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sábado, 2 de octubre de 2021

Espíritus en sufrimiento

Silver Chiquero 


El cielo y el infierno según el espiritismo. Capítulo IV.


1. Las acepciones del "sufrimiento"



La palabra sufrimiento está formada con raíces latinas y significa “acción o resultado de padecer un dolor”. Sus componentes léxicos son: el prefijo sub- (bajo), ferre (llevar), más el sufijo -mento (medio, modo). Si buscamos la entrada de sufrimiento en el diccionario de la RAE (Real Academia de la lengua española) vemos dos acepciones: 1. m. Padecimiento, dolor, pena; y 2. m. Paciencia, conformidad, tolerancia con que se sufre algo. 


Me resulta curioso ver que la primera acepción parece describir el problema, cuando la segunda acepción parece apuntar a la solución. Por otro lado y según el apartado de “La razón del sufrimiento” en Wikipedia, desde el punto de vista del budismo se dice que la razón del sufrimiento es una mera cuestión mental, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. […] Si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue a la pezuña del buey”, lo cual me resulta muy esclarecedor.


Sin embargo ¿Qué dice el Espiritismo y en concreto el capítulo IV del libro El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina, escrito por Allan Kardec? Se habla de egoísmo, orgullo, rebeldía, envidia, odio, codicia, avaricia, indiferencia…, exponiéndolos como las principales causas del sufrimiento. También se habla del destino de los malvados, de castigo, describiendo, por los propios Espíritus, sensaciones muy desagradables como las tinieblas, el aislamiento, el vacío, la oscuridad, fríos intensos como el hielo o sensaciones de ahogo interminables, siempre constantes, siempre recurrentes. Sin embargo, también se habla de piedad, arrepentimiento, progreso, expiación, pruebas, reparación, humildad, paciencia, amistad… y amor.


En este capítulo se exponen diferentes ejemplos de la situación real del alma en el momento de la muerte y después de ella, gracias a comunicaciones espontáneas, otras pautadas, de Espíritus de diferentes épocas y condiciones sociales. Espíritus como el de Novel, Auguste, Lisbeth, Pascal, Ferdinand, François, Clara, o el Príncipe Ouran. Espíritus que, debido a sus actos o la falta de ellos, han sido castigados, han recibido la suerte del malvado, obligando a la Justicia Divina a actuar en aras de su progreso espiritual. Sin embargo y antes de entrar en detalle, hablemos de lo que es el castigo.



2. Los orígenes del sufrimiento: testimonios de los espíritus

La inacción y el aislamiento son intolerables para los Espíritus malos, egoístas y endurecidos. Se arrojan sobre los Espíritus débiles y castigados y les recuerdan sus faltas pasadas. También se ciernen sobre la Tierra como buitres hambrientos, para exaltar la codicia, apagar de las almas más accesibles la fe en Dios, hasta conseguir extender su fatal contagio. El Espíritu malo se siente feliz extendiendo su odio, pero sufre cuando triunfa el bien sobre el mal. Con el tiempo su círculo de acción se estrecha hasta que, inactivo, siente un gran vacío a su alrededor, momento en que debe expiar. Ve su encarnación como amenazada por las pruebas terribles que le aguardan. Gira alrededor de su cuerpo, que no desea abandonar. Otros Espíritus le devuelven el mal que ha hecho, siendo castigado, burlado y confundido.

... los placeres y los apegos materiales...

Novel, fue un joven rico e inteligente, pero indiferente a las cosas serias, hombre de mundo y de vida bohemia, volcado en los placeres materiales, querido por sus compañeros de placeres, tenía 24 años, estaba lleno de vida, al expresar en su comunicación: “Una luz implacable iluminó los pliegues más secretos de mi alma que se sintió desnuda y sobrecogida por una vergüenza abrumadora. Se cernían Espíritus radiantes con una sensación de felicidad a la que no podía aspirar. La revelación de la eternidad me causaba espanto de la angustia de un alma que sufre sin tregua, sin esperanza, sin arrepentimiento. Vuelvo sin cesar hacia el lugar en el que se ha depositado lo que ha sido mi yo, donde mi Espíritu parece enclavado en su envoltura. He sido un ser inútil en el mundo. Sólo me interesé por los goces materiales, pero jamás por los del alma”. Los lazos que le retenían al cuerpo eran tenaces; por lo tanto, acercándose al cuerpo, la oración ejercía un espacio de acción magnética más poderosa para ayudar a su desprendimiento. La costumbre generalizada de orar junto al cuerpo de los difuntos podría ser una intuición inconsciente. En estos casos, la eficacia de la oración tiene un doble efecto, material y espiritual.


Por otro lado, se recogen las lamentaciones de un sensualista: “Soy libre por fin, pero me falta la expiación. He vivido sólo para mí y ahora expío y sufro. Abusé de los bienes que Dios da en préstamo. Quien subordina la inteligencia y buenos sentimientos, es igual al animal al que maltrata. Debemos usar con sobriedad los bienes de los que el hombre sólo es depositario, teniendo en mira la eternidad que le aguarda y dominar la pasión desmedida de los goces materiales. Las pasiones humanas son como grilletes punzantes que se hunden en nuestras carnes, por consiguiente, no las instiguéis si no queréis que os aprisionen. Las buenas obras salvan la distancia que nos separa de la eternidad”. Su guía comenta que es un Espíritu en el buen camino. Reconocer sus defectos ya es un mérito. Se ha arrepentido; le queda la reparación, que cumplirá en otra existencia de prueba. La nulidad de sus ocupaciones intelectuales trae la nulidad del trabajo. Es preciso que vivan esos tormentos morales, hasta que, vencidos por el cansancio, se decidan a elevar su mirada hacia Dios.


Pascal, un pobre marinero de cuarenta y nueve años originario de Calais, confiesa: “Mi cuerpo pereció en el mar. Mi pobre Espíritu estaba adherido a él y largo tiempo estuvo errante sobre las olas. Ahora mi Espíritu, separado del cuerpo con dificultad, ve las faltas cometidas. Sí, durante mucho tiempo mi Espíritu estuvo errante con mi cuerpo, porque tenía que expiar. El no poder apartarme de él era para mí una terrible prueba.


La comunicación con Ferdinand resulta más esperanzadora: “¡Estoy en un horroroso abismo! La noche es tan negra que siento miedo. Por todos lados oigo el bramido de las olas. ¡Esta noche profunda es la muerte con todo su horror! Esto es la muerte que ha de venir, es la muerte que sucedió. Veo mi cuerpo y lo que yo sentía hace poco, no era más que el recuerdo de la horrible angustia de la separación. No quiero volver a sentir todos los tormentos de la agonía”. A lo que el médium explica: “Después de las muertes violentas se produce una confusión de ideas. Se creía aún vivo y luchando con las olas, no obstante, hablaba de su cuerpo como si estuviese separado de él”.


Ferdinand, en otra sesión, continúa: “Qué penoso es verse constantemente en medio de las olas furiosas y sentir sin cesar esta amargura, este frío glacial que me invade y oprime mi estómago. ¡Soy culpable! En la existencia precedente, mandé meter dentro de una bolsa y echar al mar a varias víctimas. A lo que el médium aclara: “La existencia que acaba de dejar ha sido muy honorable. Era amado y estimado por sus jefes y este es el fruto de su arrepentimiento y de las buenas resoluciones que había tomado antes de ingresar en la Tierra; quiso ser bondadoso donde había sido cruel. Era necesario rescatar las faltas pasadas por medio de su última expiación, la de la muerte cruel que ha sufrido. Él mismo quiso purificarse, sufriendo los tormentos que hizo experimentar a los otros. Le persigue la idea de ver que se le considera un mártir, por lo que se le tendrá en cuenta ese sentimiento de humildad. Ha dejado el camino expiatorio para entrar en el de la rehabilitación.


...el egoísmo...


Lisbeth, mujer prusiana de elevada condición social, rica, bella, vanidosa, egoísta, indiferente, desleal y ambiciosa, nos aconseja: “Sé humilde de corazón, sumiso a la voluntad de Dios, paciente frente a las pruebas, caritativo para con el pobre, alentador del débil y sensible a los sufrimientos de todos. El arrepentimiento eficaz está fundado en el pesar de haber ofendido a Dios y el deseo ardiente de la reparación”, a lo que el guía aclara: “El Espíritu debe probar su sinceridad y la solidez de sus resoluciones, mediante nuevas pruebas que sirvan de reparación del mal que ha causado.


Extendámonos con el caso de Clara quien se siente dominada por un sentimiento muy grande de egoísmo y un culto exagerado de su personalidad. Clara comenta sus primeras experiencias: “Sólo veo a mi alrededor sombras silenciosas e indiferentes. Rujo de dolor. Errante, sin reposo, sin asilo, sin esperanza, sintiendo el eterno aguijón del castigo hundirse en mi alma sublevada” y vislumbramos el principio de su arrepentimiento: “Cuánto maldigo, horas culpables, horas de egoísmo y de olvido en que, desconociendo toda caridad, toda abnegación, no pensaba más que en mi bienestar. ¡Malditas seáis, humanas comodidades! Ama a los demás más que a ti mismo. El mal está en mí, siendo yo quien debe cambiar. En nosotros llevamos nuestro cielo o nuestro infierno y nuestras faltas, grabadas en la conciencia, son leídas el día de la resurrección, en el que somos nuestros propios jueces”. Al preguntar a Clara sobre su marido, apenas puede contestar: “Félix se halla errante en las tinieblas, presa del profundo vacío de su alma. Ser superficial, liviano, manchado por el placer, ha ignorado la amistad y el amor. Es temeroso en este mundo extraño, en el que todo resplandece con el esplendor de Dios”. Por lo que vemos, el castigo a algunos Espíritus contrasta frente al castigo aún mayor, que es el de la exposición a la luz de la verdad.


Aprovechando San Luis la comunicación de Clara, explica: “El egoísmo es el gusano que roe su corazón, es su verdadero demonio. Clara se ocupaba de la felicidad terrena, la hermosura, los placeres, la fortuna, las adulaciones, todo le sonreía y nada le faltaba. Le decían ¡qué mujer tan feliz! envidiando su suerte. El egoísmo es la falta más vulgar de la vida. Es la condición de una gran cantidad de personas, honradas y respetadas por un barniz de autoridad, no sujetos a las sanciones de las leyes sociales. Clara se amó sólo a sí misma y ahora nadie la ama. No dio nada a nadie y ahora nada se le da”. En el estudio de las comunicaciones de Clara, se concreta: “La posición social de Clara, su fortuna, sus ventajas físicas, le proporcionaban homenajes que lisonjeaban su vanidad. Ahora, encuentra indiferencia y el vacío se hace a su alrededor, castigo más punzante que el dolor que inspira piedad, compasión y provocando que se ocupen de uno”. San Luís continúa comentando: “Está aislada y desamparada, abandonada y perdida en el espacio donde nadie piensa ni se preocupa por ella, lo que constituye su suplicio. El vacío se ha formado a su alrededor. Ni siquiera los diablos van a atormentarla, sufriendo ella mucho más”.



...la envidia...


Sobre las confesiones del príncipe de Ouran, tenemos: “¡A quien devora la envidia, no sabéis a qué estado se ve reducido uno de los que llamáis dichosos en la Tierra! ¡No sabéis las ascuas ardientes que amontona sobre su cabeza! El orgullo es la fuente de todos los sufrimientos que nos abruman. Dios da a todos los Espíritus la libertad; lo que les falta es la voluntad. Luego, no se debe culpar más que a uno mismo por las consecuencias que de ella resulten. Hoy pongo a los pies de Dios mi orgullo abatido y le pido que ponga sobre mis espaldas la más pesada carga de humildad, confiando en su gracia, para que tal peso resulte liviano”. Las palabras del guía resultan esclarecedoras: “Sin humildad, ningún Espíritu puede llegar a Dios, quien toma en cuenta los esfuerzos que hace el hombre para dominar sus malos instintos. Que el orgullo que reside encarnado en el hombre, lo uséis para daros más fuerza y valor para concluir vuestra ascensión”.



... la avaricia...


François, un viejo avaro y solterón que murió dejando una considerable fortuna, comentó: “Mis descendientes miserables me han quitado mi dinero para repartírselo. Han dilapidado mis bienes como si no fuesen míos. No necesito otra vida, puesto que estoy vivo aún, pero sufro tormentos en mi alma, que es la que sufre tales dolores. La iniquidad de mi vida ha sido causa de angustias para muchos. Soy un miserable indigno de piedad. Orad para que olvide mis riquezas terrestres. Sin esto no podría jamás arrepentirme”. La explicación del médium es sorprendente cuando dice: “Después de cinco años de haber muerto se seguía considerando vivo y sentía la angustia, terrible para un avaro, de ver sus bienes repartidos entre sus herederos”.



3. El mensaje de San Luís

Finalmente, tal y como dice San Luís: “Los Espíritus se enmiendan con más rapidez que las almas bajo la influencia de consejos saludables”, pues según la Sociedad de París “el encarnado se halla en un estado de lucha incesante por los elementos contrarios que lo componen. Si el alma no reacciona con toda la fuerza moral de que es capaz, es dominada y sufrirá los impulsos de influencias perniciosas, que atacan sus puntos vulnerables, las tendencias hacia la pasión dominante. Para el desencarnado, que no se encuentra bajo la influencia de la materia, su conversión es más fácil. No hay la influencia de lo material y se deja convencer por la superioridad moral que le domina. Tanto el encarnado como el desencarnado, necesitan actuar sobre el alma, sobre el sentimiento. Cualquier propósito que no tienda a mejorar al alma, no puede apartarla del mal”.


En todas estas manifestaciones apreciamos como, a medida que avanzan las comunicaciones con cada uno de los Espíritus, éstos son capaces de reflexionar y mejorar su estado, gracias a las oraciones sinceras y la intervención de los guías, que ayudan al Espíritu sufriente a salir de ese estado cíclico en la mayoría de los casos. Sin embargo, tengamos en cuenta que el verdadero laboratorio de pruebas y expiaciones lo encontramos aquí, en la Tierra, cuando “sin violar la ley de los hombres, estamos violando la ley de Dios, al olvidarnos de la caridad”. Es en la Tierra donde “el progreso libera las tendencias de bajeza, desprende la crisálida del pecado, para volar a lanzarse rápidos hacia Dios, que es el fin único deseado”.


domingo, 27 de septiembre de 2020

El Cielo y el Infierno: Suicidas

Silver Chiquero


¿Qué es el suicidio? ¿Cuáles son sus causas? ¿Qué puede motivar que alguien tome tal decisión? ¿Tiene alguna consecuencia? Como vemos el ser humano está hecho un mar de dudas que en algunos casos parecen no tener respuesta. Sin embargo, gracias a Allan Kardec en el capítulo V del libro
El cielo y el Infierno dedicado a los espíritus suicidas, nos ofrece un catálogo de nueve casos diferentes cuyo resumen veremos a continuación para saber si al final de la lectura hemos dado con algunas respuestas.

Las causas de suicidio podrán ser tantas como tantos suicidas siga habiendo. Por ejemplo, según estos nueve casos vemos que el suicidio puede ser provocado por sensaciones de abandono, por no sentirnos amados por ningún ser, por evitar que nuestro hijo pueda morir en la guerra, por vivir una vida miserable, por no querer abandonar a un hijo en el momento que le toque partir, por amor y querer seguir estando juntos, por no haber aprendido a soportar la burla ni la obstinación, por despecho, por hastío, por una vida sin esperanza, por desinterés en la vida futura, por forjar una mala fortuna con especulaciones equivocadas, por rechazo, o por querer gozar de las consecuencias de un crimen, entre otras.

Hablando de sensaciones después del acto suicida, vemos que algunos Espíritus no saben si están vivos o están muertos, otros sienten  los hedores de la descomposición del cuerpo siendo más frecuente en quienes vivieron una vida más material que espiritual, otros sufren en el alma, sufren en el cuerpo aunque ya no lo posean, como quien sufre dolor por el miembro amputado, otros sufren por no sentirse dignos, otros sienten frío y quemazón, como un hielo que corre por las venas como si fuera fuego, subiendo a la frente, oprimiendo, sintiendo el fuego en el cerebro y en el corazón, se sufre por el recuerdo de quien nos ha hecho sufrir, se sufre al verse obligado a creer en Dios, en todo lo que se ha negado, se siente el alma en llamas, atormentada horriblemente, se sufre por los tormentos de haber dudado, pero también se sufre por el propio acto de haberse suicidado queriendo apartar cualquier recuerdo de ese fin funesto. En definitiva, hablamos de un sufrimiento terrible pero invisible para nosotros, con deseos que ese sufrimiento acabe por fin.


Prevención

En la lucha propia por la prevención del suicidio, se debe estar alerta para conocer y aceptar las pruebas que nos toquen, pues aunque nos equivocamos generalizando, sabemos que cada caso es único como muestran los ejemplos de este capítulo. Algunos deberán sobreponerse a pruebas de miseria, otros deberán soportar pruebas de humildad, de resignación, otros seres deberán aprender a superar la separación momentánea de alguno de sus seres queridos, o aprender a dominar ciertos impulsos del corazón desacertados, algunos no creyentes deberán aprender a comprender y aceptar las verdades y leyes Divinas mediante su propia razón para probar por ellos mismos la existencia de Dios y la vida futura. Pero la bondad del Señor nos permite repetir las pruebas tantas veces y existencias como sea necesario, así tantas veces se renueva la posibilidad de conseguir la fuerza necesaria para soportarlas, hasta el punto en que esas pruebas se pueden llegar a intuir por rasgos indelebles en nuestras vidas.

El suicido es un crimen contra nosotros mismos, siendo el Espíritu culpable sólo por sus obras, por sus acciones, por creer que puede disponer de una vida que se le ha dado con la vista puesta en los deberes que debe cumplir sobre la Tierra, razón por la cual no debe abreviarla bajo ningún pretexto. Quien hace el mal por instigación de otro, o por ser demasiado débil para resistir a los Espíritus obsesores, es menos culpable, menos reprensible y castigado en menor medida que quien se quita la vida obedeciendo a su libre albedrío, por su libre decisión, por creerse el árbitro de su propio destino. Por tanto, cada falta es castigada según las circunstancias que la acompañan, pudiendo ser el suicidio más severamente castigado, aquel que se ejecuta en un acto de desesperación y con el objetivo de liberarse de las miserias de la vida.

Dios es infinitamente bueno, pero es también infinitamente justo. No castiga jamás sin causa porque ve el fondo de los corazones y castiga solamente en cuanto a la intención y a la acción final, pero sobre todo cuando ha sido motivado por una falta de confianza en Él siendo esto una infracción grave de Sus leyes. Él es justo al considerar la buena intención del suicida, lo que atenúa el mal y siendo éste merecedor de indulgencia, pero ello no impide que el mal sea mal. La verdadera fatalidad es nuestra propia debilidad, pues siempre hay un último momento en que se puede evitar el acto final; en caso contrario, el culpable es castigado por su falta, siendo tal expiación el medio que Él utiliza para hacerlo progresar. Dios acoge con cariño el arrepentimiento sincero del culpable, acto preliminar indispensable de la rehabilitación, aunque ello no basta para liberar al culpable de cualquier pena. El sufrimiento puede abreviarse con el arrepentimiento para lo cual ayuda la oración sincera.

Bien, según lo visto y sabiendo ahora que el suicida no tiene más valor por quitarse la vida, sino más debilidad por no querer afrontarla, sabiendo que cuenta tanto o más la intención que la acción en sí misma, sabiendo que el suicida lo ha sido porque llegó a confiar más en él que en su propio Dios, creo que debemos aprender a manejar el amor y el desamor, saber vivir tanto en la solitaria compañía, como en la extendida soledad de nuestros días, ser moralmente fuertes para superar el rechazo, la burla, el hastío y la desesperanza en nuestras vidas. Nosotros, Espíritas o no, que estamos leyendo estas líneas, bien por casualidad, bien por necesidad, ahora sabemos que con el espiritismo el porvenir se nos muestra, la esperanza se fortalece y el suicidio por tanto no tiene objeto. Bendito sea Dios, soberanamente justo y bueno.


Septiembre para la prevención del suicidio

Pincha aquí para asistir a la conferencia Conocer es prevenir, impartida el 19/9/2020.

domingo, 6 de octubre de 2019

Criminales arrepentidos

Por Silver Chiquero


Verger (asesino del arzobispo de París). 

El 3 de enero de 1857, monseñor Sibour, al salir de la iglesia, fue herido mortalmente por un joven sacerdote llamado Verger. El culpable fue condenado a muerte y ejecutado el 30 de ese mismo mes de enero. Hasta el último momento no demostró ningún pesar, arrepentimiento, ni sensibilidad. 

Evocado el mismo día de su ejecución, dijo: “Sigo aprisionado por mi cuerpo. Tengo miedo…, no estoy muerto… Hice mal en matar, pero fui empujado por mi carácter, que no podía sufrir humillaciones. Tendría demasiado miedo si le viera, temería que hiciese lo mismo conmigo. ¿Acaso son ustedes siempre señores de sus emociones? … No sé dónde estoy… me siento trastornado… intranquilo… alucinado… Esperen! Tengo miedo… no me atrevo a rezar”. El grupo mediúmnico reza unido al espíritu de Verger, quien reconoce que la misericordia de Dios es grande, que la misericordia de Dios es infinita y que siempre lo ha creído. “Me parece oír una voz que se parece a la suya y que me dice: “No te deseo ningún mal…” ¡Pero es un efecto de mi imaginación! Estoy loco. Lo digo porque veo mi propio cuerpo en un lado y la cabeza en otro… Sin embargo me parece que vivo, creo estar en el espacio, entre la Tierra y lo que se llama cielo… Siento aún la fría cuchilla cayendo sobre mi cuello… Pero es el miedo que tengo de morir… Me parece que veo cierto número de espíritus alrededor mío… Me miran compasivamente…, me hablan…, pero no les comprendo”. “Sólo temo al que ha sido herido por mí. Estoy en la vaguedad… Me parece estar soñando…” 

Evocado tres días después: “Sé que no soy de este mundo. Me apena lo que he hecho. Hay una serie de existencias que nos brindan los conocimientos útiles para lograr nuestra perfección. Siento el remordimiento por lo que hecho y por ello sufro. Soy castigado porque reconozco mi falta. Ahora sé que no debemos acortar los días de vida de nuestros hermanos. Me dejé dominar por el orgullo y los celos. Debemos hacer siempre esfuerzos para dominar las malas pasiones. Siento miedo… como una especie de vergüenza por ser asesino”. ¿Deseas reencarnar en la Tierra? “Sí, lo pido, pues deseo verme constantemente expuesto a que me maten y sentir temor por ello”. 

Bien, hablamos de un caso de muerte violenta, con separación brusca del alma, que deja aturdido y confundido, sin saberse si vivo o muerto. La visión del asesinado es proporcionalmente permitida o evitada en función de la necesidad de excitar el remordimiento, llegando a extremos de sentirse incesantemente perseguidos por la visión de sus víctimas. Se agrava si ni siquiera en el momento de su muerte, se siente arrepentido. 

¿Representa todo ello la condenación eterna? ¡No! Porque el arrepentimiento se acepta en cualquier momento. En el caso de Verger, apenas haber dejado la Tierra, el arrepentimiento penetró en su alma, repudió su pasado y pidió sinceramente a Dios el poder repararlo. El arrepentimiento puede llegar según el grado de exceso de sufrimiento, o sino de manera más sutil, puede llegar según el grado de reproche de la conciencia. El momento en que llega el arrepentimiento sincero es directamente proporcional a la prolongación de la pena, por tanto, cuanto más temprano nos arrepintamos de nuestras faltas menos deberemos prolongar las penas con que resarcir a nuestras víctimas. Como sabemos la conciencia siempre opera, aunque depende de nosotros mismos prestar atención y obedecerla para avanzar en nuestro perfeccionamiento espiritual. 

Por otro lado, el grado del progreso moral conquistado frente a situaciones comprometidas, pivota sobre la rapidez en el cambio a sentimientos mejores, como el que no necesita más que una circunstancia favorable para manifestarse. Quien persiste en el mal durante mayor o menor tiempo es un espíritu más atrasado; donde predomina el instinto material que ahoga el bien, lo que provocará afrontar muchas más pruebas para corregirnos.

jueves, 21 de junio de 2018

Espíritus endurecidos - La Pommeray


El Cielo y el Infierno según el Espiritismo
Capítulo VII - Espíritus endurecidos - La Pommeray

por Silver Chiquero

En una de las sesiones de la Sociedad de París, en que se discutió la cuestión de la turbación, un Espíritu se manifestó espontáneamente.

“No señores, la turbación no existe sino en vuestro cerebro. ¡Yo estoy muerto sin ninguna clase de duda y sin embargo percibo claramente lo que a mí concierne, alrededor mío y por todas partes! La muerte es el terror, un castigo o un deseo, según la debilidad o la fuerza de los que la temen, la desafían o la imploran. La luz me deslumbra y penetra, como una aguda flecha, en la sutilidad de mi ser. No quiero quedarme. Sabré luchar contra esa luz odiosa. El crimen existe en todas partes. Cuando lo cometen las masas, se lo glorifica; pero si lo realiza un individuo, es infamado. ¡Absurdo!”

Sabe perfectamente que está muerto y no se queja de nada, no pide ninguna asistencia y hasta desprecia las leyes divinas y humanas. ¿Puede presumirse que se evadirá del castigo? No, sino que la justicia de Dios se cumple bajo todas las formas y lo que constituye la alegría de los unos es para los otros un tormento.

La luz para este Espíritu, es un suplicio contra el cual se resiste. Reconoce que su cuerpo es fluídico y penetrable a la luz a la que no puede escapar y esa luz lo traspasa como una flecha. En este caso el fatal sufrimiento que le oprime en lugar de serle provechosa, lo impulsa a la rebeldía.

Esa luz es tanto más terrible, tanto más odiosa por traspasarlo completamente, haciendo visibles y transparentes sus más recónditos pensamientos… Lo que hubiera sido la alegría y el consuelo del sabio, se vuelve un castigo infamante y continuo para el malvado y el criminal, para el parricida espantado ante su propia personalidad.

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Durante una existencia siniestra, se complacía en maquinar las más horribles maldades en lo íntimo de su ser, en el que se refugiaba como una bestia salvaje en su caverna. ¡Qué terror y dolor deben oprimirle ahora que su máscara de impasibilidad le ha sido arrancada y cada uno de sus pensamientos se refleja sucesivamente sobre su frente!

Quiere ocultarse a la multitud y huye jadeante y desesperado a través de los espacios inconmensurables ¡y por todas partes, la luz!... Por todas partes las miradas que lo penetran.

Llama a la muerte en su ayuda, huye siempre, marcha hacia la locura espiritual. ¡Castigo horrible!

El suplicio durará hasta que su voluntad vencida, se doblegue ante la opresión punzante del remordimiento y su frente soberbia se humille ante sus víctimas apaciguadas y ante los Espíritus de justicia.

La luz que tortura el Espíritu es el rayo espiritual que inunda con claridad las moradas secretas de su orgullo.

Este espíritu se coloca en este lugar, entre los endurecidos, porque tardó mucho en manifestar el menor arrepentimiento. Es un ejemplo de la verdad de que el progreso moral no sigue siempre al progreso intelectual. No obstante, poco a poco se ha enmendado y más tarde dio comunicaciones sabiamente razonadas e instructivas. Hoy puede colocarse entre los espíritus arrepentidos.

miércoles, 21 de junio de 2017

Expiaciones terrenales

Por Silver Chiquero

En esta edición, seguimos exponiendo resumidamente los diferentes casos de la segunda parte del libro El Cielo y el Inferno según el Espiritismo.


MARCEL, EL NIÑO Nº4: Un huérfano de entre 8 a 10 años sufría en silencio el tremendo dolor de sus miembros retorcidos al extremo de tener los pies cerca de su cabeza. Era inteligente, dulce, paciente, resignado, demostrando un alma elevada. En otra vida fue hermoso, grande, rico, adulado, también vanidoso, fútil y renegaba de Dios. Esta última vida fue de depuración.

SZYMEL SLIZGOL: Un pobre israelita mendigó durante treinta años, pagaba la enseñanza de niños pobres y distribuía los alimentos con lo que le daban de buena voluntad. En otra vida fue un rey tirano, impetuoso, avaro, sensual y opresor de débiles. Luego sufrió torturas y sufrimientos antes de morir. En esta vida nació pobre, quedó huérfano pronto, solo, sin recibir amor ni afectos, pero ha sido enterrado con honores y entre multitudes.

JULIENNE-MARIE, LA MENDIGA: Una pobre y enferma anciana cayó a un frío estanque; la rescató su vecino espírita que la ayudaba habitualmente, pero ella acabó muriendo. En otra vida tuvo una alta posición social y despreció mendigos y pobres pagando en esta vida una prueba de pobreza para corregir su vano orgullo. Dios endulza las amarguras de las pruebas poniendo en el camino almas caritativas. A los pocos días él sintió una presencia y como si alguien le rozara.

MAX EL MENDIGO: El padre Max fue centenario anciano y mendigo. En otra vida fue rico y poderoso que trataba a sus siervos como ganado, muriendo a edad temprana por sus excesos. Renació en una familia pobre quedando huérfano pronto. Trabajó duro para sobrevivir hasta que una larga enfermedad le llevó a la mendicidad durante cincuenta años.

HISTORIA DE UN CRIADO: Un criado de figura fina, inteligente, de aire distinguido, fiel a su amo y de sentimientos más elevados que los de su posición, murió joven. En otra vida fue hijo de una buena familia, quedó huérfano y sin recursos, lo acogieron y recibió una excelente educación, pero cayó en el vicio. En esta vida fue un excelente y abnegado siervo de su anterior cuidador, para expiar su orgullo.

ANTOINE B: Un escritor emérito y distinguido sufrió un ataque de apoplejía mórbida y fue enterrado vivo; sufrió mucho al no poder moverse ni respirar. Él mismo decidió esta muerte para redimirse de otra vida en que emparedó viva a su mujer.

EL SEÑOR LETIL: A un industrial espírita se le derramó una caldera con barniz hirviendo, cayéndole trozos de la cara y el cuerpo dejando huesos al descubierto, con gran valor pudo llegar hasta su casa donde recibió los primeros auxilios. Se mantuvo doce horas padeciendo horribles dolores y sufrimientos sin rechistar, poniendo en orden sus asuntos con lucidez. En otra vida fue inquisidor y quemó viva a una niña inocente, que reclamaba contra la política sacerdotal.

UN SABIO AMBICIOSO: Madama B sufrió graves dolores y enfermedades de los cinco a los sesenta y cinco años. En una vida anterior fue doctor que, sólo por reconocimiento y no por altruismo, usaba a sus pacientes como conejillos de indias para probar sus nuevos tratamientos, que le debían reportar mayor fama y clientela. El sufrimiento que provocó lo tuvo que expiar en sucesivas reencarnaciones, siendo ésta la más leve.

CHARLES DE SAINT-G: Un joven idiota de trece años y cuerpo deficiente, está impedido de expresar su apabullante conocimiento y saber. En otras vidas abusó de sus facultades y como castigo se le encarceló en ese cuerpo. Lo ve y lo siente todo, pero al no poder expresarlo sufre doblemente como en la peor pesadilla.

ADELAIDE-MARGUERITE GOSSE: Pobre y humilde criada desde los once años, sirvió a unos ricos ganaderos, que tras una gran inundación perdieron muchos animales y sufrieron otras desgracias que les llevaron a la ruina. La criada les regaló los quinientos francos que ahorró y siguió sirviéndoles, gratis. Cuando murieron sirvió a su hija viuda necesitada. En otras vidas fue rica, igualmente buena, pero la caridad no le suponía esfuerzo, así que se preparó para esta vida de dedicación y abnegación total.

CLARA RIVIER: Una niña de diez años, enferma, con grandes dolores desde los cuatro, anticipó su muerte reuniendo a su familia para despedirse abrazándoles. En otra vida fue médium, como en ésta, pero hizo mal uso de su salud y posición brillante, expiando en ésta sus faltas anteriores.

FRANÇOISE VERNHES: Ciega de nacimiento, murió con cuarenta y cinco años. Una noche de invierno sintió una luz guía sobre su espalda que permitió guiar a su tía de vuelta a casa. En una vida anterior pecó por la vista, debiendo expiar del mismo modo.

ANNA BITTER: Un padre volcado totalmente en su prometedora hijita, al morir, él no quiso resignarse, sufrió un gran vacío por su falta y murió. Ya muerto, maldecía la muerte de Anna lo que dificultaba su desencarnación. Como no se interesaba por nadie más que su hija, ahora se encuentra solo, abandonado, sin poder verla ni sentirla a pesar de estar a su lado.

JOSEPH MATTRE, CIEGO: De clase media y bien educado era una buena persona pero quedó ciego a los veinte años y sordo a los cuarenta, muriendo a los cincuenta. En otra vida también quedó ciego pero rebelado contra Dios; se le agrió el carácter, perdió amigos y acabó suicidándose. En esta vida aprendió a sufrir sin queja y bendijo a Dios por su justicia.


OBSERVACIONES: El despotismo, el fanatismo, la ignorancia y las atrocidades de la Edad Media y los siglos posteriores han legado a las generaciones futuras una inmensa deuda. La muerte no interrumpe la relaciones interpersonales que se perpetúan muchas veces siglo tras siglo. El olvido es un gran beneficio porque si no el recuerdo sería un tormento. Todo tiene su razón de ser en la existencia humana. No hay uno solo de los sufrimientos que hemos causado, que no halle eco en los dolores que sufrimos. Suframos con paciencia y resignación nuestros dolores físicos y morales, por crueles que nos parezcan. La expiación sólo es meritoria si se sufre con sumisión y puede suavizarse mediante la oración.

lunes, 23 de mayo de 2016

La Transición


Segunda Parte - Capítulo I - La Transición
(Silver Chiquero)

La confianza en la vida futura no excluye los temores propios de la transición de una vida a la otra, el temor es el momento de la transición.


Observando la expresión serena de ciertos muertos y las terribles convulsiones orgánicas de otros, deducimos que las sensaciones no son siempre idénticas. El fenómeno fisiológico de la separación del alma se basa en las leyes que rigen las relaciones del Espíritu con la materia. La religión se detiene en el umbral de la vida espiritual, la ciencia en el de la vida material y el Espiritismo que une a ambas, puede decirnos cómo se opera la transición.


La materia inerte es insensible, solamente el alma experimenta las sensaciones de dolor y placer. Es el alma y no el cuerpo quien sufre. El periespíritu es la envoltura fluídica del alma y no se separa ni antes ni después de la muerte. Durante la vida el fluido periespiritual penetra al cuerpo en todas sus partes y sirve de vehículo a las sensaciones físicas del alma.

La extinción de la vida orgánica produce la separación del alma y el cuerpo mediante la ruptura del lazo fluídico que los une, pero esa separación no es brusca. El fluido periespiritual se desprende poco a poco de todos los órganos, de manera que la separación sólo es completa y absoluta cuando no queda un solo átomo del periespíritu unida a una molécula del cuerpo. La muerte por tanto, será más penosa según las circunstancias:

  • si en el momento de la extinción de la vida orgánica el desprendimiento del periespíritu ya se haya operado, el alma no sentirá absolutamente nada,
  • si la unión es muy fuerte, se producirá una especie de desgarramiento que actuará dolorosamente sobre el alma,
  • si la unión es débil, la separación será fácil y sin dificultad,
  • si después del cese completo de la vida orgánica hay todavía numerosos puntos de contacto entre el cuerpo y el periespíritu, el alma podrá llegar a sentir los efectos de la descomposición del cuerpo hasta que el lazo fluídico se corte definitivamente.


Otro fenómeno de mayor importancia es el de la turbación. El alma sufre un entorpecimiento que paraliza momentáneamente sus facultades y neutraliza, por lo menos en parte, sus sensaciones, razón por la cual el alma casi nunca es consciente de su último suspiro. La intensidad y duración del sufrimiento dependen del grado de afinidad existente entre el cuerpo y el periespíritu: puede durar desde algunas horas hasta varios años. A medida que se va clarificando, el alma despierta. Para unos, ese despertar es sereno, pero para otros es muy diferente, lleno de horror y angustia, como una horrible pesadilla.

El estado moral del alma es la causa principal que influye sobre la mayor o menor facilidad del desprendimiento. La afinidad entre el cuerpo y el periespíritu está en relación con el apego del Espíritu con la materia:

  • en la muerte natural, por causa de la edad o una enfermedad, la separación se opera gradualmente,
  • el Espíritu más apegado a la vida, en lugar de abandonarse a esa fuerza que lo arrastra, resiste con todo empeño y lucha hasta que los últimos lazos del periespíritu se quiebran; la incertidumbre de lo que irá a ser de él aumentan sus angustias,
  • en el espíritu desmaterializado, los lazos fluídicos que le unen al cuerpo son muy débiles y se quiebran sin dificultad, además, por su confianza en el porvenir que intuye e incluso percibe, encara la muerte como una liberación y sus males como una prueba. La serenidad moral y la resignación endulzan su sufrimiento,
  • en la muerte violenta, la vida orgánica con toda su fuerza, se detiene rápidamente, la separación del periespíritu se inicia después de la muerte pero no instantáneamente; en los suicidios, el cuerpo retiene al periespíritu y transmite sus convulsiones por medio de éste al alma, que siente los atroces sufrimientos propios de tal estado.


El Espíritu sufre más cuanto más lento sea el desprendimiento del periespíritu, relacionado con el grado de progreso moral del Espíritu. Para el Espíritu desmaterializado, cuya conciencia es pura, la muerte es como un sueño de algunos instantes, exento de todo sufrimiento y cuyo despertar es plácido y dulce.


El espírita serio no se limita a creer: cree porque comprende y sólo puede creer recurriendo al raciocinio. El Espiritismo no tiene pretensión de ser el único medio existente para la salvación de las almas, pero la facilita por los conocimientos que proporciona, los sentimientos que inspira y las disposiciones que despierta en el Espíritu.


lunes, 29 de febrero de 2016

Intervención de los demonios en las manifestaciones modernas


Capítulo X - Intervención de los demonios en las manifestaciones modernas
(Silver Chiquero)


Los hechos extraordinarios, desconocidos por la razón, siempre fueron considerados sobrenaturales por la ignorancia, la superstición los amplificó y de ahí nacieron una infinidad de leyendas, mezcla de un poco de verdad con mucho de falsedad.
Los fenómenos espíritas mejor comprendidos por la razón y los adelantos de la ciencia, confirmaron la intervención de inteligencias ocultas que actúan dentro de los límites de las leyes naturales, revelando la existencia de una nueva fuerza y leyes desconocidas hasta hoy.
 
La Iglesia mantiene sus viejas creencias sobre los demonios y mientras la humanidad avanza, la religión se inmoviliza en sus viejos errores, tanto en materia espiritual como científica, llegando el momento en que es desbordada por la incredulidad. Sostiene que los ángeles y los demonios son creaciones aparte del hombre y que las almas son de una creación especial, inferior a los demonios en inteligencia, conocimientos y facultades.
Si Dios permite arrastrar a los hombres a su perdición ¿Por qué les otorgó semejante poder y plena libertad para hacer el mal sin permitir a los ángeles buenos actuar en sentido contrario, provocando manifestaciones de igual naturaleza orientadas hacia el bien?
En la época en que la magia florecía, se tenía una muy imperfecta idea sobre la naturaleza de los Espíritus, a quienes se consideraba seres dotados de un poder sobrehumano. La crítica malévola se ha complacido en representar a las comunicaciones espíritas como rodeadas de las prácticas ridículas y supersticiosas de la magia y la necromancia. El empleo de todo signo u objeto material, ya sea para atraerlos o rechazarlos, carece de efecto, pues basta el pensamiento. 

¿Por qué los mismos hechos serían en la actualidad obra del demonio a manos de ciertas personas, mientras que logrados por mediación de otras son consideradas milagros santos? Sostener semejante tesis es abdicar de toda lógica. Dichos fenómenos son perfectamente explicables y por tal razón ya no se los considera sobrenaturales o maravillosos.
La Iglesia afirma que “las almas de los muertos” pueden venir sin el permiso divino, en tanto que el Espiritismo sostiene que no y va más lejos aún pues, cuando atienden la llamada de los vivos no es para ponerse a sus órdenes. El Espíritu evocado viene voluntariamente porque él juzga si es útil acudir y decide conforme a su libre albedrío.
La Iglesia acusa a charlatanes, explotadores, practicantes de magia y hechicería y en este punto tiene razón porque esto ayuda a mantener la pureza y la salud de la Doctrina. No es lógico acusar al Espiritismo por los abusos que éste condena o por los errores que cometen quienes no lo comprenden.
Una religión que se declara sin base segura si se le quitan sus demonios, su infierno, sus penas eternas y su dios sin piedad, es una religión que se suicida.
Dios nos envía a los Espíritus para confirmar su palabra, completarla y ponerla al alcance de todos, propagándola por toda la Tierra, van por doquier y no es posible contenerlos. Hablan al corazón y a la razón y por eso llegan al alma de los más humildes. Cristo es el Mesías divino, su palabra es la verdad. La religión fundada sobre su palabra es inquebrantable a condición que se la siga y practique en todas sus sublimes enseñanzas y de no convertir ese Dios justo y bueno en un dios arbitrario, vengador y sin piedad.

viernes, 23 de octubre de 2015

Suicidas

Segunda parte / Capítulo V / Suicidas
(Silver Chiquero)


Allan Kardec ha seleccionado nueve casos de suicidio, explicando los motivos, revelando las consecuencias y aclarando los diferentes grados de responsabilidad según la intención del suicida. Explicaremos los hechos, las sensaciones de los suicidas y aclaraciones de gran relevancia.

Un padre de familia, se cortó la garganta desangrándose en la bañera de un hostal, por sentirse sólo entre su familia, por no sentirse amado. "Esperaba el descanso, siento que me ahogo, que me roen los gusanos. He huido del sufrimiento para encontrar la tortura". Su espíritu queda ligado a su cuerpo hasta completar el período que habría de tener su vida.


Foto: cortesía de Naypong en freedigitalphotos.net

Un padre se mató porque quedando así viuda su mujer, podría evitar que su hijo fuera a la guerra. "Sufro doblemente, en mi alma y en mi cuerpo como quien sufre dolor en el miembro que le han amputado". El hombre no tiene derecho a disponer de su vida, otorgada por los deberes que debe cumplir sobre la Tierra. El suicidio más severamente castigado es el ejecutado en un acto de desesperación y para liberarse de las miserias de la vida. Únicamente exponerse (sólo la Providencia sabrá si le llegó su hora) a una muerte inminente por salvar a sus semejantes es un sacrificio meritorio, dado que es una abnegación en favor del prójimo.

Un hombre se tiró al vacío desde un campanario, por sentirse un miserable y un pobre diablo, vencido al no aceptar su nueva condición. Tenía que cumplir una prueba de miseria en la Tierra, pero fue vencido por la falta de resignación. Ahora revive constantemente el momento. “¡Oh!, el vacío..., el espacio..., caigo, caigo ¡socorro…voy a destrozarme contra las piedras!".

Una madre se ahorcó tras la muerte de su joven hijo, enfermo terminal, para no dejarle sólo en el trance. "Madres, cuando veáis que la agonía cubre los ojos apagados de vuestros hijos, acordaos que, al igual que Cristo, suben a la cima del calvario desde donde elevarse a la gloria eterna". La muerte del hijo era una prueba para su resignación. El castigo impuesto es la privación de la visión de su hijo.
Dos amantes separados por sendos matrimonios de conveniencia, decidieron juntar en la tumba lo que no les fue permitido en vida. “Siento dolor en mi cerebro y en mi corazón. Oigo risas infernales, voces espantosas, aullando: ¡Siempre así!” Sumergidos en la turbación y aterrorizados por el soplo de la eternidad, sus almas separadas se han de buscar sin cesar, sufriendo el doble suplicio del presentimiento y del deseo. Su duración, dependerá de cómo soporten sus pruebas futuras, siendo una vez más, árbitros de su propio destino.

Un hombre se atravesó el corazón al ser rechazado por su novia, quien aprovechó una discusión para no seguir. ”Me parece estar todavía en su puerta. Soy desgraciado y siempre es ella la que me hace sufrir”. La joven es más responsable por la muerte al fomentar en él un amor al que ella no correspondía, burlándose de él. Su suicidio tiene un atenuante por el amor hacia ella. A los ojos de Dios la pena del joven es ligera porque ha cedido a un impulso irreflexivo, un momento de exaltación, en lugar de quienes se suicidan para evitar las penas de la vida.

Un ateo orgulloso, creía más en sus ideas que en Dios o el alma, decidió matar sus problemas de una vida sin esperanzas por estar basada en lo material. ”En otra existencia mi espíritu estaba condenado a sufrir los tormentos de la duda. Ahora sufro cuando me veo obligado a creer en todo lo que negaba". Su prueba es adquirir en cuerpo y por su propia razón, la prueba de la existencia de Dios y de la vida futura.

Un hombre instruido, poeta, amable, servicial, honrado, perdió su fortuna por especular equivocadamente y despreocupado por su vida futura se ahorcó. ”Me liberé de las preocupaciones materiales para encontrarme con otras de mayor gravedad. Rodeado y atormentado por horribles compañeros con sus gritos, risas y burlas, me llaman cobarde. Van cuatro veces que sucumbo ante esta prueba”. Cuando el objetivo del perfeccionamiento no es alcanzado, el encarnado sufre sin provecho y debe recomenzar en un nuevo cuerpo hasta salir victorioso.

Un contable, en una vida anterior pobre y rechazado por la familia de una joven, envenenó a quien sería el esposo de ella, en su siguiente encarnación no soportó al espíritu obsesor, padre de aquel joven y cediendo a la presión se mató. “Como espíritu homicida, sometido al tormento de la vista continua de la víctima, me liberé con mis oraciones y arrepentimiento”. El espíritu sigue siendo blanco de las persecuciones de espíritus malos, hasta que éstos lo consideren lo suficientemente fuerte como para resistirlas, entonces le abandonan, porque saben que sus tentativas serían inútiles.


Foto: cortesía de tiverylucky freedigitalphotos.net
La justicia y la bondad de Dios resplandecen en la facultad que brinda al hombre la posibilidad de perfeccionarse gradualmente. El castigo, lejos de ser una venganza de Dios, es el medio que Él utiliza para hacerlo progresar.