miércoles, 8 de octubre de 2014

Victoria sobre la Muerte

VICTORIA SOBRE LA MUERTE
(Janaina Minelli)


En esta ocasión reflexionaremos sobre dos versículos muy sugerentes de las cartas de Pablo:

1 Corintios, 3:9 - Porque nosotros somos cooperadores de Dios, y ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios.
2 Corintios, 5: 20 - Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro.

Existe un profundo sentido para los espiritistas en tener a Pablo de Tarso como modelo de compromiso con el trabajo del bien. Analizando su legado en anteriores escritos, hice referencia a su carácter orgulloso, a su encuentro con lo sagrado, a su proceso de renovación interior y a su entrega laboriosa a la causa de Cristo. Hoy recordamos una vez más que sus cartas, entonces dirigidas a toda la cristiandad, siguen vibrando como ecos que viajan en el fluido cósmico universal para alcanzar los corazones de todos los espiritistas: somos cooperadores de Dios y embajadores de Cristo. No tengamos miedo o vergüenza, no se empequeñezca nuestro corazón ante la responsabilidad que libremente asumimos declarándonos aprendices de la Doctrina de los Espíritus.

Dios es la inteligencia universal, fuente creadora y organizadora de todo cuanto existe. Ser cooperadores de Dios significa ser co-creadores, participar en el acto de la creación, impregnándola de amor. Con nuestros pensamientos, emociones y actitudes, creamos mundos posibles, dirigimos los acontecimientos en una dirección en particular. Todos lo hacemos, para bien o para mal, según la elevación de nuestros pensamientos, el equilibrio de nuestras emociones y lo altruistas  que son nuestras elecciones haciendo uso del libre albedrío. ¿Esto significa que todos los espíritus somos co-creadores? Sí, elaboramos incesantemente nuestra realidad íntima, local y global, a la vez que recibimos las influencias de los que conviven con nosotros íntima, local y globalmente. ¿Quiere esto decir que todos somos cooperadores de Dios? En el sentido al que nos lleva reflexionar Pablo de Tarso, creo que no. Tal y como nos sugiere el apóstol de los gentiles, somos cooperadores de Dios cuando buscamos armonizarnos con la ley cósmica del amor; cuando impregnamos nuestra vida de servicio; cuando entregamos nuestra existencia, en los gestos más pequeños así como en los más elocuentes, a la creación de un mundo más pleno de solidaridad y felicidad.
Foto: Marcelo Nogare

Los espíritas estamos llamados, por el conocimiento de nuestra doctrina, a ser cooperadores de Dios. Nuestra doctrina nos aporta información que debe traducirse constantemente en serenidad, entereza, sabiduría y paciencia. Pero además, como nos exhorta Pablo, somos también embajadores de Cristo. Los que nos dedicamos a las labores en centros espíritas dejamos que Dios hable a los hombres por intermedio nuestro. No importa si es a través de la mediumnidad, o de las tareas de limpieza del centro, la administración honesta de las donaciones y gastos de la casa, o por medio de las actividades de asistencia espiritual o las conferencias proferidas. Todas las actividades que realizamos en nuestros centros espíritas son maneras de permitir que Dios hable a los hombres por intermedio nuestro. Si el mensaje es elevado, bello y comprensible, es porque el emisario es de noble envergadura; si por otra parte llega distorsionado o descabellado, es que todavía no somos los buenos intermediarios que podríamos ser. El mensaje en un centro espírita es bueno cuando existe fraternidad entre sus miembros, humildad en cada gesto y alegría de servir. Está distorsionado cuando existen rencores, cuando el orgullo afecta a las relaciones y cuando la vanidad produce engaños.

Espíritas, cooperadores de Dios y embajadores de Cristo por libre elección. Que el mundo que creamos  esté pleno de sentido existencial, amor y solidaridad. Que el mensaje que esparcimos sea de esperanza y fe razonada. Y que el amor sea nuestra aspiración más elevada. Gracias a Dios, al Maestro y a la espiritualidad superior por contar con gente tan pequeña para obras tan grandiosas.


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