Los reinos de la naturaleza

¡Buenas tardes!!

Ayer tuvimos una super clase con Andrea y Jutta Firenze sobre la evolución del principio inteligente, desde su primer momento en el reino mineral hasta llegar a la forma hominal.

Hay que recordar que el ser hominal no es el último escalón de la jerarquía evolutivo, todavía nos queda llegar a ser puros, perfectos, que podemos clasificar como angelical. Tampoco sabemos si este sería el último escalón, todavía sabemos muy poco de esos niveles superiores, pero estamos seguros de lo que tenemos que hacer ahora mismo para mejorar nuestra estadía en los dos lados de la vida.

Lo más difícil es ponerlo en práctica, pero, ¿Hay prisa? ¿Todo tiene su momento? El mineral pasa el tiempo necesario en su estado hasta aprender el automatismo de unificación de la materia, evolucionando su principio inteligente llegado el momento. ¿No sería así en todos los reinos?

Llegado el momento evolucionaremos, y no será por acaso, será porque hayamos aprendido la lección que nos toca aprender en este momento. Así que, la evolución no da saltos pero podemos adelantarla si aprendemos más rápido la lección que nos toca.

León Denis resume de forma magistral esa evolución del principio inteligente hacía Espíritu:

"El alma duerme en la piedra, sueña en el vegetal, 
se agita en el animal y despierta en el hombre"


Os dejamos un texto para lectura y entendimiento del asunto, extraído del Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita (ESDE), Programa IV, Guía 6:


Los reinos de la naturaleza: Mineral, Vegetal, Animal y Hominal

Al observar a los seres de la Naturaleza, los naturalistas los clasificaron en tres reinos: mineral, vegetal y animal. En este último incluyeron también al hombre por considerarlo solamente desde el punto de vista físico, es decir, solamente en su cuerpo material. Este, en realidad, es en todo semejante al de los animales superiores, pero si se le considera en su integridad, el hombre evidentemente se distingue de todos los otros seres por su inteligencia y raciocine la inteligencia, que en el se halla desenvuelta en grado superior, le permite una actividad consciente altamente elaborada, incluyendo ideas y juicios, razonamiento lógico y pensamiento discursivo. 

En el hombre brilla, pues, la luz de la razón – que no existe en el animal, que lo faculta para el conocimiento de las leyes universales –, a la cual se suma el sentido moral, que lo eleva todavía más por encima de los demás seres, por la percepción de las leyes morales y también la intuición de Dios. 

El hombre se destaca, por lo tanto, nítidamente de los animales, por cualidades que no pertenecen a la materia, al cuerpo del hombre, por lo que los atributos del Espíritu en la Naturaleza constituyen un cuarto reino: el hominal. Hecha esta salvedad y admitiendo al hombre como un ser aparte, pueden considerarse esos tres reinos. En otros términos, más allá del hombre racional y moral, existen en nuestro mundo las piedras o minerales, las plantas o vegetales y los animales irracionales. Esa distinción entre los seres de la Naturaleza, teniendo en cuenta a los representantes más evolucionados de los tres reinos, es de tal modo intuitiva que desde hace mucho tiempo ha penetrado en el entendimiento humano.

Sin embargo, al profundizar el análisis y observar a los seres más simples de los extremos de las tres series naturales, se está obligado a reconocer formas de transición tan sutiles, que entre ellas se torna ambigua la definición absoluta de los tres reinos. No obstante, hay un carácter distintivo sobre el que no caben dudas, entre los seres minerales y los de los otros grupos: es la ausencia de vida en los minerales y la presencia de ella en los vegetales y animales. Por eso, se prefiere la división más simple que considera por un lado los minerales, que constituyen los seres brutos o inorgánicos y por otro, los vegetales y los animales reunidos para constituir el grupo de los seres vivos u orgánicos. 

La presencia de la vida se traduce en los vegetales y animales por la organización celular de la materia de sus cuerpos y la correspondiente aparición de las grandes funciones de nutrición y de reproducción progresivamente evolucionados. Hay una infinidad de seres constituidos de una única célula. Son seres unicelulares vegetales, las protofitas y los animales, los protozoarios. Pero en seres progresivamente evolucionados, hasta llegar a los vegetales y animales superiores (metafitas y metazoarios), las células microscópicas se reúnen en tejidos, los tejidos en órganos y estos en sistemas y aparatos orgánicos. 

A la pregunta nº 585 de «El Libro de los Espíritus» « — ¿Qué pensáis de la división de la Naturaleza en tres reinos, o mejor en dos clases: la de los seres orgánicos y la de los inorgánicos? 
Según algunos la especie humana forma parte de una cuarta clase. ¿Cuál de estas divisiones es preferible?» (1) Los Espíritus respondieron: «(…) Todas son buenas según el punto de vista. Del punto de vista material solamente hay seres orgánicos e inorgánicos. Del punto de vista moral evidentemente hay cuatro grados. (…)» (1) 

Los seres que forman el reino mineral solamente manifiestan una fuerza mecánica, es decir, que proviene únicamente de la materia de que están formados. Solo existen invernes y brutos, les falta la inteligencia y la voluntad; ni siquiera revelan instintos, lo que prueba que si en ellos existe algún principio diferente a la materia, está completamente apagado, duerme en total estado de latencia e inactividad. Hay bellos y deslumbrantes minerales – el cuarzo hialino – y las diversas variedades coloridas – el rubí, el topacio, la esmeralda; — está el oro rutilante, en pepitas o en filones, sales diversas disueltas en las aguas de los mares y de los ríos o en minas terrestres de sal de roca y otros; hay preciosos depósitos de minerales de donde el hombre extrae los metales, rocas de bellísimo aspecto, los gigantescos bloque de mármol blanco de Carrara, con irisados de colores diversos, está el granito y el gneiss, las arcillas blancas y rojas. 

¡Que variedad enorme de rocas y de tierras, que abundancia de cristales, pertenecientes a diversos sistemas, en los cuales las leyes de la Cristalografía reflejan, incluso en la naturaleza inerte bruta, la sabiduría divina y la divina providencial! 

Pero todo eso amorfo o en formas facetas, opaco o brillante, duerme sin dar la menor señal de vida, mucho menos de conciencia o ni siquiera de instinto. Los seres que forman el reino vegetal existen, en cierto modo, también inertes y brutos, sin inteligencia ni voluntad activa, pero ya presentan – a pesar de estar fijos y sin poder desplazarse ‘por si mismos – el movimiento interior de la vida, realizando un completo ciclo vital: nacen, crecen, se nutren, se desarrollan, se reproducen, declinan y mueren. Es que, más allá de la materia densa presentan otro principio sutil y dinámico – el principio vital, del que deriva esa fuerza prodigiosa que les comunica con la vida. 
Evolución de los reinos según el Espiritismo

Todo es maravilloso en ese mundo de plantas, en su conjunto admirable, desde las talofitas, cuyo cuerpo vegetal es un simple talo, sin raíces (pueden presentar rizoides), sin un verdadero tallo, sin hojas, sin flores ni frutos, seres rudimentarios entre los cuales se ya más evolucionadas, como se puede ver en las bellas asperillas y samambayas (*) de múltiples formas y tamaños, hasta las espermatofitas, que incluyen, ya en el tope de la escala, los vegetales superiores, con raíz, tallo, hojas, flores y frutos. Que variedad entonces, de colores y sabores y de valores nutritivos, en esa multitud de seres que van desde las hierbas diminutas y los arbustos gráciles hasta los frondosos y gigantescos árboles, los cocoteros altivos y las araucarias, las higueras frondosas y los jacatirones (**) floridos, los robles… 

¡Cuanta manifestación de fuerza y de vida! Sin embargo, esos seres tampoco revelan conciencia alguna de su existencia, no sienten placeres ni dolores, no tiene percepciones verdaderas ni sentimientos; solo tiene vida orgánica, que les es transmitida exactamente por su unión con el principio vital. 

El Espiritismo confirma esas ideas de la Ciencia, como podemos ver en las siguientes preguntas de «El Libro de los Espíritus». 

«— ¿Tiene las plantas conciencia de que existen? (2) No, porque no piensan, solo tienen la vida orgánica.» (2) «¿Experimentan sensaciones? ¿Sufren cuando las mutilan? … Reciben impresiones físicas que actúan sobre la materia, pero no tienen percepciones. Por consiguiente no tienen sensación de dolor.» (3) 

¿No habrá en las plantas, como en los animales, un instinto de conservación que las induzca a buscar lo que les pueda ser útil y a evitar lo que les pueda ser nocivo? – Hay, si quisierais, una especie de instinto, pero eso depende de la extensión que se de al significado de esta palabra. Es, no obstante, un instinto puramente mecánico. Cuando en las operaciones químicas observáis que dos cuerpos se reúnen, es que uno conviene al otro; quiere decir que entre ellos hay afinidad. Ahora bien, a esto no dais el nombre de instinto.» (4) 

Principio inteligente > Alma grupo > experiencia mineral > Alma grupo > 
experiencia vegetal > Alma grupo > experiencia animal > 
Alma grupo > Individualización > Espíritu > 
Desencarne > Espíritu > Encarne > Espíritu....



Los seres que forman el reino animal existen y viven como los vegetales, pero se agregan el movimiento y las sensaciones, que los vegetales no tienen, si bien en los animales superiores, los movimientos son libres y obedecen claramente a la voluntad, denotando también cierto grado de inteligencia. Pero en el animal todavía prevalece el instinto; la inteligencia no tiene aun capacidad de raciocinio. Mientras tanto, queremos recordar que si por su cuerpo material el hombre se asemeja a los animales, de ellos se distingue totalmente por su naturaleza espiritual, por su alma, que le confiere razón y sentido moral. Los Espíritus Superiores han afirmado que entre el alma del hombre y la del animal existe ¡la misma distancia que entre el hombre y Dios!

El hombre no es un simple animal porque en él vibra, como ser esencial, un Espíritu consciente, libre responsable, destinado a realizar en la plenitud de su pureza la justicia, el amor y la caridad. «(…) Unos quieren que el hombre sea un animal y otros que el animal sea un hombre. 
Todos están equivocados. 

El hombre es un ser aparte que a veces desciende muy bajo y que también puede elevarse muy alto. Por el físico es como los animales y menos dotado que muchos de estos. La Naturaleza les dio todo lo que el hombre está obligado a inventar con su inteligencia, para satisfacción de sus necesidades y para su conservación. Su cuerpo se destruye como el de los animales, es cierto, pero a su Espíritu está asignado un destino que sólo él puede comprender, porque solo él es enteramente libre… Reconoced al hombre por la facultad de pensar en Dios.» (5) 

Además entre los animales y el hombre hay una diferencia que nos gustaría señalar: después de la muerte del cuerpo físico, el alma de los animales conserva su individualidad; «(…) no la conciencia de su Yo. La vida inteligente en él permanece en estado latente (7) El alma del animal, luego de la destrucción del cuerpo físico, «(…) queda en una especie de erraticidad, puesto que ya no se encuentra unida al cuerpo pero no es Espíritu errante. 

El Espíritu errante es un ser que piensa y obra por su libre voluntad. El de los animales no dispone de la misma facultad. La conciencia de si mismo es lo que constituye el principal atributo del Espíritu. El del animal, después de la muerte, es clasificado por los Espíritus a quienes incumbe esta tarea y utilizado casi inmediatamente. No se le da tiempo para entrar en relación con otras criaturas.» (8)

01. Kardec, Allan. El Libro de los Espíritus. Trad. De Alberto Giordano. 3ª. ed. Buenos Aires, Editora Argentina «18 de Abril», 1983. Preg, p. 289. 
02. ____. Preg. 586, p. 289. 
03. ____. Preg. 587, p. 290. 
04. ____. Preg. 590, p. 290. 
05. ____. Preg. 592, p. 291. 
06. ____. Preg. 597, p. 294. 
07. ____. Preg. 598, p. 294. 
08. ____. Preg. 600, p. 294. 
09. ____. Génesis Orgánica. In: ____. La Génesis. Trad. De Nora V. Casadellá, Buenos Aires, Editora Argentina «18 de Abril», 1981. item 29, p. 175


¡Feliz semana!



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