viernes, 11 de octubre de 2013

DESTRUCCIÓN NECESARIA Y DESTRUCCIÓN ABUSIVA

Hola familia,

mañana en CEADS empezamos el estudio de otra ley cósmica: la destrucción. Después de pasar algunas clases hablando sobre la ley del trabajo, vamos a empezar materia nueva. Para calentar motores, os pongo un texto de estudio sobre el tema.

Cariños de la hermana meno


DESTRUCCIÓN NECESARIA Y DESTRUCCIÓN ABUSIVA

 «La destrucción recíproca de los seres vivos es, entre las leyes de la Naturaleza, una de las que, a primera vista, menos parecen conciliarse con la bondad de Dios. Se pregunta por qué les creó Él la necesidad de destruirse mutuamente, para alimentarse los unos a costa de los otros. (...)» Para aquel que percibe solamente la materia, que limita su visión a la vida presente, esto parece en efecto, una imperfección en la obra divina. Es que, en general, los hombres juzgan la perfección de Dios desde su punto de vista; su propia opinión es la medida de su sabiduría y piensan que Dios no podría hacer cosa mejor que lo que ellos conciben. Su estrechez de miras no les permite juzgar el conjunto, no comprenden que de un mal aparente puede resultar un bien real. El conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, y el de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la creación, es el único que puede dar al hombre la clave de ese misterio y mostrarle la sabiduría providencial y la armonía, precisamente donde no veía sino una anomalía y una contradicción.


Una primera utilidad que se presenta de esta destrucción, — utilidad puramente física, es verdad — es ésta: los cuerpos orgánicos no se mantienen sino por medio de materias orgánicas, siendo estas materias las únicas que contienen los elementos nutritivos necesarios para su transformación. Como los cuerpos, instrumentos de acción del principio inteligente, tienen necesidad de ser incesantemente renovados, la Providencia los hace servir para el mantenimiento mutuo; es por ese motivo que el cuerpo se nutre del cuerpo, pero el Espíritu no es ni destruido ni alterado; solamente se despoja de su envoltorio.

Más allá de eso, hay «(...) consideraciones morales de orden elevado. Es necesaria la lucha para el desenvolvimiento del Espíritu. Es en la lucha que éste ejercita sus facultades. Tanto el que ataca en busca de alimento como el que se defiende para conservar la vida hacen uso de habilidad e inteligencia, aumentando, en consecuencia, sus poderes intelectuales. Uno de los dos sucumbe, pero en realidad, ¿qué fue lo que el más fuerte o más diestro quitó al más débil? ¿El envoltorio de carne, nada más; con posterioridad el Espíritu, que no murió, tomará otro.» «En los seres inferiores de la creación, en aquellos en quienes todavía falta el sentido moral, en los cuales la inteligencia todavía no sustituyó el instinto, la lucha no puede tener por móvil sino la satisfacción de una necesidad material. Luego, una de las más imperiosas de esas necesidades es la de la alimentación. Luchan, pues, únicamente para vivir, es decir, para hacer o defender una presa, visto que ningún móvil más elevado podría estimularlos. Es en ese primer período que el alma se prepara y ensaya para la vida. (...)»



«(...) Bajo otro prisma, al destruirse unos a otros, por la necesidad de alimentarse, los seres infrahumanos mantienen el equilibrio en la reproducción, impidiendo que se torne en excesiva, contribuyendo, además, con sus despojos, para una infinidad de aplicaciones útiles a la Humanidad. Si restringimos el examen de este problema solamente al proceder del hombre, que es lo que más nos interesa, aprendemos con la Doctrina Espírita que la matanza de animales, bárbara sin dudas, fue, es y será por algún tiempo más, necesaria aquí en la Tierra, debido a sus groseras condiciones de existencia. Sin embargo, a medida que los terrícolas se depuren, sobreponiendo el espíritu a la materia, el uso de alimentación a base de carne será cada vez menor, hasta desaparecer  definitivamente, como se verifica en los mundos más adelantados que el nuestro. Aprendemos, además, que en su estado actual el hombre solamente es eximido (de la responsabilidad) de esa destrucción en la medida en que tenga que proveer a su sustento y garantizar su seguridad. Fuera de eso, cuando, por ejemplo, se obstina en cazar por el simple placer de destruir, o en deportes mortíferos como las corridas de toros, el «tiro a la paloma», etc., tendrá que rendir cuentas a Dios por ese abuso que revela, además, el predominio de sus malos instintos. (...)» El temor a la muerte «(...) es un efecto de la sabiduría de la Providencia y una consecuencia del instinto de conservación común a todos los seres vivos. (...) Así es que en los pueblos primitivos, el futuro es una vaga intuición, transformada más tarde en una simple esperanza y, finalmente, una certeza solamente atenuada por un secreto apego a la vida corporal.




A medida que el hombre comprende mejor la vida futura, el temor a la muerte disminuye; una vez comprendida su misión terrenal, aguarda su fin con calma, resignación y serenidad. (...)» Para liberarse del temor a la muerte es necesario poder encararla desde su verdadero punto de vista, es decir, haber penetrado con el pensamiento en el mundo espiritual, formándose de él una idea tan exacta como sea posible, lo que denota de parte del Espíritu encarnado un cierto desenvolvimiento y aptitud para desprenderse de la materia. En el Espíritu atrasado la vida material prevalece sobre la espiritual. Por su apego a las apariencias, el hombre no distingue la vida más allá del cuerpo, a pesar de que esté en el alma la vida real; una vez aniquilado aquél, le parece que todo se ha perdido y se desespera. (...) El temor a la muerte proviene, por lo tanto, de la noción insuficiente que tiene acerca de la vida futura, si bien denota también la necesidad de vivir y el temor a la destrucción total; igualmente estimula al hombre un secreto anhelo de supervivencia del alma, velado por la incertidumbre. Ese temor decrece a medida que la certeza aumenta y desaparece cuando ésta es completa. (...)»

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