viernes, 30 de diciembre de 2016

El verdadero sentido de la Navidad

Por Andrea Campos


El Espiritismo es una doctrina de consecuencias morales, su finalidad es encontrar la felicidad y  llegar a la perfección.

Recordemos que Dios, es la Inteligencia Suprema, causa primera de todas las cosas. Él es el Creador. No es hombre ni mujer, no es alto ni bajo, no tiene nacionalidad ni religión.  Él es amor y  nosotros como sus “hijos” e “hijas”, somos co-creadores de ese amor, y de nuestros destinos.

Cuando usamos nuestro libre albedrío en armonía con las leyes divinas, naturales, perfectas e inmutables nos vamos acercando a nuestro destino. Lo contrario, nos hace alejarnos más de esa, tan soñada, felicidad. El ritmo de ese recorrido lo marcamos nosotros mismos, sea más rápido o más lento, no tenemos que preocuparnos del tiempo que transcurra para conseguirlo. Pero sí  que tenemos que ser constante para mejorarnos, pues es el bagaje que nos llevaremos.

En la pregunta 629 de El Libro de los Espíritus nos contestan los amigos invisibles que la “moral es la regla para proceder bien, es decir, saber distinguir entre el bien y el mal. Está fundada en la observación de la ley de Dios. El hombre procede correctamente cuando actúa haciendo el bien a los demás; así cumple con la ley de Dios”.

Pero, ¿Cómo distinguir el bien del mal? Nos contestan los mismos amigos, en la pregunta 630, “El bien es todo lo que está conforme con la ley de Dios y el mal todo lo que de ella se separa. Así, pues, hacer el bien es actuar de acuerdo con las leyes  de Dios, hacer el mal es infringirla”

Nuestro mayor ejemplo de amor es Jesús. Para los espiritistas, es el guía y modelo a seguir, más perfecto que ha estado entre los hombres encarnados. Después de su reencarnación la Tierra nunca más fue la misma. Es considerado un profeta por muchas religiones y filosofías conocidas, es estudiado por psicólogos, psiquiatras, líderes, ejecutivos…

No es una figura alegórica. Sus enseñanzas han quedado marcadas profundamente en nuestras almas y éstas, aun hoy, siguen vigentes. Una vez conozcamos a Jesús,  su amor y perfección, jamás seremos los mismos. La cuestión es entender a Jesús en su esencia, sin alegorías, sin ritos o prohibiciones, sin fantasías ni rituales.

Podemos unirnos a la mesa para una cena de Navidad, pero no olvidemos lo más importante: Que es el aniversario del Ejemplo de la Humanidad.

Busquemos en el pesebre, la simplicidad del amor, la perfección, recordemos nuestra pequeñez ante el Creador. Elevemos el pensamiento por los caídos, por los que sufren, por los que no tienen nada ni a nadie.

La Navidad no debería ser sólo una fecha en los 365 días de un año. A cada día deberíamos regalarnos amor, esforzarnos en mejorar,  cuidar de los demás, agradecer lo que tenemos, buscar ser mejores personas, tanto intelectual como  moralmente.

Recordemos que vigilar nuestros pensamientos y palabras son los primeros pasos, en el camino evolutivo hacia la libertad. Esas palabras, habladas o pensadas, correctamente, atraen a los Buenos Espíritus que nos dan fuerzas para soportar las piedras que surgen en el camino. Se amplían cuando las dirigimos hacia los demás, hacia los que todavía tienen el velo de la niñez evolutiva y se expanden hacia el infinito cuando las ponemos en práctica extendiendo la mano, acariciando rostros enfermos o simplemente regalando un abrazo fraterno en momentos de dolor y desespero.

Seamos Jesús todos los días. Empecemos en este día de Navidad para que todos los días de nuestra existencia sean verdaderos nacimientos.  

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