sábado, 18 de julio de 2015

Mi reino no es de este mundo

Mi reino no es de este mundo
(Janaina Minelli)

¡Qué escena tan fuerte la que nos narra el evangelio de Juan, cuando Poncio Pilato, oficial del Imperio Romano de la provincia de Judea, interroga a Jesús preguntándole, ¿Eres tú el rey de los judíos? Poncio era prefecto de Herodes, rey de Judea, Galilea, Samaria e Idumea. Quería escuchar de los labios de un hombre de aspecto humilde, que recibiera malos tratos físicos, aquello que confirmaría o le liberaría de las acusaciones hechas contra él por los sacerdotes judíos. El prefecto no era simpático a los sacerdotes, pero ¿qué sabía él de los reyes? Que eran hombres poderosos, ricos, prepotentes, despiadados y autoritarios. La majestad del Maestro, cuyas bases son la armonía con la ley cósmica de amor, no le debe haber impresionado a primera vista, pero la voz de Jesús seguramente le confundió. Le informó el Maestro que su reino no era de este mundo, convocando la conciencia del prefecto a elevarse por encima de la realidad material. Él, que vivía envuelto en juegos de poder, sensualidad y codicia, escuchaba la voz de un acusado de los sacerdotes decirle que había venido al mundo para dar testimonio de la verdad; todo aquél que fuera de la verdad, escucharía su voz.

Incluso un ser materialista como Poncio Pilato titubearía ante la voz de Jesús. Hasta la última fibra del prefecto se reconoció ante algo que no comprendía. Se sintió presionado por fuerzas opuestas. A un lado, los sacerdotes y la gente que fuera del pretorio esperaba la condena de Jesús; además estaba Herodes - como supiera que había absuelto un hombre que se decía rey en sus dominios, tendría problemas. Al otro lado, estaba este hombre que le hablaba de la verdad… Que le decía que había otro mundo, donde las reglas no serían las mismas conocidas de Poncio… Una especie de reino donde las recompensa no eran los bienes de la Tierra, ni tampoco la supremacía contra los enemigos. El debate interior de Poncio, pese a intenso, duró sólo unos instantes para los demás. El prefecto pensó haber encontrado una solución en la que no se comprometería. Salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo, “Yo no encuentro ningún delito en él, y les ofreció su libertad, ya que era costumbre liberar a alguno en la Pascua. No le salió bien el plan. Como no nos sale bien a nosotros cuando, bajo la presión que experimentamos cuando hay que decidir entre los valores del espíritu o los de la tierra, buscamos decisiones no comprometidas.

Nos dicen los espíritus que todo cristiano tiene fe en la vida futura. Los espíritas, sin embargo, hemos recibido información más tangible de la patria espiritual. Ésta nos ha sido descrita con riqueza de detalles en la codificación básica, en primer lugar, y en las obras mediúmnicas de Chico Xavier, Divaldo Franco, Ivonne do Amaral y tantos otros. Con base a estas informaciones es que reconocemos las injusticias de la tierra como formas de alcanzar el equilibrio ante la ley cósmica.

El conocimiento de nuestra doctrina nos conduce a vivir las dificultades de la vida con entereza, esperanza y aceptación pro-activa. Las quejas no deben ser parte de nuestro repertorio y la tolerancia es la regla de convivencia con tantos cuantos se encuentren en nuestro camino. Somos conscientes de que el acaso no existe y que leyes del magnetismo, todavía ignoradas en gran medida por los hombres, atraen a nuestras vidas las situaciones a las que nos debemos sobreponer y las personas a quienes debemos aprender a amar. Ante el dolor físico o emocional, la dificultad financiera, la oportunidad de beneficios materiales, el juicio de las personas materialistas, todos tenemos nuestro “momento Poncio”. Es ahí cuando la voz del Maestro nos recuerda, “Mi reino no es de este mundo. El que es de la verdad, escucha mi voz”. Seamos firmes, poniéndonos al lado del Maestro. No lo entreguemos más, nosotros que lo hemos hecho tantas veces, siempre que en lugar de dar prioridad a los valores de la vida futura, nos apegamos a los de la tierra.

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