¿Por que cuesta tanto?

Ayer en CEADS la clase de Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita nos invitó a reflexionar sobre el el perdón... Esta virtud que todos sabemos que debemos cultivar, que reconocemos ser de almas nobles, pero que cuesta tanto dar a quién nos hace daño. ¿Por que cuesta tanto?

Cuesta porque, pese a que sintamos una necesidad intima de perdonar para liberarnos de la situación dolorosa que nos uno a quién nos ha decepciono, traicionado o perjudicado de alguna manera, todavía sentimos muy intensamente dos presiones. Una es exterior, la presión de la sociedad, todavía nos preocupa lo que van a decir y pensar de nosotros y es posible que nos vean como cobardes o idiotas si perdonamos. Otra presión, igual o más intensa, es interior, es la presión del ego. El orgullo dañado nos sitúa en la posición de "víctimas" y este es un lugar muy atractivo. 

La Doctrina Espírita nos invita a superar la postura de víctimas, comprendiendo que el que hoy es víctima, habrá sido el verdugo en otras existencias. Además nos enseña que el perdón no es algo que das a los demás, sino un reglado que te haces a ti mismo, liberandote de la conexión enfermiza, negativa que se establece por ofensor y ofendido.  La moral evangélica nos orienta a perdonar incansablemente y la conciencia nos acusa, ¿no necesitamos nosotros mismos el perdón para tantas faltas que cometimos y cometemos cada día?


El perdón es un proceso, algo para lo que no hay fórmulas. Cada uno debe encontrar su propio camino para esta tierra de paz y recorrerlo a su paso, sin pausa pero sin prisa. Es importante para la felicidad, es imprescindible para una vida armoniosa. El mérito del perdón es proporcional a la gravedad de la falta recibida, por esto las situaciones más dolorosas son precisamente aquellas que convocan lo sagrado que ya existe en nosotros a manifestarse, comprendiendo y aceptando que el otro vive su propio momento evolutivo.

El perdón es ejercicio de humildad, porque doblega el orgullo, limando el ego para que quede solamente humildad, belleza, amor... Cuando ya no haya nada que limar en nuestras almas, ya no habrá nada que perdonar, porque nada nos podrá ofender. Cuando lleguemos ahí, la paz intima será un edificio sólido y el amor al prójimo incondicional. De momento, vamos haciendo pequeños ejercicios de humildad, abriendo poco a poco nuestros corazones al perdón. Algunos, necesitamos empezar por reconocer su importancia en nuestras propias vidas. Otros, ya podemos trabajar en el perdón de las personas que nos hicieron daño. Todos, antes o después, llegaremos a la capacidad de amor tan extraordinaria que ni siquiera nos sentiremos ofendidos por nada que se nos pueda hacer. Mientras, estudiamos la Doctrina de los Espíritus y juntos caminamos hacia días de más luz.

¡Paz y bien!   

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