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La Transición


Segunda Parte - Capítulo I - La Transición
(Silver Chiquero)

La confianza en la vida futura no excluye los temores propios de la transición de una vida a la otra, el temor es el momento de la transición.


Observando la expresión serena de ciertos muertos y las terribles convulsiones orgánicas de otros, deducimos que las sensaciones no son siempre idénticas. El fenómeno fisiológico de la separación del alma se basa en las leyes que rigen las relaciones del Espíritu con la materia. La religión se detiene en el umbral de la vida espiritual, la ciencia en el de la vida material y el Espiritismo que une a ambas, puede decirnos cómo se opera la transición.


La materia inerte es insensible, solamente el alma experimenta las sensaciones de dolor y placer. Es el alma y no el cuerpo quien sufre. El periespíritu es la envoltura fluídica del alma y no se separa ni antes ni después de la muerte. Durante la vida el fluido periespiritual penetra al cuerpo en todas sus partes y sirve de vehículo a las sensaciones físicas del alma.

La extinción de la vida orgánica produce la separación del alma y el cuerpo mediante la ruptura del lazo fluídico que los une, pero esa separación no es brusca. El fluido periespiritual se desprende poco a poco de todos los órganos, de manera que la separación sólo es completa y absoluta cuando no queda un solo átomo del periespíritu unida a una molécula del cuerpo. La muerte por tanto, será más penosa según las circunstancias:

  • si en el momento de la extinción de la vida orgánica el desprendimiento del periespíritu ya se haya operado, el alma no sentirá absolutamente nada,
  • si la unión es muy fuerte, se producirá una especie de desgarramiento que actuará dolorosamente sobre el alma,
  • si la unión es débil, la separación será fácil y sin dificultad,
  • si después del cese completo de la vida orgánica hay todavía numerosos puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el alma podrá llegar a sentir los efectos de la descomposición del cuerpo hasta que el lazo fluídico se corte definitivamente.


Otro fenómeno de mayor importancia es el de la turbación. El alma sufre un entorpecimiento que paraliza momentáneamente sus facultades y neutraliza, por lo menos en parte, sus sensaciones, razón por la cual el alma casi nunca es consciente de su último suspiro. La intensidad y duración del sufrimiento dependen del grado de afinidad existente entre el cuerpo y el periespíritu: puede durar desde algunas horas hasta varios años. A medida que se va clarificando, el alma despierta. Para unos, ese despertar es sereno, pero para otros es muy diferente, lleno de horror y angustia, como una horrible pesadilla.

El estado moral del alma es la causa principal que influye sobre la mayor o menor facilidad del desprendimiento. La afinidad entre el cuerpo y el periespíritu está en relación con el apego del Espíritu con la materia:

  • en la muerte natural, por causa de la edad o una enfermedad, la separación se opera gradualmente,
  • el Espíritu más apegado a la vida, en lugar de abandonarse a esa fuerza que lo arrastra, resiste con todo empeño y lucha hasta que los últimos lazos del periespíritu se quiebran; la incertidumbre de lo que irá a ser de él aumentan sus angustias,
  • en el espíritu desmaterializado, los lazos fluídicos que le unen al cuerpo son muy débiles y se quiebran sin dificultad, además, por su confianza en el porvenir que intuye e incluso percibe, encara la muerte como una liberación y sus males como una prueba. La serenidad moral y la resignación endulzan su sufrimiento,
  • en la muerte violenta, la vida orgánica con toda su fuerza, se detiene rápidamente, la separación del periespíritu se inicia después de la muerte pero no instantáneamente; en los suicidios, el cuerpo retiene al periespíritu y transmite sus convulsiones por medio de éste al alma, que siente los atroces sufrimientos propios de tal estado.


El Espíritu sufre más cuanto más lento sea el desprendimiento del periespíritu, relacionado con el grado de progreso moral del Espíritu. Para el Espíritu desmaterializado, cuya conciencia es pura, la muerte es como un sueño de algunos instantes, exento de todo sufrimiento y cuyo despertar es plácido y dulce.


El espírita serio no se limita a creer: cree porque comprende y sólo puede creer recurriendo al raciocinio. El Espiritismo no tiene pretensión de ser el único medio existente para la salvación de las almas, pero la facilita por los conocimientos que proporciona, los sentimientos que inspira y las disposiciones que despierta en el Espíritu.


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