viernes, 3 de febrero de 2012

Lo esencial es invisible a los ojos

Hola familia,

mañana en nuestro querido centro toca el estudio del Evangelio según el Espiritismo, este libro que nos inspira a volver a examinar las máximas del Evangelio de Nuestro Amado Maestro para, a partir de una compresión más madura de sus Verdades, replantear nuestra manera de vivir.

Os pongo el texto de estudio de mañana, para que los más aplicados empecéis a dar vueltas al tema. Yo por mi parte, he dado dos vueltas interas al mundo =)

Cariños de la hermana menor!

(...)

Los infortunios ocultos

En las grandes calamidades, la caridad se manifiesta y se ven generosos impulsos para reparar los desastres; pero al lado de esos desastres generales, hay millares de desastres particulares que pasan desapercibidos, de personas que yacen sobre un camastro sin quejarse. Estos son aquellos infortunios discretos y ocultos que la verdadera generosidad sabe descubrir sin esperar que vengan a pedir asistencia.


¿Quién es esa mujer de maneras distinguidas, ataviada con sencillez aunque cuidada, seguida de una joven vestida también modestamente? Entra en una casa de sórdida apariencia, en la que es conocida sin duda, porque en la puerta la saludan con respeto. ¿Dónde va? Sube hasta la buhardilla y allí yace una madre de familia en una cama, rodeada de sus hijos pequeños; a su llegada, la alegría brilla en esos semblantes demacrados; es que va a calmar todos esos dolores; lleva consigo lo necesario, sazonado con dulces y consoladoras palabras, que hacen aceptar el beneficio sin vergüenza, porque estos infortunados no son mendigos profesionales; el padre está en el hospital y durante este tiempo, la madre no puede atender todas las necesidades. Gracias a ella, esos pobres niños no soportarán ni hambre ni frío, irán a la escuela bien abrigaditos y el seno de la madre no se agotará para los más pequeños. Si hay un enfermo entre ellos, ningún cuidado material le repugnará. De allí se va al hospital a llevar al padre algunos consuelos y tranquilizarle sobre la suerte de la familia. Al extremo de la calle espera un carruaje, verdadero almacén de todo lo que lleva a sus protegidos, que visita sucesivamente; no les pregunta por su creencia ni por su opinión, porque para ella todos los hombres son hermanos e hijos de Dios. Concluido su paseo, se dice: Comencé bien mi jornada. ¿Cuál es su nombre? ¿Dónde vive? Nadie lo sabe; para los infelices es un nombre que nada descubre, pero es el ángel del consuelo y por la noche, un concierto de bendiciones se eleva para ella hasta el Creador: católicos, judíos, protestantes, todos la bendicen.

¿Por qué ese porte tan sencillo? Es porque no quiere insultar a la miseria con su lujo. ¿Por qué se hace acompañar por su joven hija? Es para enseñarle cómo se debe practicar la beneficencia. La hija también quiere hacer caridad, pero su madre le dice: “¿Qué puedes dar tú, hija mía, si no tienes nada tuyo? Si yo te entrego alguna cosa para pasar a las manos de los otros, ¿qué mérito tendrás? En realidad seré yo la que haga la caridad y tú la que tendrá el mérito; esto no es justo. Cuando vamos a visitar a los enfermos, tú me ayudas a cuidar de ellos; pues el procurarles cuidados ya es alguna cosa. ¿No te parece esto suficiente? Nada hay más sencillo; aprende a hacer obras útiles confeccionando vestidos para estos niños, de este modo tú darás alguna cosa que te pertenezca”. Es así como esa madre, verdaderamente cristiana, forma a su hija según la práctica de las virtudes enseñadas por Cristo. ¿Es espírita? ¡Qué importa!
En su hogar, es la mujer del mundo, porque su posición lo exige; pero se ignora lo que hace, porque no quiere otra aprobación que la de Dios y de su conciencia. Pero un día, una circunstancia imprevista conduce a su casa a una de sus protegidas, que le ofrecía una labor manual; esta la reconoció y quiso bendecir a su benefactora: “¡Silencio!” Le dijo; no lo digáis a nadie”. Así hablaba Jesús.
Extraído del “Evangelio según el Espiritismo”, cap. XIII, ítem 4.

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