lunes, 29 de febrero de 2016

Vida después de la muerte


Vida después de la vida
Andrea Campos


A través de las comunicaciones a lo largo de los siglos y desde el inicio de los tiempos, los Espíritus vienen para mostrar la continuidad de la inteligencia después de la vida.
La muerte no existe desde un punto de vista físico-intelectual. Una vez que el alma abandona los ropajes de carne y sangre, vuelve a ser un Espíritu con su individualidad representada por el cuerpo fluídico llamado periespíritu.

Sabemos que la separación del alma del cuerpo no es dolorosa, de hecho puede ser incluso placentera puesto que el Espíritu se desvincula de las limitaciones físicas en las que el cuerpo carnal nos aprisiona durante el período que necesitamos para expiar nuestros errores del pasado o mejorar.

No hay mejor palabra para describir este proceso que las propias experiencias de los Espíritus quienes vuelven para explicarlas y las tenemos excelentemente codificadas en El libro de los Espíritus. Veamos:

152. ¿Qué prueba podemos tener de la individualidad del alma después de la muerte?
¿No la tenéis en las comunicaciones que obtenéis? Si no sois ciegos, veréis; y oiréis, si no sois sordos, porque a menudo habla una voz que os revela la existencia de un ser fuera de vosotros.

159. ¿Qué sensación experimenta el alma en el momento que conoce que está en el mundo de los Espíritus?
Depende. Si has hecho mal por el deseo de hacerlo, te avergonzarás en aquel momento de haberlo practicado. Para el justo, la situación es muy diferente, pues se encuentra como aliviado de un gran peso; porque no teme ninguna mirada acusadora.

150. b) ¿Nada se lleva el alma consigo de este mundo?
Nada más que el recuerdo y el deseo de ir a otro mundo mejor. Aquel recuerdo es grato o desagradable, según el uso que se ha hecho de la vida. Cuanto más pura es el alma, mejor comprende la futilidad de lo que deja en la Tierra.

foto: freedigitalphotos.net


160. ¿El Espíritu encuentra inmediatamente a los que ha conocido en la Tierra y que han muerto antes que él?
Sí, según el afecto que les profesaba y el que ellos sentían respecto a él. A menudo salen a recibirle a su entrada en el mundo de los Espíritus y le ayudan a separarse de los velos de la materia. También ve a muchos a quienes había perdido de vista durante su permanencia en la Tierra, a los que están en la erraticidad y a los encarnados, a quienes visita.




 

Turbación
El proceso por el que transita el alma encarnada al desencarnar como Espíritu se llama turbación. En un principio puede resultar confuso pues el alma necesita un tiempo para, de nuevo, reconocerse libre, libre del vehículo físico-denso; podemos imaginarlo como un sueño profundo hecho de sueños cortos con la conciencia de uno mismo y del proceso.

La duración e intensidad del proceso es diferente para cada ser, no existe una regla exacta que determine el tiempo y nivel de conciencia de este despertar en el plano espiritual. Sin embargo sabemos que, cuanto más purificado y menos materializado sea el Espíritu, menos tiempo pasará por el proceso de turbación.

Este proceso requiere de un tiempo para desligar, célula a célula, el cuerpo físico del cuerpo periespiritual, del mismo modo que ocurre en el proceso de reencarnación, que dura un promedio de 9 meses hasta el nacimiento del Espíritu en la carne.

Algunos Espíritus han descrito el proceso como con “dolor” pero teniendo en cuenta que el dolor físico no existe cuando el cuerpo físico ya no tiene vida, sino que el dolor sufrido es fruto de su memoria, de su nivel moral.

163. ¿El alma, al abandonar el cuerpo, tiene inmediatamente conciencia de sí misma?
Conciencia inmediata no es la palabra, pues por algún tiempo está turbada.

165. ¿El conocimiento del Espiritismo tiene alguna influencia en la duración más o menos larga de la turbación?
Muy grande; porque el Espíritu comprende de antemano su situación. Pero la práctica del bien y la pureza de conciencia es lo que más influyen.

Por tanto, la vida después de la vida existe tal cual la conocemos, la inteligencia y las experiencias del ser jamás se pierden en el Universo, seguirá su andadura hacia la felicidad, tal como dice la ley.


Texto basado en el capítulo Inmortalidad del alma del Libro Doctrina Espírita para principiantes de Luis Hu Rivas, Editora CEI.

Ensayo teórico sobre la sensación en los Espíritus


Capítulo VI – Vida Espírita

Ensayo teórico sobre la sensación en los Espíritus
(Andrea Leripio)

En la cuestión 257, Kardec elabora un “Ensayo teórico sobre la sensación de los Espíritus” en la cual explica la acción del periespíritu como “el agente de las sensaciones externas”, destacando que “el dolor que sienten no es un dolor físico propiamente dicho, es más una reminiscencia que una realidad, reminiscencia, pero, igualmente penosa”, originada por los condicionamientos mentales adquiridos durante la existencia terrena.
El cuerpo es el instrumento del dolor. Si bien es cierto no es su causa primera, lo tenemos como por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la percepción del dolor; esa percepción es el efecto. El recuerdo que el alma conserva del dolor puede ser muy penoso, pero no puede tener una acción física. De hecho, ni el frío ni el calor tienen capacidad para desorganizar los tejidos del alma, que carece de la facultad de congelarse o de quemarse. ¿No vemos todos los días que el recuerdo o la aprehensión de un mal físico produce el efecto de ese mal como si fuera real? ¿No vemos que hasta causan la muerte? Todos saben que aquellos a quienes se les ha amputado un miembro suelen sentir dolor en el miembro que les falta. Es verdad que allí no está la sede del dolor, ni siquiera, su punto de partida. Lo que allí sucede es sólo que el cerebro guardó la impresión de ese dolor. Por lo tanto, es posible admitir que suceda algo parecido en los sufrimientos del Espíritu después de la muerte.

Un más profundo estudio del periespíritu, que desempeña un rol tan importante en todos los fenómenos espíritas las apariciones vaporosas o tangibles, el estado del Espíritu en el instante de la muerte, la idea, tan frecuente en él, de que sigue aún vivo, el cuadro conmovedor de los suicidas y los decapitados, el de las personas que se habían entregado por entero a los goces materiales, y tantos otros hechos-, ha venido a arrojar luz sobre esta cuestión y ha dado lugar a explicaciones cuyo resumen ofrecemos aquí. 
El periespíritu es el principio de la vida orgánica, pero no el de la vida intelectual. Esta última reside en el Espíritu. Es, además, el agente de las sensaciones exteriores. En el cuerpo, tales sensaciones se hallan localizadas en los órganos que les sirven de canales. Una vez destruido el cuerpo, las sensaciones se generalizan, es decir, no tenemos conocimiento de que el espirito manifieste que le duela más la cabeza que los pies, por ejemplo.



Cuando se ha desprendido del cuerpo, puede el Espíritu sufrir, pero ese padecimiento no es el del cuerpo. Tampoco se trata de un dolor exclusivamente moral, como el remordimiento, puesto que se queja del frío y del calor. No sufre más en invierno que en verano. Los hemos visto pasar a través de las llamas sin experimentar ninguna sensación penosa. Por tanto, la temperatura no les hace la menor impresión. El dolor que experimentan no es, pues, un dolor físico propiamente dicho. Se trata de un vago sentimiento íntimo, del que el Espíritu mismo no se da siempre perfecta cuenta, precisamente porque el dolor que siente no está localizado y no es producido por agentes exteriores. Constituye más bien un recuerdo que una realidad, pero un recuerdo asaz penoso. Hay a veces algo más que un recuerdo, conforme lo veremos. 
Nos enseña la experiencia que en el instante de la muerte el periespíritu se desprende del cuerpo con mayor o menor lentitud. En los primeros momentos el Espíritu no se explica su situación. No cree estar muerto, sino que se siente vivir. Ve a un lado su cuerpo, sabe que es el suyo, y no comprende que se haya separado de él. Tal estado se prolonga en tanto siga existiendo una unión entre el cuerpo y el periespíritu. Nos decía un suicida: “No, no estoy muerto”. Añadiendo: “Y, sin embargo, siento que los gusanos me devoran”. Seguramente que los gusanos no devoraban el periespíritu, y aún menos el Espíritu, sino el cuerpo. Pero, como la separación del cuerpo y el periespíritu no era completa, de ello resultaba una especie de repercusión moral que le transmitía la sensación de lo que en el cuerpo estaba sucediendo.
En el trascurso de la vida, el cuerpo recibe las impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por intermedio del periespíritu, que probablemente constituye lo que se denomina fluido nervioso. Estando muerto el cuerpo ya no siente nada, porque no hay en él Espíritu ni periespíritu. Desprendido del cuerpo, el periespíritu experimenta la sensación, pero como no le llega ya por un conducto determinado, es una sensación generalizada.
Esto es lo que sucede con los Espíritus purificados del todo. Sabemos que cuanto más se depuran, tanto más etérea se torna la esencia del periespíritu. De donde se sigue que la influencia material disminuye a medida que el Espíritu progresa, vale decir, conforme el periespíritu mismo se va haciendo menos grosero. Los Espíritus más elevados, cuando vienen a visitarnos, revisten sus periespíritus con los fluidos terrestres, y a partir de entonces sus percepciones se comportan como la de los Espíritus vulgares. Pero todos ellos, así los superiores como los inferiores, sólo entienden y sienten lo que quieren sentir y entender. Sin poseer órganos sensitivos, pueden a voluntad hacer que sus percepciones se activen o se tornen nulas. Tan sólo una cosa están obligados a escuchar: son los consejos de los Espíritus buenos. La vista sigue estando en actividad, pero pueden ellos recíprocamente hacerse invisibles. De acuerdo con su categoría, les es posible ocultarse de los que les son inferiores, mas no de aquellos otros superiores a ellos. En los primeros momentos que siguen a la muerte, la vista del Espíritu está siempre turbada y es confusa. Se va aclarando conforme se opera el desprendimiento, y podrá llegar a adquirir la misma claridad que poseía cuando se hallaba en vida,
Aunque pueda parecer que toda esta teoría no es muy tranquilizadora, ya que pensábamos que, una vez que nos hubiésemos quitado la envoltura, instrumento de nuestros dolores, no sufriríamos más, y lo que se sabe es que seguiremos todavía padeciendo, no importa del modo que sea, pues no por eso sufriremos menos. Desdichadamente, sí, podemos padecer aún, y mucho y por muy largo tiempo, pero nos es posible asimismo no sufrir más, aun desde el instante mismo en que dejemos esta vida corporal.  

Los dolores de la Tierra son a veces independientes de nosotros, pero muchos de ellos dependen de nuestra voluntad. Una rápida cuenta atrás de nuestras vidas y nos hacemos una pregunta: ¿Cuántos males y enfermedades debe el ser humano a sus excesos, a la ambición, a sus pasiones, en suma? El hombre que haya vivido siempre con sobriedad, sin abusar de nada; el que siempre haya sido sencillo en sus gustos y modesto en sus deseos, se ahorrará muchas tribulaciones. Y lo propio acontece con el Espíritu. Los sufrimientos que soporta son siempre la consecuencia del modo como vivió en la Tierra. Sin duda alguna, ya no le aquejarán la gota ni el reumatismo, pero sí otros dolores que no son menores. Ahora bien, de él depende liberarse de dicha influencia ya en esta vida: tiene su libre arbitrio y, por tanto, le cabe elegir entre hacer y no hacer. 

Dome sus pasiones animales, no tenga odio ni envidia, celos ni orgullo, no se deje dominar por el egoísmo, purifique su alma mediante los buenos sentimientos, practique el bien, no conceda a las cosas de este mundo más importancia de la que merecen, y entonces, incluso bajo su envoltura corpórea ya se hallará depurado, ya estará desprendido de la materia, y cuando abandone esa envoltura no sufrirá más su influencia; los sufrimientos físicos que haya experimentado no dejarán en él ningún penoso recuerdo ni le quedará de ellos ninguna impresión desagradable, porque sólo afectaron al cuerpo y no el Espíritu; se sentirá dichoso de haberse liberado, y su tranquilidad de conciencia lo eximirá de todo padecimiento moral.
Ahora bien, siempre hemos comprobado que los padecimientos se hallan en relación con la conducta, cuyas consecuencias sufren, y que esa nueva existencia constituye la fuente de una inefable ventura para aquellos que han seguido el recto camino. 

De lo que se deduce que los que sufren es porque así lo quisieron y sólo deben achacarlo a ellos mismos, así en el otro mundo como en éste.  
A partir de este entendimiento, entramos en lo que llamamos de la Elección de las pruebas.
La pregunta clave que nos hacemos ahora es si el espíritu, antes de retornar a la materia, puede elegir sus futuras pruebas. La respuesta es , aunque con matices
Evidentemente, si el alma no participara de esa elección que elabora antes de descender a este plano, su facultad de libre albedrío quedaría mermada y si existe una causa fundamental en el desarrollo de la vida humana, es precisamente la capacidad del sujeto para elegir. Sin asumir este concepto, nada tendría sentido, porque resultaría no solo inútil sino también desesperanzador creer en la fatalidad como auténtica conductora de nuestra existencia.

Ahora bien, la facultad del espíritu para escoger las pruebas que cruzará en la Tierra no es absoluta. Como en otros aspectos, no se trata de aplicar un criterio de todo o nada sino de grado. Acorde a la ley de causa y efecto, el alma precisa de una serie de ajustes que no pueden ser eliminados o ignorados. Tal es el caso de las expiaciones, coyunturas que muchos deben atravesar de forma obligatoria para adecuar sus parámetros evolutivos conforme a la legislación divina. 
No es entonces Dios quien le impone las tribulaciones de la vida como castigo, nos podemos preguntar y contestar inmediatamente: Nada acontece sin permiso de Dios, por cuanto es Él quien ha establecido todas las leyes que rigen el Universo. ¡Preguntaréis: ¿por qué ha hecho tal ley en lugar de otra? Al dar al Espíritu la libertad de elegir, Él le deja toda la responsabilidad de sus actos y de sus consecuencias, sin obstruir para nada su porvenir. Suya puede ser la senda del bien, así como la del mal. Pero si cae derrotado le quedará un consuelo: el de que todo no terminó para él, y que Dios, en su bondad, le deja libre para reiniciar lo que hizo mal. 
La pregunta 259 del Libro de los Espíritus, nos lleva a plantear si cabe al Espíritu elegir el género de pruebas que deberá afrontar, ¿se deduce de ello que todas las adversidades que experimentamos en la vida han sido previstas y escogidas por nosotros? “Todas” no es la palabra adecuada, porque no es cuestión de afirmar que hayáis seleccionado y previsto cuanto ha de aconteceros en el mundo, hasta las cosas de menor cuantía. Lo que elegisteis es una clase de pruebas: los detalles son consecuencia de la posición en que os halléis y a menudo de vuestras propias acciones. Si, por ejemplo, el Espíritu ha querido nacer entre malhechores, sabía a qué consecuencias se exponía, pero no conocía de antemano cada uno de los actos que iba a realizar. Tales actos son el efecto de su voluntad o de su libre arbitrio. El Espíritu sabe que al optar por semejante camino le aguarda determinado tipo de lucha. Conoce, pues, la índole de las vicisitudes por las que va a pasar, pero ignora si tal acontecimiento se producirá antes que tal otro. Los detalles nacen de la fuerza de las circunstancias. Sólo puede prever los sucesos importantes, aquellos que influirán sobre su destino. Si tomas un sendero escabroso sabes que deberás adoptar grandes precauciones, porque tienes posibilidades de caer, pero desconoces en qué lugar exacto se producirá tu caída, y quizá no caigas si eres lo bastante prudente. Si caminas por la vereda y te cae sobre la cabeza una teja desde lo alto, no creerás que estaba escrito, como vulgarmente se afirma. 
  
En las pruebas que debe arrostrar el Espíritu para alcanzar la perfección ¿tiene que experimentar toda clase de tentaciones, debe pasar por todas las circunstancias capaces de despertar en él el orgullo y la envidia, la avaricia y la sensualidad, etcétera? - Ciertamente que no, puesto que sabéis que hay entre ellos quienes toman desde el comienzo una senda que los exime de muchas pruebas. Pero el que se deje conducir por el mal camino corre todos los peligros que en el mismo existen.
¿Hace su elección el Espíritu inmediatamente después de la muerte? - No: Muchos creen en la eternidad de las penas. Es un castigo. Opta por aquellas que pueden ser para él una expiación, por la índole de las faltas que haya cometido, y hacerle adelantar más de prisa. Unos pueden, pues, imponerse una vida de miseria y privaciones, para tratar de arrostrarla con valor. Otros, querer probarse  mediante las tentaciones de la fortuna y el poder, harto más peligrosas, por el abuso y el empleo inadecuado que de ellos es posible hacer, y por las pasiones viles que desencadenan. Otros, por último, quieren probarse por medio de las luchas que han de sostener en su contacto con el vicio.  
La prueba viene por sí misma y la sufren durante más o menos tiempo. Tarde o temprano comprenden que el saciar las pasiones brutales les acarrea consecuencias deplorables, que habrán de sufrir durante un tiempo que se les antojará eterno. Y podrá Dios tenerlos en ese estado hasta que hayan comprendido su culpa y pidan por sí mismos rescatarla mediante pruebas beneficiosas. 
En pequeña escala volvemos a encontrar en aquélla todas las mismas peripecias de esta última. Si en vida, pues, elegimos a menudo las más rudas pruebas en aras de un objetivo más elevado, ¿por qué el Espíritu –que ve más lejos- y para el cual la vida corpórea no es más que un incidente fugaz, no haría lo propio resolviéndose por una existencia penosa y difícil, si ella ha de conducirlo a la eterna dicha? Quienes afirman que si los hombres tuvieran la posibilidad de elegir la clase de vida que les agrada optarían por ser príncipes o millonarios, son como los miopes que sólo ven lo que están tocando, o como esos niños golosos que, preguntados sobre qué les gustaría ser cuando mayores, responden que pasteleros o confiteros. 
Todos los Espíritus afirman que en estado errante buscan, estudian y observan para hacer su elección. ¿No tenemos también un ejemplo de esto en la vida corporal? ¿Con frecuencia no buscamos durante años la carrera que libremente escogeremos, por creerla la más adecuada para llevarnos adelante? Si fracasamos en una, iniciamos otra. Cada carrera que emprendemos constituye una fase, un período de nuestra vida. Y cada jornada que pasa ¿no la empleamos en planear lo que haremos al día siguiente? Ahora bien, ¿qué son las diversas existencias corpóreas para el Espíritu, sino fases, etapas, períodos, días de su vida espiritual, la cual es, conforme sabemos, su existencia normal, ya que la corpórea sólo es para él efímera, pasajera? 


Al plantearnos todas las pruebas y elecciones de cada uno, nos preguntamos si hasta llegar al estado de perfecta pureza ¿debe el Espíritu seguir sufriendo pruebas continuamente? - Sí, pero no son tales como las entendéis. Llamáis pruebas a las tribulaciones materiales. Pues bien, cuando el Espíritu llega a cierto grado –aun no siendo perfecto- no tiene que sufrirlas ya, pero le caben siempre deberes que le ayudan a perfeccionarse, y no le son penosos en modo alguno, tal como cuando ayuda a otros a perfeccionarse. 
¿Y si nos equivocamos? ¿Y si hemos elegido una prueba equivocada con respecto a la eficacia? Podrá haber elegido una que sobrepase sus fuerzas, en cuyo caso sucumbe a ella. Puede también optar por una que no le aproveche en manera alguna, como, por ejemplo, si busca un género de vida ociosa e inútil. Pero entonces, una vez vuelto al Mundo de los Espíritus, cae en la cuenta de que no ganó nada y pide recuperar el tiempo perdido.  Esto podría explicar los Espíritus que proceden de un mundo inferior a la Tierra, o de un pueblo muy atrasado –como, por ejemplo, los caníbales-, ¿podrían nacer en nuestros pueblos civilizados? - Sí, los hay que se extravían al querer llegar demasiado alto. 

Pero entonces se sienten desubicados entre vosotros, por poseer costumbres e instintos que reniegan de los vuestros. Esos seres nos ofrecen el lamentable espectáculo de la ferocidad en medio de la civilización. El volver a encarnar entre caníbales no será para ellos un retroceso, pues sólo retomarán el lugar que les corresponde, y quizá aun con mayor provecho.  Un hombre que pertenezca a una raza civilizada ¿podría, por expiación, reencarnar entre salvajes? - Sí, pero depende del género de expiación. Un amo que haya sido duro con sus esclavos podrá convertirse a su vez en esclavo y sufrir los malos tratos que haya infligido. El que daba órdenes en una época puede, en nueva existencia, obedecer a aquellos mismos que se humillaban ante su voluntad. Se trata de una expiación si abusó de su poder, y Dios puede imponérsela. Por otra parte, un Espíritu bueno podrá también escoger una existencia en la que influya sobre esos pueblos y los haga adelantar, en cuyo caso es una misión.  
Ahora se entiende mejor lo que exponíamos antes. Si el espíritu posee un mínimo de luz y de coherencia en sus planteamientos, sabrá lo que tiene que hacer, por lo que tiene que decantarse para avanzar a buen ritmo en su camino ético y de conocimiento. En este sentido, tanto el exigirse poco con respecto a las vicisitudes de la próxima vida como apurar en exceso, resultaría equivocado. En el primer caso, porque el sujeto tendería al estancamiento con los resultados ya conocidos al regresar al mundo espiritual. A diferencia de lo que entendemos en la dimensión física, para un alma, detenerse en su peregrinar, implica un coste personal muy fuerte ya que se antoja como una pérdida de la oportunidad concedida para seguir madurando. En el segundo caso, las posibilidades de sucumbir aumentarían en demasía, al no estar el alma lo suficientemente preparada para arrostrar determinados acontecimientos.
Es ahí cuando entra en acción la labor de consejo y guía de espíritus avanzados, los cuales invitan a la persona a seleccionar aquellas pruebas que dentro de un amplio rango le sirvan para adelantar. Así es la jerarquía espiritual, atenta a los méritos de cada cual, lo que permite a unos aconsejar y a otros ser guiados.

El punto de vista lo es todo


El punto de vista lo es todo
 (Janaina Minelli)


La idea clara y precisa que nos formamos de la vida futura, otorga una fe indestructible para el porvenir; y esta fe tiene inmensas consecuencias sobre la moralización de los hombres, porque cambia completamente "el punto de vista desde el cual se contempla la vida terrestre.

Todo aquel que no es materialista comparte la intuición más o menos definida, que la vida debe continuar de algún modo tras la muerte física. El espiritismo, sin embargo, nos ha ofrecido ideas claras respecto a qué clase de experiencias le esperan al espíritu, en la nueva fase que empieza, después de su desencarnación. Gracias a los conocimientos que nos han sido ofrecidos por los espíritus que participaron en la codificación, no sólo sabemos que seguimos viviendo en otro plano de la vida después de la muerte; también sabemos, por ejemplo, que preservamos nuestra individualidad, es decir, que no nos integramos en un todo, en la Naturaleza o en el Creador. Seguimos siendo nosotros mismos, caracterizados por las mismas conquistas intelectuales y morales que ya poseíamos en la última encarnación. También sabemos que, por lo general poco a poco, recuperamos la memoria de encarnaciones pasadas y que a menudo necesitamos recibir tratamiento médico para sentirnos plenamente recuperados al llegar al plano espiritual. La psicografía de diferentes médiuns nos ha ofrecido información sobre ciudades en el plano espiritual, su funcionamiento y las diferentes clases de tareas que podemos seguir desempeñando al otro lado de la vida. La información más importante que nos ha ofrecido la Doctrina Espírita, sin embargo, es que según como vivimos determinamos qué calidad de vida encontraremos tras la muerte física. Una encarnación caracterizada por el egoísmo, el materialismo, la vanidad y el orgullo lleva inevitablemente al sufrimiento en el plano espiritual. Por el contrario, una encarnación dedicada a la caridad, la bondad y al amor, conduce a una nueva fase de experiencias llenas de paz y armonía.
foto: freedigitalphotos.net por dan

El conocimiento de la Doctrina Espírita debe transformar la forma en que vivimos, a mejor. Al presentarnos hechos mediúmnicos e información como la expuesta anteriormente, la espiritualidad no pretende que aumentemos nuestra cultura sobre la vida espiritual. Su objetivo es que, mientras estemos encarnados, en posesión de todo cuanto nos han dicho en la codificación básica y a través de las obras de médiums serios, utilicemos el libre albedrío para que podamos armonizar con la ley natural. El buen espírita no es quien se ha leído más libros o quién se sabe de memoria las preguntas del Libro de los Espíritus. El buen espírita se esfuerza cada día por ser más humilde, caritativo y cumplidor de sus deberes sociales. Su corazón está abierto al perdón y a la generosidad. El buen espírita sabe que, lejos de la perfección, la inferioridad que todavía le caracteriza no le impide esforzarse cada día por ser mejor, ser humano, más fraterno y solidario.

El espírita, como todo ser que progresa rumbo a la perfección, se enfrenta a pruebas y expiaciones. El conocimiento de la doctrina, sin embargo, le aporta la fe necesaria para sacar de sí mismo la fuerza y la entereza que, tanto en las situaciones más duras de la vida, como en los desafíos cotidianos, le brindan la paz en medio de la tempestad. El punto de vista del espírita no se dirige, por tanto, al goce de la vida terrenal, si no al perfeccionamiento del espíritu que le asegurará paz y armonía en el plano espiritual. Ante esta realidad, los obstáculos más difíciles se convierten en oportunidades de aprendizaje o rescate que deben ser aprovechados con gratitud hacia el Padre celestial, que nos permite volver sobre nuestros pasos y reparar nuestras equivocaciones.

El punto de vista lo es todo, nos dicen los espíritus en el Evangelio según el Espiritismo. Ante el dolor de las pruebas que todos estamos llamados a sobrellevar para llegar a la perfección, podemos escoger hundirnos o luchar; rebelarnos o tener fe; rendirnos o resistir. La perspectiva que ofrece la Doctrina Espírita nos convoca a luchar con fe sin rendirnos jamás, porque somos luz, creados para alcanzar la armonía completa con la fuente cósmica de amor y sabiduría. El que ha comprendido esta elevada doctrina no puede más que sentirse lleno de gratitud a la vida, por todo cuanto experimenta día tras día.

Intervención de los demonios en las manifestaciones modernas


Capítulo X - Intervención de los demonios en las manifestaciones modernas
(Silver Chiquero)


Los hechos extraordinarios, desconocidos por la razón, siempre fueron considerados sobrenaturales por la ignorancia, la superstición los amplificó y de ahí nacieron una infinidad de leyendas, mezcla de un poco de verdad con mucho de falsedad.
Los fenómenos espíritas mejor comprendidos por la razón y los adelantos de la ciencia, confirmaron la intervención de inteligencias ocultas que actúan dentro de los límites de las leyes naturales, revelando la existencia de una nueva fuerza y leyes desconocidas hasta hoy.
 
La Iglesia mantiene sus viejas creencias sobre los demonios y mientras la humanidad avanza, la religión se inmoviliza en sus viejos errores, tanto en materia espiritual como científica, llegando el momento en que es desbordada por la incredulidad. Sostiene que los ángeles y los demonios son creaciones aparte del hombre y que las almas son de una creación especial, inferior a los demonios en inteligencia, conocimientos y facultades.
Si Dios permite arrastrar a los hombres a su perdición ¿Por qué les otorgó semejante poder y plena libertad para hacer el mal sin permitir a los ángeles buenos actuar en sentido contrario, provocando manifestaciones de igual naturaleza orientadas hacia el bien?
En la época en que la magia florecía, se tenía una muy imperfecta idea sobre la naturaleza de los Espíritus, a quienes se consideraba seres dotados de un poder sobrehumano. La crítica malévola se ha complacido en representar a las comunicaciones espíritas como rodeadas de las prácticas ridículas y supersticiosas de la magia y la necromancia. El empleo de todo signo u objeto material, ya sea para atraerlos o rechazarlos, carece de efecto, pues basta el pensamiento. 

¿Por qué los mismos hechos serían en la actualidad obra del demonio a manos de ciertas personas, mientras que logrados por mediación de otras son consideradas milagros santos? Sostener semejante tesis es abdicar de toda lógica. Dichos fenómenos son perfectamente explicables y por tal razón ya no se los considera sobrenaturales o maravillosos.
La Iglesia afirma que “las almas de los muertos” pueden venir sin el permiso divino, en tanto que el Espiritismo sostiene que no y va más lejos aún pues, cuando atienden la llamada de los vivos no es para ponerse a sus órdenes. El Espíritu evocado viene voluntariamente porque él juzga si es útil acudir y decide conforme a su libre albedrío.
La Iglesia acusa a charlatanes, explotadores, practicantes de magia y hechicería y en este punto tiene razón porque esto ayuda a mantener la pureza y la salud de la Doctrina. No es lógico acusar al Espiritismo por los abusos que éste condena o por los errores que cometen quienes no lo comprenden.
Una religión que se declara sin base segura si se le quitan sus demonios, su infierno, sus penas eternas y su dios sin piedad, es una religión que se suicida.
Dios nos envía a los Espíritus para confirmar su palabra, completarla y ponerla al alcance de todos, propagándola por toda la Tierra, van por doquier y no es posible contenerlos. Hablan al corazón y a la razón y por eso llegan al alma de los más humildes. Cristo es el Mesías divino, su palabra es la verdad. La religión fundada sobre su palabra es inquebrantable a condición que se la siga y practique en todas sus sublimes enseñanzas y de no convertir ese Dios justo y bueno en un dios arbitrario, vengador y sin piedad.

Cartas de Pablo


Cartas de Pablo
(Janaina Minelli)


De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. (2Co 5:17-20)

El apóstol de los gentiles no se cansa de convocarnos a una vida nueva al lado de Jesús. Los que conocemos el evangelio, nos decimos cristianos,  sentimos el llamamiento del amor y debemos de ser nuevas criaturas. ¿Qué significa esto? Pablo fue el ejemplo vivo de renovación interior y abandono de las cosas viejas. Su nombre era Saulo y era doctor de la ley judaica, tenía orgullo de la raza a la que pertenecía y de su posición social. Se dirigía a Damasco para perseguir a los cristianos, los mismos que le prestaron asistencia en nombre de Cristo después que la luz del Maestro le recubriera los ojos de escamas, cegándole completamente, como nos explica Emmanuel a través de las manos de Chico Xavier en Pablo y Esteban. A partir de este momento nace un nuevo hombre. Progresivamente deja el orgullo y la vanidad detrás, abraza el evangelio, el amor a Cristo y se pone al servicio del mensaje de amor que llevaría en peregrinación por occidente. Pablo se hizo nueva criatura y las cosas viejas pasaron para él.

imagen: freedigitalphotos por Nongkran_ch


El hombre nuevo en que se convirtió el apóstol de los gentiles se reconcilió con Dios a través de Jesús. Estaba alejado de la ley del amor, y de la verdad cósmica en la que todos estamos sumergidos, pero a la que somos permeables en diferentes medidas. La nueva criatura nace de una firme decisión de abandonar las cosas viejas y reconciliarse con la fuente de vida, paz, sabiduría y amor. Este no es un proceso fácil ni tampoco rápido. Paciencia y humildad son ejercicios diarios a los que los candidatos a nuevas criaturas debemos someternos para abandonar progresivamente, años quizá siglos, de orgullo, egoísmo y vanidad. Cada nueva experiencia cotidiana es una oportunidad de acercamiento a Dios. Cada oportunidad desaprovechada vuelve a repetirse tantas veces como lo necesitemos hasta que finalmente el corazón, cansado de sufrir, se rinde y pregunta como Saulo en el camino de Damasco: “¿Señor, qué quieres que haga?. El dolor es parte de la pedagogía cósmica, pero el sufrimiento es opcional. Optamos por sufrir cada vez que, ante las oportunidades de armonización con la ley de amor, optamos por ser orgullosos, vanidosos o egoístas.

Observando a Saulo, doctor de la ley judaica, y Pablo, apóstol de los gentiles, uno puede comprobar que es posible hacerse nueva criatura abrazando el evangelio. Pablo se hizo embajador de este mensaje de reconciliación con Dios. Reconciliado, invitaba a los cristianos de Corinto a reconciliarse a través de sus cartas. El contenido de estas epístolas sigue vigente, todavía necesitamos abrazar el evangelio verdaderamente, abandonar las cosas viejas y hacernos nuevas criaturas, reconciliándonos con Dios. En los tiempos que corren, apenas recibimos cartas de nadie. Los únicos que nos suelen escribir son los del banco o los partidos políticos cuando hay elecciones. No recibiremos una carta de Pablo en nuestro buzón, pero la invitación de esta nueva criatura reconciliada con la inteligencia cósmica universal nos llega a través de Visión Espírita. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros: reconciliémonos con Dios. Tengamos corazones más permeables al amor para que las experiencias de la vida puedan hacer de nosotros nuevas criaturas, armonizadas con la ley natural que está inscrita en nuestra propia conciencia.