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Obsesión y el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC)

Por Jordi Santandreu Lorite

En el Espiritismo hablamos de obsesión para referirnos a la influencia persistente y perturbadora de unos individuos sobre otros, encarnados o desencarnados. Es cierto que de la que más se habla habitualmente es de la obsesión de un espíritu desencarnado hacia un encarnado, sin embargo, las combinaciones pueden ser diferentes: entre dos desencarnados, entre dos encarnados, de un encarnado hacia un desencarnado, e incluso existe la obsesión recíproca y la auto-obsesión.

Como consecuencia de este influjo malsano, el obsediado puede sufrir ciertos inconvenientes físicos -si dispone de un cuerpo- y psíquicos o espirituales -en todos los casos- de diferente intensidad, que pueden acompañar, provocar o agravar enfermedades o trastornos que ya padezca previamente.

En psicología utilizamos el término “obsesión” cuando hablamos de pensamientos repetitivos e intrusos, de contenido desagradable para la persona que los sufre y que no puede controlar, es decir, no puede hacer nada para evitar que irrumpan en su mente continuamente, aunque sea consciente, en mayor o menor medida, de que se trata de ideas absurdas y exageradas. 

Tal y como nos explica Amparo Belloch, una psicóloga española de referencia en esta materia, en su libro TOC, obsesiones y compulsiones, la frecuente irrupción de estos pensamientos puede tener graves consecuencias en el estado de ánimo y en el funcionamiento diario de la persona que lo padece.

Los contenidos más habituales de los pensamientos obsesivos son, sobre los que añadimos algunos ejemplos: de duda (si he cerrado bien el gas, si he enviado bien el email, si he lavado bien la ropa, si he contado bien el dinero); de daño o agresividad (asfixiar a mi bebé o imágenes de autólisis); de contaminación (si me contaminaré por no lavarme bien las manos, si se contagiará un familiar por mi culpa, por usar ropa contaminada, si me contaminaré al acerarme a un determinado objeto del suelo en la calle); sexuales (imágenes de relaciones sexuales contrarias a sus preferencias o aberrantes); o religiosos (blasfemias).

Producto del malestar que provocan tales obsesiones, los individuos hacen todo lo que pueden por eliminarlas de su mente. Para conseguirlo, realizan diversos procedimientos que pueden ser tanto internos, es decir, mentales, como externos, o conductas que se pueden observar. 

Los más habituales son: comprobaciones repetitivas (comprobar varias veces una cuenta, regresar para ver si he atropellado a alguien o no; lavarse durante largo tiempo y de forma intensa; limpiar una y otra vez las mismas cosas u objetos, la ropa, los zapatos, el móvil); evitar conductas habituales para no contaminarse (dejar las bolsas del mercado en la repisa de la cocina o saludar dando la mano); pensar en la imagen contraria ante pensamientos agresivos o rezar durante cierto tiempo, aunque no sea muy creyente; evitar situaciones y guardar objetos potencialmente dañinos (esconder cuchillos, evitar estar en sitios altos); evitar el contacto afectivo normal ante obsesiones sexuales; llevar a cabo rituales repetitivos de cualquier tipo (dar un determinado número de toques a los muebles para prevenir algún mal, dar la vuelta tres veces a cada prenda al vestirse y desvestirse); o seguir determinadas secuencias y orden en tareas cotidianas, como asearse, tener que alinear y ordenar los objetos de determinada forma (la cubertería, vasos y tazas en los armarios).

Lo que busca la persona que realiza estas u otras conductas compulsivas es, naturalmente, reducir ese terrible malestar y librarse de esos pensamientos y de sus consecuencias tan temidas. El problema es que, sin saberlo, estas conductas en realidad refuerzan las obsesiones.

El rescate momentáneo no les exime, en modo alguno, de la posibilidad de que vuelvan a aparecer tales pensamientos, es más, la mente entra en una especie de círculo vicioso del que no sabe cómo salir. 


Los casos de Poncio Pilatos y Lady Macbeth

En el libro titulado Triunfo Personal, de Joanna de Ângelis y psicografiado por Divaldo Pereira Franco, la noble mentora nos recuerda el caso de Poncio Pilatos quien, después de dejar asesinar a Jesús, aun reconociendo su inocencia, manifestó un cuadro obsesivo compulsivo que pasó a la historia y que consistía, como sabemos, en lavarse las manos compulsivamente, pensando que seguían manchadas de la sangre del Inocente. Joanna nos cuenta que la desdicha de Pilatos tan sólo acabó en el momento de su muerte, provocada voluntariamente al tirarse al cráter de un volcán extinto en Suiza.

Otro caso conocido es el de Lady Macbeth, personaje ficticio de William Shakespeare. Tras asesinar al rey, incitada por su malvado marido, el noble escocés Lord Macbeth, sufrió un conflicto similar al de Pilatos, pues sus manos le parecían siempre sucias de la sangre de su víctima. 

Joanna traza reflexiones interesantísimas en el breve capítulo que dedica al TOC en Triunfo Personal. Subraya que, las personas portadoras de estos pensamientos obsesivos, se caracterizan por la rigidez de su conducta, por las exigencias hacia los demás y hacia ellos mismos. Explica la mentora: “son portadores, en general, de sentimientos nobles, confiados y dedicados al trabajo, que ejercen hasta en exceso. No obstante -continua-, fueron víctimas de un ambiente emocional duramente severo, tras el parto y especialmente en la infancia, cuando sufrieron imposiciones exageradas y tuvieron que obedecer sin pensar, única manera de verse libres de los castigos de los adultos. Sintiéndose obligados a reprimir las emociones y los sentimientos, se volvieron ambivalentes y evitativos”.

El vínculo del trastorno con equivocaciones pretéritas, de vidas anteriores, es un factor a tener en cuenta en la interpretación espírita de las causas. Tales deudas inscritas en la contabilidad del espíritu son reclamadas por entidades que no consiguieron superar el resentimiento, como aclara Joana: “porque permanece impresa en los paneles del inconsciente personal, en los pliegues del periespíritu, la deuda moral, los pacientes asimilan las ondas mentales de sus antiguas víctimas, que son convertidas en sensaciones penosas, en forma de conciencia de culpa -lavarse las manos, desinfectarse en demasía, sentir su cuerpo siempre sucio-, tanto como la detección de olores pútridos -activación de la pituitaria por el psiquismo que siente la necesidad de reparación-, que son exteriorizados por los cobradores espirituales que padecieron exulceraciones profundas, pudriéndose en vida antes que la muerte viniera a liberarlos de la pungente situación”.


Comprender mejor el TOC

Todos, absolutamente todos, tenemos de vez en cuando pensamientos intrusos de contenido más o menos molesto, que no tienen por qué transformarse en obsesiones. La gran diferencia, la clave, está cómo se interpretan tales ideas y en lo repetitivas que lleguen a convertirse. 

En este sentido, Amparo Belloch resalta que en el origen de este trastorno encontramos fenómenos psicológicos comunes, cotidianos, que se transforman en obsesiones a través de un proceso complejo que no comienza de un día para otro.

En este proceso, desempeñan un papel fundamental las interpretaciones y las valoraciones que se hacen de los pensamientos, así como las estrategias que se utilizan para neutralizarlos. Sobre todo, darles demasiada importancia, creérselos, rechazarlos con miedo o angustia, y hacer algo diferente, repetidamente, para aliviar esas sensaciones perturbadoras.


Epidemiología y evolución

Como decíamos, prácticamente todos tenemos pensamientos, imágenes o impulsos con los mismos contenidos que las obsesiones y sólo en un porcentaje muy pequeño de personas, aproximadamente un 2% de la población, se convierten en obsesiones. Se estima que unas 450.000 personas lo padecen en España.

El TOC, al implicar ese círculo vicioso entre el pensamiento y la compulsión, se puede cronificar con el tiempo. En muchos casos, interfiere gravemente en el día a día de las personas, convirtiéndose en algo muy incapacitante y generando conflictos familiares importantes antes de lograr acudir a un profesional.

Las personas que lo padecen pueden darse cuenta enseguida de que tienen un problema, aun así, muchas se sienten tan avergonzadas por el contenido de sus obsesiones, que lo ocultan, incluso le quitan importancia y piensan que con su fuerza de voluntad conseguirán superarlo. 

En otras ocasiones, el problema se instala poco a poco, empezando por manías o comportamientos para nada extremos, pero que llegan a ser problemáticos a medio y largo plazo, por la cantidad de horas que hacen perder a quienes lo sufren.


El tratamiento

Felizmente, existen tratamientos psicológicos y farmacológicos muy bien definidos para el TOC. 

Desde la terapia cognitivo-conductual tratamos de modificar los dos elementos que alimentan el problema: por un lado, las valoraciones y las interpretaciones distorsionadas de los pensamientos intrusos; por otro, las estrategias fallidas que emplea el afectado para aliviarse. Requerirá trabajo y esfuerzo, cambiar ciertos hábitos mentales y comportamentales muy arraigados. Pero puede lograrse. 

Si se cuenta con la ayuda del Centro Espírita, mejor. En el libro Triunfo Personal, la noble mentora aconseja la terapia bioenergética, por incidir en profundidad sobre los registros periespituales, con el fin de cortar los lazos vibratorios innecesarios y paralelamente, tratar a las entidades cobradoras.


Algunos consejos finales

Una paciente muy querida, que superó sus problemas con dedicación y paciencia, me escribió una carta al finalizar la terapia con algunos consejos que os comparto aquí:

1. Infórmate. Aunque suene contradictorio, es frecuente intentar no pensar en lo que está sucediendo, pero para empezar a trabajar las obsesiones es necesario leer, informarse, pedir ayuda. Debemos saber cuál es la explicación psicológica del trastorno y buscar información sobre el tratamiento. Recomiendo la lectura del libro de Amparo Belloch al que me he referido anteriormente, basado en datos científicos y en una amplia experiencia terapéutica. 

2. No lo escondas, cuéntalo. Tómate la libertad de contarle tu problema a las personas más allegadas a ti. Ellos no te van a juzgar y te darás cuenta de que te quieren y te valoran por quién eres y no por el problema que padeces.

3. Acéptate incondicionalmente. Como apunta Windy Dryden en su libro Acéptate a ti mismo, como seres humanos, en nuestra esencia está el errar. Somos imperfectos, únicos y cambiantes y tan complejos que no podemos calificarnos de manera global. Es decir, no podemos afirmar que somos personas inferiores por padecer este trastorno porque no estaríamos en lo cierto. 

4. Oración y meditación. A menudo, somos nuestros peores jueces. Trátate como le tratarías a tu mejor amiga o amigo. Cuida tu mente y tu cuerpo. Esto te ayudará a estar mejor contigo mismo y a quererte más y mejor. Estas prácticas te ayudarán a mantener un estado de consciencia plena en diferentes situaciones y a disfrutar del momento, sin que tengamos el foco puesto en nosotros mismos y en nuestro problema. Además, reducirá tu ansiedad. 

5. Ver las mejoras, porque las hay. Sabemos que no es un camino fácil. Durante el tiempo en el que estemos trabajando el TOC o cualquier otro trastorno, gozaremos de avances, pero también sufriremos retrocesos. Recomiendo escribir diariamente un avance que hayamos tenido durante el día. Por muy insignificante que parezca, nos ayuda a ver que poco a poco progresamos y esto nos da ánimos para seguir con fuerza.

Si estás leyendo este artículo y reconoces alguno de estos patrones en tu vida, contacta con un especialista para evaluar tu situación. Si lo deseas, puedes escribirnos a la redacción de Visión Espírita y te ayudaremos a encontrarlo.


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