La culpa, otra gran desoladora

Jordi Santandreu

El Espiritismo encierra una filosofía de vida que nos ayuda a vivir mejor, a ser más felices y a progresar en todos los sentidos. Para alcanzarlo nos ayuda, entre otras cosas, a manejar adecuadamente las emociones, entre ellas, la culpa.

La culpa es una emoción como lo son la depresión, la ansiedad, la ira o la alegría. Todas ellas son estados emocionales fluctuantes y transitorios. Así como toda emoción, la culpa se origina en una evaluación mental más o menos consciente de determinados hechos o situaciones.


Ya lo decía Epicteto en el siglo I d.C.:

“Todos los estados emocionales siguen este mismo patrón, son la consecuencia de una determinada manera de ver las cosas”.


Factores desencadenantes de las emociones


Es innegable que hay factores biológicos o fisiológicos que intervienen en el surgimiento, el mantenimiento e incluso en la desaparición de las emociones, como los genes, los neurotransmisores y las hormonas. Por ejemplo: en muchas mujeres es muy intenso el impacto de la menstruación, de la menopausia o del embarazo en su estado emocional. Hay también lo que llamamos factores ambientales como la alimentación, las horas de Sol y la exposición a otros estímulos, que también influyen, sin duda. Sin embargo, de entre todos los factores, el pensamiento es el factor más importante.


¿Cuántas personas milmillonarias que gozan de salud y de todas las comodidades, sufren profundas depresiones? y ¿Cuántas personas conocemos con severas discapacidades y limitaciones, de nacimiento o sobrevenidas, que son súper felices? Podríamos analizar el caso de Nick Vujicik, un pastor evangelista que no tiene ni brazos ni piernas ¡y es tremendamente feliz! 


Además, las emociones vienen acompañadas de tendencias conductuales específicas, de formas de responder que inciden en el contexto, que suele retroalimentar a su vez la forma de ver las cosas. ¡Cuando albergamos la ira, sacamos fuego por la boca! Y eso puede perjudicar a todo lo que tenemos a nuestro alrededor, cuya respuesta podrá nuevamente alimentar nuestra emoción destructora.


Las emociones repercuten en el organismo alterando procesos internos y favoreciendo o perjudicando la salud y el desarrollo de enfermedades de todo tipo. Es el caso de las enfermedades psicosomáticas: muchas del sistema gastrointestinal (como el síndrome del intestino irritable), del sistema respiratorio, endocrino, de la piel, del corazón, etc. 


El problema de evaluar los sucesos de manera distorsionada


Evaluar las vicisitudes tiene que ver con considerarlas buenas o malas en función de unos criterios, que pueden ser prácticos (si algo me sirve o no para obtener algún fin material) o morales (si algo me sirve para acercarme o alejarme de una virtud).


Si interpreto salir de casa como algo amenazador ¿Qué va a pasar? Que no saldré de casa o lo haré con mucho sufrimiento. ¿Y eso me ayudará a alcanzar unos objetivos prácticos? Claramente no, si no con un coste emocional muy elevado.

¿Me ayudará a ser bueno para mi comunidad o para ser más feliz? Probablemente tampoco, sobre todo a largo plazo.


Ambos criterios están estrechamente relacionados: algo que no es práctico, es decir, que no me ayuda a conseguir mis objetivos, tenderá a alejarme de mis valores y de mis virtudes. En cambio, algo práctico que me ayuda a alcanzar mis metas tenderá a aproximarme a ellos.


Veámoslo con otro ejemplo: Si interpreto suspender un examen como algo malo, aunque natural y llevadero, que puedo corregir, ¿Qué pasará cuando tenga otro examen? ¡Que me esforzaré más y tendré más probabilidades de aprobar! Por lo tanto, me ayudará a alcanzar mis objetivos prácticos, a ser feliz y aportar algo de bueno a mi comunidad.


Cuando evaluamos los aciertos y los errores que cometemos podemos ser más o menos estrictos o rígidos en ambas dimensiones, en la práctica y en la moral. Si lo somos, el impacto emocional será muy intenso y así serán sus repercusiones. Por el contrario, cuanto más flexibles seamos a la hora de medir el valor de un acierto o de un error, el impacto emocional será menor y la respuesta más adaptativa.


Supongamos que se me cae el móvil al suelo y se rompe la pantalla. Según criterios prácticos, es algo negativo ya que tendré que gastarme cierto dinero. Pero si no le doy demasiada importancia, la justa, la huella emocional será débil y desaparecerá rápidamente. Para ello tendré que utilizar argumentos racionales.


A nivel práctico, las consecuencias dependen de muchos factores y condiciones, por ejemplo, la legislación o la cultura, muchos de los cuales no controlamos y cambian de época en época, o de país en país. En la Francia del siglo XIX batirse en duelo era perfectamente legal. Hoy en día o bien vamos a la cárcel o bien al psiquiátrico ¡sobre todo si nos batimos a espadas y con sombreros de plumas en la cabeza!


En la dimensión moral, ya no en la práctica sino en nuestro interior, las leyes divinas están esculpidas en nuestra conciencia, tal y como nos enseñan los espíritus en el bloque tercero de El Libro de los Espíritus. Estas son eternas e inmutables, van con nosotros allá adonde vayamos. 


Aun así, el impacto emocional dependerá nuevamente de lo estrictos que seamos a la hora de medir la importancia de ese error. Lo podríamos ilustrar de la siguiente manera: si soy un mafioso al que no le importa el respeto a la vida ni la bondad hacia los demás, tan sólo el dinero y el poder, el impacto emocional de acabar con la vida física de alguien será débil, al menos a corto o a medio plazo.


Pero ¿Qué sucede si convenzo al mafioso de que el respeto y la bondad son valores sumamente importantes? Le podría explicar que, para quien se aleja de esos valores le espera un sufrimiento eterno y aterrador y para quien los cumple, en cambio, la gloria más sublime.


Si le convenzo conseguiré que cambie su propia valoración de los acontecimientos, que adapte la que le muestro y de ahí sus emociones y su conducta serán diferentes.


Cuando nos sometemos a un juicio demasiado rígido


Para el espíritu Hammed, autor espiritual del libro Los dolores del Alma, psicografiado por Francisco do Espírito Santo Neto, “innúmeras creencias religiosas han sido inmensamente nocivas al manipular de esta manera la mente de las personas, vendiéndoles una forma extremadamente estricta de medir las consecuencias de sus actos, con el fin de mantenerlas sumisas y conducirlas a su antojo”.


No sólo el Catolicismo sino la mayor de parte de las filosofías religiosas de la historia, el Budismo, el Hinduismo, los griegos, los romanos, etc. han alimentado ideas absurdas como la del fuego eterno o el infierno.


Hammed nos recuerda la pregunta que Kardec realiza a los Espíritus sobre si esta creencia produce o no buenos resultados en el bienestar y en el desarrollo moral de las personas. Los Espíritus respondieron:


Cuando enseñas cosas que más tarde la razón repelerá, causaréis una impresión que no será duradera ni saludable” 

(pregunta 974 de El Libro de los Espíritus)


Es decir, cuanto más rígidamente medimos el impacto práctico y moral de nuestros actos, mayores y más perturbadoras serán las consecuencias emocionales. 


Por qué la flexibilidad es más sana y racional


Ahora veamos qué nos enseña la doctrina Espírita sobre lo que somos en realidad:

Desde mi punto de vista personal, en este momento somos seres que transitamos de la tercera orden (de espíritus imperfectos) a la segunda (espíritus buenos).


Somos espíritus, en este sentido, relativamente jóvenes e imperfectos y como tales, propensos a cometer errores de todo tipo: somos como niños pequeños que están aprendiendo a ir en bici y claro está, nos caemos todavía con frecuencia rascándonos las rodillas y partiéndonos algún que otro hueso. Es más: sólo cayéndonos es como aprendemos a andar, es perfectamente natural. Sólo a través del ensayo y del error la ciencia progresa, y nosotros también. Por lo tanto, gracias hemos de dar al cometer errores y al ser conscientes de ellos, pues progresamos.


Otra cosa que nos enseñan los Espíritus es que la evolución espiritual es un camino largo, muy largo, desde la piedra hasta el arcángel transcurren millones de años, tal vez miles de millones de años. 


“El principio espiritual duerme en la planta, sueña en el animal y finalmente despierta en el hominal”, escribió León Denis para referirse a esta larga caminata que todos hemos recorrido (en El problema del ser, del destino y del dolor, 1908). Por esto mismo, tiempo hay de sobras para aprender y corregir todas las caídas que suframos. 


En tercer lugar, el Espiritismo nos explica que el infierno no existe, que es una metáfora de un estado transitorio de la conciencia sumida en el profundo dolor. Si bien existen regiones en el mundo espiritual que tienen un aspecto sombrío e infernal, no son ni estancias eternas ni nadie nos ha condenado a ir allí. Nuestra propia vibración nos lleva a ese lugar, una afinidad de carácter y de inclinaciones, aunque no seamos del todo conscientes de ello en ocasiones. Un cambio de vibración nos saca de allí, por el mismo lugar por el que hemos entrado.


En cuarto lugar, todos somos hijos de Dios y Él no nos dejará de amar y proteger a pesar de ninguno de nuestros equívocos, todo lo contrario. Por eso envió a un súper misionario, el modelo más perfecto que nunca hemos tenido, a echarnos un cable para salir del pozo en el que nos encontramos.


Con estos argumentos ya no es necesario que seamos tan estrictos a la hora de considerar nuestras equivocaciones. Son accidentes naturales para espíritus de nuestra orden y tiempo hay para aprender y corregirnos con la ayuda de los Espíritus nobles capitaneados por Jesús. Nadie nos va a condenar a ningún fuego eterno salvo nosotros mismos, según el criterio con el que midamos nuestro desempeño.


La manera adecuada de lidiar con nuestros errores


Acabaremos con unas palabras de Joanna de Ângelis, que nos enseña el modo más sano de lidiar con nuestros errores. La remarcable mentora nos sugiere, en el libro Despierte y sea feliz, el auto perdón y la reparación:


“Arrepentirse es abrirse al Bien.

Cuando descubras que has cometido un error,

inicia inmediatamente la acción correctiva.

Conociendo la realidad, cultiva el coraje de identificar el error, arrepentirse de él y, acto seguido, repararlo. Con la mente elevada a las Sublimes Fuentes de la Vida, disfrutaréis de emociones y pensamientos ideales, que os ayudarán a no equivocaros. Pero si eso sucede, te ayudarán a arrepentirte y a recuperarte, reparando cualquier mal que hayas hecho, liberándote así de la culpa”.


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