso hacer la caridad sin mirar a quién con la parábola del buen Samaritano; nos dijo que miráramos hacia nuestros propios defectos antes de apuntar los de los demás, llamándonos la atención para no viéramos “la paja en ojo del prójimo, sin ver la viga en el propio ojo”; curó a muchos de los que de a él se acercaron con su magnetismo sanador; fue a comer en casa de Zaqueo, instruyó a los doctores de la ley sobre la reencanación; ejemplificó el perdón de las injurias en diferentes situaciones y en el momento extremo en la cruz diciendo “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Con toda su vida, educó para el bien, el amor y la paz.


En los evangelios, sus seguidores dejaron registradas algunas de sus enseñanzas. El tiempo y las instituciones religiosas seguramente han hecho con que se perdiera algo de su contenido, pero incluso la versión que conocemos no puede menos que maravillar al que tiene un corazón sensible. El legado de Cristo es una lección de humildad y sabiduría que debemos esforzarnos por conocer y educarnos para aplicarlo en nuestras vidas. 

Con sentimientos de gratitud indefinibles, acabamos la reunión de ayer. Podamos todos perseguir en nuestras vidas seguir el modelo y guía que Dios envió a la humanidad Terrestre.

Cariños

Equipo de Divulgación

CEADS

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