lunes, 13 de abril de 2015

La batalla de todas las batallas

LA BATALLA DE TODAS LAS BATALLAS
(Janaina Minelli)

Antes de hacerse llamar Pablo, el apóstol de los gentiles se llamaba Saulo. En la etapa en que encontramos a Saulo convertido al evangelio, pero antes de que se transformara en baluarte del cristianismo entre los pueblos gentiles, vemos que sus luchas fueron muchas y variadas. En Damasco y en Jerusalén, Saulo había dado pruebas de renovación moral. En el desierto el apóstol había demostrado persistencia y disposición. En muchas partes por donde esparció la palabra del dulce Rabí, tuvo que soportar la ingratitud y la burla, el desprecio y la humillación, cuando no la persecución violenta. En aquellos tiempos las largas caminatas entre pueblo y pueblo se hacían dolorosas. Todo esto Saulo lo soportó refugiándose en la fuerte convicción de que la revelación del camino de Damasco le convocaba a mayores y más elevados objetivos existenciales.

Fue en Tarso, su propia ciudad natal, donde la prueba se hizo más contundente que nunca. Volvía a casa enfermo y abatido, necesitado de un techo y de comprensión que ninguno de sus amigos, ni siquiera su propio padre, fueron capaces de ofrecerle. Aquí se enfrenta Saulo a la mayor de sus batallas. Ya no lucha contra la ingratitud o la incomprensión ajena. No son los inconvenientes del desierto o la dificultad de las caminatas lo que le pesan. En Tarso, Saulo se enfrentó a sí mismo. Nos cuenta Emmanuel que “el Maestro le sugería que luchase consigo mismo, para que el ‘hombre del mundo’ dejara de existir, encaminando el renacimiento del corazón enérgico, pero amoroso y tierno del discípulo.” Saulo tenía que morir para que el Maestro viviera en él. Esta es una muerte simbólica: la muerte del ego, el momento en que el hombre se vence a sí mismo, empezando nueva fase de existencia, hombre nuevo, con corazón nuevo.

No fue fácil para Saulo sentir el rechazo de su padre. Tampoco le fue fácil recibir la bolsa de dinero que éste le envió a través de un esclavo, “como si de un mendigo se tratara”, pensaría Saulo en agitación interior, mientras el “hombre viejo” y “el nuevo” se enfrentaban en su corazón. Saulo todavía consideró devolver la limosna humillante para enseñar a su padre que era su hijo y no un mendigo. Con esto le daría una lección, le demostraría
su valor. Una vez más, sin embargo, la conciencia volvía a llamarle a la renovación de principios. Se dio cuenta de que las pruebas sobrevendrían. En efecto Saulo no estaba en condiciones de rechazar la limosna de su padre. Había llegado hasta un punto en que no podía sostener su orgullo sin buscarse más y peores sufrimientos. Pensó en el Maestro. Aquella sería una lección de Jesús, para ver si su corazón voluntarioso aprendía la lección de humildad. Venciéndose a sí mismo, Saulo tomó la bolsa con resignada sonrisa y la guardó entre los pliegues de la túnica. Saludó al sirviente con expresiones de agradecimiento y le dijo que diera las gracias a su padre, esforzándose para demostrar alegría.

Muchas veces tenemos ante nosotros situaciones límites que nos ponen a prueba. Algunas son de tipo económico, otras son desafíos de la convivencia familiar. Las situaciones profesionales nos ofrecen múltiples situaciones límites, así como las del ámbito sentimental, en las relaciones románticas. En diversas áreas de nuestras vidas somos llamados, como el apóstol de los gentiles, a la lucha de todas las luchas. Ésta no es la que libramos contra los jefes tiranos, los hijos ingratos, las parejas adúlteras, los amigos egoístas… La mayor de todas las luchas se libra en el interior del corazón que debe encontrar la humildad ante todas las situaciones que estas personas le ofrecen como oportunidades de crecimiento.

¿Qué hizo Saulo después de la batalla de las batallas? Lloró y oró. Nos cuenta Emmanuel que el apóstol de los gentiles “confió al Maestro sus acerbas preocupaciones, pidió el remedio de su misericordia y trató de reposar. Después de una ferviente oración dejó de llorar, sintiendo que una fuerza superior e invisible le suavizaba las llagas de su alma oprimida.” Si alguna vez luchamos contra nosotros mismos, no tengamos vergüenza de sentir que se nos desvanecen las fuerzas. Es necesario buscar en la fuente de agua viva inspiración para continuar.  La oración es fuente inagotable de renovación espiritual. Cuando Saulo oró, se le acercaron Esteban y Abigail, almas que le querían mucho. Esteban abrazó a Saulo efusivamente, como si lo hiciera a un hermano amado. No tengamos ninguna duda que siempre que hagamos una oración sincera, tendremos este abrazo de seres que nos aman. Están a nuestro lado, deseando que venzamos la batalla contra nosotros mismos. Esperan con paciencia y amor el momento que nuestra psique se proyectará hacia lo alto, buscando en la oración la fuerza que nos falta para renovar corazones que todavía tienen tanto por aprender. A través de la psicografía iluminada de Chico Xavier, la biografía de Saulo nos debe inspirar a buscar refugio en la oración en el momento de la adversidad. Sea el amor del Maestro la energía que nos sostiene en los momentos en que sintamos el alma oprimida. 

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