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El poder del pensamiento

Hola familia,

nuestros queridos monitores de la clase de sábado nos envían el texto con antelación para que los más aplicados lo estudiemos a fondo =) Nos vemos en el Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita, sábado, de 17:30 a las 19:00.

Cariños de la hermana menor

1. El pensamiento y las creaciones fluídicas
Las creaciones fluídicas nacen del pensamiento; éste es una fuerza creadora de nuestra alma, y, por eso, es la continuación de nosotros mismos. A través de él actuamos en el medio en que vivimos y obramos estableciendo el patrón de nuestra influencia en el bien o en el mal. Esto también quiere decir que nuestras ideas exteriorizadas crean imágenes tan intensas como lo deseemos.

El pensamiento es elaborado y producido por la mente espiritual. La mente es, en todos los ámbitos, el espejo de la vida, ella genera la fuerza del pensamiento que todo lo acciona, que crea y transforma, destruye y reconstruye, para acrisolar y sublimar. En los seres primitivos aparece como residuo del instinto, en las almas humanas surge entre las ilusiones que acometen la inteligencia, y en los Espíritus Perfeccionados se revela como precioso brillante que manifiesta la Gloria Divina. Al estudiarla desde nuestra posición espiritual, como aún nos encontramos confinados entre la animalidad y lo angélico, nos vemos obligados a interpretarla como un ámbito de nuestra conciencia despierta, dentro de la franja evolutiva en la que el conocimiento adquirido nos permita obrar.
Así, mantenemos un permanente contacto con otras mentes, influimos y somos influidos, porque nadie puede, de improviso, superar los recursos de su propia mente más allá del círculo de trabajo en el que se encuentre. No obstante, todos nosotros nos reflejamos unos con los otros dentro de nuestra relativa capacidad de asimilación. Nadie permanece fuera del incesante movimiento de permuta. Vivimos en el mundo de las imágenes que proyectamos y que recibimos. Por ellas nos detenemos por influjo de la fascinación que nos producen los elementos que nos esclavizan provisoriamente, y también, a través de ellas, incorporamos el influjo renovador de las energías que nos inducen a la purificación y al progreso.
El pensamiento o flujo energético mental se manifiesta en forma de ondas que van desde los rayos super ultra cortos en los cuales se manifiestan las legiones angelicales mediante procesos aún inaccesibles a nuestra observación, pasa por las oscilaciones cortas, medias y largas a través de las cuales se exterioriza la mente humana, y llega hasta las ondas fragmentarias de los animales, cuya vida psíquica, aún en germen, sólo arroja de sí determinados pensamientos o rayos discontinuos.
Como fundamento  activo de todas las realizaciones en los planos físico y extra físico, encontramos al pensamiento como agente esencial. Entre tanto, este pensamiento es aún materia, la materia mental en la que las leyes de formación de las cargas magnéticas o de los sistemas atómicos predominan con un nuevo sentido, componiendo el maravilloso mar de energía sutil en el que todos estamos inmersos y en el cual nos encontramos sorpresivamente con elementos que trascienden el sistema periódico de los elementos químicos conocidos en el mundo.
Es importante tener en cuenta que, independientemente del plano de la vida en el que estemos situados, nuestro pensamiento crea la vida que buscamos a través del reflejo de nosotros mismos, hasta que un día, con en el transcurso de los milenios, nos identifiquemos con la Sabiduría Infinita y con el Infinito Amor, que constituyen el Pensamiento y la Vida de nuestro Padre. 


Un pensamiento superior intensamente pensado, permítasenos esta expresión, puede, según su fuerza y elevación, sensibilizar de cerca o a distancia a hombres que no tienen ninguna idea de cómo les llega esa emisión, del mismo modo que, muchas veces, aquel que lo emite, no tiene idea del efecto producido por esa emisión. Ese es un mecanismo constante de las inteligencias humanas y de la acción recíproca de unas sobre las otras. A éstas, unidles las actividades de las inteligencias de los desencarnados e imaginad, si es que lo lográis, el incalculable poder de esa fuerza compuesta por tantas fuerzas reunidas. ¡Si se pudiera concebir el inmenso mecanismo que acciona el pensamiento y los efectos que éste produce de un individuo a otro, de un grupo de seres a otro grupo, y, finalmente, de la recíproca acción universal de los pensamientos de las criaturas entre sí, el hombre quedaría asombrado!. Se sentiría anonadado ante esa infinidad de pormenores, ante esas innumerables redes unidas entre sí por una potente voluntad que actúa armónicamente para alcanzar un único objetivo: el progreso universal.
2. Características de las creaciones fluídicas

Las ideas elaboradas con atención generan formas que tienen movimiento, sonido y color perfectamente perceptibles por todos aquellos que estén sintonizados en la longitud de onda en que fueron emitidas. Más aún, al crear imágenes fluídicas, el pensamiento se refleja en la envoltura periespiritual como en un espejo, a la manera de esas imágenes de objetos terrestres que se reflejan en los vapores del aire, que toman cuerpo allí, y que, en cierto modo, se fotografían. Por ejemplo, si un hombre tiene la idea de matar a alguien, aunque su cuerpo material se conserve impasible, su cuerpo fluídico es accionado por esa idea y la reproduce con todos los detalles, ejecutando fluídicamente el gesto. Su pensamiento crea la imagen de la víctima, y la escena completa se presenta como en un cuadro, tal cual está en la mente.

La fuerza mental, responsable de las creaciones fluídicas humanas, no es patrimonio de privilegiados. Es propiedad común de todas las criaturas, pero solamente la entienden y la utilizan aquellos que la ejercitan a través de cuidadosas meditaciones. Cada ser vivo es un transformador de esa energía según el potencial receptivo y de irradiación que posea. Es así que los más secretos procesos del alma repercuten en la envoltura fluídica. Es así que un alma puede leer en otra alma como en un libro y ver lo que no es perceptible a los ojos del cuerpo. Éstos ven las impresiones interiores a través del reflejo que producen en las expresiones fisonómicas: la cólera, la alegría, la tristeza; pero el alma ve en las expresiones del alma los pensamientos que no se exteriorizan.

Los Espíritus desencarnados manipulan los fluidos del plano espiritual por medio del pensamiento y de la voluntad. Forman aglomeraciones, conjuntos y diferentes edificaciones en los lugares donde viven. Cambian sus propiedades como un químico cambia la de los gases o la de otros cuerpos, combinándolos según ciertas leyes. Es el gran taller o laboratorio de la vida espiritual. Algunas veces, esas transformaciones son el resultado de una intención; otras, son el producto de un pensamiento inconsciente. Basta que el Espíritu piense en una cosa, para que ésta se produzca, como basta que module un aria para que ésta repercuta en la atmósfera.


Es así, por ejemplo, que un Espíritu se hace visible a un encarnado que tenga vista psíquica, con la apariencia que tenía en la época en que lo conoció cuando estaba vivo, aunque ese Espíritu haya tenido muchas encarnaciones después de esa época. Se presenta con la vestimenta, las señales exteriores – enfermedades, cicatrices, miembros amputados, etc.– que tenía entonces. Un decapitado se presentará sin cabeza. Esto no quiere decir que haya conservado esa apariencia, porque el Espíritu no es cojo, ni manco, ni tuerto, ni está decapitado. Lo que se produce es que, al retrotraer su pensamiento a la época en la que tenía esos defectos, el periespíritu toma instantáneamente esas apariencias, que desaparecen en cuanto ese mismo pensamiento deja de actuar en ese sentido. De modo que, si alguna vez fue negro en una oportunidad y blanco en otra, se presentará como blanco o negro, según la encarnación a la que se refiera en su evocación y a la que se transporte con su pensamiento.

Por efecto análogo, el pensamiento del Espíritu crea fluídicamente los objetos que utilizaba en forma habitual. Un avaro manipulará el oro, un militar portará sus armas y su uniforme, un fumador, su pipa, una mujer anciana, su rueca (u otro objeto). Para el Espíritu, esos objetos fluídicos son tan reales como lo eran en el estado material para el hombre vivo (encarnado), pero, por el hecho de ser creaciones del pensamiento, la existencia de esos objetos es tan fugaz como la de éste.

De esa manera, al emitir una idea, comenzamos a reflejar las que se le asemejan, idea esa que toma cuerpo con la intensidad correspondiente a nuestra insistencia en sustentarla. Así nos mantenemos espontáneamente en comunicación con todos los que adopten nuestro modo de sentir. Y es en esa proyección de energías que determinan el forzoso intercambio con todas las mentes encarnadas o desencarnadas, que nuestro Espíritu actúa en el mundo de las formas-pensamiento, liberando nuestro paso o esclavizándonos dentro de la pauta del bien o del mal de nuestra elección.

Las formas ― pensamiento son fácilmente percibidas por los desencarnados, aunque sea un Espíritu moralmente inferior, quien las utiliza en los procesos obsesivos. Las acciones de esos Espíritus nos afectan porque no tienen ninguna dificultad en reconocer el tenor de nuestros pensamientos: en cualquier fase de nuestra vida, todos poseemos, además de los deseos comunes de la inmediatez, un “deseo central” o “tema básico” de los intereses más íntimos. Por eso, además de los pensamientos vulgares que nos aprisionan a la experiencia rutinaria, emitimos con más frecuencia los pensamientos que nacen del “deseo central” que nos caracteriza, pensamientos éstos que pasan a constituir el reflejo dominante de nuestra personalidad. De esta manera, es fácil conocer la índole de cualquier persona, en cualquier plano en que se encuentre, a través de las ocupaciones y posiciones en las que prefiera vivir. 


En el caso de las obsesiones, afirma un terrible obsesor: “Cuando se conoce el reflejo de la criatura que nos proponemos rectificar o punir, es muy fácil sobrealimentarla con constantes excitaciones. Así se fortalecen sus impulsos y los esquemas que ya existen en su imaginación, y se crean otros que se superpongan a esos y que nutran la fijación mental. A través de estos procesos, creamos y mantenemos fácilmente el “delirio psíquico” o la “obsesión”, que no es más que un estado anormal de la mente subyugada por el exceso de sus propias creaciones, las cuales presionan el ámbito sensorial infinitamente acrecentadas por la influencia directa o indirecta de otras mentes, desencarnadas o no, atraídas por su propio reflejo”.

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