Espíritus en sufrimiento

Silver Chiquero 


El cielo y el infierno según el espiritismo. Capítulo IV.


1. Las acepciones del "sufrimiento"



La palabra sufrimiento está formada con raíces latinas y significa “acción o resultado de padecer un dolor”. Sus componentes léxicos son: el prefijo sub- (bajo), ferre (llevar), más el sufijo -mento (medio, modo). Si buscamos la entrada de sufrimiento en el diccionario de la RAE (Real Academia de la lengua española) vemos dos acepciones: 1. m. Padecimiento, dolor, pena; y 2. m. Paciencia, conformidad, tolerancia con que se sufre algo. 


Me resulta curioso ver que la primera acepción parece describir el problema, cuando la segunda acepción parece apuntar a la solución. Por otro lado y según el apartado de “La razón del sufrimiento” en Wikipedia, desde el punto de vista del budismo se dice que la razón del sufrimiento es una mera cuestión mental, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. […] Si uno habla o actúa con un pensamiento impuro, entonces el sufrimiento le sigue de la misma manera que la rueda sigue a la pezuña del buey”, lo cual me resulta muy esclarecedor.


Sin embargo ¿Qué dice el Espiritismo y en concreto el capítulo IV del libro El Cielo y el Infierno o la Justicia Divina, escrito por Allan Kardec? Se habla de egoísmo, orgullo, rebeldía, envidia, odio, codicia, avaricia, indiferencia…, exponiéndolos como las principales causas del sufrimiento. También se habla del destino de los malvados, de castigo, describiendo, por los propios Espíritus, sensaciones muy desagradables como las tinieblas, el aislamiento, el vacío, la oscuridad, fríos intensos como el hielo o sensaciones de ahogo interminables, siempre constantes, siempre recurrentes. Sin embargo, también se habla de piedad, arrepentimiento, progreso, expiación, pruebas, reparación, humildad, paciencia, amistad… y amor.


En este capítulo se exponen diferentes ejemplos de la situación real del alma en el momento de la muerte y después de ella, gracias a comunicaciones espontáneas, otras pautadas, de Espíritus de diferentes épocas y condiciones sociales. Espíritus como el de Novel, Auguste, Lisbeth, Pascal, Ferdinand, François, Clara, o el Príncipe Ouran. Espíritus que, debido a sus actos o la falta de ellos, han sido castigados, han recibido la suerte del malvado, obligando a la Justicia Divina a actuar en aras de su progreso espiritual. Sin embargo y antes de entrar en detalle, hablemos de lo que es el castigo.



2. Los orígenes del sufrimiento: testimonios de los espíritus

La inacción y el aislamiento son intolerables para los Espíritus malos, egoístas y endurecidos. Se arrojan sobre los Espíritus débiles y castigados y les recuerdan sus faltas pasadas. También se ciernen sobre la Tierra como buitres hambrientos, para exaltar la codicia, apagar de las almas más accesibles la fe en Dios, hasta conseguir extender su fatal contagio. El Espíritu malo se siente feliz extendiendo su odio, pero sufre cuando triunfa el bien sobre el mal. Con el tiempo su círculo de acción se estrecha hasta que, inactivo, siente un gran vacío a su alrededor, momento en que debe expiar. Ve su encarnación como amenazada por las pruebas terribles que le aguardan. Gira alrededor de su cuerpo, que no desea abandonar. Otros Espíritus le devuelven el mal que ha hecho, siendo castigado, burlado y confundido.

... los placeres y los apegos materiales...

Novel, fue un joven rico e inteligente, pero indiferente a las cosas serias, hombre de mundo y de vida bohemia, volcado en los placeres materiales, querido por sus compañeros de placeres, tenía 24 años, estaba lleno de vida, al expresar en su comunicación: “Una luz implacable iluminó los pliegues más secretos de mi alma que se sintió desnuda y sobrecogida por una vergüenza abrumadora. Se cernían Espíritus radiantes con una sensación de felicidad a la que no podía aspirar. La revelación de la eternidad me causaba espanto de la angustia de un alma que sufre sin tregua, sin esperanza, sin arrepentimiento. Vuelvo sin cesar hacia el lugar en el que se ha depositado lo que ha sido mi yo, donde mi Espíritu parece enclavado en su envoltura. He sido un ser inútil en el mundo. Sólo me interesé por los goces materiales, pero jamás por los del alma”. Los lazos que le retenían al cuerpo eran tenaces; por lo tanto, acercándose al cuerpo, la oración ejercía un espacio de acción magnética más poderosa para ayudar a su desprendimiento. La costumbre generalizada de orar junto al cuerpo de los difuntos podría ser una intuición inconsciente. En estos casos, la eficacia de la oración tiene un doble efecto, material y espiritual.


Por otro lado, se recogen las lamentaciones de un sensualista: “Soy libre por fin, pero me falta la expiación. He vivido sólo para mí y ahora expío y sufro. Abusé de los bienes que Dios da en préstamo. Quien subordina la inteligencia y buenos sentimientos, es igual al animal al que maltrata. Debemos usar con sobriedad los bienes de los que el hombre sólo es depositario, teniendo en mira la eternidad que le aguarda y dominar la pasión desmedida de los goces materiales. Las pasiones humanas son como grilletes punzantes que se hunden en nuestras carnes, por consiguiente, no las instiguéis si no queréis que os aprisionen. Las buenas obras salvan la distancia que nos separa de la eternidad”. Su guía comenta que es un Espíritu en el buen camino. Reconocer sus defectos ya es un mérito. Se ha arrepentido; le queda la reparación, que cumplirá en otra existencia de prueba. La nulidad de sus ocupaciones intelectuales trae la nulidad del trabajo. Es preciso que vivan esos tormentos morales, hasta que, vencidos por el cansancio, se decidan a elevar su mirada hacia Dios.


Pascal, un pobre marinero de cuarenta y nueve años originario de Calais, confiesa: “Mi cuerpo pereció en el mar. Mi pobre Espíritu estaba adherido a él y largo tiempo estuvo errante sobre las olas. Ahora mi Espíritu, separado del cuerpo con dificultad, ve las faltas cometidas. Sí, durante mucho tiempo mi Espíritu estuvo errante con mi cuerpo, porque tenía que expiar. El no poder apartarme de él era para mí una terrible prueba.


La comunicación con Ferdinand resulta más esperanzadora: “¡Estoy en un horroroso abismo! La noche es tan negra que siento miedo. Por todos lados oigo el bramido de las olas. ¡Esta noche profunda es la muerte con todo su horror! Esto es la muerte que ha de venir, es la muerte que sucedió. Veo mi cuerpo y lo que yo sentía hace poco, no era más que el recuerdo de la horrible angustia de la separación. No quiero volver a sentir todos los tormentos de la agonía”. A lo que el médium explica: “Después de las muertes violentas se produce una confusión de ideas. Se creía aún vivo y luchando con las olas, no obstante, hablaba de su cuerpo como si estuviese separado de él”.


Ferdinand, en otra sesión, continúa: “Qué penoso es verse constantemente en medio de las olas furiosas y sentir sin cesar esta amargura, este frío glacial que me invade y oprime mi estómago. ¡Soy culpable! En la existencia precedente, mandé meter dentro de una bolsa y echar al mar a varias víctimas. A lo que el médium aclara: “La existencia que acaba de dejar ha sido muy honorable. Era amado y estimado por sus jefes y este es el fruto de su arrepentimiento y de las buenas resoluciones que había tomado antes de ingresar en la Tierra; quiso ser bondadoso donde había sido cruel. Era necesario rescatar las faltas pasadas por medio de su última expiación, la de la muerte cruel que ha sufrido. Él mismo quiso purificarse, sufriendo los tormentos que hizo experimentar a los otros. Le persigue la idea de ver que se le considera un mártir, por lo que se le tendrá en cuenta ese sentimiento de humildad. Ha dejado el camino expiatorio para entrar en el de la rehabilitación.


...el egoísmo...


Lisbeth, mujer prusiana de elevada condición social, rica, bella, vanidosa, egoísta, indiferente, desleal y ambiciosa, nos aconseja: “Sé humilde de corazón, sumiso a la voluntad de Dios, paciente frente a las pruebas, caritativo para con el pobre, alentador del débil y sensible a los sufrimientos de todos. El arrepentimiento eficaz está fundado en el pesar de haber ofendido a Dios y el deseo ardiente de la reparación”, a lo que el guía aclara: “El Espíritu debe probar su sinceridad y la solidez de sus resoluciones, mediante nuevas pruebas que sirvan de reparación del mal que ha causado.


Extendámonos con el caso de Clara quien se siente dominada por un sentimiento muy grande de egoísmo y un culto exagerado de su personalidad. Clara comenta sus primeras experiencias: “Sólo veo a mi alrededor sombras silenciosas e indiferentes. Rujo de dolor. Errante, sin reposo, sin asilo, sin esperanza, sintiendo el eterno aguijón del castigo hundirse en mi alma sublevada” y vislumbramos el principio de su arrepentimiento: “Cuánto maldigo, horas culpables, horas de egoísmo y de olvido en que, desconociendo toda caridad, toda abnegación, no pensaba más que en mi bienestar. ¡Malditas seáis, humanas comodidades! Ama a los demás más que a ti mismo. El mal está en mí, siendo yo quien debe cambiar. En nosotros llevamos nuestro cielo o nuestro infierno y nuestras faltas, grabadas en la conciencia, son leídas el día de la resurrección, en el que somos nuestros propios jueces”. Al preguntar a Clara sobre su marido, apenas puede contestar: “Félix se halla errante en las tinieblas, presa del profundo vacío de su alma. Ser superficial, liviano, manchado por el placer, ha ignorado la amistad y el amor. Es temeroso en este mundo extraño, en el que todo resplandece con el esplendor de Dios”. Por lo que vemos, el castigo a algunos Espíritus contrasta frente al castigo aún mayor, que es el de la exposición a la luz de la verdad.


Aprovechando San Luis la comunicación de Clara, explica: “El egoísmo es el gusano que roe su corazón, es su verdadero demonio. Clara se ocupaba de la felicidad terrena, la hermosura, los placeres, la fortuna, las adulaciones, todo le sonreía y nada le faltaba. Le decían ¡qué mujer tan feliz! envidiando su suerte. El egoísmo es la falta más vulgar de la vida. Es la condición de una gran cantidad de personas, honradas y respetadas por un barniz de autoridad, no sujetos a las sanciones de las leyes sociales. Clara se amó sólo a sí misma y ahora nadie la ama. No dio nada a nadie y ahora nada se le da”. En el estudio de las comunicaciones de Clara, se concreta: “La posición social de Clara, su fortuna, sus ventajas físicas, le proporcionaban homenajes que lisonjeaban su vanidad. Ahora, encuentra indiferencia y el vacío se hace a su alrededor, castigo más punzante que el dolor que inspira piedad, compasión y provocando que se ocupen de uno”. San Luís continúa comentando: “Está aislada y desamparada, abandonada y perdida en el espacio donde nadie piensa ni se preocupa por ella, lo que constituye su suplicio. El vacío se ha formado a su alrededor. Ni siquiera los diablos van a atormentarla, sufriendo ella mucho más”.



...la envidia...


Sobre las confesiones del príncipe de Ouran, tenemos: “¡A quien devora la envidia, no sabéis a qué estado se ve reducido uno de los que llamáis dichosos en la Tierra! ¡No sabéis las ascuas ardientes que amontona sobre su cabeza! El orgullo es la fuente de todos los sufrimientos que nos abruman. Dios da a todos los Espíritus la libertad; lo que les falta es la voluntad. Luego, no se debe culpar más que a uno mismo por las consecuencias que de ella resulten. Hoy pongo a los pies de Dios mi orgullo abatido y le pido que ponga sobre mis espaldas la más pesada carga de humildad, confiando en su gracia, para que tal peso resulte liviano”. Las palabras del guía resultan esclarecedoras: “Sin humildad, ningún Espíritu puede llegar a Dios, quien toma en cuenta los esfuerzos que hace el hombre para dominar sus malos instintos. Que el orgullo que reside encarnado en el hombre, lo uséis para daros más fuerza y valor para concluir vuestra ascensión”.



... la avaricia...


François, un viejo avaro y solterón que murió dejando una considerable fortuna, comentó: “Mis descendientes miserables me han quitado mi dinero para repartírselo. Han dilapidado mis bienes como si no fuesen míos. No necesito otra vida, puesto que estoy vivo aún, pero sufro tormentos en mi alma, que es la que sufre tales dolores. La iniquidad de mi vida ha sido causa de angustias para muchos. Soy un miserable indigno de piedad. Orad para que olvide mis riquezas terrestres. Sin esto no podría jamás arrepentirme”. La explicación del médium es sorprendente cuando dice: “Después de cinco años de haber muerto se seguía considerando vivo y sentía la angustia, terrible para un avaro, de ver sus bienes repartidos entre sus herederos”.



3. El mensaje de San Luís

Finalmente, tal y como dice San Luís: “Los Espíritus se enmiendan con más rapidez que las almas bajo la influencia de consejos saludables”, pues según la Sociedad de París “el encarnado se halla en un estado de lucha incesante por los elementos contrarios que lo componen. Si el alma no reacciona con toda la fuerza moral de que es capaz, es dominada y sufrirá los impulsos de influencias perniciosas, que atacan sus puntos vulnerables, las tendencias hacia la pasión dominante. Para el desencarnado, que no se encuentra bajo la influencia de la materia, su conversión es más fácil. No hay la influencia de lo material y se deja convencer por la superioridad moral que le domina. Tanto el encarnado como el desencarnado, necesitan actuar sobre el alma, sobre el sentimiento. Cualquier propósito que no tienda a mejorar al alma, no puede apartarla del mal”.


En todas estas manifestaciones apreciamos como, a medida que avanzan las comunicaciones con cada uno de los Espíritus, éstos son capaces de reflexionar y mejorar su estado, gracias a las oraciones sinceras y la intervención de los guías, que ayudan al Espíritu sufriente a salir de ese estado cíclico en la mayoría de los casos. Sin embargo, tengamos en cuenta que el verdadero laboratorio de pruebas y expiaciones lo encontramos aquí, en la Tierra, cuando “sin violar la ley de los hombres, estamos violando la ley de Dios, al olvidarnos de la caridad”. Es en la Tierra donde “el progreso libera las tendencias de bajeza, desprende la crisálida del pecado, para volar a lanzarse rápidos hacia Dios, que es el fin único deseado”.


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