martes, 11 de noviembre de 2014

El destino de los niños después de la muerte


¡Buenas noches!

Este sábado estudiaremos el destino de los niños después de la muerte. Es un tema bastante delicado, que nos toca en el hondo del alma y nos prueba la fe razonada en las leyes perfectas del Creador.

Podemos escuchar decir que es el orden de las cosas que nos mayores vuelvan a la patria espiritual pero sabemos, a través de las enseñanzas espíritas, a través de los propios espíritus que han vivenciado y han podido explicar a nosotros por qué los más jóvenes mueren antes de sus padres, madres, abuelo/as, etc.

El Espiritismo nos da la esperanza en el porvenir, nos llena de paciencia y nos brinda la alegría de entender que estamos aquí para aprender y volver a nuestra verdadera vida espiritual.

Para que podamos reflexionar sobre lo que estudiaremos este sábado os dejamos algunos items de las obras básicas de la Doctrina Espírita.



El Libro de los Espíritus

199. ¿Por qué la vida suele interrumpirse en la infancia? “La duración de la vida del niño puede ser, para el Espíritu que está encarnado en él, el complemento de una existen- cia interrumpida antes del término debido, y su muerte suele ser una prueba o una expiación para los padres.” 

199a – ¿En qué se convierte el Espíritu de un niño que muere a temprana edad? “Recomienza una nueva existencia.” Si el hombre tuviese una sola existencia, y si después de ella su suerte futura estuviera fijada definitivamente, ¿cuál sería el mérito de la mitad de la especie humana que muere a temprana edad, para disfrutar sin esfuerzo de la dicha eterna? ¿Con qué derecho sería eximida de las condiciones, a menudo tan duras, impuestas a la otra mitad? Semejante orden de cosas no podría estar de acuerdo con la justicia de Dios. mediante la reencarnación, la igualdad es para todos. El porvenir pertenece a todos sin excepción y sin favorecer a nadie. Los que llegan últimos sólo pueden quejarse de sí mismos. El hombre debe tener el mérito de sus actos, así como tiene la responsabilidad de ellos. Por otra parte, no es racional considerar a la infancia como un estado normal de inocencia. ¿no vemos niños dotados de los peores instintos a una edad en que la educación aún no ha ejercido su influencia? ¿no vemos que al nacer parecen traer consigo la astucia, la falsedad, la perfidia y hasta el instinto del robo y del homicidio, pese a los buenos ejemplos que los rodean? La ley civil absuelve sus malas acciones porque, según establece, obraron sin discernimiento. Tiene razón, porque, en efecto, obran más por instinto que con un propósito deliberado. Sin embargo, ¿de dónde provienen esos instintos tan diferentes en niños de la misma edad, educados en las mismas condiciones y sometidos a las mismas influencias? ¿De dónde viene esa perversidad precoz, si no es de la inferioridad del Espíritu, puesto que la educación no influyó en eso para nada? Los viciosos, lo son porque sus Espíritus han progresado menos. Entonces sufren las consecuencias, no por sus actos de la infancia, sino por los de sus existencias anteriores. Así pues, la ley es la misma para todos y la justicia de Dios alcanza a todo el mundo.

381. Cuando el niño muere, ¿recobra de inmediato el Espíritu su vigor primitivo?
“Así debe ser, puesto que está liberado de su envoltura carnal. No obstante, sólo recobra
su lucidez primitiva cuando la separación es completa, es decir, cuando ya no existe ningún lazo entre el cuerpo y el Espíritu.”




El Evangelio según el Espiritismo
Capítulo V - Bienaventurados los afligidos

Causas anteriores de las aflicciones 

Item 6. Pero si bien en esta vida existen males cuya causa principal es el hombre, hay otros a los que es ajeno por completo, al menos en apariencia, y que parecen afectarlo como por obra de la fatalidad. Son ellos, por ejemplo, la pérdida de los seres queridos y la de los que constituyen el sostén de la familia. También son los accidentes que ninguna previsión hubiera podido evitar; los reveses de fortuna que frustran todas las medidas de prudencia; las plagas naturales, las enfermedades de nacimiento, particularmente aquellas que quitan a tantos desdichados los medios de ganarse la vida con su trabajo: las deformidades, la idiotez, el cretinismo, etc. Los que nacen en semejantes condiciones, seguramente no han hecho nada en esta vida para merecer, sin compensación alguna, una suerte tan triste, que no pudieron evitar, que están en la imposibilidad de cambiar por sí mismos y que los deja a merced de la conmiseración pública. ¿Por qué, pues, existen esos seres tan infortunados, mientras que a su lado, bajo un mismo techo y en la misma familia, hay otros favorecidos en todos los sentidos? ¿Qué diremos, por último, de esos niños que mueren en edad temprana, que no conocieron de la vida más que los padecimientos? Se trata de problemas que ninguna filosofía ha podido aún resolver, anomalías que ninguna religión ha podido justificar, y que serían la negación de la bondad, de la justicia y de la providencia de Dios, en la hipótesis de que el alma sea creada al mismo tiempo que el cuerpo, y que su suerte esté irremediablemente fijada después de una permanencia de algunos instantes en la Tierra. ¿Qué han hecho esas almas, que acaban de salir de las manos del Creador, para sufrir tantas miserias en este mundo, así como para merecer en el porvenir una recompensa o un castigo cualquiera, cuando no han podido hacer ni bien ni mal? Con todo, en virtud del axioma según el cual todo efecto tiene una causa, esas miserias son efectos que deben tener una causa; y desde el momento en que admitimos la existencia de un Dios justo, esa causa también debe ser justa. Ahora bien, como la causa precede siempre al efecto, si aquella no está en la vida actual, debe ser anterior a esta vida, es decir, debe pertenecer a una existencia precedente. Por otra parte, como no es posible que Dios castigue a alguien por el bien que ha hecho ni por el mal que no ha hecho, si somos castigados, es porque hemos obrado mal. Si no hemos hecho el mal en esta vida, lo hicimos en otra. Nadie puede evadir esta alternativa, en la que la lógica determina de qué lado está la justicia de Dios. Por consiguiente, el hombre no es castigado siempre, o completamente castigado, en su existencia presente, pero nunca escapa a las consecuencias de sus faltas. La prosperidad del malo sólo es momentánea, pues si no expía hoy, expiará mañana, mientras que el que sufre está expiando su pasado. La desgracia que en un principio parece inmerecida tiene, pues, su razón de ser, y el que sufre puede decir en todos los casos: “Perdóname, Señor, porque he pecado”.



Pérdida de las personas amadas. Muertes prematuras 

Item 21. Cuando la muerte acude a segar en vuestras familias, y se lleva sin contemplación a los jóvenes antes que a los viejos, soléis decir: “Dios no es justo, porque sacrifica al que es fuerte y tiene un gran futuro, para conservar a los que ya han vivido muchos años llenos de decepciones; porque arrebata a los que son útiles y deja a los que no sirven para nada más, y porque destroza el corazón de una madre, al privarla de la inocente criatura que era toda su alegría”. Humanos: en ese aspecto necesitáis elevaros por encima de las pequeñeces de la vida terrenal, a fin de que comprendáis que el bien está muchas veces allí donde vosotros creéis ver el mal, y que la sabia previsión está allí donde creéis ver la ciega fatalidad del destino. ¿Por qué medís la justicia divina con la medida de la vuestra? ¿Acaso podéis suponer que el Señor de los mundos quiera, por un simple capricho, imponeros penas crueles? Nada se hace sin un objetivo inteligente, y sea lo que fuere que suceda, todo tiene su razón de ser. Si indagarais mejor acerca de los dolores que os atormentan, en ellos encontraríais siempre la razón divina, la razón regeneradora, y vuestros miserables intereses merecerían una consideración de tal modo secundaria, que los relegaríais al último plano. Creedme, es preferible la muerte de una encarnación de veinte años a esos desarreglos vergonzosos que causan la desolación de familias respetables, que hieren el corazón de una madre y hacen encanecer antes de tiempo el cabello de los padres. La muerte prematura es, por lo general, un gran beneficio que Dios concede al que se va, que de ese modo queda preservado de las miserias de la vida, o de las seducciones que hubieran podido arrastrarlo a la perdición. Aquel que muere en la flor de la edad no es víctima de la fatalidad; su muerte se debe a que Dios juzga que no le conviene permanecer más tiempo en la Tierra. ¡Es una terrible desgracia –decís vosotros– que una vida tan llena de esperanza haya sido truncada tan pronto! ¿De qué esperanza habláis? ¿De la de la Tierra, donde el que se fue habría podido brillar, abrirse camino y hacer fortuna? ¡Siempre esa mirada estrecha, que no puede elevarse por encima de la materia! ¿Sabéis cuál habría sido la suerte de esa vida, tan llena de esperanza según vuestra opinión? ¿Quién os dice que no estaría saturada de amargura? ¿Acaso no tomáis en cuenta la esperanza de la vida futura, a tal punto que preferís la de la vida efímera que arrastráis en la Tierra? ¿Acaso suponéis que vale más ocupar una posición elevada entre los hombres, que entre los Espíritus bienaventurados?
Regocijaos, en vez de quejaros, cuando sea grato a Dios retirar a uno de sus hijos de este valle de miserias. ¿No sería egoísmo desear que él se quede para sufrir junto con vosotros? ¡Ah! Ese dolor se concibe en el que no tiene fe, que ve en la muerte una separación eterna. Pero vosotros, espíritas, sabéis que el alma vive mejor cuando se ha desembarazado de su envoltura corporal. Madres, sabed que vuestros amados hijos están cerca de vosotras. Así es, están muy cerca. Sus cuerpos fluídicos os envuelven, sus pensamientos os protegen, y el recuerdo que de ellos conserváis los embriaga de alegría. No obstante, vuestros dolores infundados también los afligen, porque denotan falta de fe y constituyen una rebelión contra la voluntad de Dios. Vosotros, que comprendéis la vida espiritual, escuchad los latidos de vuestro corazón, que llama a esos seres queridos, y si rogáis a Dios que lo bendiga, sentiréis tan intenso consuelo que se secarán vuestras lágrimas; sentiréis aspiraciones tan grandiosas que os mostrarán el porvenir prometido por el soberano Señor. (Sanson, ex miembro de la Sociedad Espírita de París, 1863)

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