miércoles, 9 de septiembre de 2015

II Semana de Prevención del Suicidio: ESDE especial

II Semana de Prevención del Suicidio

ESDE especial

Clase del 07/09/2015



943. ¿A qué se debe ese disgusto por la vida que se apodera de ciertos individuos sin que tengan para ello motivos valederos?
- Efecto de la ociosidad, de la falta de fe y, con frecuencia, de la saciedad. Para aquel que ejerce sus facultades con un objetivo útil y conforme a sus naturales aptitudes, el trabajo no tiene nada de árido y la vida pasa con mayor rapidez. Soporta sus vicisitudes con tanta más paciencia y resignación cuanto que obra con miras a la felicidad más firme y duradera que aguarda.

944. ¿Tiene el hombre el derecho de disponer de su propia vida?
- No: tan sólo a Dios cabe el derecho de disponer de la vida del hombre. El suicidio voluntario constituye una transgresión a esa ley

944a. El suicidio ¿no es siempre voluntario?
- El loco que se mata no sabe lo que hace.

945. ¿Qué pensar del suicidio que se debe al hastío de la vida?
– ¡Insensatos! ¿Por qué no trabajaban? Si lo hubieran hecho, la existencia no les habría sido tan pesada…

946. ¿Qué opinión debe mereceros el suicidio que tiene por objeto escapar a las miserias y desengaños del mundo?
- ¡Pobres Espíritus que no poseen el valor de soportar las miserias de la existencia! Dios ayuda a quienes sufren, pero no a los que no tienen ni fuerza ni valor. Las tribulaciones de la vida son pruebas o expiaciones. ¡Bienaventurados los que las padezcan sin murmurar, porque serán recompensados por ello! En cambio, ¡desdichados de aquellos que esperan obtener su salvación de lo que, en su impiedad, llaman el azar o la fortuna! El azar o la fortuna - para servirme de su lenguaje - pueden, en efecto, serles propicios por un momento, pero sólo para hacerles sentir después, y con más crueldad, el vacío de sus palabras…

946a. Los que han conducido a un infortunado a ese acto de desesperación que es el suicidio, ¿sufrirán las consecuencias de lo que hicieron?
- ¡Desgraciados de ellos!, porque de eso responderán como de un asesinato.

947. El hombre que está en lucha contra la necesidad y que se deja morir de desesperación, ¿puede ser considerado un suicida?
- Se trata, sí, de un suicida, pero los causantes del mismo, o que hubieren podido impedirlo, son más culpables que él, a quien aguarda la indulgencia. Con todo, no vayáis a creer que será absuelto por completo si careció de firmeza y de perseverancia y si no echó mano de toda su inteligencia para salir del pantano. Desventurado de él, sobre todo, si su desesperación nacía del orgullo. Quiero decir, si era uno de esos hombres en quienes el orgullo paraliza los recursos del intelecto, que se ruborizarían si debieran su subsistencia al trabajo de sus manos, y que optan por morir de inanición antes que abdicar de lo que ellos titulan su posición social. ¿No hay acaso cien veces más grandeza y dignidad en luchar contra la adversidad, desafiando la crítica de un mundo fútil y egoísta, que sólo demuestra buena voluntad hacia aquellos que de nada carecen, y os da la espalda tan pronto como necesitáis de él? Sacrificar la propia vida por el qué dirán de esa sociedad es cosa estúpida, porque no tiene objeto alguno proceder así.

948. El suicidio que se propone por finalidad huir de la vergüenza de una mala acción, ¿es tan reprensible como el motivado por la desesperación?
- El suicidio no borra la falta en que se haya incurrido. Antes bien, al quitarse la vida, ha cometido dos faltas en vez de una sola. Cuando se tuvo valor para hacer el mal, hay que tenerlo también para sufrir sus consecuencias. Dios juzga, y según la causa, puede en ocasiones atenuar sus rigores.

949. ¿Es excusable el suicidio cuando se propone por objeto impedir que la vergüenza recaiga sobre los hijos o la familia?  
- El que obre de esta manera no procede correctamente, aunque crea hacerlo, y Dios lo tomará en cuenta, porque se trata de una expiación que a sí mismo se impone. Disminuye su falta por la intención que lo inspira, pero no por ello deja de cometerla. Además, abolid los abusos de vuestra sociedad y vuestros prejuicios, y no tendréis ya suicidios.

El que se quita la vida para sustraerse a la vergüenza de una mala acción en que ha incurrido, demuestra que tiene en más la estima de los hombres que la de Dios, porque va a reingresar a la vida espiritual cargado de sus iniquidades, y se ha privado de los medios de rescatarlas en esta misma existencia. Muchas veces Dios es menos inexorable que los hombres. Perdona el arrepentimiento sincero y toma en cuenta la reparación. Pero el suicidio nada repara…

950. ¿Qué pensaremos de aquel que se quita la vida con la esperanza de llegar más pronto a una existencia mejor? 
- ¡Otra locura! Practique el bien y estará más seguro de alcanzarla. Porque de aquella manera retrasa su entrada en un mundo mejor y él mismo pedirá después volver aquí para terminar esa existencia que tronchó debido a una idea falsa. Una culpa, sea cual fuere, no abre jamás el santuario de los elegidos.   

951. El sacrificio de la propia vida ¿no es meritorio, a veces, cuando se propone el fin de salvar la de otros o de ser útil a sus semejantes?
- Esto es sublime, según la intención, y el sacrificio de su vida no constituye un suicidio. Pero Dios se opone a un sacrificio inútil y no puede verlo con agrado si está manchado por el orgullo. Un sacrificio sólo es meritorio por el desinterés, y el que lo realiza tiene a veces una segunda intención que menoscaba su valor a los ojos de Dios.

Todo sacrificio hecho a expensas de la propia felicidad es un acto soberanamente meritorio a los ojos de Dios, porque representa la práctica de la ley de caridad. Ahora bien, siendo la vida el bien terreno que el hombre más aprecia, el que renuncie a ella en pro de sus semejantes no comete atentado: cumple un sacrificio. Pero, antes de realizarlo, debe reflexionar sobre si su vida no puede ser más útil que su muerte.

952. El hombre que perece víctima del abuso de pasiones que sabe que acelerarán su fin, pero a las cuales no puede dominar, porque el hábito las ha convertido en él en verdaderas necesidades físicas, ¿comete suicidio?
- Es un suicidio moral. ¿No comprendéis que en esa circunstancia el hombre resulta doblemente culpable? Hay en él falta de valor tanto como bestialidad y, además, olvido de Dios.  

952a. ¿Es culpable en mayor o menor grado que aquel otro que se quita la vida por desesperación?  
- Culpable en grado mayor, por cuanto ha tenido tiempo de razonar su suicidio. En aquel que lo comete instantáneamente hay a veces una especie de extravío que se asemeja a la locura. El otro, en cambio, será castigado mucho más, pues las penas están siempre proporcionadas a la conciencia que se tenga de las faltas cometidas.

953. Cuando una persona ve ante sí una muerte inevitable y terrible, ¿es culpable de abreviar en algunos instantes sus padecimientos apelando a un fin voluntario?
- Siempre se es culpable de no aguardar el término fijado por Dios. Pero, además, ¿se está enteramente seguro de que haya llegado ese término, a pesar de las apariencias? ¿No se podría recibir un inesperado socorro en el instante postrero?

953a. Se concibe que en circunstancias ordinarias sea censurable el suicidio, pero, supongamos un caso en que la muerte sea inevitable y la vida sólo es acortada en unos pocos momentos…
 - Se trata siempre de una falta de resignación y de sumisión a la voluntad del Creador.

953b. En tal caso, ¿qué consecuencias tiene esa acción?
- Una expiación proporcionada a la gravedad de la falta, según las circunstancias, como siempre.

954. Una imprudencia que comprometa innecesariamente la vida ¿es reprobable?
- No existe culpabilidad cuando no ha habido intención o conciencia positiva de hacer el mal.

955. Las mujeres que en ciertos países se inmolan voluntariamente arrojándose al fuego en que arden los despojos de sus difuntos maridos, ¿pueden ser conceptuadas suicidas, y sufrirán las consecuencias de tal acto?
- Obedecen a un prejuicio, y muchas veces lo hacen más por la fuerza que por determinación de su voluntad. Creen estar cumpliendo un deber, y no es esta la característica del suicidio. Su excusa reside en la nulidad moral de la mayoría de ellas, así como en su ignorancia. Con la civilización irán desapareciendo esas costumbres bárbaras y estúpidas.

956. Aquellas que, no pudiendo soportar la pérdida de personas amadas, se matan con la esperanza de ir a reunirse con ellas, ¿alcanzan su objetivo?
- Para ellas, el resultado es del todo opuesto al que esperaban obtener, y en vez de reunirse con el objeto de su afecto se alejan de él por más largo tiempo, porque Dios no puede recompensar un acto de cobardía y el insulto que se la hace al dudar de su providencia. Pagarán ese instante de demencia con penas más severas que las que creen acortar y no tendrán, para compensarse, la satisfacción que esperaban.

957. El suicidio, ¿qué consecuencias acarrea, en general, sobre el estado del Espíritu?
- Las consecuencias del suicidio son muy diversas. No existen penas fijas, y en todos los casos son siempre relativas a las causas que lo han ocasionado. Pero una consecuencia a la que el suicida no puede escapar es la contrariedad. Por otra parte, la suerte que corren no es la misma para todos. Depende de las circunstancias. Algunos expían de inmediato su falta, y otros en una nueva existencia, que será peor que aquella cuyo curso natural han interrumpido.

En efecto, muestra la observación que las consecuencias del suicidio no resultan siempre iguales. Pero hay las que son comunes a todos los casos de muerte violenta y resultado de la brusca interrupción de la vida. Está, en primer lugar, la más prolongada y más tenaz persistencia del lazo que une al Espíritu con el cuerpo, puesto que ese vínculo casi siempre se halla en toda su fuerza en el instante en que es roto, mientras que en los casos de muerte natural se ha ido debilitando gradualmente y con frecuencia se halla ya desatado antes que se extinga por entero la vida. Las resultas de tal estado de cosas son la prolongación de la turbación espírita, y luego, el engaño que durante un tiempo más o menos largo induce al Espíritu a creer que se cuenta todavía en el número de lo vivientes.

La relación que persiste entre el Espíritu y el cuerpo produce en algunos suicidas una especie de repercusión del estado del cuerpo sobre el Espíritu, el cual siente así, a pesar suyo, los efectos de la descomposición de la materia, que le hacen experimentar una sensación llena de angustias y de horror, y ese estado podrá prolongarse por tanto tiempo cuanto debiera haber durado la vida que ellos han interrumpido. Tal efecto no es general. Pero en ningún caso el suicida se halla libre de las consecuencias de su falta de valor, y tarde o temprano expiará su culpa, de una manera u otra. Así pues, ciertos Espíritus, que habían sido muy infelices en la Tierra, declararon haberse suicidado en su existencia anterior, y también haberse sometido voluntariamente a nuevas pruebas para intentar sobrellevarlas  con más resignación. En algunos, se trata de una especie de apego a la materia, de la que en balde tratan de desembarazarse para volar hacia mundos mejores, pero cuyo acceso les está impedido. En la mayoría de ellos sobreviene la pena de haber hecho algo inútil, puesto que no experimentan con eso más que desilusión. 

La religión, la moral y todas las filosofías condenan el suicidio como contrario a la ley natural. Todas ellas nos dicen, en principio, que no nos asiste el derecho de abreviar voluntariamente nuestra propia vida. Pero, ¿por qué no tenemos ese derecho? ¿Por qué no somos libres de poner término a nuestros sufrimientos? Estaba reservado al Espiritismo demostrar, con el ejemplo de los que sucumbieron a él, que el suicidio no es sólo una falta en cuanto constituye infracción a una ley moral, consideración ésta que para algunos individuos es de poco peso, sino un acto estúpido, pues nada se gana con él, sino todo lo contrario. Y no es la teoría la que nos lo enseñe, son los hechos que el Espiritismo pone ante nuestros propios ojos.

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