domingo, 22 de junio de 2014

La parábola de los dos hijos : un ensayo sobre el libre albedrío

¡Hola familia!

algunas veces tenemos la oportunidad de aprender cosas nuevas. Otras veces, tenemos la ocasión de volver sobre cosas que creemos que ya sabemos, y aprendemos más. El sábado fue unas de estas ocasiones en la que no se dice nada nuevo, que ya lo sabíamos todo... y sin embargo, ¡cuánto nos falta por asimilarlo! Janaina nos presentó la conferencia "La parábola de los dos hijos", sobre la que ya había publicado un texto en el número 19 de Visión Espírita. Os pongo a continuación el texto publicado en la revista. Todo el mundo es capaz de mirar a su alrededor y ver cuántos "hijos menores" y cuántos "hijos mayores" existen en su familia, en su lugar de trabajo o en la sociedad. Pero... ¿cuántos somos capaces de ver reflejadas nuestras propias equivocaciones en la parábola de los dos hijos?

¡Que disfrutéis de la lectura!

Cariños de la hermana menor

La parábola de los dos hijos
un ensayo sobre el libre albedrío
Las parábolas de Jesús no tienen un significado cerrado ni se pueden entender de forma literal. El legado del Maestro es toda una invitación al examen de conciencia. Consideremos una de las más comentadas, la parábola de los dos hijos. Es curioso que a menudo nos refiramos a ella como la parábola del hijo pródigo o del hijo perdido. Pero Jesús no hizo mención únicamente al hijo menor. De hecho, así empieza la parábola: 
Un hombre tenía dos hijos.
Nos hemos centrado exclusivamente en el hijo menor, el que se equivoca y vuelve a casa para ser perdonado por el amor incondicional de su padre, porque ésta era la lectura que más nos interesaba. Por conveniencia nos interesaba que, únicamente con arrepentirnos, Dios nos perdonara nuestras equivocaciones. Y final feliz. Nada más lejos de la realidad. La propuesta que nos hace el Jesús en esta parábola es de un profundo examen de nuestra conciencia. Vamos a ver si somos capaces:
El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes.
Veamos, ¿nos habíamos fijado en la justicia del Padre? Quién le pide su parte de la herencia es el hijo menor, pero él reparte entre los dos hijos lo que le corresponde a cada uno. Lo hace sin discutirlo, sin intentar disuadir su hijo pequeño. Es posible que sintiera dolor por su decisión, pero no nos relata Jesús ningún sentimiento negativo del Padre. Éste actúa con justicia y serenidad, respetando la decisión de su hijo. Nosotros podemos leer la actitud del hijo menor como una ofensa o como ingratitud. Pero el Padre sólo ve en ella inmadurez. Con su gesto, demuestra confianza en la capacidad del hijo de seguir adelante. Si lo hubiese prendido en casa físicamente o negándole los recursos para seguir viaje, el hijo, sintiéndose insatisfecho, le podría echar la culpa: tú eres la causa de mi sufrimiento. Pero no es así como actúa el Padre. El Padre de la parábola y Dios, como nos intenta explicar Jesús, no limitan nuestras acciones, aún cuando escogemos caminos más duros para nuestra evolución. Dios sabe que somos capaces de gobernar nuestras vidas, puesto que nos ha dotado con todos los recursos para sobrellevar cualquier situación a la que nos enfrentemos.


Sigamos. Ni bien se había visto lejos de la vista del padre, el joven se puso a desperdiciar sus recursos. En lugar de ponerse a trabajar en el campo de su padre, de ocuparse de sus trabajadores, de administrar su herencia, el joven elije gozar de los recursos que el padre le había reservado para que viviera una vida feliz. El joven quiere vivir como un niño, que tiene todo lo que quiere, en el momento que lo desea, sin tener obligación de trabajar. Pero como ya no es un niño, ¿qué es lo que pasa? Los recursos se agotan y la vida le convoca a vivir las consecuencias de sus actitudes desequilibradas. Aquí vemos claramente como la conciencia se resiste a madurar y cae en comportamientos más bien característicos de la inmadurez evolutiva. Al ser una conciencia plenamente individualizada y,  por tanto, responsable de sus actos, experimenta el dolor que sus elecciones le causaron. El hijo menor no puede culpar a su padre por el hambre que experimenta, así como nosotros no podemos culpar a Dios por las carencias físicas, económicas o emocionales a las que nos enfrentamos. Como el joven, recogemos la cosecha de nuestros propios actos, bien de la presente existencia física o bien de existencias anteriores.
Cuando lo tenía todo en casa de su padre, este joven se resistió a madurar. Ahora, sin embargo, lejos de casa, trabajando en condiciones muy precarias y sufriendo hambre, es capaz de hacer el examen de conciencia que no pudo hacer cuando vivía en la prosperidad. 
Entonces volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
¡Qué interesante! Antes de volver a la casa del Padre, el joven tiene que volver en sí! No se puede volver al lugar donde hay paz y tranquilidad de conciencia, armonía y abundancia afectiva, material y intelectual sin antes "volver en sí". El joven finalmente es capaz de ver las cosas más claras. La experiencia dolorosa le ayuda a reconocer la generosidad de su padre. Jesús nos está invitando al análisis de nuestras propias conciencias. El auto-conocimiento es el camino de la liberación del sufrimiento. Otros senderos nos alejarán todavía más de la casa del Padre Celestial. Para volver a casa, adonde pertenecemos por descendencia divina, debemos aprovechar las experiencias dolorosas para “volvernos en nosotros mismos” y sí ver donde nos equivocamos. Pero el joven, que empieza abandonar la resistencia a la madurez, no se queda en el auto-análisis. Dice:  
Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti.
Hace planes para corregir sus errores. Abandona el orgullo y se abre a la humildad. Se levanta y va a su padre. Este momento de iluminación puede estar pasando en nuestras vidas ahora mismo: si estamos viviendo un momento difícil, tal vez podamos aprovechar la lección para abandonar la resistencia, dominar el orgullo y presentarnos con humildad ante las leyes cósmicas universales de causa y efecto. Pero tal vez este momento de iluminación pasó en alguna existencia física anterior. Si nos enfrentamos a las dificultades sin rebelarnos, sin murmurar y con fe, es que ya nos hemos presentado ante el tribunal de nuestra propia conciencia. Dios nos acogió en su seno de amor y nos envió a una nueva existencia física, a trabajar en la restauración de lo que habíamos destruido en el pasado. Por doloroso que pueda parecer visto desde la perspectiva de una única existencia física, este es el final feliz al que provisionalmente tenemos derecho.
Pero nos queda la otra mitad de la parábola. Éste es el final provisionalmente feliz al que tiene derecho el hijo menor. Todavía nos falta analizar al hijo mayor, que el ego se ha encargado de denominar “obediente” y a veces “incomprendido”. ¿Quién nunca se ha identificado con el hijo mayor? “Entonces resulta que éste (mi hermano menor) se va, mientras yo me quedo aquí trabajando, y cuando vuelve, ¿como si no hubiera pasado nada? ¿Dónde está la justicia de mi padre?”. ¿No tenía razón de estar enojado el hijo mayor?” Volvía él del campo cuando vio las señales de la fiesta en casa. Cuando supo qué pasaba, se negó a entrar. Casi puedo sentir su revuelta, la rabia hacia su hermano, el resentimiento hacia su padre… Es que lo veo ahí, negándose a entrar en casa mientras el padre le explica que la fiesta se debe a que su hermano ha vuelto. Fijémonos en qué le dice a su padre:
“He aquí, tantos años te sirvo, y jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino éste tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado.”
Aquí es cuando cae la máscara del ego del hijo mayor, que muchos habíamos tomado por “obediente”. Primero, resulta que es un hipócrita: dice que el mandamiento que ha observado es suyo, de su padre, es decir, no lo ha seguido por convicción, sino que lo ha obedecido por sumisión. Segundo, es un mentiroso y chantajista: dice que nunca ha recibido un cabrito para celebrar con sus amigos cuando, en el momento que se va su hermano menor, recibe su parte de la herencia. Tercero, es un resentido: dice “éste tu hijo”, incapaz de nombrarle como su hermano, incapaz de sentirse feliz por su vuelta. Cuarto, es orgulloso y se siente en condición de juzgar a su hermano menor, criticando cómo ha malgastado su dinero.
Vaya, vaya con el hijo obediente. Ya no cae tan bien… ¿a qué no? Pero Jesús nos invita a tener por él la misma clase de compasión que experimentamos por el hijo menor cuando tiene que cuidar a los cerdos, aunque fuera hebreo. Esto era lo más bajo que uno podía caer y por esto su sufrimiento era aún más agudo. Cuando pensamos en el sufrimiento del hijo menor, nos compadecemos. Pero cuando vemos al hijo mayor tal como realmente es, sin la máscara del ego, no siempre somos capaces de la misma compasión. Pero él es tan digno de ella como su hermano menor. Jesús quiere con esta parábola que dejemos caer nuestras máscaras, que nos veamos como verdaderamente somos, y que seamos capaces de ser compasivos con nosotros mismos. Si en algún momento hemos mirado hacia los demás y hemos pensado “¿Por qué a mí no me puede ir tan bien como a él?”; “Yo oro, ‘me porto bien’, voy al centro espírita… pero sigo teniendo problemas…”; ¿No seré yo tan mala persona…”... Si en algún momento criticamos las personas que viven las pasiones de forma libre, actuamos como el hijo mayor. Condenar el comportamiento ajeno es una forma de doble resentimiento: por un lado pone de manifiesto el deseo frustrado de hacer lo que el otro hace; por otro lado, expresa envidia porque el otro sí es capaz de hacer lo que desearíamos haber hecho.


Ésta es una clase de sufrimiento más difícil de vencer porque el ego recurre al desarrollo intelectual del espíritu – no olvidemos que es el hijo mayor – para auto-justificarse. De hecho, Jesús no nos cuenta si el padre logra convencerle a entrar en casa. La parábola acaba con el padre que intenta explicarle que todo lo que le pertenece es suyo también. El padre intenta hacer ver al hijo mayor que es mejor alegrase por su hermano que perderse en la negatividad.
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Pero era necesario alegrarnos y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.”
¿Entraremos en casa los hijos mayores? Este acto de humildad, juntamente con el sincero sentimiento de alegría por la vuelta se su hermano menor, sería el cielo provisional al que podría aspirar el hijo “obediente”. Pero en sus manos está la decisión: puede marchar de la casa del padre, como hizo su hermano años antes; puede entrar, una vez más sometiéndose sin convicción a un mandamiento que no reconoce y fingiendo aceptar a su hermano; o puede abandonar la resistencia, dominar el orgullo, y abrirse a la humildad y a la experiencia del amor.
Creo que la parábola acaba así porque Jesús no quiere y no puede decidir por nosotros. Cada uno, en el momento de iluminación al que le convoca el dolor, debe enfrentarse a la decisión: ¿volveré a la casa de mi padre?, si somos espíritus menos experimentados por la vida; o ¿entraré en la casa de mi padre? Si hemos vivido un poco más sin progresar satisfactoriamente en la experiencia del amor fraternal.
La parábola de los dos hijos es un verdadero ensayo sobre el libre albedrío. El buen uso del libre albedrío lleva a la conquista del Hombre Integral. El mal uso, lleva al refuerzo de las estructuras del ego, cuando lo que debemos hacer para progresar es precisamente dominarlo. Cuando usamos mal el libre albedrío, caemos en actitudes de desamor hacia uno mismo o de pseudo amor. En el cuadro de las actitudes de desamor, reconocemos al hijo menor, cuya conciencia inmadura cree necesitar experiencias que provocan la excitación de los sentidos. Al hijo mayor le reconoceremos en las actitudes de pseudo amor, cultivando las máscaras del ego para esconder cuestiones no resueltas en su foro intimo.


En algún momento de nuestras existencias físicas, todos hemos actuado como el hijo mayor o el hijo menor – ¡si es que no lo estamos haciendo ahora mismo! Podemos pasar existencias interas, y seguramente lo hicimos en existencia anteriores, portándonos como hijos menores o mayores... La propuesta de auto-examen, sin embargo, no tiene como objetivo el auto flagelo. Lo que debemos hacer es identificar las zonas de nuestra personalidad que necesitan ser limadas con mayor urgencia. Como nos dice Joanna, “El hombre simplemente debe renovarse para mejor, actuando con corrección, sin conciencia de culpa, sin auto-compasión, sin ansiedad. Vivir el tiempo con dimensión atemporal, en entrega, confianza y paz.” La noble amiga nos dice que “la felicidad relativa existe y está al alcance de todos desde que haya la aceptación de los acontecimientos tal como se presentan. La resolución para ser feliz rompe las amarras de un carma negativo frente a la oportunidad de conquistar méritos a través de las actitudes de amor, entrega y servicio altruista”.

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