miércoles, 22 de junio de 2011

EL PROCESO OBSESIVO: EL OBSESOR Y EL OBSESADO

Estimad@s herman@s,


Esta semana hay festivo en las comunidades autonómicas, sea corpus o sea San Juan, lo más importante es mantener el pensamiento y las oraciones en los más necesitados. Aprovechar sí la fiesta, la familia, los amigos pero siempre con disciplina en las acciones. De esta manera protegemos a nosotros y las personas que amamos.

Pero no dejamos de trabajar y estudiar.

El próximo sábado, 25 de junio, hay el IV Simposio Espírita Nacional con el tema: "Influencia de los Espíritus en los acontecimientos de la vida", que se celebra en la ciudad de Lérida (Lleida).

Y nuestro pequeño centro tampoco cierra.

Seguimos con el estudio del ESDE con la Unidad 8 del Programa V - parte 2, donde estudiaremos el proceso obsesivo, conociendo los dos lados de la obsesión: el obsesor y el obsesado. Dejamos una pequeña introducción al tema. Os recomiendo como lectura básica del tema que estudiamos el libro "Obsesión y desobsesión" de Suely Caldas, de lenguaje sencilla y muy esclarecedora.

¡Nos vemos en el CEADS!!Nos vemos en el blog!


Un abrazo lleno de fuegos de luz,


Andrea Campos

EL PROCESO OBSESIVO: EL OBSESOR Y EL OBSESADO

El problema de la obsesión, desde cualquier aspecto, involucra al obsesor y al obsesado. Casi siempre, las evocaciones del pasado establecen la conexión entre el no encarnado y el encarnado. La influencia que este último recibe es, inicialmente, sutil, pero de a poco la envoltura cerebral se acentúa, hasta alcanzar un grado de verdadera simbiosis, en la que el obsesor y el obsesado se complementan. Las causas de la obsesión se localizan, por lo tanto, en procesos morales lamentables, en los que el perseguidor y la victima se han dejado implicar en el pretérito. Al volver a encontrarse, ahora, imantados por la Ley de la Justicia Divina, tienen comienzo los intercambios mentales, muchas veces ya desde la vida intrauterina, intercambios vibratorios que se acentúan a partir del nacimiento, durante la nueva encarnación del obsedido. En cualquiera de sus formas, desde la más simple hasta la subyugación, la obsesión exige un tratamiento difícil, pues ambos, obsesos y obsesado, son enfermos del Espíritu.

Cuando se intensifica el proceso obsesivo, se yuxtapone sutilmente « (…) cerebro con cerebro, mente con mente, voluntad dominante sobre voluntad que se deja dominar, órgano con órgano, a través del cuerpo espiritual. A cada concesión hecha por el posadero, más coercitiva se torna la presencia del huésped, que se transforma en un parásito insidioso, estableciendo muchas veces, la simbiosis a través de la cual el poder de la voluntad dominadora consigue opacar la lucidez del dominado. En toda obsesión, el encarnado es portador de los factores predispuestos (débitos morales por rescatar) que permiten el proceso. Cuando encuentra en su víctima los condicionamientos, la predisposición y las defensas desguarnecidas, de todo eso se vale el obsesor para instalar su onda mental en la mente de la persona vigilada. La interferencia se da por un proceso semejante al que se produce en la radio, cuando una emisora clandestina pasa a utilizar una determinada frecuencia operada por otra, perjudicando su transmisión. El perseguidor actúa con persistencia para que se establezca la sintonía mental, enviando sus pensamientos en una repetición constante, hipnótica, hacia la mente de la victima que, desprevenida, los asimila, dejándose dominar por las ideas intrusas. Agrega Kardec que en la obsesión el Espíritu actúa exteriormente, con la ayuda de su periespíritu, al que identifica con el periespíritu del encarnado, quedando este obligado a proceder en contra de su voluntad.

Delante de los obsesores es imperioso que se cultive la plegaria, con cariño y devoción.

El Espíritu encarnado tiene necesidad de estar en comunión con Dios por medio de la plegaria, tanto como en el cuerpo físico necesita del aire puro para conservar la salud. En la Tierra, somos lo que pensamos, permutando vibraciones que se armonizan con otras vibraciones afines. Es indispensable, pues, cultivar buenos pensamientos a fin de neutralizar las influencias negativas de los que nos rodean durante la experiencia diaria. Al ejercitar la plegaria, nos habituamos también a meditar acerca de las impostergables necesidades de liberación y de progreso.

Ante los seres perturbadores del mundo espiritual, es necesario cultivar la bondad, abriendo el corazón al perdón y a la indulgencia, de modo de alcanzar fraternidad y comprensión. Es preciso renovar la disposición íntima para que cuando conversemos con esos seres de mente desviada, por medio del pensamiento o de la palabra, sepamos comprenderlos, ayudándolos cuanto sea posible, con amor y humildad.

El trabajo sin desmayos por el bien común, inspirado en la enseñanza que trajeron los Espíritus superiores, conserva nuestra mente y nuestro corazón con Jesús, sintonizados con las esferas más elevadas, donde absorberemos las fuerzas para vencer las agresiones de que pudiéramos ser víctimas. Si oramos y ayudamos, conservaremos nuestra paz.

Cuando se nos requiere para auxiliar a un obsesado, no nos debe faltar la paciencia, la comprensión, así como tampoco la caridad de la buena palabra y del pase. Es imperioso, no obstante, contribuir a su propio esclarecimiento, insistiendo para que él mismo se ayude. Debe entender que con su progreso contribuirá al mejoramiento del otro ser que, ligado a él por imposición de la Justicia Divina, también tiene necesidad de evolucionar.

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