domingo, 16 de febrero de 2014

Morrir… Y después?

Hola familia de mi alma,

ayer fue día de conferencia en CEADS. Nuestro amigo y compañero Alfredo Tabueña nos presentó la charla titulada “Morrir… Y después?”. La verdad es que es todo un lujo poder escuchar a este trabajador espírita, que con dedicación, humor y claridad nos explicó conceptos muy importantes para comprender qué hacemos aquí y adonde vamos a ir en el más allá de la tumba.



La MUERTE es la extinción de la vida física y por tanto, un fenómeno biológico.

La DESENCARNACIÓN es el proceso de separación entre el alma y su cuerpo físico. Nunca sucede de la misma manera para dos espíritus diferentes. Su duración depende de cómo haya vivido la persona en la Tierra, siendo un transito suave y asistido por amigos espirituales si se ha intentado vivir con menor apego a la materia, cultivando sentimientos más elevados, o doloroso y lento en el caso de que se haya vivido de forma muy materialista, sin el menor cultivo de los valores espirituales, dominado por el orgullo y el egoísmo. Cuanto más se prende el ser humano a la materia durante la vida, más le cuesta separarse de ella después de la muerte física.

La TURBACIÓN es el estado en el que se encuentra el espíritu desde el momento de su muerte física hasta que se reconoce y es consiente de su nueva condición y realidad en el plano espiritual. Tal como la desencarnación, puede durar desde unas pocas horas hasta meses o años según la elevación del espíritu. Alfredo nos explicó que la turbación es comparable a lo que siente uno cuando le suena el depredador por la mañana: durante lo que puede variar entre algunos segundos para unos hasta algunos minutos para otros, nos esforzamos por comprender donde estamos, qué día es, adonde hay que ir… Pues algo parecido nos sucede después de la muerte física. Durante un tiempo sólo determinado por cómo hemos vivido nuestras vidas, el espíritu ya separado de su cuerpo físico intenta comprender donde está, qué le ha pasado, tomar conciencia de sí mismo y atinar sobre qué puede hacer ahora que ha vuelto al plano espiritual.

El PLANO ESPIRITUAL es como solemos hablar del campo de actuación de los espíritus desencarnados, mientras que el PLANO FÍSICO sería el de los espíritus encarnados. Estas definiciones sin embargo, no son más que simplificaciones de una realidad mucho más compleja. Nos enseñan los espíritus que la materia existe en el espacio en estados que no conocemos, imperceptibles a nuestros sentidos. Lo que llamamos plano espiritual, por tanto, no se debe entender como un espacio vacío, si no como un conjunto de zonas concéntricas a la Tierra de variados estados vibratorios. Tenemos noticias de colonias, ciudades, escuelas y hospitales en el plano espiritual, siendo la colonia “Nuestro Hogar” la que más conocemos. Sabemos así que todo cuanto existe en el plano físico no es más que un pando reflejo de lo que existe en el plano espiritual, “lugar”, por decirlo de alguna manera, de origen y natural para todos los espíritus. El plano físico y el espiritual se mezclan e interpenetran, influenciándose mútuamente de forma continuada.


Las zonas del plano espiritual más cercanas a la Tierra están caracterizadas por la concentración de espíritus en sufrimiento, mientras las más alejadas y menos densas son habitadas por espíritus que ya han despertado para una conciencia espiritual más elevada. La pregunta entonces es, cuando morimos, ¿cómo se decide adonde vamos a ir? ¿Lo podemos decidir nosotros? Nos contó nuestro compañero Alfredo que sí, lo decidimos nosotros. Cada uno es el único responsable de la decisión sobre qué zona del plano espiritual habitará una vez haya desencarnado: las zonas abismales, las zonas umbralinas o las zonas menos densas de las colonias espirituales, o aún aquellas más felices y alejadas de la Tierra. Lo que pasa, y ahí está lo más importante de toda la información que nos trasmiten los espíritus, es que esta decisión no la tomamos en el momento de la muerte. Cada acto, cada pensamiento, cada gesto, cada vez que hacemos uso del libre albearía durante una existencia física contribuye para determinar el “peso específico”, es decir, la densidad misma, de nuestro cuero espiritual o periespíritu. Al desencarnar, sólo podemos, por una cuestión de sintonía, habitar los espacios afines a nuestra propia frecuencia vibratoria. Así es como el cultivo de pensamientos y sentimientos altruistas, la práctica de la caridad y el esfuerzo de superación de las imperfecciones facilita el proceso de desencarnación y favorece el trasmito del espíritu a zonas más felices tras su muerte física. Por otra parte, el egoísmo y el materialismo imantan el espíritu a zonas densas, caracterizadas por el sufrimiento.

Nos contó Alfredo, con su modo tan peculiar de divulgar la doctrina, que la muerte física la podríamos comparar a una empresa de mudanza. Lo que pasa es que es una empresa muy poco corriente… porque no espera hasta que la llamemos nosotros, se presenta muchas veces sin que la hayamos contratado. Tampoco espera a que arreglemos las cosas y tengamos todo el equipaje en orden, deberíamos estar siempre a la espera de que a cualquier momento sea el definitivo. Esta empresa de mudanza no nos envía un chofer que nos conduzca adonde nos corresponde habitar en el mas allá, somos nosotros quiénes debemos conducir todo el proceso. Y por último, si no estamos contentos, dicha empresa dispone de una hoja de reclamaciones donde podemos y debemos expresar todo nuestro descontento hacia los servicios prestados, pero esta hoja va dirimida hacia uno mismo y solo a cada uno de nosotros corresponde la responsabilidad de vivir de tal manera que, cuando esta empresa de mudanza se presente, sea para llevarnos a una zona de mayor felicidad.
¿Nos encontraremos en el más allá con nuestros seres queridos? Pues depende de cómo hayan vivido ellos también su vida, de los sentimientos que hayan cultivado, del uso que hayan hecho del libre albedrío. Aún y así, nos dicen los espíritu que los lazos de amor no se rompen jamás. Antes o después nos volveremos a ver con aquellos a quiénes amamos. Si somos capaces de vivir tal y como nos enseña la doctrina espírita, trabajando cada día por superar nuestras imperfecciones y por seguir un camino de educación de las emociones, más posibilidades hay de que estos reencuentros sean momentos de luz y consuelo para las almas que se aman.
Gracias Alfredito, por tu dedicación y por compartir tanto con nosotros. Que podamos todos vivir de tal manera que cuando esta empresa de mudanza tan peculiar llamada muerte se presente, tengamos el equipaje preparado, cargado del amor y de la fraternidad que el espiritismo nos ha enseñado a cultivar en nuestra existencia.


Cariños de la hermana menor

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