domingo, 22 de septiembre de 2013

El Padre no deja nunca de trabajar y nosotros tampoco



Hola familia,

Ayer en nuestro centro hablamos sobre la Ley del Trabajo. El Maestro dijo que el Padre no deja nunca de trabajar y él tampoco. Pues buscamos en el Libro de los Espíritus inspiración para comprender la necesidad del trabajo. 

674 – ¿La necesidad del trabajo es una ley de la Naturaleza?
– El trabajo es una ley natural por lo mismo que es una necesidad y la civilización obliga al hombre a trabajar más porque aumenta sus necesidades y sus placeres.

675 – ¿Sólo debe entenderse por trabajo las ocupaciones materiales?
– No, el Espíritu trabaja como el cuerpo. Toda ocupación útil es un trabajo.

676 – ¿Por qué es impuesto el trabajo al hombre?
– Es una consecuencia de su naturaleza corporal. Es una expiación y al mismo tiempo, un medio de perfeccionar su inteligencia. Sin el trabajo, el hombre permanecería en la infancia de la inteligencia y por esto sólo a su trabajo y actividad debe su subsistencia, su seguridad y su bienestar. Al que es débil de cuerpo Dios le da, en cambio, la inteligencia, pero siempre es trabajo.

678 – En los mundos más perfeccionados, ¿el hombre está sometido a la misma necesidad del trabajo?
– La naturaleza del trabajo es relativa a la naturaleza de las necesidades. Cuanto menos materiales son las necesidades, menos material es el trabajo. Pero no creáis con eso que el hombre permanezca inactivo e inútil: la ociosidad sería un suplicio en vez de ser un beneficio.

679 – El hombre que posee bienes suficientes para asegurarse la existencia, ¿está exento de la ley del trabajo?
–Del trabajo material, tal vez, pero no de la obligación de hacerse útil según sus posibilidades, de perfeccionar su inteligencia o la de otros, lo que también es trabajo. Si el hombre a quien Dios ha confiado bienes suficientes para asegurarse la existencia, no está obligado a mantenerse con el sudor de su frente, la obligación de ser útil a sus semejantes es tanto mayor para él porque su desahogo le da más oportunidad de hacer el bien.

680 –¿No hay hombres que son incapaces de realizar cualquier tipo de trabajo y cuya existencia es inútil?
– Dios es justo y no condena más que aquel cuya existencia es voluntariamente inútil y vive dependiente del trabajo de los demás. Quiere que cada uno se haga útil, según sus facultades. (643).


Lo que pasa es que sabemos que actualmente hay mucha gente SIN trabajo, no porque no lo quiera, todo lo contrario. La situación del paro en España es grave y la gente lo pasa mal. Justo después de las respuestas de los espíritus, Kardec teje comentarios sobre esta situación:

No basta decir al hombre que ha de trabajar, sino que también es preciso que el que cifra
la existencia en su labor encuentre en qué ocuparse, lo cual no sucede siempre. Cuando la suspensión del trabajo se generaliza, toma las proporciones de una calamidad como la miseria. La ciencia económica busca el remedio en el equilibrio de la producción y el consumo; pero este equilibrio, aun suponiendo que sea posible, tendrá siempre intermitencias, durante cuyos intervalos no deja de tener necesidades de vivir el obrero. Hay un elemento, con el cual no se ha contado bastante y sin él, la ciencia económica no pasa de ser una teoría: la educación. No la educación intelectual, sino la educación moral, y tampoco la educación moral que enseñan los libros, sino la que consiste en el arte de formar el carácter, la que da los hábitos: porque la educación es el conjunto de hábitos adquiridos. Cuándo se piensa en la masa de individuos lanzados diariamente al torrente de la población, sin principios, sin frenos y entregados a sus propios instintos, ¿hay que sorprenderse de sus desastrosas consecuencias? Cuando ese arte sea conocido, cumplido y practicado, el hombre llevará a la sociedad hábitos de orden y de previsión para sí mismo y los suyos, de respeto por todo lo que es respetable, hábitos que le permitirán pasar menos penosamente los malos días inevitables. El desorden y la imprevisión son dos llagas que sólo una educación bien entendida puede curar. Este es el punto de partida, el elemento real del bienestar, la garantía de seguridad para todos.

En la pregunta 740, nos dicen los espíritus cómo podemos superar las pruebas a las que estamos sometidos en situaciones de grandes calamidades:

740 – ¿No serán igualmente las calamidades pruebas morales para el hombre que lo someten a las más duras necesidades?
– Las calamidades son pruebas que proporcionan al hombre la ocasión de ejercer su inteligencia, de probar su paciencia y resignación a la voluntad de Dios, y lo orientan para demostrar sus sentimientos de abnegación, de desinterés y de amor al prójimo, si no está dominado por el egoísmo.

 Para finalizar la clase, después de hablar mucho sobre el trabajo y la falta de él en el plano material, también recordamos que en el plano espiritual se trabaja mucho. En la obra Nuestro Hogar, André Luiz, a través de la psicografía de Chico Xavier, nos ofrece importantes lecciones sobre el verdadero valor del trabajo y de los puestos de servicio que ocupamos cundo encarnados. El pasaje que os dejamos a continuación es una adaptación de los capítulos 13 y 14. Este es el momento en que André, sintiéndose ya recuperado, se dispone a trabajar en la colonia que le trata con tanto amor. El ministro Clarencio recibe a los que solicitan orientación en parejas. El pasaje es un pelín largo, pero no tiene desperdicio:

 

 (MUJER) –Noble Clarencio, vengo a pedir sus buenos oficios a favor de mis dos hijos. ¡Ah! Ya no puedo tolerar tanta saudade, estando informada de que ambos viven exhaustos y sobrecargados de infortunios en el ambiente terrestre. Reconozco que los designios del Padre son justos y amorosos, pero no obstante ¡soy madre y no logro substraerme al peso de la angustia!…
 (CLARENCIO) –Si la hermana reconoce que los designios del Padre son justos, ¿qué me corresponde hacer?

(MUJER) –¡Deseo que me conceda recursos para protegerlos yo misma en las esferas del globo!

(CLARENCIO) –¡Oh amiga! sólo en el espíritu de humildad y trabajo nos es posible proteger a alguien. El Padre creó el servicio y la cooperación como leyes que nadie puede traicionar sin per juicio propio. ¿Cuántos bonos hora podrá presentar en beneficio de su pretensión?

(MUJER) –Trescientos cuatro.

(CLARENCIO) –Es muy lamentable, pues se hospeda aquí desde hace más de seis años, apenas dio a la colonia, hasta hoy, trescientas cuatro horas de trabajo. Pues, tan pronto como se restableció de las luchas sufridas en la región inferior, le ofrecí loable actividad en el Grupo de Vigilancia del Ministerio de Comunicaciones…

(MUJER) –¡Pero aquello era un servicio intolerable! Era una lucha incesante contra entidades malignas y resultó natural que no me adaptase.

(CLARENCIO) –Reconociendo sus dificultades, la envié a cooperar en la Enfermería de los Perturbados.

(MUJER) –Pero, ¿quién podría tolerarlos sino los santos? ¡Hice lo posible pero aquella multitud de almas desviadas desaniman a cualquiera!

(CLARENCIO) –No terminaron ahí mis esfuerzos. La coloqué en los Gabinetes de Investigaciones y Pesquisas del Ministerio de Esclarecimiento y, tal vez enfadada por mis disposiciones, la hermana se acogió deliberadamente
a los Campos de Reposo.

(MUJER) –También era imposible continuar allí. Sólo encontré experiencias exhaustivas, fluidos extraños y jefes crueles.

(CLARENCIO) –Tome nota, amiga mía. Antes de amparar a los que amamos es indispensable establecer corrientes de simpatía. El campesino que cultiva la tierra gana la gratitud de los que saborean los frutos. El operario que atiende a jefes exigentes, ejecutando sus determinaciones, representa el sostén del hogar en que el Señor lo colocó. El servidor que obedece construyendo, conquista a superiores, compañeros y demás interesados en el servicio. Ningún administrador podrá ser útil a los que ama si no sabe servir y obedecer noblemente. Que sepa cada cual que todo servicio útil pertenece al Dador Universal. ¿Qué hará pues en la Tierra, si todavía no aprendió a soportar cosa alguna? Vuelva a los Campos de Reposo donde se abrigó últimamente y reflexione. Después examinaremos el asunto con la debida atención.

Enjugando copiosas lágrimas, se sentó inquieta aquella madre.

(CLARENCIO) –¡Aproxímese amigo mío! Estoy dispuesto a oírlo.

(ANDRÉ) –Me tomé la libertad de venir hasta aquí para rogar sus buenos oficios y pedirle que me reintegre al trabajo. Tengo añoranza de mi oficio ahora que la generosidad de Nuestro Hogar me devolvió la bendición de mi armonía orgánica. Cualquier trabajo útil me interesa con tal que me saque de la inacción.

(CLARENCIO) –Ya sé. Verbalmente pide cualquier género de tarea; pero, en el fondo, siente falta de sus clientes, de su consultorio, del ambiente de servicio con que el Señor honró su personalidad en la Tierra. Entretanto, hay que considerar, que a veces el Padre nos honra con su confianza y nosotros desvirtuamos los verdaderos títulos de servicio. Usted fue médico en la Tierra rodeado de todas las facilidades en el terreno de los estudios. Nunca supo el precio de un libro, porque sus padres, generosos, costeaban todos sus gastos. Luego, después de graduado, comenzó a recibir lucros compensadores, ni siquiera tuvo las dificultades del médico pobre, obligado a movilizar sus relaciones afectivas para hacer clínica. Prosperó tan rápidamente que transformó las facilidades conquistadas en la carrera médica, en muerte prematura. Mientras fue joven y sano cometió numerosos abusos dentro del cuadro de trabajos al que Jesús le destinó.

(ANDRÉ) –Reconozco la pertinencia de las observaciones, pero si fuera posible estimaría obtener medios para rescatar mis débitos, consagrándome, sinceramente, a los enfermos de este parque hospitalario.

(CLARENCIO) –Es un impulso muy noble, sin embargo, es necesario convenir en que toda tarea en la Tierra, en el campo de las profesiones, es una oportunidad que confiere el Padre para que el hombre penetre los templos divinos del trabajo. El título para nosotros es simplemente una ficha; pero en el mundo suele representar una puerta abierta a todos los disparates. Con esa ficha el hombre se habilita para aprender noblemente y para servir al Señor en el cuadro de sus divinos servicios en el planeta. Tal principio es aplicable a todas las actividades terrestres, excluyendo convenciones de sectores en los cuales se desdoblen. Muchos profesionales de la Medicina, en el planeta, son prisioneros de las salas académicas, porque la vanidad les robó la llave de la
cárcel. Raros son los que consiguen atravesar el pantano de los intereses inferiores, sobreponerse a prejuicios comunes y, para esas excepciones, se reservan las burlas del mundo y el escarnio de los compañeros. Como se puede deducir, usted no se preparó convenientemente para los servicios de aquí.

(ANDRÉ) –Generoso benefactor, comprendo la lección y me inclino ante la evidencia. Me someto a cualquier trabajo en esta colonia de realización y de paz.

(CLARENCIO) – Amigo mío, no poseo solamente verdades amargas. Tengo también palabras de estímulo. No puede todavía ser médico en Nuestro Hogar, pero podrá asumir el cargo de aprendiz oportunamente. Su posición actual no es de las mejores; no obstante es confortadora por las intercesiones a su favor llegadas al Ministerio de Auxilio.

(ANDRÉ) –¿De mi madre?
.
(CLARENCIO) –Sí. De su madre y de otros amigos en cuyo corazón plantó usted la semilla de la simpatía. En los quince años en los que ejerció como médico también proporcionó recetas gratuitas a más de seis mil necesitados y la mayoría de las veces practicó esos actos meritorios por altruismo; ahora puede verificar que el verdadero bien esparce bendiciones en nuestros caminos. De esos beneficiados, quince no lo olvidaron y han enviado hasta ahora vehementes llamadas a su favor. Debo añadir que también el bien que proporcionó a los indiferentes surge aquí a su favor. Aprenderá nuevas lecciones en Nuestro Hogar y, después de acumular experiencias útiles, cooperará eficientemente con nosotros preparándose para el futuro infinito.

André Luiz se sentía radiante. Por primera vez lloró de alegría en la colonia. ¿Quién podría comprender en la Tierra semejante júbilo? A veces es preciso que calle el corazón en el grandilocuente silencio de lo divino.

Pido al Maestro que podamos, como él, aprovechar todas las oportunidades de servicio que el Padre Mayor nos confía, que sepamos tener paciencia y resignación en los momentos de paro, y que la espiritualidad amiga pueda amparar a todas las familias en sus necesidades materiales y espirituales con las manos plenas de misericordia.

Cariños de la hermana menor

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