domingo, 30 de julio de 2017

Nosotros, ¡espíritus!

¡Hola!!

Ayer en nuestro querido centro espírita hemos estudiado las pruebas de la existencia y de la superviviencia de los espíritus después de la "muerte", ya que la muerte física, del cuerpo de carne no borra la existencia de un ser inteligente que en el habita, aprende y evoluciona en las existencias de en la carne.

Os dejamos el texto utilizado en la clase para lectura y reflexión.

Aparentemente somos tan solo el cuerpo con el que vivimos en este mundo. Ahora bien, todo indica, y el análisis químico lo demuestra, que nuestro cuerpo está formado exclusivamente de materia, como los demás cuerpos de la naturaleza. Es verdad que esa materia recibe además el flujo energético de una sustancia organizadora sutilísima - el principio vital -, absorbida naturalmente por el organismo, que le comunica el dinamismo en virtud del cual se realizan todas las funciones vitales; principio que existe, además, también en los otros seres vivos, vegetales y animales.

Pero el análisis consciente y una observación más profunda, muestran que en el hombre existe algo más que materia y principio vital. El hombre piensa, tiene conciencia plena de su existencia; relaciona ideas, establece conceptos, elabora juicios, construye razonamiento, saca conclusiones, ama, desea y siente y, sirviéndose de un instrumento maravilloso que es el lenguaje, comunica eso a sus semejantes.

«Cogito, ergo sum» – escribió Descartes; «Pienso, luego existo» (si se traduce de manera rigurosamente literal). Sin embargo lo que debía estar en el razonamiento del gran filósofo no puede ser otra cosa que la siguiente idea: pienso. Ahora bien, la materia por sí misma no piensa; luego existe en mí, además del cuerpo material algo más que es el agente de mi pensamiento en virtud de lo cual existe como ser inteligente y tengo plena conciencia de mi existencia. Es un razonamiento perfectamente lógico y conforme con la más pura razón humana. Debería ser suficiente para que en el hombre no existiese ninguna duda al respecto de que en él vive esencialmente un espíritu; es decir, un ser inmaterial y sin embargo real, independiente del cuerpo y que lo sobrevive; y solamente a él son inherentes las facultades superiores de la inteligencia y la razón. Además existen otras facultades en el hombre que nada tienen que ver con la materia, que son funciones de una conciencia individual superior, resultando en todas el sentido moral.



Dios en su infinita bondad y amor, como Divina Providencia, concedió al hombre, con las manifestaciones espiritas, las pruebas cabales de que en él vive un espíritu y de que ese espíritu sobrevive a la muerte.

Manifestaciones de espíritus han ocurrido en todos los tiempos, desde la más remota antigüedad, pero con carácter excepcional o consideradas de origen sobrenatural.

Sus verdaderas causas sólo eran conocidas por los iniciados, en los llamados misterios de los templos, de las antiguas civilizaciones. Las escrituras sagradas están llenas de esos hechos. Individuos excepcionales – los profetas – servían de intermediarios entre los espíritus y los hombres y anunciaban muchas cosas como expresiones de la voluntad de Dios; y una de las cosas anunciadas entonces fue que vendría el tiempo en que esa facultad de intermediación se generalizaría, dando lugar a manifestaciones que ocurrirían, irrefrenables, por todas partes para sacudir las conciencias y los corazones de los hombres, despertándolos a la gran realidad de un mundo espiritual.


¿Qué hechos son esos?

Antes son fenómenos que consisten en efectos físicos diversos: ruidos, que dan la sensación de rasguños, estallidos, golpes o pasos, producidos en puertas, paredes, pisos, sin causa física conocida; proyección o desplazamiento (transportes) de objeto de diversas formas y naturalezas- piedras, ropas, utensilios domésticos,  joyas, monedas, alimentos y hasta flores- a través de paredes, puertas y ventanas cerradas; movimientos de objetos sin contacto visible, ya sean livianos o pesados, incluyendo muebles, mesas, sillas, armarios, mostradores, etc.

La simple producción de esos efectos físicos nada probaría, por sí misma, en cuanto a la existencia de los espíritus; debido a que los efectos podrían ser producidos por otras fuerzas naturales y desconocidas; pero el hecho singular de que la causa productora de los mismos se revela asociada a una inteligencia que dirige la acción, y que esa inteligencia es capaz de mostrar que el alma de un muerto, dando evidentes señales de identificación, prueba que su verdadera causa son los Espíritus. Existe la supervivencia del alma humana, que no es otra cosa que un espíritu encarnado y está ampliamente demostrada por los hechos espíritas, investigados con todo rigor científico por numerosos y eminentes sabios e investigadores del siglo pasado y de este siglo. Luego de serias investigaciones, los sabios, escépticos al principio, se rindieron a la evidencia de que la vida continua más allá de la tumba y de que las almas de aquellos que murieron en este mundo, pueden venir a comunicarse con los hombres, con los seres queridos que dejaron en la tierra.

A tal punto quedó eso demostrado en las experimentaciones de los sabios, que uno de ellos, ubicado entre los más eminentes del siglo pasado, Alfred Russell Wallace- hizo esta categórica afirmación: «Los fenómenos espíritas están tan bien demostrados como la ley de gravedad».

Fue exactamente ese carácter de inteligente que asumiera el fenómeno, lo que lleva al profesor Hippolyte León Denizard a interesarse en él e inmediatamente después a dedicarse profundamente a su estudio, así como a los demás fenómenos espíritas, deduciendo de ellos todas las consecuencias filosóficas, morales y religiosas que llevan implícitas, con el auxilio de los propios espíritus, cuyas enseñanzas ordenadas y codificadas por él, llegaron a constituir el admirable cuerpo de la Doctrina Espírita, concretada en «El Libro de los Espíritus», que publicara en primera edición el 18 de Abril de 1857. Como se sabe, el profesor Rivail adoptó entonces el seudónimo de Allan Kardec.

Allan Kardec escribió otro libro complementario del primero – «El Libro de los Médiums» _ cuya segunda parte – De Las Manifestaciones Espíritas – está totalmente dedicada al estudio minucioso de esas manifestaciones, es decir, de toda fenomenología Espírita. «El Libro de los Médiums» es la primera de sus obras que debe consultarse sobre ese importante asunto y, como obra general, no existe ninguna otra que la supere. La sigue inmediatamente el Libro de León Denis «En lo Invisible». 

Suceden a éstas numerosas obras, ya sean generales, tratando de toda la fenomenología o particulares, es decir, tratando de determinados fenómenos. Bajo este último aspecto vale citar, solamente como ejemplos, los libros siguientes: 
  • William Crookes, «Hechos Espíritas», en el que son estudiados fenómenos de efectos físicos y especialmente el fenómeno de materialización del espíritu Katie King; 
  • Fiedrick Zollner, «Pruebas Científicas sobre la Supervivencia», en el que ese sabio físico y astrónomo alemán relata sus experiencias con la médium Henni Slade, inclusive el extraordinario fenómeno de desmaterialización, haciendo posible la penetración de cuerpos materiales por otros y la escritura directa sobre una superficie, sin ningún intermediario material; 
  • Arthur Findlay, «Al Borde de lo Etéreo», donde son relatados admirables fenómenos de voz directa por intermedio de Johan C. Sloan; 
  • Oliver Lodge, «Raymond», en el que ese sabio físico inglés describe experiencias con diversos Médiums, a través de los cuales pudo constatar, con todas la evidencias, la manifestación de su hijo Raymond Lodge, joven Ingeniero muerto en 1915, a los 26 años, habiendo proporcionado claras señales de identificación de su personalidad individual.
Vaga y confusamente al principio, en los fenómenos de las casas encantadas, la personalidad oculta comienza a afirmarse en la Tiptología y después en la escritura; adquiere caracteres precisos en la incorporación mediúmnica y se hace tangible en las materializaciones .En ese orden es que se han desarrollado los hechos, multiplicándose, a fin de atraer la atención de los indiferentes, a forzar la opinión de los escépticos y a demostrar a todos la supervivencia del alma humana.

¡Feliz semana, espíritus inmortales!

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