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Penas Eternas

CAPÍTULO VI – DOCTRINA DE LAS PENAS ETERNAS
(Silver Chiquero)


Origen de la doctrina de las penas eternas

La doctrina de las penas eternas tuvo su razón de ser, mediante el miedo sirvió de freno a los hombres poco adelantados, tanto intelectual como moralmente, dado que no se hallaban preparados para captar los matices, a menudo sutiles, del bien y del mal. A medida que el espíritu se desarrolló volviendo a encarnar numerosas veces para adquirir los conocimientos necesarios, el velo material comenzó a disiparse; los hombres se iniciaron en la comprensión de las cuestiones espirituales, pero de una manera gradual.
Jesús vino para señalar nuevos deberes: la caridad y el amor al prójimo en reemplazo del odio y la venganza, la abnegación en lugar del egoísmo. Jesús sólo presenta a Dios inflexible con el pecador endurecido.

Foto: Marcelo Nogare

El Jehová de los hebreos recompensaba a los pueblos con la victoria o los castigaba con la derrota. Los judíos habían abolido los sacrificios humanos. Los cristianos condujeron a las llamas y torturaron miles de seres a quienes llamaban herejes. Aún hoy se invoca al Dios de los ejércitos antes del combate y lo glorifican después de la victoria y a menudo por causas injustas y anticristianas. Por no haber sabido armonizar a tiempo las creencias religiosas con el progreso de la razón humana, se condujo a unos al ateísmo, a otros a la incredulidad absoluta, así como a muchos al panteísmo. Se necesitó la fuerza de la opinión de los no ortodoxos, los filósofos, quienes mostraron a Dios en toda su grandeza. 

Argumentos en apoyo de las penas eternas

La doctrina de las penas eternas lleva forzosamente a negar o empequeñecer algunos de los atributos de Dios, por lo cual es inconciliable con la idea de la perfección infinita. La noción más elemental de justicia, aún entre los hombres, entiende que no se puede castigar a perpetuidad a quien desea y se esfuerza por enmendarse. Un ser infinitamente bueno no puede ser poseedor de la más pequeña cualidad de maldad, de la misma manera que un objeto de color blanco total no puede presentar el más leve matiz negro.

Imposibilidad material de las penas eternas

La ley del progreso es patente, es una ley de la Naturaleza, ley divina. Según la doctrina espírita, el hombre es hijo de sus obras durante esta vida y después de la muerte, nada debe a la gracia. Dios lo recompensa por sus esfuerzos y lo castiga por su negligencia tanto tiempo como siga siendo negligente. Las almas más avanzadas son iguales a las más atrasadas con la diferencia que han progresado siendo la pluralidad de las existencias el único medio racional para resolver el gran tema.

Foto: Marcelo Nogare


La doctrina de las penas eternas no es ya de estos tiempos

La creencia en las penas eternas tuvo su razón de ser y su utilidad en una determinada época. La humanidad ya superó la etapa infantil. El hombre ya no es ese instrumento pasivo que se inclinaba ante la fuerza material ni ese ser crédulo que aceptaba todo a ciegas. La Nueva Revelación nos brinda ideas más saludables al respecto de la vida futura y nos demuestra que podemos lograr salvarnos mediante nuestras propias obras.

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