jueves, 10 de junio de 2010

Mediumnidad, tarea Divina

Queridos compañeros del Centro Espírita Amalia Domingo Soler,

Este sábado 12/06, seguiremos con el tema de la mediumnidad. Esta vez, estudiaremos el caso de Acelino, un espíritu que André Luis conoció en Nuestro Hogar, mientras visitaba en misión de estudios el Centro de Mensajeros. Aquí hay que entender la mediumnidad como tarea sagrada, asumida en los planes reencarnatorios de los espíritus mucho antes de su renaciemiento en la Tierra. Os dejo el capítulo 8 del libro Los Mensajeros, dictado por André Luis y psicografiado por Chico Xavier, así como el link para lectura del libro completo).

¡Buena lectura y hasta sábado!
Alineación al centro
(...)

El desastre de Acelino

Iba a dirigirme a Octavio nuevamente, cuando alguien se aproximó y habló al ex médium, con voz fuerte:

–No llore, querido mío. Usted no está desamparado. Además, puede contar con la devoción materna. Vivo en peores condiciones, pero no me faltan esperanzas. Sin duda, estamos en bancarrota espiritual; no obstante, es razonable que aguardemos, confiados, por un nuevo préstamo de oportunidades del Tesoro Divino. Dios no está pobre.

Sorprendido, me volví pero no reconocí al recién llegado. Doña Isaura tuvo la gentileza de presentarnos. Estábamos ante Acelino, que había compartido una experiencia similar. Mirándolo con tristeza, Octavio sonrió y advirtió:

–No soy un criminal para el mundo, pero soy un fracasado para Dios y para Nuestro Hogar.
–No obstante, seamos lógicos –contestó Acelino, que parecía más valeroso–, usted perdió la partida porque no jugó, yo la perdí jugando desastrosamente. Sufrí once años de tormento en las zonas inferiores. Su situación no mereció esa medida drástica. Pero, a pesar de todo, confío en la Providencia. A Ruth, mi devota compañera, le incumbiría colaborar conmigo para el mejor desempeño de las tareas. Cumplida la primera parte del programa, a los veinte años de edad fui llamado a la tarea mediúmnica, recibiendo enorme amparo de los benefactores invisibles. Recuerdo aún la sincera satisfacción de los compañeros del grupo doctrinario. La videncia, la audición y la psicografía, que el Señor me había concedido, por misericordia, constituían decisivos factores de éxito en nuestras actividades. La alegría de todos era insuperable. Pero, a pesar de las lecciones maravillosas de amor evangélico, me incliné a transformar mis facultades en fuente de renta material. No me dispuse a esperar los abundantes recursos que el Señor, después de dar testimonios en el trabajo, me enviaría más tarde, y provoqué, yo mismo, la solución de los problemas lucrativos. ¿No era mi servicio igual al de otros? ¿No recibían los sacerdotes católicos romanos la remuneración de trabajos espirituales y
religiosos? Si todos pagábamos por servicios prestados al cuerpo, ¿qué razones existirían para rechazar el pago por servicios prestados al alma? Amigos, inconscientes del carácter sagrado de la fe, aprobaban mis conclusiones egoístas. Admitíamos que, en el fondo, el trabajo esencial era de los desencarnados, pero también había colaboración mía, personal, como intermediario, por lo que debía ser justa la retribución. En balde, se movilizaron los amigos espirituales aconsejándome el mejor camino. En vano, compañeros encarnados me convidaban a la oportuna reflexión. Me aferré al interés inferior y me planté en mi punto de vista. Me pondría a trabajar definitivamente sólo para los consultantes. Fijé el precio de las consultas, con bonificaciones especiales a los pobres y desvalidos de la suerte, y mi consultorio se llenó de gente. Se despertó enorme interés entre los que deseaban la mejoría física y solución para los negocios materiales. Gran número de familias ricas me tomó como su consultor habitual, para todos los problemas de la vida. Las lecciones de espiritualidad superior, la confraternidad amiga, el servicio redentor del Evangelio y las exhortaciones de los emisarios divinos quedaron distantes. No más esfuerzo por implantar la escuela de la virtud, del amor fraternal, de la edificación superior, ahora, era la competencia comercial, las relaciones humanas legales o criminales, los caprichos apasionados, los casos policiales y todo un cortejo de miserias de la Humanidad, en sus experiencias indignas. El ambiente espiritual que me rodeaba se transformara completamente. A fuerza de rodearme de personas criminosas, por cuestiones de ganancia sistemática, las bajas corrientes mentales de los inquietos clientes me encarcelaban en una sombría cadena psíquica. Llegué a cometer el crimen de burlarme del Evangelio de Nuestro Señor Jesús, olvidando que los negocios delictuosos de los hombres de conciencia viciosa cuentan igualmente con entidades perniciosas, que se interesan por ellos en los planos invisibles. Y transformé la mediumnidad en fuente de pronósticos materiales y de avisos indignos.

En ese momento, los ojos del narrador se enrojecieron súbitamente, estampándosele un fondo de horror en las pupilas, como si ellas estuviesen reviviendo atroces dilaceraciones. –Pero la muerte llegó, mis amigos, y me arrancó de la fantasía –prosiguió con gravedad. Desde el instante de la gran transición, la ronda obscura de los consultantes criminosos, que me habían precedido en la tumba, me rodeó reclamando pronósticos y orientaciones de naturaleza inferior. Querían noticias de sus cómplices encarnados, de resultados comerciales, de soluciones atinentes a relaciones clandestinas. Grité, lloré, imploré, pero estaba encadenado a ellos por siniestros hilos mentales, en virtud de la imprevisión en la defensa de mi propio patrimonio espiritual. Durante once años consecutivos, expié las faltas, en medio de ellos, entre el remordimiento y la amargura.

Acelino se calló, pareciendo, dadas sus abundantes lágrimas, aún más conmovido. Profundamente sensibilizado, Vicente consideró:

–¿Qué es eso? ¡No se atormente así!. Usted no cometió asesinatos, ni alimentó la intención deliberada de esparcir el mal. A mi modo de ver, usted se engañó, también, como tantos de nosotros.

Pero, Acelino enjugó el llanto y respondió:

–No fui un homicida ni un ladrón vulgar, no mantuve el propósito íntimo de herir a nadie, ni ultrajé hogares ajenos, mas, yendo a los círculos carnales para servir a las criaturas de Dios, nuestros hermanos en humanidad, auxiliándolos en el crecimiento espiritual con Jesús, tan sólo formé viciosos en la creencias religiosas y delincuentes ocultos, mutilados de la fe y minusválidos del pensamiento. No tengo disculpas, porque tenía el conocimiento; no tengo perdón, porque no me faltó la asistencia divina.

Y, después de una larga pausa, concluyó gravemente:

¿Pueden evaluar la extensión de mi culpa?

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