jueves, 11 de diciembre de 2014

Poder de la fe

Hola familia,

el próximo sábado en CEADS, Estudio Sistematizado del Evangelio.

¡Os esperamos!

Cariños de la hermana menor

Poder de la fe

  1. Y cuando llegó donde estaba la gente, vino a El un hombre, e hincadas las rodillas delante de El, le dijo: Señor, apiádate de mi hijo, que es lunático y padece mucho: pues muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. - Y lo he presentado a tus discípulos y no le han podido sanar. - Y respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y depravada! ¿hasta cuando estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os sufriré? Traédmelo acá. - Y Jesús lo increpó, y salió de él el demonio, y desde aquella hora fue sano el mozo. - Entonces se llegaron a Jesús los discípulos aparte y le dijeron: ¿Por qué nosotros no le pudimos lanzar? - Jesús les dijo: Por vuestra poca fe. Porque en verdad os digo, que si tuviereis fe cuanto un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá y se pasará; y nada os será imposible. (San Mateo, cap. XVII, v. de 14 a 19.)

2. En el sentido propio, es cierto que la confianza en nuestras propias fuerzas nos hace capaces de ejecutar cosas materiales que no se pueden hacer cuando dudamos de nosotros mismos, pero aquí es menester entender estas palabras sólo en el sentido moral. Las montañas que levantan la fe, son las dificultades, las resistencias, en una palabra, la mala voluntad que hay entre los hombres, aun en el momento en que se trata de las cosas mejores; las preocupaciones de la rutina, el interés material, el
egoísmo, el ciego fanatismo y las pasiones orgullosas, son otras tantas montañas que interceptan el camino de cualquiera que trabaja para el progreso de la humanidad. La fe robusta de la perseverancia aporta la energía y los recursos que hacen vencer los obstáculos, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes; la que vacila de la incertidumbre y la perplejidad, de la cual se aprovechan aquellos a quienes se quiere combatir, no busca los medios de vencer porque creen no poder vencer.

3. En otra acepción se llama fe a la confianza que se tiene en el cumplimiento de una cosa, la certeza de alcanzar un objeto; da una especie de lucidez, que hace ver en el pensamiento el término hacia el cual uno se dirige y los medios de llegar a él por manera que aquel que la posee marcha, por decirlo así, con seguridad. En ambos casos puede hacer alcanzar grandes cosas. La fe sincera y verdadera es siempre serena; da la paciencia que sabe esperar, porque teniendo su punto de apoyo en la inteligencia y en la comprensión de las cosas, está cierta de llegar al fin; la fe dudosa siente su propia debilidad; cuando está estimulada por el interés, se vuelve agresiva, y cree suplir la fuerza por la violencia. La calma en la lucha es siempre una señal de fuerza y de confianza; la violencia, por el contrario, es una prueba de debilidad y duda de sí mismo.

4. Guardaos de confundir la fe con la presunción. La verdadera fe se aviene con la humildad; el que la posee pone su confianza en Dios más que en sí mismo, porque sabe que, simple instrumento de la voluntad de Dios, nada puede sin El, y por esto los buenos Espíritus vienen en su ayuda. La presunción más bien es orgullo que fe, y el orgullo es siempre castigado, más o menos tarde, por los desengaños y las desgracias que sufre.



5. El poder de la fe recibe una aplicación directa y especial en la acción magnética; por ella el hombre obra sobre el fluido, agente universal; modifica sus cualidades y le da una impulsión, por decirlo así, irresistible. Por esto el que tiene una gran fuerza fluídica, unida a una fe ardiente, puede, por la sola voluntad dirigida al bien, operar esos fenómenos extraños de curaciones y otros que en otro tiempo pasaban por prodigios y, sin embargo, sólo son consecuencia de una ley natural. Tal es el motivo porque Jesús dijo a sus apóstoles: si no habéis curado, es porque no teníais fe.

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