jueves, 18 de agosto de 2016

Escuchando el silencio

Desde mi revolución interior, entre maremotos de lágrimas y terremotos emocionales, siento que agonizo en la más triste soledad.

Me hablo, converso conmigo mismo y lo que sería un monólogo se convierte en un diálogo entre dos: la persona que creo que soy y la que posiblemente sea pero que no conozco.

Dos personas en una: yo misma con diferente sonido y lenguaje (eso creo, así lo entiendo).

¿Será por qué no me he prestado nunca la suficiente atención?

Todo se complica más, cuando interviene una voz en ocasiones discontinua y en otros momentos, permanente. Se instala sin avisar y sin presentarse, como si se tratara de un huésped de confianza que viniera a visitarme cuando le apeteciera y le hubiera dado la llave de mi casa.

Esa voz sólo participa para decirme lo mal que se ha portado la vida conmigo siendo yo una magnífica persona. Me insta a que no luche para estar bien, porque no tengo salida y mi destino es morir joven y sola. Me habla de la negatividad, de la desesperación, de la furia, de la injusticia y de la rebeldía como armas defensivas.

Mis momentos grises los pinta de negro y los sombrea hasta que quedo ciega ante la mismísima oscuridad. Mi único deseo y mi única voluntad es desparecer, quitarme la vida.
Me planteo si esa tercera voz no será mía y si no lo es ¿de dónde proviene, cuál es su origen y su finalidad? ¡Sigo sin entender!

Cuestiono hasta el aire que respiro y la desconfianza me arrebata cualquier rayo de luz o de color.
Me enfrento a las cuatro paredes de mi habitación, pero no consigo nada. Ellas han escuchado y vivido innumerables experiencias, pero no hablarán ni cerrarán jamás mis interrogantes abiertos. ¡Qué absurdo pensamiento!
Simplemente son paredes  a las que no puedo hacer responsables por no saber destruir mis propios muros.



Estoy al borde de una “locura”. Maldigo a ese llamado Dios, censuro  a mi madre por haber permitido que naciera, rechazo a mi familia, condeno a la vida,  y me ¡aborrezco a mí misma…!
Lo peor y lo más grave, es que me recreo en ello.

Mi rigidez me parte por la mitad. ¿Por qué yo, por qué a mí? ¡Yo no he hecho nada malo para merecer este infierno!

Mi mirada está ida y temblorosa como tantas veces que me dirijo  en este desorden caótico.
Intento tranquilizarme…complicado… pero sé que puedo conseguirlo, respirando lentamente, intentando poco a poco, salir de lo que puede ser sólo una trampa y una fantasía de mi imaginación. 

¡No lo sé!
Me asusto de mí misma y cuando entro en este estado de más “lucidez”, me temo más porque una de esas voces de mi interior me abre el camino hacia la salida y eso me produce una gran inquietud y una enorme ansiedad cuando escucho: “¿Por qué te provocas situaciones tan límites?, ¿por qué no te respetas?, ¿por qué te regocijas en tu propio sufrimiento?”

Abro la puerta de par en par para que entre un rayo de sol tímidamente en mi corazón, en esa sensibilidad sepultada, en ese amor frustrado hacia la vida, hacia mi existencia.

Siempre fui una idealista, compañera fiel e inseparable de la utopía, creyendo que era la única manera de crecer y vencer.



Me voy reponiendo y reajustando poco a poco las piezas y engranajes de mí ser. Pero, como siempre, hay alguna de esas piezas que una vez desmontadas, no me encaja.

Siempre sobra o falta… y yo buscando un equilibrio entre la abundancia de negaciones y desilusiones y la carencia de confianza y de amor.

Esa polaridad de la que hago mención, se convierte en mi rincón de reflexión.

Escuchando las noticias en la radio, me imagino por un momento, hablando con una de esas víctimas inocentes del terrorismo o  desolados por accidentes naturales. Ahí, contándoles en primera persona mis penas, mis pesares, mis depresiones (algunos las etiquetan de locura).

Si, a cada uno le duele lo suyo; justo es lo que pensaba hasta este preciso momento en que un gran suspiro salido de lo más hondo, me sirve de vehículo para transportarme a una realidad mucho más dura y cruda que la mía.

Mi visión ahora es de superviviente de mi propia historia, sacando esas fuerzas de flaqueza que eso implica.

Miro y observo mi cuerpo íntegro. Físicamente lo tengo todo. Intelectualmente, soy una persona creativa, con ideas innovadoras y con una mente abierta. ¿Entonces qué falla?

Mi conciencia se sienta a mi lado y se coloca justo en frente mío. Este momento es un regalo sanador de heridas y rectificaciones de actitudes y de pensamientos. Así lo creo y así lo vivo!

Dios mío, es la conciencia de mi alma, que ha estado presa entre los barrotes de la ceguera de mis ojos y la sordera de mis oídos no físicos, como consecuencia de la ignorancia  disfrazada de dolor y orgullo, durante tanto, tantísimo tiempo.

Cansada de sufrir, me ofrece sus manos amigas, llenas de ese gran regalo de un valor incalculable que no se paga con dinero, pero con un precio moral alto de aprendizaje y compromiso por mi parte.
Siento como si abriera mi corazón cerrado herméticamente por el endurecimiento y la amargura y lo hace con la llave maestra de la reconciliación, la única que puede abrirlo.
Deposita en mí una caja sin envoltorio, repleta y rebosante de caridad, serenidad, calma, auxilio, paz y amor.

¡El papel de regalo lo pongo yo como protección, responsabilidad y agradecimiento, ahora y siempre!
Correspondo a esta gran dádiva con el corazón abierto de par en par, porque realmente esa conciencia soy yo misma.

Ahora sí que distingo realmente la verdadera voz que me guiará y me encaminará: la misma que durante largos años me ha dicho y me está diciendo en este momento presente: “Los ruidos interiores nos ensordecen y nos ciegan, por eso tenemos que aprender a escuchar el silencio, que es el que nos conducirá a nuestro verdadero YO,  a esa verdadera vocecita que nos ofrecerá un aplauso de ánimo y motivación para continuar en nuestras conquistas!

¡Ahora entiendo y comprendo, conectando con la Vida y con lo más Alto que siempre ha sido una única y sola voz y las demás eran un eco de mis imperfecciones!


¡Ssshhh… escuchemos al silencio que está hablando!

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