El Libro de los Espíritus

Flávia Roggerio

En las ediciones anteriores realizamos aclaraciones respecto a la Doctrina Espírita. A partir de ahora vamos a profundizar en los estudios realizados por Allan Kardec recogidos en la obra “El Libro de los Espíritus”.

La Doctrina Espírita, como toda novedad, tiene sus adeptos y sus adversarios. Vamos a intentar dar respuesta a algunas de las objeciones planteadas por estos últimos examinando la validez de los motivos en que se apoyan, sin abrigar empero la pretensión de convencer a todo el mundo, pues hay quienes creen que la luz ha sido hecha exclusivamente para ellos. Nos dirigimos a las personas de buena fe, sin ideas preconcebidas o irrevocables, con sinceros deseos de instruirse. Les demostraremos que la mayor parte de las objeciones que se le plantean a la doctrina proviene de una observación incompleta de los hechos y de una opinión formada con demasiada ligereza y precipitación. 


Recordemos ante todo, en pocas palabras, la serie progresiva de los fenómenos que han dado nacimiento a esta doctrina. El primer hecho observado fue el movimiento de objetos diversos. Se lo asignó vulgarmente con el nombre de mesas giratorias o danza de las mesas. Ese fenómeno, que aparentemente fue observado primero en América, o mejor dicho, que se reiteró en esa región –pues la historia demuestra que proviene de la más remota antigüedad–, se produjo acompañado de circunstancias extrañas tales como ruidos insólitos y golpes cuya causa ostensible no se conocía. 


Desde América se propagó con rapidez por Europa y el resto del mundo. Al principio provocó mucha incredulidad, pero pronto la multiplicidad de experiencias dio lugar a que ya no se dudara de su realidad. Si dicho fenómeno se hubiera limitado al movimiento de los objetos materiales podría explicarse mediante una causa puramente física. Estamos lejos de conocer la totalidad de los agentes ocultos de la naturaleza, o todas las propiedades de los que conocemos. La electricidad, por otra parte, cada día multiplica hasta lo infinito los recursos que proporciona al hombre y parece destinada a iluminar la ciencia con una nueva luz. Existía la posibilidad, pues, de que la electricidad modificada por ciertas circunstancias o algún otro agente desconocido fuese la causa de ese movimiento. 


La reunión de muchas personas, que aumentaba el poder de acción, parecía dar sustento a esa teoría dado que era posible considerar dicho conjunto como una pila múltiple cuya potencia tenía relación con el número de los elementos. El movimiento circular no tenía nada de extraordinario, está en la naturaleza. Los astros se mueven en círculo. Podríamos, pues, tener en escala reducida un reflejo del movimiento general del universo; o mejor dicho, una causa hasta entonces desconocida estaba en condiciones de producir accidentalmente, con los objetos pequeños y en circunstancias determinadas, una corriente análoga a la que impulsa a los mundos. 


Sin embargo, el movimiento no siempre era circular. Solía ser brusco, desordenado. El objeto era violentamente sacudido, derribado, arrastrado en cualquier dirección e incluso, en oposición a las leyes de la estática, levantado del suelo y suspendido en el espacio. Con todo, nada había en esos hechos que no pudiera ser explicado mediante el poder de un agente físico invisible.


¿Acaso no vemos que la electricidad derriba edificios, arranca árboles, arroja lejos los cuerpos más pesados, los atrae o los repele? En la suposición de que los ruidos insólitos y los golpes no fuesen alguno de los efectos ordinarios de la dilatación de la madera o de alguna otra causa accidental, podían muy bien ser producidos por la acumulación de un fluido oculto. ¿No produce la electricidad los más violentos ruidos? 


Hasta aquí, como vemos, todo puede incluirse en el dominio de los hechos puramente físicos. Más aún, sin salir de ese círculo de ideas en esos hechos había materia para estudios serios y dignos de llamar la atención de los científicos. ¿Por qué no fue así? Es penoso decirlo pero se debe a causas que prueban, entre otros mil hechos semejantes, la frivolidad del espíritu humano. 


Si los fenómenos que nos ocupan se hubiesen limitado al movimiento de objetos se habrían mantenido –como hemos dicho– en el dominio de las ciencias físicas. Pero no ha sido así: les estaba reservado ponernos en la vía de un extraño orden de hechos. Se creyó descubrir –no sabemos por iniciativa de quién– que el impulso dado a los objetos no era el simple producto de una fuerza mecánica ciega sino que en ese movimiento intervenía una causa inteligente. 


Una vez abierta esa vía se ingresó en un campo de observaciones completamente nuevo. Se levantaba el velo de muchos misterios. ¿Hay, en efecto, un poder inteligente? Esa es la cuestión. Si ese poder existe ¿Cuál es su naturaleza, su origen? ¿Es ajeno a la humanidad? Tales son las cuestiones que derivan de la primera. Las primeras manifestaciones inteligentes tuvieron lugar por medio de mesas que se levantaban y daban con una de sus patas un número determinado de golpes. De ese modo respondían sí o no, según lo convenido, a una pregunta formulada. 


Hasta aquí nada resultaba convincente, por cierto, para los escépticos pues se podía creer en un efecto del acaso. Se obtuvieron a continuación respuestas más desarrolladas por medio de las letras del alfabeto: el objeto móvil daba una cantidad de golpes que correspondía al número de orden de cada letra. Se llegaba así a formar palabras y frases que respondían a las preguntas que se habían formulado. La precisión de las respuestas y su correlación con cada pregunta causaron asombro. El ser misterioso que contestaba de ese modo, interrogado acerca de su naturaleza declaró que era un Espíritu o genio, se asignó un nombre y proporcionó diversas informaciones sobre sí mismo. Esta es una circunstancia muy importante de señalar. Nadie imaginó, pues, a los Espíritus como un medio para explicar el fenómeno; el fenómeno mismo reveló esa palabra.


Ese medio de correspondencia era lento e incómodo. El Espíritu – y esta también es una circunstancia digna de señalar – indicó otro. Uno de esos seres invisibles aconsejó adaptar un lápiz a una cesta u otro objeto. La cesta colocada sobre una hoja de papel se puso en movimiento por el mismo poder oculto que movía las mesas. Sin embargo, en vez de un simple movimiento regular el lápiz trazaba por sí mismo caracteres que formaban palabras, frases y discursos enteros de varias páginas desarrollando las más elevadas cuestiones de filosofía, moral, metafísica, psicología, etc., con tanta rapidez como si se escribiera con la mano. 


Dicho consejo fue transmitido simultáneamente en América, en Francia y en otras regiones. Estos son los términos en que lo recibió en París el 10 de junio de 1853, uno de los más fervientes adeptos de la doctrina que hacía ya varios años –desde 1849– se ocupaba de la evocación de los Espíritus: “Ve al cuarto de al lado y toma la cestita; átale un lápiz; colócala sobre el papel; pon los dedos en el borde”. Unos instantes más tarde, la cesta se puso en movimiento y el lápiz escribió de modo muy legible esta frase: “Esto que os he dicho, os prohíbo expresamente que se lo digáis a nadie; la primera vez que escriba, lo haré mejor”. 


Dado que el objeto al que se adaptó el lápiz no era más que un instrumento, su naturaleza y su forma eran por completo indiferentes, se buscó la disposición más cómoda. Por eso muchas personas hacían uso de una pequeña tablilla. La cesta o la tablilla sólo se ponía en movimiento bajo la influencia de ciertas personas dotadas en este aspecto de un poder especial, a quienes se designó con el nombre de médiums, es decir medio o intermediarios entre los Espíritus y los hombres. Las condiciones que otorgan ese poder dependen de causas a la vez físicas y morales aún imperfectamente conocidas, pues se encuentran médiums de todas las edades, de ambos sexos y en los más diversos grados de desarrollo intelectual. Esa facultad, además, se desarrolla con el ejercicio. 


Posteriormente se reconoció que la cesta y la tablilla en realidad constituían un apéndice de la mano y cuando el médium tomó directamente el lápiz se puso a escribir por un impulso involuntario casi febril. Por este medio las comunicaciones se tornaron más rápidas, fáciles y completas. Hoy en día es el más difundido, a tal punto que el número de personas dotadas de esa aptitud es muy considerable y se multiplica día a día. La experiencia, por último, permitió que se conocieran muchas otras variedades de la facultad mediadora y se supo que las comunicaciones también podían tener lugar por medio de la palabra, el oído, la vista, el tacto, etc., e incluso a través de la escritura directa de los Espíritus, es decir, sin el concurso de la mano del médium ni del lápiz. Una vez producido el hecho, restaba constatar un punto esencial: el papel del médium en las respuestas y su grado de participación en las mismas, tanto mecánica como moralmente. 


Dos circunstancias principales que no escaparían a un observador atento, permitieron resolver la cuestión. La primera es el modo en que la cesta se movía bajo la influencia del médium, con sólo apoyar los dedos en el borde. El examen demuestra la imposibilidad de imprimirle alguna dirección. Esa imposibilidad resulta patente, sobre todo, cuando dos o tres personas se colocan al mismo tiempo frente a la misma cesta. Debería haber entre ellas una concordancia de movimientos verdaderamente extraordinaria. Sería menester, además, concordancia de pensamientos para que se pusieran de acuerdo acerca de la respuesta que habrían de dar a la pregunta formulada. 


Sucedía con frecuencia, por último, que la cesta escribía de modo espontáneo, sin una pregunta previa, acerca de un asunto cualquiera y absolutamente inesperado. Esas respuestas tenía en ciertos casos un sello tal de sabiduría, de profundidad y exactitud, revelaban pensamientos tan elevados y sublimes que no podían emanar más que de una inteligencia superior identificada con la moralidad más pura. Otras veces eran tan superficiales, frívolas e incluso triviales, que la razón se rehusaba a admitir que procedieran de la misma fuente. Esa diversidad de lenguajes sólo encuentra una explicación en la diversidad de las inteligencias que se manifiestan. Dichas inteligencias, ¿pertenecen a la humanidad o son ajenas a ella? Tal es el punto a esclarecer acerca del cual se encontrará la explicación completa en esta obra, conforme ha sido dada por los propios Espíritus. 


Se trataba, pues, de efectos patentes que se producían fuera del círculo habitual de nuestras observaciones, que no ocurren misteriosamente sino a plena luz, que todo el mundo puede ver y constatar, que no son privilegio de un individuo aislado sino que millares de personas los repiten cada día a voluntad. 


Esos efectos tenían forzosamente una causa y desde el momento en que revelaban la acción de una inteligencia y de una voluntad escapaban al dominio puramente físico. Varias teorías se emitieron a este respecto. Las examinaremos más adelante para ver si justifican la totalidad de los hechos que se producían. Admitamos, entretanto, la existencia de seres distintos a la humanidad, puesto que tal era la explicación proporcionada por las inteligencias que se manifestaban y veamos qué nos dicen. 


Los seres que se comunicaban de esa manera se designaban a sí mismos –como hemos dicho– con el nombre de Espíritus o genios y decían haber pertenecido, algunos por lo menos, a hombres que vivieron en la Tierra. Constituían el mundo espiritual, así como nosotros constituimos durante nuestra vida el mundo corporal. Resumimos aquí en pocas palabras los puntos más destacados de la doctrina que nos transmitieron, a fin de responder más fácilmente a ciertas objeciones.


La ciencia espírita comprende dos partes: una experimental que trata acerca de las manifestaciones en general, otra filosófica que trata de las manifestaciones inteligentes. Quien sólo haya observado la primera de ellas se encuentra en una posición semejante a la de esa persona que cree saber física porque presenció algunas experiencias recreativas, sin haber penetrado en el fondo de dicha ciencia. 
La verdadera doctrina espírita se encuentra en la enseñanza que imparten los Espíritus y los conocimientos que esa enseñanza contiene son demasiado importantes como para adquirirlos de otro modo que no sea mediante un estudio serio y continuo llevado a cabo en silencio y con recogimiento. Solamente en esas condiciones se puede observar un número infinito de hechos y matices que pasan inadvertidos al observador superficial y permiten fundar una opinión. 


Si el resultado de este libro fuese apenas mostrar el lado serio de la cuestión y promover estudios en ese sentido, ya sería bastante. El mérito, pues, es por completo de los Espíritus que lo han dictado. Confiamos en que habrá de obtener también este otro resultado: guiar a los hombres deseosos de instruirse, pues les mostrará en esos estudios una meta grande y sublime, la meta del progreso individual y social. Asimismo, les indicará el camino a seguir para alcanzarla. 


Concluyamos con una última consideración. Al sondear los espacios, los astrónomos encontraron en la distribución de los cuerpos celestes vacíos que no podían ser justificados y se hallaban en contradicción con las leyes del conjunto. Sospecharon que esos espacios vacíos estaban ocupados por mundos que no captaban con la mirada. Por otra parte, observaron determinados efectos cuya causa desconocían. Entonces se dijeron: “Allí tiene que haber un mundo porque ese vacío no puede existir y esos efectos deben tener una causa”. Al juzgar, pues, la causa por el efecto pudieron calcular la ubicación de los elementos y más tarde los hechos vinieron a confirmar sus previsiones. 


Apliquemos ese razonamiento a otro orden de ideas. Si observamos la serie de los seres descubriremos que ellos forman una cadena sin solución de continuidad desde la materia bruta hasta el hombre más inteligente. En cambio entre el hombre y Dios, alfa y omega de todas las cosas, ¡cuán inmenso es el vacío! ¿Será racional pensar que en el hombre se interrumpen los eslabones de esa cadena y que él atraviesa sin transición alguna la distancia que lo separa de lo infinito? La razón nos dice que entre el hombre y Dios debe haber otros escalones así como indicó a los astrónomos que entre los mundos conocidos tenía que haber otros desconocidos. 


¿Cuál es la filosofía que ha llenado ese vacío? El Espiritismo nos lo muestra ocupado por los seres de todas las categorías del mundo invisible. Esos seres no son otros que los Espíritus de los hombres que han alcanzado los diferentes grados que conducen a la perfección. De ese modo todo se vincula, todo se encadena desde la alfa hasta la omega. Vosotros, los que negáis la existencia de los Espíritus ¡llenad, pues, el vacío que ellos ocupan! Y vosotros, los que os reís de ellos ¡osad reíros de las obras de Dios y de su omnipotencia!


Estas palabras de Allan Kardec nos traen a las preguntas formuladas a los Espíritus en cuanto duraron sus estudios sobre el asunto. “El Libro de los Espíritus” es la recopilación de su enseñanza. En la próxima edición empezaremos a publicar sus preguntas y respuestas. Os invitamos a leerlas y a reflexionar sobre cada una de ellas. Un mundo que se abre a nuestros ojos desde el punto de vista de quién está del otro lado de la vida.


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