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Se ha hecho una nueva luz

Se ha hecho una nueva luz
(Janaina Minelli)


A menudo se escucha decir en Europa y particularmente en España que “la religión ha hecho mucho mal”. Es posible que uno sienta un cierto rechazo cuando el Evangelio según el Espiritismo presenta a la ciencia y a la religión como dos palancas de la inteligencia humana. Las así llamadas “guerras santas”, la Inquisición, la alianza tácita históricamente establecida entre elementos del clero y el poder político de turno, por citar solamente algunos ejemplos, han minado la confianza que muchos depositaron en los que se presentaban como intermediarios entre el hombre y Dios. Es comprensible que muchos piensen de esta manera, pero no deja de ser curioso  que la ciencia haya estado al margen de este sentimiento de rechazo, como si no fuera obra del hombre, si no una forma de revelación de la verdad independiente de las pasiones humanas.


Foto: NASA
¿Ha hecho mal la ciencia? Pocos tendrán hacia la comunidad científica el mismo nivel de rechazo que tienen a los religiosos por haber creado y liberado la bomba atómica. De hecho, toda la industria armamentista se desarrolla gracias a investigación científica aplicada. Hubo un tiempo en que la ciencia justificaba el exterminio de razas consideradas inferiores y clasificaba a las personas como más o menos propensas al crimen según la forma de su cráneo o el color de su piel. Aquí sin embargo, los más lucidos saltarán en seguida: no es la “ciencia” la responsable de tales lecturas amorales de los datos científicos, sino el hombre. En todo caso, puede haber habido periodos en que la ciencia, en sus fases iniciales de desarrollo, se equivocara; pero parte de la dinámica científica reside precisamente en corregirse a sí misma, a medida que alcanza niveles superiores de comprensión de las leyes naturales. Yo me pregunto, ¿por qué nos cuesta tanto hacer el mismo razonamiento para la religión? ¿Por qué no cuesta pensar que no hay buena o mala ciencia, si no científicos con valores morales más o menos desarrollados, mientras que para los religiosos no estamos dispuestos a hacerlo? Aún que pensáramos en “la religión” como algo independiente de las personas, ¿no podemos asumir que en etapas históricas anteriores se equivocaron porque no conocían aspectos de la relación entre el mundo físico y el espiritual que hoy el espiritismo nos brinda? Son cuestiones para meditar.

El Evangelio según el Espiritismo nos dice que la ciencia nos revela las leyes del mundo material, mientras la religión, las leyes del mundo moral. Ninguna puede contradecirse a la otra, puesto que ambas tienen el mismo principio: Dios. Si en algún momento la ciencia y la religión se contradicen, nos dice Kardec, es por falta de observación o demasiado exclusivismo de una de las dos partes. Esto genera incredulidad e intolerancia. La ciencia, sin embargo, está llamada a dejar de ser exclusivamente materialista, tomando en cuenta el elemento espiritual como un integrante más de la ley natural. La religión, a su vez, debe abrirse a los conocimientos de la vida orgánica y de la materia ofrecidos por la ciencia. Cuando trabajen unidas, la fe que se proyecta sobre la razón y la razón que considera la vida de forma integral serán un lucero más seguro que nos guiará hacia el progreso.


Foto: cortesia de zole4 en freedigitalphotos.net
El Espiritismo viene a llenar el vacío que separaba la ciencia de la religión. Con sus tres pilares, científico, moral y filosófico, el Espiritismo nos ofrece el conocimiento de las leyes que rigen el mundo espiritual y sus relaciones con el mundo corpóreo. Éstas son tan inmutables como las que regulan el movimiento de los astros y la existencia de los seres. Ya no vemos a los espíritus o la comunicación con los que se fueron como algo sobrenatural, si no como comprendido y regulado por las leyes naturales. Por todo ellos podemos decir que una nueva luz se ha hecho. Como nos dice Kardec, “la fe se ha dirigido a la razón, ésta no ha encontrado nada ilógico en aquella, y el materialismo ha sido derrotado.” Gracias a esta doctrina que ilumina nuestras conciencias, invitándonos al máximo ejercicio moral y ético de las potencialidades de la inteligencia humana.

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