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La Génesis. Capítulo III. El Bien y el Mal

Vera Lucia Dalessio



Como comentamos anteriormente, Dios es el principio de todo, y éste es una trilogía de, sabiduría, bondad y justicia. Todo lo que de Él emane, debe estar impregnado de estos atributos. Por lo tanto, el mal que vemos no se originó de Él.


Dios no crearía un Satanás, pues sería incompatible con su infinita bondad. Sin embargo, el mal existe y tiene una causa: El Hombre.


El hombre, que teniendo sus facultades limitadas, no comprende las razones del Creador, juzga a las cosas de acuerdo a su personalidad, en razón de intereses ficticios y prejuicios, que él mismo ha creado, y que no son parte del orden natural.


El hombre ha recibido un don, su inteligencia, con la cual puede, al menos, atenuar en gran medida, los efectos de los desastres naturales, de los cuales no tiene control, pues no sería posible evitarlos por completo. Puede mitigarlos con circunstancias que amenizan las catástrofes y le instan a crear ciencias, gracias a las cuales, mejora las condiciones de habitabilidad del planeta, y aumenta el bienestar general.


El hombre progresa, y a través de los males que viven, estimula su inteligencia y sus facultades psíquicas y morales, haciéndole buscar medios para substraerse a las calamidades. Si no temiese a nada, no buscaría la investigación, viviría en la inactividad, y no habría inventos y descubrimientos.


El dolor es un aguijón que impulsa al hombre hacia adelante, por la vía del progreso. Pero, los peores y mayores males son originados por su orgullo, ambición, por los derivados de los excesos; que son causa de las guerras y calamidades venidas de ahí, tales: como la opresión hacia el débil por el fuerte, y de gran parte de las enfermedades.


El hombre tiene la ley divina grabada en su alma. Además de multitudes de espíritus encarnados y desencarnados, que siempre se manifiestan inspirándole a hacer el bien. Si no lo hace, es en virtud de su libre albedrío y por eso sufre las consecuencias que se merece.

Pero Dios, todo bondad, colocó el remedio al lado del mal, es decir, que el mismo mal hace nacer el bien. Cuando el exceso de mal pasa a ser intolerable en el hombre, él mismo siente la necesidad de cambiar. Después de sufrir mucho, busca la medicina del bien, y empieza a mejorar moralmente para sentirse feliz.


El mal es la ausencia del bien. No hacer el mal es ya el comienzo del bien. El mal proviene exclusivamente del hombre y de su libre albedrío. Así que podrá evitarlo cuando así lo desee, respetando las leyes divinas.


Si Dios hubiese creado al hombre perfecto, el mal no existiría. Entonces, Dios no creó a Satanás pero creó al hombre que causa el mal.


Si no hubiera sido así, el hombre no estaría sujeto a la ley del progreso, tampoco su evolución sería resultado de su propio trabajo. El origen de las pasiones y los vicios vienen de los instintos de conservación, que predomina en los animales y en los seres primitivos más próximos a la animalidad, porque aún  no poseen  el contrapeso del sentido moral y la vida intelectual.


El instinto se debilita  en proporción al desarrollo de la inteligencia; ya que ésta domina la materia. La meta del espíritu es la vida espiritual. Todas las pasiones poseen una utilidad providencial, pues de otro modo Dios hubiese hecho cosas inútiles o perjudiciales.


El abuso engendra el mal. El hombre abusa en virtud de su libre albedrío. Más adelante, llevado por su propio interés, elegirá libremente entre el bien y el mal.



Instinto e Inteligencia



¿Cuál es la diferencia entre el instinto y la inteligencia?


El instinto es la fuerza oculta que lleva a los seres orgánicos a realizar actos espontáneos e involuntarios para sobrevivir. La reflexión y la premeditación no entran en los actos instintivos. Por él se buscan alimentos, protección para abrigarse, defensas personales de supervivencia, acercamiento sexual, cuidados de las madres con sus pequeños. En el hombre, el instinto prevalece en el período de la infancia. Todos los  actos  mecánicos son instintivos. El instinto es un guía seguro, jamás se equivoca. La inteligencia se revela mediante actos voluntarios, reflexivos, premeditados y combinados, según las circunstancias. Es indudablemente, un atributo exclusivo del alma.


Los actos que denotan reflexión y premeditación son inteligentes. La inteligencia, en razón de su carácter libre, está sujeta a errores. Aunque el acto instintivo no tenga el carácter de inteligencia, revela una causa inteligente esencialmente previsora.


Si se afirma que el  instinto se origina en la materia, habría que admitir que la materia es inteligente, incluso más inteligente y previsora que el alma, ya que el instinto no comete errores y la inteligencia sí se equivoca.


Hay algunas hipótesis para el origen del instinto y de la inteligencia y sus principios de unidad y actuación. Una de ellas es la que el Espiritismo nos enseña, en lo que respecta a las conexiones del mundo espiritual y el corporal. Muchos espíritus desencarnados tienen la misión de velar por los encarnados, a quienes protegen, guían y cubren con sus emanaciones fluidificas, y también sabemos que el hombre obra a menudo de manera inconsciente bajo la acción de esos efluvios.


Se sabe, además, que el instinto produce actos inconscientes y que él predomina en los niños y en general en los seres cuya razón es débil. Según esta hipótesis, el instinto no sería un atributo ni del alma ni de la materia, no pertenecería al ser vivo, sino sería efecto de la acción directa de los espíritus protectores invisibles, quienes reemplazarían la imperfección de la inteligencia al provocar ciertos actos inconscientes necesarios para la preservación del ser.


Estos espíritus protectores actúan mientras el individuo los necesita; dejando de actuar cuando él aprende a sostenerse solo. Esa protección es más activa si el individuo posee menos recursos propios. Es un espíritu protector que vela por aquellos seres imposibilitados de protegerse por solos. Eso pasa cuando la inteligencia libre reemplaza al instinto.

La misión de los espíritus protectores es un deber que aceptan voluntariamente. Es para ellos un medio de progreso, según cumplan la tarea encomendada.


Reconocemos una profunda sabiduría en la adecuación tan perfecta y constante de las facultades instintivas a las necesidades de cada especie. Todas estas maneras de considerar al instinto son hipotéticas y ninguna puede ser tomada como solución definitiva.


El problema quedará resuelto el día en que se reúnan los elementos de observación  que aún faltan. Si un hombre actuase siempre llevado por su instinto, podría ser muy bueno, pero dejaría dormir su inteligencia. Sería como el niño que no abandonase su andador, motivo por el cual no aprendería a servirse de sus piernas. El hombre que no domina sus pasiones podrá ser muy inteligente, pero al mismo tiempo muy malo. El instinto se aniquila solo, las pasiones necesitan el esfuerzo de la voluntad.



Destrucción mutua de los seres vivos



La destrucción recíproca de los seres vivos es una de las leyes de la naturaleza que menos parece armonizar con la bondad de Dios. Uno se pregunta, ¿por qué esa necesidad de destruirse unos a los otros para alimentarse?


Quien solo ve la materia y limita su visión a la vida presente puede parecerle ésta una imperfección de la obra divina, pues los hombres juzgan la perfección de Dios según sus propios puntos de vista, sus juicios, y se creen que Dios obra como ellos mismos lo hacen.


La verdadera vida, tanto del hombre, como del animal, no se halla en la envoltura corporal, como tampoco en las vestiduras. Se encuentra en el principio inteligente que preexiste y sobrevive al cuerpo. El cuerpo se gasta, pero el espíritu no. Por el contrario, cada vez surge con más fuerza, lucidez y capacidad.


Entonces; ¿Qué importancia tiene que el espíritu cambie su envoltura, una vez que sigue siendo el mismo espíritu?


Es como si se cambiara de ropa. Por eso debemos aprender y entender cada vez más la vida espiritual. Se hace difícil entender la necesidad de la destrucción, debido a nuestro escaso progreso y debemos pensar que Dios debe ser infinitamente justo y bueno, por lo tanto busquemos en todo su justicia y su bondad, e inclinémonos ante lo que supera nuestra comprensión.  


La lucha es necesaria para el progreso del espirito. Con ella ejercita sus facultades. Con la evolución, llegará el momento en que el hombre superará sus instintos de destrucción. El adquirirá conocimientos y experiencias y se despojará de los últimos vestigios de animalidad. Pero la lucha, antes sangrienta y brutal, será puramente intelectual. El hombre habrá de luchar contra sus dificultades y no contra sus semejantes.


Que podamos superar pronto todos estos obstáculos y amar a nuestros semejantes como nuestros hermanos espirituales, que es lo que somos todos. Hijos de un mismo Dios.


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