domingo, 28 de septiembre de 2014

El despertar que nos hayamos ganado

Hola familia,

ayer en CEADS, dando secuencia al Estudio Sistematizado de la Doctrina Espírita, nos dedicamos a comprender qué es la turbación. Nos explican los espíritus que la turbación:
  • es el estado que se sigue a la muerte física: el espíritu desencarnado se siente desorientado, confuso y no comprende inmediatamente qué le está sucediendo;
  • sucede con mayor o menor intensidad en la mayoría de los desencarnados;
  • es más aguda o tiene mayor duración en los que vivieron vidas de mucho apego - sea a bienes; materiales, a posiciones sociales o incluso a seres queridos;
  • es menos intensa o de menor duración en los espíritus que ya cultivaron valores espirituales en su existencia física, esforzándose por vivir según reglas morales elevadas.
Nuestros queridos monitores insistieron muchas veces en el hecho de que no se pueden hacer afirmaciones rotundas sobre el despertar espiritual de nadie trás su muerte física: cada uno de nosotros tendremos el despertar que hayamos conquistado, según los valores que hayamos cultivado, el bien que hayamos hecho - o dejado de hacer - y los amigos (o enemigos) espirituales que hayamos conquistado en nuestra trayectoria terrestre.

Así es como, incluso en desencarnaciones colectivas, se puede afirmar que la desencarnación es colectiva, pero el despertar es individual. A título de ejemplos que sirven para instruirnos, Kardec pidió a algunos desencarnados que narraran cómo había sido su despertar en la pátria espiritual. En CEADS sólo tuvimos la oportunidad de analizar un caso, los demás os pongo a continuación para que sigamos con el estudio:

Caso de la Sra. Hélène Michel
Resumen del Caso
Joven de 25 años, falleció repentinamente en su hogar, sin sufrimientos, sin causa previamente conocida. Rica y un tanto frívola, la liviandad de su carácter la predisponía más para las futilidades de la vida que para las cosas serias. No obstante, tenía un bondadoso corazón, y era dócil, afectuosa y caritativa. Evocada tres días después de su muerte por personas conocidas, se manifestaba así:
“No sé dónde estoy... ¡qué confusión me cerca! Me llamasteis, y vine. No comprendo por qué no estoy en mi casa; lamentan mi ausencia cuando estoy presente sin poder hacerme conocer. Mi cuerpo no me pertenece más, y, entre tanto, siento su frialdad... Quiero dejarlo, pero me uno a él, siempre... Soy como dos personalidades... ¡Oh! ¿cuándo llegaré a comprender qué es lo que me sucede? Aún es necesario que vaya allá... a mi otro “yo” ¿qué le sucederá en mi ausencia? Adiós.”
Comentario de Kardec: El sentimiento de dualidad, aún no destruido por una completa separación, es aquí evidente. De carácter voluble, la fortuna que le permitió satisfacer todos sus caprichos, debió igualmente favorecer sus tendencias de liviandad. Por eso, no es de extrañar que su desprendimiento haya sido lento, hasta el punto que, a tres días de su muerte, se sentía aún ligada a su envoltura corporal. Pero, como no tuvo vicios serios y era de buena índole, esa situación no era penosa, y no se prolongaría mucho tiempo más. Evocada nuevamente algunos días después, sus ideas estaban ya muy modificadas. He aquí lo que dijo: 
“Gracias por haber orado por mí. Reconozco la bondad de Dios que me eximió de los sufrimientos y aprehensiones derivados del desligamiento de mi Espíritu. A mi pobre madre le será muy difícil resignarse; entre tanto, será confortada, y lo que a su modo de ver es una sensible desgracia, era fatal e indispensable que sucediera para que las cosas del Cielo se tornaran para ella lo que deben ser: todo. Estaré a su lado hasta el fin de su prueba terrestre y la ayudaré a soportarla. No soy feliz, pero, aún tengo mucho que hacer para aproximarme a la situación de los bienaventurados. Le pediré a Dios que me conceda la gracia de regresar a la Tierra para reparar el tiempo que perdí en esta última existencia. La fe os ampare, mis amigos; confiad en la eficacia de la plegaria, principalmente, cuando nace del corazón. Dios es bueno.”
Allan Kardec: ¿Demorasteis mucho tiempo en reconoceros? Hélène: Comprendí que había muerto el mismo día que orasteis por mí.  Allan Kardec: ¿Fue doloroso el estado de turbación? Hélène: No, yo no sufría, creía estar soñando y esperaba despertar. Mi vida no estuvo exenta de dolores, pero todo ser encarnado en ese mundo debe sufrir. Al resignarme a  la voluntad de Dios, mi resignación fue tenida en cuenta por él. Les estoy muy agradecida por las plegarias que me ayudaron a reconocerme a mí misma. gracias. Regresaré siempre con placer. Adiós.”  Allan Kardec - El cielo y el infierno. Segunda parte. Capítulo III.

Caso novel
Resumen del Caso
El Espíritu se dirige al médium a quien había conocido en vida. 
“Voy a contarte sobre mi sufrimiento cuando morí. Mi Espíritu unido al cuerpo por los ligamentos materiales tuvo gran dificultad para liberarse, y ese hecho fue en sí mismo, una cruel angustia.  La vida que yo dejaba a los 21 años era aún tan vigorosa, que no podía creer que la hubiera perdido. Por eso buscaba mi cuerpo, estaba sorprendido, aterrorizado al verme perdido en un torbellino de sombras. Finalmente, la conciencia de mi estado y la revelación  de las faltas cometidas en todas mis encarnaciones me hirieron repentinamente, mientras que una luz implacable iluminaba lo más profundo de mi alma que se sentía desnuda  y después, poseída de una vergüenza que me humillaba. Trataba de huir de esa influencia fijando mi atención en los objetos que me cercaban, nuevos, pero que ya conocía. Los Espíritus luminosos que fluctuaban en el éter me daban una idea de la ventura  a la que podía aspirar. Formas sombrías y desoladas, algunas sumergidas en tediosa desesperación, otras, furiosas e irónicas se deslizaban en torno de mí o sobre la tierra que me retenía férreamente. Veía que los humanos se agitaban y envidiaba su ignorancia. Toda clase de sensaciones desconocidas y otras que reencontraba, me invadieron simultáneamente.  Arrastrado por una fuerza irresistible, tratando de huir del dolor encarnizado, transponía las distancias, los elementos, los obstáculos materiales, sin que las bellezas naturales ni los esplendores celestiales pudieran  calmar por un instante el acerbo dolor de mi conciencia, ni el pavor causado por la revelación de la eternidad. Un mortal puede saber de antemano las torturas materiales  por los estremecimientos de la carne, pero vuestros frágiles dolores mitigados por la esperanza, atenuados por las distracciones o ahogados por el olvido, no os darán nunca la idea de las angustias de un alma que sufre sin tregua, sin esperanza, sin arrepentimiento.  Después de un tiempo cuya duración no puedo precisar, durante el cual envidiaba a los elegidos cuyos resplandores entreveía, detestaba a los malos Espíritus que me perseguían con escarnios y despreciaba a los humanos  cuyas torpezas veía, pasé de un profundo abatimiento a una insensata rebeldía.   Finalmente me llamasteis, y, por primera vez un suave y tierno sentimiento me calmó. Escuché las enseñanzas que te dan tus guías, la verdad se impuso en mí, y oré. Dios me oyó, reveló ante mí su Clemencia como ya me había revelado su Justicia. KARDEC. Allan. El cielo y el infierno. Segunda parte. Capítulo IV. 


Caso de François - Simon Louvet 
Resumen del Caso
La siguiente comunicación se produjo espontáneamente en una reunión espírita en el Havre, el 12 de febrero de 1863:
“¡¿Tendréis piedad de un pobre miserable que desde hace mucho sufre crueles torturas?! ¡Oh! el vacío... el Espacio... me despeño... muero... ¡Socórranme! Dios mío, yo tuve  una  existencia tan miserable... Pobre diablo, sufrí hambre muchas veces en mi vejez, y por eso fue que me habitué a beber, a tener vergüenza y disgusto de todo. Quise morir y me arrojé... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué momento! ¿Y para qué ese deseo si el fin estaba tan próximo? Orad para que no vea más incesantemente el vacío debajo de mí... ¡Voy a despedazarme contra esas piedras! Os lo suplico,  a vosotros que conocéis las miserias de aquellos que ya no pertenecen más a ese mundo. No me conocéis, pero yo sufro tanto... ¿Para qué más pruebas? ¡Sufro! ¿No es eso suficiente? Si tuviera hambre en vez de este sufrimiento más terrible y además imperceptible para vosotros, no vacilaríais en aliviarme con un mendrugo de pan. Pues, os pido que oréis por mí... No puedo permanecer más tiempo en este estado... Preguntad a cualquiera de esos felices que están aquí, y sabréis quién fui. Orad por mí.” 
Palabras de un benefactor espiritual: 
"Quien acaba de dirigirse a vosotros fue un pobre infeliz que tuvo en la Tierra la prueba de la miseria. Vencido por el disgusto, le faltó valor, y en vez de mirar hacia el cielo como debía, se entregó a la embriaguez, descendió a los últimos peldaños de la desesperación y puso término a su triste prueba. Se arrojó de la Torre Francisco I el día 22 de julio de 1857. Tened piedad de su pobre alma que no es adelantada, pero que vislumbra  lo suficiente de la vida futura como para sufrir y desear una reparación. Rogad a Dios que le conceda esa gracia, y con eso habréis realizado una obra meritoria.” 
Al buscar información al respecto, se encontró en el Journal du Havre del 23 de julio de 1857, la siguiente noticia local: “Ayer, a las 4 de la tarde, los transeúntes del muelle fueron dolorosamente impresionados por un horrible accidente: un hombre se arrojó de la torre y se despedazó contra las piedras. Era un viejo barquero cuya inclinación a la embriaguez lo arrastrara al suicidio. Se llamaba François Victor - Simon Louvet. El cuerpo fue transportado a la casa de una de sus hijas a la calle Corderie. Tenía 67 años.”
Comentario de Kardec: hacía seis años que ese hombre había muerto y él veía aún cómo caía de la torre y se despedazaba contra  las piedras... Lo aterroriza el vacío, lo horroriza la perspectiva de la caída... ¡y eso desde hace 6 años! ¿Cuánto tiempo más permanecerá en este estado? él no lo sabe, y esa incertidumbre aumenta sus angustias.

Por último, os dejo la película “Pasajeros”. Si el tema os interesa y la sinopsis os llama la atención, seguramente los pasaréis bien viéndola:

Tras un terrible accidente aéreo, a la terapeuta Claire Summers (Anne Hathaway), se le encarga el tratamiento de cinco de los supervivientes. Las dificultades de esta tarea se complican cuando Eric (Patrick Wilson), uno de los afectados, se enfrenta a ella rechazando su ayuda y usando el accidente como una excusa para transgredir las normas. Mientras Claire lucha por mantener la suficiente distancia profesional de Eric, sus otros pacientes luchan con sus recuerdos del accidente que parecen contradecir la explicación oficial de la compañía aérea. Recuerdan una posible explosión en pleno vuelo...Claire empieza a pensar que la compañía tiene algo que ver. Decidida a destapar la verdad, Claire se ve envuelta en un complot que no tardará en colisionar con un giro explosivo del destino.




Me despido deseando que nuestros corazones sean permeables a las bendiciones que el Maestro nos envía incesantemente desde su amor ágape. ¡Sea!

Cariños de la hermana menor

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