domingo, 5 de febrero de 2012

Las gafas del amor y la linterna de la misericordia

Querida familia de mi alma,

Como cada primer sábado de mes, ayer realizamos un vez más el estudio del Evangelio según el Espiritismo. El tema de la clase fue “Los infortunios ocultos”, estos “millares de desastres particulares que pasan desapercibidos”, “los infortunios discretos y ocultos que la verdadera generosidad sabe descubrir sin esperar que vengan a pedir asistencia”. Nos presenta el Evangelio en el cap. XIII ítem 4 a una autentica dama de la caridad, que emplea los recursos de los que dispone para amparar a su semejante. Después de dividirnos en dos grupos, la primera tarea era la de, basándonos en su ejemplo, contestar a la pregunta, ¿Cómo debemos hacer la caridad?

El Evangelio nos lo dejaba muy claro con el ejemplo de la dama. La caridad no es ociosa, busca por su propia iniciativa la oportunidad de servir; lo hace sin vanagloriarse y no busca otra aprobación que la de su la propia conciencia; está por encima de las divisiones religiosas, filosóficas, sociales o raciales; la verdadera caridad se hace sin esperar nada a cambio, en anonimato, ofreciendo lo que cada uno realmente tiene de suyo, que tanto pueden ser bienes materiales, como puede ser una sonrisa, un gesto de tolerancia, un acto de paciencia o un pensamiento de amor.

La segunda etapa del estudio era un poco más compleja… cada grupo tenía dos imágenes y debería contestar qué infortunios veían ahí y qué podríamos hacer para ayudar a sus víctimas. ¿Quieres probar? ¿Qué infortunio ves aquí?



Los infortunios de la miseria, el desespero y la desigualdad social son los que saltan a los ojos, ¿verdad? Alguien puede llegar a ver en el gesto de dar limosna un acto de orgullo. Yo no lo comparto, pero entiendo que se pueda llegar a ver esto. Pero si nos hemos quedado aquí, lo siento, pero nos hemos quedado cortos. Necesitamos poner las GAFAS DEL AMOR y usar la LINTERNA DE LA MISERICORDIA para analizar la foto una vez más… Y si volvemos a mirar la imagen con las GAFAS DEL AMOR y la LINTERNA DE LA MISERICORDIA quizá seamos capaces de ver que este joven que da la limosna lo está pasando fatal porque tiene miedo a perder el trabajo y vive en constante ansiedad; o quizá sea inmigrante y le duela la soledad y el tener a la familia tan lejos; o quizá fue educado sin el afecto de una madre atenta y afectuosa… El infortunio del miserable es más evidente, pero el Evangelio nos convoca a un tipo de caridad que va más allá. Un tipo de caridad que desvela los infortunios ocultos tras nuestro egoísmo.

Si miramos aquí, ¿qué vemos? ¿Qué infortunios hay?



Opresión, sumisión, violencia, cobardía, pasividad… El que sufre la opresión o la tiranía necesita nuestra caridad, está claro. Pero si nos hemos quedado ahí, necesitamos volver a poner las GAFAS DEL AMOR y usar la LINTERNA DE LA MISERICORDIA. El opresor está enfermo también y desafía nuestra capacidad de amar. Hay que condenar el pecado, pero amar al pecador, como nos enseñó nuestro amado Maestro.

¿Lo intentamos una vez más? ¿Qué infortunios ves aquí?


Soledad, enfermedad, abandono, quizá… Una vez más, para no quedarnos cortos, pongamos las GAFAS DEL AMOR y usemos la LINTERNA DE LA MISERICORDIA . Quién abandona aun no sabe amar, demasiado ocupado con sus propias necesidades, tiene el ego enfermo. Es evidente que el abandonado necesita nuestra caridad, pero el que abandona a sus familiares o a sus hermanos de humanidad está también enfermo y desafía nuestra capacidad de amar.

También hemos discutido cómo ayudar a las víctimas de estos y tantos otros infortunios. ¿Qué podemos hacer si no somos como esta distinguida señora, que tiene recursos económicos y tiempo para dedicarse a la caridad? Lo primero es entender que aquí hablamos de apoyar tanto a ofensores como a ofendidos, con las GAFAS DEL AMOR muy puestas y bajo la LINTERNA DE LA MISERICORDIA. Lo segundo, que no hablamos de cosas materiales… Podemos dar tolerancia, paciencia, mansedumbre y afecto; podemos escuchar sin juzgar, ofrecer nuestra empatía, oraciones por la mejor solución de la situación. Así como sucede con los recursos materiales, no todos tenemos estos tesoros para dar a los necesitados. Lo bueno es que, diferente de lo que ocurre con los bienes materiales, cualquiera que desee sinceramente cultivar los valores del espíritu lo podrá hacer y encontrará siempre ayuda del alto para hacerlo.

La tercera etapa del estudio, a la que tantas y tantas veces no llegamos y que muy a menudo relegamos a segundo plano, tiene que ver con el auto-amor. ¿Estás dispuesto a hacer por ti mismo lo mismo que deseas hacer por los demás? Ponte las GAFAS DEL AMOR, usa la LINTERNA DE LA MISERICORDIA y mira hacia ti mismo: mereces tanta paciencia, tanta tolerancia, tanto afecto y tanta mansedumbre como cualquiera en este planeta. Que cada uno reflexione sobre las palabras de Carl Gustave Jung, eminente psicólogo suizo.
"Que yo invite un mendigo a sentarse en mi mesa, que perdone a los que me ofenden y me esfuerce por amar incluso a mi enemigo, todo esto en el nombre de Cristo es, por supuesto, una gran virtud. Lo que hago al más pequeño de mis hermanos es al Cristo mismo a quién lo hago. Pero, ¿qué pasa si, por casualidad, me doy cuenta de que el más pequeño, el más miserable de todos, el más pobre de los mendigos, el más insolente de mis detractores, mi enemigo se encuentra dentro de mí, soy yo mismo, y necesita de la limosna de mi bondad? ¿Qué pasa si yo mismo soy el enemigo que hay que amar?
Carl Gustave Jung (The Collected Works of CG Jung – vol. XI, pg. 520)"

Ya por último, sé que me alargo esta vez, pero no podría dejar de compartir los que sucedió al final de la clase. El Evangelio nos hablaba de una distinguida señora, que se dedicaba a la caridad… E yo no podría dejar pasar la oportunidad de compartir con la familia de mi alma un amor recién descubierto en mi corazón: Isabel de Aragón. Entonces os reproduzco aquí el texto que leí al final de la clase, que escribí para presentar a los que no conocéis esta excelsa trabajadora del bien.

Isabel de Aragón, la Reina Santa de Portugal

Este es un humilde homenaje a una señora que teniendo más bienes materiales que ninguna otra mujer de su tiempo, y la posición social más elevada entre los hombres, no se dejó jamás encadenar por el orgullo, la vanidad o el egoísmo. Hablo de Isabel de Aragón, la reina Santa de Portugal. Nació en tierras españolas y desposó a Don Dinis aún muy joven. Isabel es actualmente la protectora espiritual de la península Ibérica.

Nuestro amigo Chico Xavier describió el trabajo apostólico de Isabel como tiniendo dos vertientes muy claras: la paz y la caridad. Era la reina de la paz y de la dedicación al semejante en el palacio o en las oscuras y frías habitaciones medievales, tristes e incómodas. Donaba de todas las formas posibles lo que tenía a los pobres, a los enfermos, a las madres anónimas. Eso por veces incomodaba al rey de Portugal que decidió prohibirle suavizar el hambre del pueblo en sus excusiones de caridad.

Cierta vez, aun de madrugada, después de rezar mucho a Maria, como era de su costumbre, dejó su habitación decidida a saciar el hambre de sus suditos una vez más. Fuera le esperaban sus damas de compañía, que le siguieron hasta la cocina del palacio. Cestas de pan recién hecho les esperaban. Aun contra la voluntad del rey, Isabel creía que Dios le había coronado para hacer la caridad. Las mujeres cogieron las cestas de pan y se dispusieron a salir del palacio. No tomarían la salida habitual para no despertar la atención. Antes de alcanzar el portón lateral, sin embargo, se interpone el rey en persona ante el grupo, impidiendo que Dueña Isabel siguiera.

_ ¿Adónde va a tan tempranas horas, Señora?, quiso saber el rey.
La reina pálida contestó:
_ Voy a decorar el altar de Santa Cruz, mi señor.
_¿Y que lleva en estas cestas?, preguntó Don Dinis sospechando que su mujer saldría a hacer la caridad, desobediente a sus ordenes.
_Rosas, mi señor, para decorar el altar.
_ ¿Rosas en enero, mi señora? ¿Acaso me toma por imbécil?

Sin perder la serenidad, la reina lentamente recoge la punta del manto que cubría su cesta. Lindos ramos de rosas blancas se dejan ver donde antes solo había panes, mientras suave perfume de rosas rodeaba a todos.

_Perdone, señora, ya no le entretengo más.

Lejos de la vista del rey, la reina dijo a sus damas:

_¡Vamos señoras, hay mucho dolor que calmar!

El título de embajadora de la paz le fue concedido por Jesús y Chico Xavier le tenía verdadera veneración. Cuenta Chico que una noche, mientras hacía sus oraciones, vio su habitación inundarse del color lila, mientras resplandeciente señora se le presentaba. Ante la emoción no pudo más que ponerse de rodillas, mientras escuchaba la voz de la señora decirle:

_ Francisco, en nombre de Nuestro Señor Jesús Cristo vengo a pedirte ayuda para los pobres.
_Señora, soy pobre y nada tengo para dar. ¿Qué auxilio podré prestar a los más necesitados?, preguntó Chico.

Con la ayuda de elevadas entidades espirituales, entre ellas la reina Isabel, Chico multiplicó el pan material y espiritual que sus manos repartieron entre los más necesitados durante toda su vida. Esta primera comunicación entre Chico e Isabel sucedió justo al principio del trabajo apostolar del médium minero. Iluminado por el sol vivo de la caridad, Chico cumplió la misión que le fuera confiada por Cristo, orientando a millares de almas encarnadas y desencarnadas.

Amada reina, muy poco dignos somos de trabajar en nombre de Nuestro Señor, pero nos entregamos al servicio esperando que éste nos renueve. Te pedimos, señora, orientación y consuelo, mientras nos preparamos para el trabajo redentor.

¡Que así sea!

Cariños de la hermana menor.

2 comentarios:

  1. Alfredito / Alfredinho7 de febrero de 2012, 14:06

    Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa¡¡¡¡

    Esta mañana, incentivado por la clase del sábado pasado, he entrado en una óptica y me he puesto a mirar gafas, un poco contrariado porque no buscaba lo que quería.

    Despúes de un rato se me ha acercado una dependienta para preguntarme que es lo que estaba buscando con tanto afán. Yo, entonces, le he preguntado si tenían gafas del amor. Ella, un poco sorprendida, me ha contestado que de qué le estaba hablando. Entonces yo, manteniendo la calma, le he explicado que son unas gafas que sirven para mirar a los demás con amor y que, en principio, en la promoción deben ir acompañadas con la linterna de la misericordia.

    ¡Para qué se me ha ocurrido decir eso¡. La dependienta ha llamdo al encargado y éste, con buenas maneras, me ha sacado de la tienda.

    He llegado a casa un tanto cabizbajo porque no había encontrado las gafas del amor. Me he refrescado la cara para despejarme, me he secado con la toalla y, al mirarme al espejo, juraría que, por un momento, llevaba puestas unas gafas. ¡No puede ser¡, me he dicho a mí mismo. ¿Pero qué está pasando?.

    Y, entonces, una vocecita al oído ¡puedo asegurar que ha sido así¡ me ha dicho: "Alfredito, las gafas del amor no se compran en las tiendas, se encuentran en el corazón de cada uno y, aunque no te lo creas, son gratis¡.

    Querida familia de Ceads, últimamente me pasan cosas muy raras, no me hagáis mucho caso, pero... ¡no sé, no sé¡ me he vuelto a mirar ahora en el espejo y ¡además de las gafas también me ha parecido ver que de mi corazón salía la luz de la linterna de la misericordia¡.

    Gracias Jana¡¡
    ¡Te quierooooooooooooooooooooo¡¡

    ResponderEliminar
  2. Es verdad, Alfredito, pasan cosas muy raras cuando uno busca deliberadamente el amor en su propio corazón =) ¡Os amo, CEADS!

    ResponderEliminar