domingo, 11 de mayo de 2014

De la teoría a la práctica

Hola familia,

ayer en el centro hablamos de la perfección moral. Y aún que sea un tema recurrente y que nos dediquemos a estudiar este tema a menudo - de hecho no hacemos otra cosa-, durante la discusión siempre salen cosas nuevas, comentarios enriquecedores, puntos de vista que nos hacen profundizar en algún aspecto no planteado de aquella forma antes o una anécdota que sea, que lo explica todo de una manera sencilla y esclarecedora. Pues ayer fue uno de estos días en los que no hubo ninguna novedad, ya lo sabíamos todo. Y sin embargo, ¡cuánto nos falta para comprender todo esto de verdad! 

El aspecto del texto de lectura básica considerado más importante por muchos de los que estábamos ahí era lo que decía sobre el egoísmo. El egoísmo es la raíz de todos los males de la humanidad, primo hermano del orgullo y de la vanidad. Reconocer que somos egoístas es un primer paso, necesario para su superación. Pese a que sea así, vemos como hay tantísima gente que simplemente no es consciente de que actúa de forma egoísta. ¿Cómo puede ser? En función del nivel evolutivo de nuestro planeta, todavía prevalecen en nuestra sociedad una serie de valores de competitividad, individualidad y exaltación de la personalidad que refuerzan las estructuras egoístas del ser. La educación de forma general todavía no es capaz de inculcar valores de solidaridad, respeto y fraternidad, es decir, valores fundamentalmente espirituales, pero humanísticos por excelencia. A medida que progresemos individual y socialmente, las leyes del mundo se acercarán cada vez más a la ley de amor, explicada por el verbo excelso del Maestro Mayor y por su ejemplo de dulzura y humildad.

Es preciso comprender que el egoísmo tiene una función en el desarrollo evolutivo del ser y es una fase natura del progreso espiritual. El instinto de preservación y supervivencia, por ejemplo, ha permitido que la humanidad se sobrepusiera a dificultades naturales y venciera muchos obstáculos. Sin negar que el egoísmo sea una etapa natural de la evolución, es fundamental comprender que, para seguir progresando espiritualmente, el ser debe capacitarse para el altruismo, aprendiendo de forma progresiva a no interponer sus propias necesidades ante las necesidades de los demás.

La esencia de la perfección moral es la caridad: el amor al prójimo como a uno mismo. Nos surge, sin embargo, una cuestión: ¿cómo amar a los enemigos? Jesús, ya lo sabemos, perdonó a sus verdugos en la cruz… pero para los que vemos un abismo entre nuestra condición espiritual y la del Maestro, se nos hace imposible amar, perdonar o aún no tener pensamientos de rabia y rencor contra alguien que nos haya hecho mucho daño. Como las leyes divinas son sabias y perfectas, aún en este nivel evolutivo en el que nos encontramos, pese a que no seamos conscientes de ello, tenemos incontables ocasiones de amar a nuestros enemigos gracias a la reencarnación. ¿Cuántas veces el hijo que es recibido con el sentimiento más puro de afecto y esperanza no es precisamente la víctima o el verdugo del pasado? La reencarnación nos da la ocasión de “hacer las paces” con todos los seres que hayan pasado por nuestra caminada evolutiva. Cuando nos hayamos reconciliado con todos y cada uno de ellos, la ley de amor de la que nos habla Jesús con gestos y palabras será lo único que conduzca nuestra caminada. 

Una metáfora y una anécdota interesantes para ilustrar el tema de la clase de ayer:

La metáfora: Podemos entender una encarnación como si fuéramos un actor en una película. Nos suceden cosas positivas y negativas, reaccionamos, aprendemos, volvemos a caer… Si sólo vivimos la vida con la conciencia del actor, el que recibe un guión, tenemos un control limitado sobre el conjunto de la película. Debemos tener conciencia de que, si es verdad que en cada encarnación la personalidad o alma toma un nuevo “papel”, el director de la película es el espíritu inmortal, que acumula experiencias de todas las encarnaciones en su patrimonio intelectual y moral y tiene poder para modificar, si no las situaciones que le ocurren, sí su actitud y respuesta ante ellas.


La anécdota: Cuenta Divaldo Franco que en cierta ocasión se le acercó un ladrón con un arma, exigiéndole dinero para no quitarle la vida. Con serenidad, Divaldo le contestó que tenía la consciencia tranquila del beber cumplido y ningún miedo a la muerte. Que se llevara el dinero que llevaba en cima y su reloj, que le matara si pensaba que era lo que debía hacer… pero que antes le dijera que era lo que le pasaba… El atracador, desconcertado ante la serenidad de Divaldo, le explicó que tenia mujer e hijos, problemas financieros graves, dificultades de toda suerte. Divaldo le dijo que en su casa recibía a muchísima gente con problemas como los suyos y muchos otros. Que se acercara algún día si le interesaba recibir ayuda. El atracador se acercó a la Mansión del Camino y se convirtió en uno de los más valerosos colaboradores de Divaldo Franco. ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de reaccionar sin miedo como lo hizo Divaldo? Todos los que tuviéramos plena consciencia de la inmortalidad del alma y la tranquilidad del deber cumplido. Para todos los demás, nos corresponde seguir esforzándonos por dominar el egoísmo, el orgullo y la vanidad que todavía conducen gran parte de nuestras reacciones en la vida cotidiana.

Bien familia, por falta de estudiar el tema de la perfección moral no será que no seamos perfectos. Será por falta de ponerlo en la práctica, de llevar las máximas de Cristo en el corazón, antes que en la mente. En esto estamos, en pasar de la teoría a la práctica, esforzándonos por vivir según nos enseña la Doctrina de los Espíritus. ¡Paz a todos!


Cariños de la hermana menor

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