domingo, 3 de abril de 2016

Lo divino y sagrado que existe en nosotros

Hola familia, 

ayer en la clase del Estudio Sistematizado del Evangelio nos dedicamos a comprender mejor las cualidades de la oración. Jesús nos dice: 
“Cuando oréis, no os asemejéis a los hipócritas que afectadamente oran de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres.” 
Así nos enseña el Maestro que orar bien no es orar mucho: es saber ponerse de forma que la oración llegue hasta el Padre y de él se pueda recibir permanentemente las dádivas. Para eso, es necesario que, al orar, estemos con el corazón libre de cualquier amargura o rencor contra el prójimo y que seamos humildes y sumisos ante Dios.


Todo lo que hacemos con ostentación es por la satisfacción de nuestro orgullo y, por eso, no merece recompensa alguna de lo Alto. Toda oración llega a Dios, siempre que sea hecha con sinceridad y humildad, y desde que parta de un corazón predispuesto al perdón, sin importar el lugar donde sea hecha.

Es importante entender que no es por la multiplicidad de nuestras palabras que seremos atendidos, sino por la cualidad y sinceridad de ellas.

En la clase, hablamos de la oración como una forma de conectarse con la fuente cósmica de perfección, que uno puede llamar como quiera, Dios, Alá, Jehová, Padre, Madre… Lo importante es comprender que Él está en cada uno de nosotros y a través del acto humilde y sincero de volver el pensamiento hacia él, establecemos conexión con lo divino y sagrado que existe en nosotros. No hay un lugar específico donde se deba orar, no hay fórmulas que valgan.

Lo que realmente hace con que una oración recoja el fluido cósmico y produzca lo que pedimos cuando la formulamos es la sinceridad con que la formulamos y la elevación de sus propósitos. Podemos pedir ayuda, consuelo, fuerzas… Podemos hacer oraciones de gratitud… Podemos hacer oraciones de alabanza… Lo ideal sería que viviéramos en oración, convirtiendo cada gesto, pensamiento y palabra en ondas de amor. Mientras aprendemos a vibrar en frecuencias más elevadas, cada oración es un ensayo que nos permitirá alzar vuelos más elevados, que nos permitirán vislumbrar qué puede significar vivir en armonía con el Padre celestial. Cuando oramos nos sentimos más cerca de Dios. Debemos pasar más tiempo ahí, en este espacio dulce y reconfortante.

Pidiendo al Padre que nos enseñe a tener corazones pacificados, os deseamos a todos una semana de mucha paz.

Cariños


CEADS

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