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Acción de los Espíritus sobre la materia

El Libro de los Médiums, segunda parte, cap. I




David Santamaria


Después de examinar con detalle las diversas teorías que intentaban explicar la manifestación de los Espíritus, Allan Kardec se sumerge durante varios capítulos de esta obra en las interacciones del Espíritu con la materia. Y, claro está, uno de los contactos más importantes de esas dos realidades, Espíritu y materia, se da en el conjunto Espíritu-periespíritu o alma-periespíritu.  


La idea que las personas se forman acerca de los Espíritus vuelve a primera vista incomprensible el fenómeno de las manifestaciones. Como esas manifestaciones no pueden ocurrir sin la acción del Espíritu sobre la materia, los que consideran que el Espíritu es la ausencia absoluta de materia se preguntan, con cierta apariencia de razón, cómo puede obrar materialmente. Ahora bien, ahí está el error, pues el Espíritu no es una abstracción, sino un ser definido, limitado y circunscripto (ítem 53)


Realmente, no sabemos cuál es la constitución íntima del alma o Espíritu. Lo que sí comprendemos es que, al estar el alma “recubierta” de materia, de energía, eso le faculta para poder intervenir sobre el medio material y también, le permite ser una realidad concreta y no algo indefinido.


La forma del periespíritu es la forma humana. (…) Aunque con pequeñas diferencias en cuanto a los detalles, y salvo las modificaciones orgánicas exigidas por el medio donde el ser está llamado a vivir, la forma humana se encuentra en los habitantes de todos los mundos. Eso es, al menos, lo que los Espíritus manifiestan. Esa es también la forma de todos los Espíritus no encarnados, que sólo tienen el periespíritu. (…) De ahí debemos inferir que la forma humana es la forma típica de todos los seres humanos en todos los mundos, sea cual fuere el grado de adelanto al que pertenezcan. (ítem 56)


¿Es esto realmente así? ¿El diseño humano es la única forma de que se revisten los Espíritus encarnados y desencarnados, en los diferentes mundos del espacio infinito? Esta es una cuestión insoluble ya que, verdaderamente, no se tiene, no se puede tener, la certeza absoluta de ello. Por ello, prudentemente, Kardec ya nos dice que «eso es, al menos, lo que los Espíritus manifiestan». En otras obras de Kardec se pueden leer más comentarios sobre este tema (también aquí, como en los anteriores párrafos, los resaltados son nuestros):


Es preciso considerar que en la Tierra no se ve toda la humanidad, sino una muy pequeña fracción de ella. En efecto, la especie humana comprende todos los seres dotados de razón que pueblan los innumerables mundos del universo. (El Evangelio según el Espiritismo, cap. III, ítem 6)


El sentido de este párrafo coincidiría con el anterior texto citado de El Libro de los Médiums. Sin embargo, veamos otros dos comentarios de El Libro de los Espíritus, no coincidentes con esa concepción de la universalidad de la forma humana:


Dado que la constitución física de los mundos no es la misma en todos ellos, ¿se puede concluir que los seres que habitan en ellos poseen una organización diferente?

Sin duda, como entre vosotros los peces están hechos para vivir en el agua y las aves en el aire.” (ítem 57)


Los mundos que están más alejados del Sol, ¿se encuentran privados de luz y calor, dado que el Sol sólo se presenta a ellos con la apariencia de una estrella?

“¿Creéis, pues, que no hay otras fuentes de luz y de calor más que el Sol? ¿No contáis para nada con la electricidad, que en algunos mundos desempeña un papel que no conocéis, y mucho más importante que en la Tierra? Por otra parte, no hemos dicho que todos los seres sean de la misma manera que vosotros y con órganos conformados como los vuestros.

Las condiciones de existencia de los seres que habitan en los diferentes mundos deben ser apropiadas al medio donde son llamados a vivir. (ítem 58)


En estos dos apartados de la obra fundamental de Kardec, se está diciendo lo contrario a lo reflejado en los dos primeros textos. Es decir, la organización física puede ser diferente y, por ello mismo, la forma de esa organización no tendría por qué ser idéntica a la humana en todos los casos.


¿Con cuál de las dos versiones habría que quedarse? Verdaderamente, solo podemos emitir una opinión personal ya que, de forma evidente, no tenemos posibilidad de contrastar ninguna de las dos hipótesis. Aun reconociendo que la forma humana es una estructura muy eficiente y práctica, no podemos negar la posibilidad de que existan otros modelos físicos que también puedan serlo. Además, las condiciones existenciales de la vida en otros planetas pueden requerir formas de vida muy distintas a la nuestra. Por todo ello, y sólo como opinión propia, pienso que sería posiblemente más lógico decantarse por la segunda opción; es decir, la de que pueda haber distintas formas corporales en diferentes mundos habitados del Universo, así como en la forma de los periespíritus de los desencarnados vinculados a esos mundos.


֎


Después de este largo paréntesis,  volvamos al capítulo de El Libro de los Médiums, donde Allan Kardec pasa a comentar algunas de las características del periespíritu, como estructura de una materia con propiedades diferentes a las que estamos habituados en el mundo físico:


Con todo, la materia sutil del periespíritu no posee la tenacidad ni la rigidez de la materia compacta del cuerpo. Es, si así podemos expresarlo, flexible y expansible, razón por la cual la forma que adopta, aunque esté calcada de la del cuerpo, no es absoluta. Se somete a la voluntad del Espíritu, que puede imprimirle la apariencia que más le convenga, mientras que la envoltura sólida le ofrece una resistencia que no puede vencer. Libre del obstáculo que lo comprimía, el periespíritu se expande o se contrae, se transforma. En una palabra, se presta a todas las metamorfosis, de acuerdo con la voluntad que actúa sobre él. (ítem 56)


O sea, el periespíritu posee una plasticidad, una maleabilidad que no tiene la materia física, ni la materia orgánica de nuestro cuerpo. Como indica Kardec es flexible, expansible, pudiendo también contraerse y transformarse; todo ello realizado por la voluntad del Espíritu. Así, pues:


Como consecuencia de esa propiedad de su envoltura fluídica, el Espíritu que quiere darse a conocer puede, en caso necesario, adoptar la apariencia exacta que tenía cuando estaba vivo, e inclusive con los defectos corporales que sirven de señales para que lo reconozcan. (ítem 56)


Hecho esto, seguramente en muchas oportunidades, sin ninguna intención voluntaria por parte del Espíritu manifestante. Probablemente, por el mero hecho de pensar en la situación, en el momento de aquella vida anterior en que le conoció la persona a quien se presenta, el Espíritu modela automáticamente en su periespíritu la forma que poseyó en aquella circunstancia concreta. Y esa flexibilidad llega al extremo de que, si tuviera que ser percibido sucesivamente por dos personas que le hubieran tratado en épocas diferentes de su vida corporal, la forma periespiritual volvería a transformarse en un instante para adoptar esa nueva apariencia. 


Curiosamente, no hay en la obra de Kardec una enumeración de las cualidades y funciones del periespíritu, sino que se van encontrando en diversos ejemplos que va proponiendo y que iremos señalando a lo largo de esta serie de artículos.


«Regresemos a la naturaleza del periespíritu», nos dice Kardec, 


porque es esencial para la explicación que vamos a dar. Hemos dicho que, aunque fluídico, el periespíritu no deja de ser una especie de materia, y eso resulta del hecho de las apariciones tangibles, acerca de las cuales volveremos a hablar. Bajo la influencia de ciertos médiums, se ven manos que aparecen con todas las propiedades de las manos vivas: están dotadas de temperatura, se pueden palpar, ofrecen la resistencia de un cuerpo sólido, estrechan a los presentes y, de repente, se desvanecen como una sombra. La acción inteligente de esas manos, que evidentemente obedecen a una voluntad cuando ejecutan ciertos movimientos, tocando incluso melodías en un instrumento, prueba que ellas son la parte visible de un ser inteligente invisible. El hecho de que sean tangibles, su temperatura, en suma, la impresión que causan en los sentidos   –pues se ha visto que dejan marcas en la piel, que dan golpes dolorosos o acarician con delicadeza– prueba que esas manos son algún tipo de materia. Su desaparición instantánea prueba, además, que esa materia es eminentemente sutil, y que se comporta como ciertas sustancias que pueden, alternativamente, pasar del estado sólido al estado fluídico y viceversa. (ítem 57)


En este largo párrafo, Kardec va un paso más allá en la concreción de cómo incluso se puede percibir directamente, desde el mundo físico, la realidad de la materia periespiritual. Más adelante, en el capítulo VI, se encuentran sus consideraciones acerca de las Manifestaciones visuales. Pero, aquí, esas manos materializadas y que tienen toda la apariencia de estar vivas, no dejan de ser una concreción muy material del periespíritu del ser que así se está manifestando. Y esto es realmente lo que él quiere remarcar. En este caso, da igual el mecanismo que se haya empleado para materializarlas, ciertamente lo relevante es que esa parte del periespíritu se ha podido plasmar materialmente de tal manera que puede tocarse, apretarse, “sentirse” como formando parte de un ser vivo. El interés de Kardec es que sus lectores entendamos que el periespíritu es una realidad, casi siempre intangible para los encarnados, pero de la que no podemos dudar gracias a los efectos de esas manifestaciones.


En el ítem siguiente Kardec da una vuelta de tuerca más al tema:


La naturaleza íntima del Espíritu propiamente dicho, es decir, del ser pensante, nos resulta por completo desconocida. Él se nos revela por sus acciones, y esas acciones sólo pueden impresionar nuestros sentidos materiales a través de un intermediario material. Así pues, el Espíritu necesita materia para actuar sobre la materia. (ítem 58)


Kardec tiene la rara habilidad de concentrar grandes verdades en muy pocas palabras. Este párrafo comienza con una realidad incontestable: no sabemos cuál es la naturaleza íntima del Espíritu (como ya señalábamos al principio) y tal vez, no lo sepamos nunca, o nos falten aún muchísimas jornadas de progreso para llegar a entender como sea realmente esa esencia. Pero, eso tampoco tiene ninguna importancia, en este momento concreto. Lo realmente relevante es demostrar que el Espíritu, que es un ser incorpóreo, puede actuar sobre la materia utilizando materia para ello. Y termina este capítulo con una pregunta contundente, que promete una respuesta plena de interés:


Cuando vemos que el aire derriba edificios, que el vapor desplaza enormes masas, que la pólvora gasificada levanta rocas, que la electricidad destroza árboles y horada paredes, ¿qué hay de extraño en admitir que el Espíritu, con la ayuda de su periespíritu, pueda levantar una mesa, sobre todo si se sabe que ese periespíritu puede hacerse visible, tangible, y comportarse como un cuerpo sólido? (ítem 59)


Como siempre, Allan Kardec pregunta con conocimiento de causa y para asentar aún más su cuestión, la precede de unas afirmaciones científicamente irrebatibles. Veremos, en sucesivos artículos, como él va aportando su conocimiento y su lógica para demostrar que «no hay nada extraño» en que los Espíritus puedan mover objetos. 


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