viernes, 11 de julio de 2014

Esperanzas y Consuelos

Familia de mi alma,

los monitores de la clase de mañana nos envían el texto de estudio. 

Cariños de la hermana menor


Esperanzas y Consuelos

 Kardec (Hipollyte Léon Denizard
Rivail - París - 1804 - 1869).
Las enseñanzas espíritas sobre las penas y gozos futuros se oponen al materialismo. Ciertamente, cada uno es libre de creer en lo que quiera, o de no creer en nada. Ya no toleraríamos más que se persiga a aquel que cree en la nada después de la muerte, así como no se promovería algo contra un cismático de cualquier otra religión. Al combatir el materialismo, no atacamos a los individuos, sino a una doctrina, que si bien es cierto es inofensiva para la sociedad cuando se alberga en el fuero interno de la conciencia de personas esclarecidas, sería una llaga social si llegara a generalizarse. La creencia de que todo se acaba para el hombre después de la muerte, que toda solidaridad cesa con la extinción de la vida corporal, lo conduce a considerar como un desatino el sacrificio de su actual bienestar en provecho de otros. De esto se deduce la máxima “cada uno para sí mismo durante la vida terrena, porque con ella todo se acaba”. La caridad, la fraternidad, la moral, en suma, carecerían de fundamento, no tendrían ninguna razón de ser. ¿Para qué molestarnos, esforzarnos y someternos a privaciones si mañana, tal vez, nada seamos?

La negación del futuro, la simple duda sobre la existencia de otra vida son los más grandes estímulos del egoísmo y origen de la mayoría de los males de la Humanidad. Es necesario poseer una gran dosis de virtud para no dejarse arrastrar por la corriente del vicio y del crimen cuando no se tiene otro freno que el de la propia fuerza de la voluntad. (…) La creencia en la vida futura, al demostrar la perpetuidad de las relaciones entre los hombres, establece entre ellos una solidaridad que no se interrumpe en la tumba, y de ese modo, cambia el curso de las ideas. Si esa creencia fuera un simple espantajo, duraría poco tiempo, pero, como su realidad es un hecho adquirido por la experiencia, es un deber propagarla y combatir la creencia contraria en interés del orden social. Esto es lo que hace el Espiritismo, y lo hace con éxito, porque brinda pruebas, y porque definitivamente, el hombre prefiere tener la certeza de vivir y de poder ser feliz en un mundo mejor para compensar las miserias terrestres, al hecho de morir para siempre. Para completar estas ideas, Allan Kardec nos esclarece: Sacadle al hombre el Espíritu libre e independiente que sobrevive a la materia, y haréis de él una simple máquina organizada, sin ninguna finalidad ni responsabilidad; sin otro límite que el de la ley civil, y apropiado para ser explotado como un animal inteligente.

La comprensión de la vida espiritual: motivación para vivir mejor

Al no esperar nada después de la muerte, no tiene ningún impedimento para aumentar los goces del presente. Si sufre, sólo tiene como refugio la perspectiva de la desesperación y de la nada. Con la seguridad de un porvenir, con la certeza de encontrar nuevamente a aquellos a quienes amó, y con el temor de volver a ver a aquellos a quienes ofendió, todas sus ideas cambian. Aunque el Espiritismo sólo preservara al hombre de la duda respecto de la vida futura, habría hecho más en favor de su perfeccionamiento moral que todas las leyes disciplinarias que algunas veces logran detenerlo, pero que no lo transforman.  En lo que se refiere a las penas futuras, la Doctrina Espírita no se basa en una teoría preconcebida, no es un sistema que sustituye a otro sistema: en todos sus aspectos se apoya en las observaciones, y son éstas las que le dan plena autoridad.

Nadie jamás imaginó que las almas después de la muerte se encontrarían en tal o cual situación, pero son ellas, esas mismas almas que partieron de la Tierra, las que vienen a iniciarnos en los misterios de la vida futura, a describirnos su situación feliz o desdichada, sus impresiones, la transformación que sufren después de la muerte del cuerpo, en una palabra, a completar las enseñanzas de Cristo sobre este punto. Es necesario afirmar, que en estos casos, no se trata de revelaciones de un solo Espíritu que podría ver las cosas desde su punto de vista, bajo un solo aspecto, dominado aún por prejuicios terrestres. Tampoco se trata de una revelación hecha exclusivamente a un solo individuo que pudiera dejarse engañar por las apariencias o por un punto de vista extático que lo condujera a ilusiones que, muchas veces, no serían más que el reflejo de una imaginación exaltada. Se trata sí, de innumerables ejemplos brindados por Espíritus de todas las categorías, desde los niveles más elevados de la escala hasta los inferiores, por intermedio de otros tantos colaboradores (médiums) diseminados por el mundo de tal manera, que la revelación deja de ser el privilegio de una persona en particular, pues todos pueden comprobarla, observarla, sin que nadie se vea obligado a creer porque otros lo creen.  Con el Espiritismo la vida futura deja de ser un simple artículo de fe, una mera hipótesis, para tornarse en una realidad material que los hechos demuestran, porque son los mismos testigos oculares los que la describen en todas sus fases y en todas sus peripecias de tal manera, que además de anular la posibilidad de alguna duda a ese respecto, la inteligencia más sencilla tiene oportunidad de concebirla desde su verdadero aspecto, así como la gente podría imaginar un país del que ha leído una detallada descripción. Ahora bien, la descripción de la vida futura es tan minuciosa y son tan racionales las condiciones dichosas o desafortunadas de la existencia de los que allí se encuentran - tal como ellos mismos la pintan- que aunque nos pese, cada uno reconoce y se confiesa a sí mismo que no podría ser de otra manera, porque, al ser así, queda perfectamente evidenciada la verdadera justicia de Dios.

Sentimiento instintivo de la vida futura

También es importante tener en cuenta que desde el nacimiento todos traemos el sentimiento instintivo de la vida futura, porque, (…) antes de encarnar, el Espíritu conocía todas esas cosas y el alma conserva un vago recuerdo de lo que sabe y de lo que vio en estado espiritual. Independientemente del materialismo que reina en el mundo, en (…) todos los tiempos el hombre se ha preocupado por el porvenir que le aguarda después de la sepultura, y eso es muy natural. Sea cual fuere la importancia que le conceda a la vida presente, no puede evitar pensar que es muy breve, y, sobre todo, precaria, porque en cualquier instante puede ser interrumpida; no tiene ninguna seguridad acerca del día siguiente. ¿Qué será de él después de ese instante fatal? Ésta es una cuestión de mucha trascendencia porque no implica solamente unos pocos años, sino la eternidad.

Aquel que debe pasar un tiempo prolongado en un país extranjero, se preocupa por saber en qué situación se encontrará en él. Entonces, ¿cómo no nos va a preocupar la situación en la que nos veremos cuando dejemos este mundo, ya que es para siempre? La idea de la nada contiene en sí algo que repugna a la razón. Aún el hombre que haya vivido sin preocuparse de esto, cuando llega el instante supremo se pregunta qué va a ser de él, y, sin querer, tiene una esperanza. Creer en Dios sin admitir la vida futura es un contrasentido. El sentimiento de una existencia mejor reside en el fuero interno de todo hombre, y no es posible que Dios lo haya puesto allí en vano. La vida futura implica la conservación de nuestra individualidad después de la muerte. Efectivamente, ¿qué nos importaría sobrevivir al cuerpo si nuestra esencia moral se perdiera en el océano de lo infinito? Las consecuencias de esto serían para nosotros las mismas que si nos sumiéramos en la nada.

La mediumnidad comprueba la vida después de la muerte

Chico Xavier, médium y divulgador del espiritismo,
psicografió 451 libros.
El intercambio mediúmnico es otra forma de comprobar qué les sucede a las personas después de la muerte del cuerpo físico. Por las relaciones que hoy puede establecer con aquellos que dejaron la Tierra, el hombre posee no sólo la prueba material de la existencia y de la individualidad del alma, sino que también comprende la solidaridad que une a los vivos con los muertos de este mundo, y a los seres de este mundo con los de los otros planetas. Conoce la situación de ellos en el mundo de los Espíritus, los acompaña en sus migraciones, reconoce sus alegrías y sus penas; sabe por qué razón son felices o desdichados, y el destino que les está reservado según el bien o el mal que hubieren realizado. Esas relaciones lo inician en la vida futura, que puede observar en todas sus fases y circunstancias. El futuro ya no es una vaga esperanza: es un hecho positivo, una certeza matemática. Después de esto, la muerte ya no tiene nada de aterradora porque es la puerta de la liberación, el acceso que conduce a la verdadera vida.

Si la razón rechaza como incompatible con la bondad de Dios, la idea de las penas irremisibles, perpetuas y absolutas, ocasionadas muchas veces por una sola falta; si rechaza la idea de los suplicios del infierno que no se pueden atenuar ni aun por medio del arrepentimiento más sincero y ardiente, la misma razón se inclina ante la justicia distributiva e imparcial que tiene en cuenta todo, que no cierra las puertas al arrepentimiento y que constantemente extiende su mano al náufrago en vez de impulsarlo hacia el abismo. Las penas y recompensas están necesariamente relacionadas con el modo de utilizar el libre albedrío, ya que, la (…) responsabilidad de nuestros actos es la consecuencia de la realidad de la vida futura. La razón y la justicia nos dicen que en la distribución de la felicidad a la que todos aspiran, no pueden estar mezclados los buenos y los malos. No es posible que Dios quiera que unos disfruten sin haber trabajado de los bienes que otros sólo logran con esfuerzo y perseverancia. La idea que Dios nos da de su justicia y de su bondad mediante la sabiduría de sus leyes, no nos permite creer como verdadero que el justo y el malo estén en una misma categoría ante sus ojos, ni dudar de que no recibirán un día, unos, la recompensa, y los otros, el castigo por el bien o el mal que hayan hecho.

Por eso es que el sentimiento innato que tenemos de la justicia nos brinda la intuición de las penas y recompensas futuras. A través del estudio de la situación de los Espíritus, el hombre sabe que la felicidad o la desdicha en la vida espiritual son estados inherentes al grado de perfección y de imperfección; que cada uno sufre las consecuencias directas y naturales de sus faltas, o, expresado de otra manera, que es castigado por lo que “pecó”; que esas consecuencias duran tanto como perdure la causa que las produjo y que, por consiguiente, el culpable sufriría eternamente si persistiese en el mal, pero que ese sufrimiento cesará con el arrepentimiento y la reparación. Ahora bien, como el propio perfeccionamiento depende de cada uno, todos pueden, en virtud de su libre albedrío, prolongar o abreviar sus sufrimientos, de la misma manera que un enfermo sufre a causa de sus excesos hasta que no les ponga término.

La felicidad de los "buenos" y el sufrimiento de los "malos"

La naturaleza de las penas y de los gozos futuros guarda relación con el grado de evolución de los Espíritus, y con las acciones que hayan realizado. Así, la felicidad de los buenos Espíritus consiste en: (...) conocer todas las cosas; en no sentir odio ni celos, ni envidia, ni ambición, ni ninguna de esas pasiones que ocasionan la desdicha de los hombres. El amor que los une es fuente de suprema felicidad. No sienten las necesidades, ni los sufrimientos, ni las angustias de la vida material. Son dichosos por el bien que realizan. Pero la felicidad de los Espíritus es proporcional al grado de elevación de cada uno. Es verdad que solamente los Espíritus puros gozan de la felicidad suprema, pero no todos los otros son desdichados. Entre los malos y los perfectos hay una infinidad de grados en los que los gozos son relativos al estado moral. Los que ya tienen un cierto adelanto, comprenden la ventura de los que van delante de ellos, y aspiran alcanzarla. Pero esta aspiración no es motivo de celos, sino de estímulo. Saben que depende de ellos el conseguirla, trabajan para lograr ese fin con la serenidad de la conciencia tranquila, y se consideran dichosos por no tener que sufrir lo que padecen los malos. Por otro lado, el sufrimiento de los Espíritus inferiores son (…) tan variados como las causas que los determinaron, y proporcionados a su grado de inferioridad, como los gozos lo están con el grado de superioridad.

A esos sufrimientos se los puede resumir así: envidiar lo que les falta para ser felices, y no obtenerlo; ver la felicidad y no poder alcanzarla; pesar, celos, cólera, desesperación, motivados por aquello que les impide ser dichosos; remordimientos, ansiedad moral indefinible. Desean todos los goces y no los pueden satisfacer: eso es lo que los tortura. El hombre se forma una idea más o menos elevada de las penas y los gozos del alma después de la muerte, según el estado de su inteligencia. A medida que él se va desarrollando, tanto más se perfecciona esa idea, y se libera de la materia. Comprende las cosas desde un punto de vista más racional, y deja de interpretar al pie de la letra las imágenes de un lenguaje figurado. Al enseñarnos que el alma es un ser completamente espiritual, la razón, más esclarecida, nos dice que, por eso mismo, no puede ser alcanzada por las impresiones que sólo actúan sobre la materia.

Pero esto no quiere decir que esté libre de sufrimientos y que no reciba el castigo correspondiente a sus faltas. Las comunicaciones espíritas tuvieron como resultado mostrar el estado futuro del alma, no como una teoría más, sino como una realidad. Nos ponen ante nuestros ojos todas las circunstancias de la vida después de la sepultura y, al mismo tiempo, nos las muestran como consecuencias perfectamente lógicas de la vida terrestre. Aunque estén despojadas del aparato fantástico que creó la imaginación de los hombres, no son menos personales para aquellos que hicieron mal uso de sus facultades. La variedad de esas consecuencias es infinita, pero en general, se puede decir que cada uno es castigado por aquello que pecó. Así es que unos lo son mediante la vista incesante del mal que hicieron, otros por los pesares, por el temor, por la vergüenza, por la duda, por el aislamiento, por las tinieblas, por la separación de los seres queridos, etc.

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