domingo, 2 de septiembre de 2012

Una visión espiritista de la orfandad y la adopción

Hola familia de mi alma,

Qué alegría volver a realizar la tarea del blog. Nuestra querida Andrea nos ha mantenido informados sobre lo que sucede en CEADS y por ello le estamos inmensamente agradecidos. Esta hormiguita del amor es realmente especial y ayer una vez más nos guió en el estudio del Evangelio según el Espiritismo con delicadeza y entrega.

El tema de estudio de ayer fue  “los huérfanos”. ¿Qué nos enseña la doctrina sobre este tema? ¿Por qué la Justicia Divina permite que existan huérfanos? ¿Los padres adoptivos deben decir a sus hijos que no son “de su sangre”? En realidad, no hablamos específicamente de huérfanos, sino de criaturas en situación de adopción, que necesitan un nuevo hogar en función de la orfandad, los malos tratos recibidos, la situación económica o social de sus progenitores, etc. El estudio fue realmente muy provechoso y os cuento un poco de la discusión que se realizó.

En primer lugar, hay que entender que preguntar, “¿Por qué la Justicia Divina permite que existan huérfanos?”, no deja de ser una forma de decir. Dios no es un hombre o un espíritu que esté todo el tiempo controlando lo que sucede, permitiendo unas cosas u otras, como si fuéramos títeres en sus manos. Tal vez la forma más acertada de hacer la pregunta sería, “¿qué utilidad puede tener la orfandad para el progreso de un espíritu?”. Siempre que entendamos que la ley de causa y efecto es una más de las leyes de las que se sirve la Inteligencia Cósmica Universal para que los hombres sean señores y últimos responsables de sus destinos, no importa como formulemos la pregunta. Lo que importa es comprender que todas las situaciones no provocadas por nuestras actitudes en la vida presente tienen su origen en vidas pasadas. Dichas situaciones son, por tanto, oportunidades de aprendizaje, crecimiento y liberación espiritual: nos liberamos de las imperfecciones que causaron la necesidad de aprendizaje si aprovechamos bien la prueba. Así es como entendemos la orfandad en la doctrina espírita: como una oportunidad de aprendizaje que los padres adoptivos y la criatura adoptada deben vivir.

La responsabilidad de los padres adoptivos es igual o incluso superior a la de los demás. Cuando se disponen a acoger una criatura en su familia por las vías de la adopción, deben estar preparados para vivir llenos de paciencia, tolerancia y amor las situaciones difíciles que puedan surgir en la convivencia con la criatura adoptada. Ésta, además del histórico de rechazo, malos tratos u otros desajustes emocionales que la carencia de afecto en las fases iniciales de su formación le pueda haber ocasionado, viene con su ineludible patrimonio espiritual. Posiblemente la orfandad le sirva para aprender a valorar el afecto que negó en el pasado, para vivir la situación de separación y abandono que provocó en otras vidas, o para aprender a ser más humilde, entrando en una familia no por los lazos de consanguineidad, tan valorados por las sociedades, sino gracias a la generosidad de sus padres adoptivos. Evidentemente, ante este panorama, los padres que se dispongan a la adopción deben armarse de muchísima paciencia y tolerancia. Sin embargo, la dificultad de la tarea no les debe turbar el corazón. Posiblemente antes de encarnar se comprometieron a recibir esta criatura en sus brazos por las vías de la adopción. Restan dos posibilidades para que estos padres reciban este divino encargo: la primera sería la posibilidad de corregir con amor el dolor que hayan causado en el pasado, abriendo su corazón a una criatura, pese a que no sea de su propia sangre (en este caso, sería una expiación); la segunda sería la oportunidad de amparar a seres queridos en su proceso de crecimiento espiritual, auxiliando desde su sabiduría, tolerancia, paciencia y enorme capacidad de amor, a un espíritu que encarnaría destinado a la orfandad (en este caso sería una prueba). Sea como expiación, sea como prueba, más vale no echarse atrás si se presenta la oportunidad de adoptar a una criatura para no correr el riesgo de cumplir un compromiso asumido en la espiritualidad.

Además, quedan estas tres importantes consideraciones que derivan de la Doctrina Espírita:
  • En realidad, los lazos de sangre no son lo que importa. Como nos dijeron los espíritus, “El cuerpo proviene del cuerpo, pero el espíritu no proviene del espíritu, puesto que ya existía antes de la formación del cuerpo”. Los verdaderos lazos que nos deben unir son los de la afinidad espiritual inspirados por el amor y la fraternidad, que nada tienen que ver con la carne o la sangre. Conferir demasiado valor a la sangre denota ignorancia de los principios espirituales.
  • No existe el azar, por tanto, ninguna familia recibe una criatura adoptiva por casualidad. Todos los espíritus, sea por las vías de la adopción, sea por la concepción, están dónde deben estar, con la familia que necesitan, disfrutando de los recursos económicos y sociales que le son más útiles a su evolución.
  • Es deber de los padres explicar a los hijos adoptivos su verdadera condición. Esto le ayudará a la criatura a vivir la prueba escogida en la espiritualidad con más provecho y posiblemente le ahorrará dificultades de adaptación a la verdad en el caso en que desencarnara sin conocer su verdadera situación.

Como en muchas otras situaciones sobre las que necesitamos reflexionar e instruirnos, el único sentido de hablar de todo esto está en que aun somos muy primitivos. Nuestra capacidad de amar aún es tan escasa que necesitamos que nos vengan las voces del otro lado de la vida para decirnos, “Atención, ¿por dónde vais? Si la carne la entregaréis a la sepultura… ¡Lo que importa es el espíritu y no la sangre!”. Hagámosles caso, eduquemos nuestros corazones para ampliar nuestra capacidad de amar.

Que durante la semana que se inicia, todos seamos permeables a las enseñanzas de la espiritualidad superior para, quién sabe, ser dignos de contribuir a hacer un mundo mejor en lugar de exigir que nos lo entreguen hecho.

Cariños de la hermana mayor 

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