domingo, 3 de marzo de 2013

La odisea de la vida


Hola familia,

El tema de estudio de la clase de ayer fue “La ingratitud de los hijos y los lazos de familia”. Empezamos leyendo el ítem 9, del Cap. XIV del Evangelio según el Espiritismo y luego nos dividimos en dos grupos, utilizando unas preguntas que nuestra monitora Patricia nos había preparado para orientar nuestra reflexión y profundizar en el sentido de la lectura.
9. La ingratitud es uno de los frutos más inmediatos del egoísmo; subleva siempre los corazones honrados; pero la de los hijos con respecto a sus padres, tiene aún un carácter más odioso; desde este punto de vista nos detendremos más particularmente para analizar las causas y los efectos. Aquí, como por todas partes, el Espiritismo viene aclarando uno de los problemas del corazón humano. Cuando el espíritu deja la tierra, lleva consigo las pasiones o las virtudes inherentes a su naturaleza, y en el espacio, va perfeccionándose o quedándose estacionado hasta que quiere ver la luz. Algunos, pues, han partido llevándose consigo odios poderosos y deseos de venganza no satisfecha; pero a algunos de aquellos más avanzados que los otros, les es permitido entrever un lado de la verdad; reconocen el funesto efecto de sus pasiones, y entonces es cuando toman buenas resoluciones; comprenden que para ir a Dios sólo hay una palabra de pase: "caridad"; pues no hay caridad sin olvido de los ultrajes y las injurias; no hay caridad con odios en el corazón y sin perdón.
 
Entonces, por un esfuerzo inaudito, miran a los que detestaron en la tierra; pero a su vista se despierta su animosidad; se rebelan a la idea de perdonar aún más que a la de renunciarse a sí mismos, y sobre todo, a la de amar a aquellos que  destruyeron su fortuna, su honor y su familia. Sin embargo, el corazón de esos desgraciados está conmovido; titubean y vacilan agitados por estos sentimientos contrarios; si la buena resolución vence, ruegan a Dios e imploran a los buenos espíritus para que les den fuerza en el momento más decisivo de la prueba. En fin, después de algunos años de meditación y de oraciones, el espíritu aprovecha una carne que se prepara en la familia de aquél que ha detestado, y pide a los espíritus encargados de transmitir las órdenes supremas el ir a cumplir en la tierra los destinos de esa carne que acaba de formarse. ¿Cuál será, pues, su conducta en esta familia? Dependerá de mayor o menor persistencia en sus buenas resoluciones. El contacto incesante de los seres que aborreció, es una prueba terrible bajo la cual sucumbe algunas veces, si su voluntad no es muy fuerte. De este modo, según la buena o la mala resolución que les dominará, será amigo o enemigo de aquellos entre los cuales está llamado a vivir. Así se explican los odios, las repulsiones instintivas que se notan en ciertos niños y que ningún acto anterior parece justificar; nada, en efecto, en esta existencia ha podido provocar esta antipatía; para que uno pueda encontrar la causa, es preciso mirar lo pasado. ¡Oh, espiritistas! comprended hoy el gran papel de la Humanidad; comprended que cuando producís un cuerpo, el alma que se encarna en él viene del espacio para progresar; sabed vuestros deberes; y poned todo vuestro amor en aproximar esta alma a Dios; esta es la misión que os está confiada, y por la que recibiréis la recompensa si la cumplís fielmente. Vuestros cuidados, la educación que la daréis, ayudarán a su perfeccionamiento y a su bienestar futuro. Pensad que a cada padre y a cada madre, Dios preguntará: ¿Qué habéis hecho del niño confiado a vuestro cuidado? Si se ha quedado atrasado por vuestra falta, vuestro castigo será el verle entre los espíritus que sufren, dependiendo de vosotros el que hubiese sido feliz. Entonces vosotros mismos, abatidos por los remordimientos, procuraréis reparar vuestra falta, solicitaréis una nueva en carnación para vosotros y para él, en la cual le rodearéis de mejores cuidados, y él, lleno de reconocimiento, os rodeará con su amor.
 
No desechéis, pues al hijo que en la cuna rechaza a su madre, ni al que paga con ingratitudes; no es la casualidad la que os ha hecho así, ni la que os lo ha dado. Una intuición imperfecta del pasado se revela, y de esto podéis juzgar que el uno o el otro ha aborrecido mucho o ha sido muy ofendido: que el uno o el otro ha venido para perdonar o expiar. ¡Madres! abrazad, pues, al hijo que os causa tristeza, y decios: Uno de nosotros dos es culpable. Mereced los goces divinos que Dios concede a la maternidad, enseñando a este niño, que está en la tierra para perfeccionarse, a amar y bendecir. Mas ¡ay! muchos de entre vosotros, en lugar de echar fuera los malos principios innatos de las existencias anteriores por medio de la educación, entretenéis y desarrolláis estos mismos principios por una culpable debilidad o por indolencia; pero más tarde vuestro corazón ulcerado por la ingratitud de vuestros hilos, será para vosotros, desde esta vida, el principio de vuestra expiación.
 
¿Cuál es la causa de la ingratitud en el corazón del hombre? Cuando nos centramos en nuestras propias necesidades y dolores, permitimos que se nos endurezca el corazón. Nos quejamos, culpabilizamos al otro, proyectamos sobre los demás nuestra insatisfacción. Por esto la causa de la ingratitud es el egoísmo, difícil de disociar del orgullo – pensamos merecer más de lo que se nos ofrece. La ingratitud es por tanto marca de ignorancia e inmadurez psicológica, que se expresa en la incapacidad de reconocer el impacto positivo que algo o alguien tiene en nuestras vidas. En el caso de la la ingratitud de los hijos, se traduce como incapacidad de reconocer la oportunidad de reconciliación entre espíritus que no están en armonía unos con los otros. La ausencia de perdón y incapacidad de olvidar las ofensas son manifestaciones del egoísmo y expresiones del orgullo.

¿Qué explicación se puede dar a la ingratitud de los hijos para con los padres? Sin entrar en justificaciones, podemos explicar estos sentimientos de rechazo de los hijos hacia sus padres a través de experiencias en las que los padres actuaron mal, procediendo con violencia, egoísmo, favoritismo, malos tratos emocionales, etc., en la encarnación actual. Si no existe en ésta encarnación motivo de reproche de la conducta de los padres, las causas se pueden encontrar en encarnaciones anteriores. Hay dos cosas que los hijos deben considerar, sea cual sea la historia de la desarmonía entre ellos y sus padres:
  • En primer lugar, cada uno es responsable de lo siente. Aún que los padres actúen mal, la reacción de los hijos es muestra de su propio nivel evolutivo: es imperioso no caer en la celada de la proyección de la culpa de nuestros sentimientos hacia las actitudes de los demás. Lo que nos hace sentir furiosos o resentidos no es lo que se nos hace, sino cómo permitimos que estas situaciones resuenen con las imperfecciones que llevamos dentro.
  • En segundo lugar, debemos huir a la idealización de nuestros padres, que nos hace esperar que sean perfectos y actúen bien en todas las situaciones. Nuestros padres son espíritus en evolución, luchando, como todas las criaturas de Dios, para superar sus propios niveles de imperfección e ignorancia.

¿A todo espíritu le es dada la oportunidad de encarnar como familiar a aquellos a quién odió, o por quién fue odiado? Antes o después tendremos la oportunidad de reencontrarnos con los seres a quiénes hicimos daño o que nos hicieron daño a nosotros, pero no es algo sencillo. En primer lugar, la planificación familiar espiritual sólo sucede entre los espíritus que ya alcanzaron alguna conciencia espiritual. Hace falta mucha fuerza de voluntad y preparación para enfrentarse a este desafío. Por esto, es importante valorar el convivio con un desafecto en el seno de nuestra propia familia como una oportunidad de armonizarse con la propia conciencia y progresar espiritualmente.
 
Una vez que el espíritu tomó la resolución de encarnar entre enemigos de vidas anteriores, ¿le es fácil cumplirla? En absoluto. Es muy difícil y no son pocos los que fracasan en el cometido. A todos se nos da de maravilla ir con nuestros “amiguetes”, pero convivir con enemigos es un desafío enorme. Precisamente por esto, lograr convertir a un enemigo en un amigo es una grandiosa conquista para el ser. Es una  conquista de paz, sabiduría y serenidad, cualidades que sólo se alcanzan a través del perdón y del olvido de las ofensas – signos de madurez psicológica. El ser resentido está encadenado a su ofensor; el que perdona conquista su propia libertad.

Pese a la dificultad de la reconciliación entre seres que se hicieron mucho daño, esto no es imposible. Todos recibimos ayuda del mundo espiritual, a través de nuestros mentores y espíritus simpáticos. Además, podemos buscar ayuda en filosofías de vida como el espiritismo y tantas otras. Muchas de ellas coinciden en que debemos tener una actitud humilde ante nuestros ofensores y buscar con perseverancia el auto-conocimiento para evolucionar y permitir que la chispa divina que existen en cada uno de nosotros pueda resplandecer. Es imperioso, sin embargo, traer el conocimiento intelectual de estas verdades imperecederas a la práctica. Saber que el perdón es un escalón al que no podemos saltar no implica en conciencia de esta realidad. Ser conscientes implica en actuar en conformidad a estos conocimientos.

Pidamos a la espiritualidad superior que nos siga orientando en la conquista de la paz, la serenidad y la sabiduría; que podamos vivir en conformidad a lo que nos enseña el evangelio de Jesús y la Doctrina de los Espíritus. No es una tarea sencilla, pero des de luego, es la odisea misma de la vida. La aventura del auto-conocimiento es todo, menos aburrida =) Demos gracias a la Inteligencia Cósmica Universal por darnos la oportunidad de existir y viajar en la luz acompañados de nuestros seres queridos, pero también de aquellos a quienes todavía no hemos aprendido a amar.

Cariños de la hermana menor    

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