martes, 30 de junio de 2020

Las exigencias irracionales

por Jordi Santandreu


La crisis sanitaria y económica que ha provocado el Covid-19 nos ha llevado a las puertas de un enorme desafío para la salud mental. Seguimos viviendo bajo la amenaza del contagio, el aislamiento, el desempleo, el duelo y la incertidumbre de la desescalada, y todavía nos quedan algunos meses por delante para recuperar la estabilidad económica y social.

Los especialistas alertan que se han disparado los casos de ansiedad, sobre todo al principio de la 
crisis, con el shock inicial y la escalada, y en adelante veremos un aumento de los casos de depresión y estrés postraumático. Además, se agudizan los trastornos previos que estaban en recuperación, problemas más complejos como los trastornos psicóticos y bipolares.

Aumentan, además, las demandas de divorcio, señal de que la convivencia tan intensa pasa factura en las parejas, y han aumentado también las denuncias por violencia de género. Y muchas más cosas, como el insomnio, el sobrepeso, la apatía, etc, que pueden ser síntomas aislados, sin más, o ser parte de algo más complejo como la ansiedad o la depresión. 

Tal vez sean problemas incluso que algunos de nosotros estemos pasando, actualmente. Si bien, cada grupo de edad, cada sector social, tipo de familia, se enfrenta a problemas un poco diferentes. No es lo mismo vivir el confinamiento en un piso de cuarenta metros cuadrados, tres personas o cuatro, o en una habitación alquilada, una o dos personas, que en un ático de cien metros cuadrados, por ejemplo. Tampoco es lo mismo a lo que se enfrentan los adolescente, en ese momento complicado de sus vida de autoafirmación, de descubrimiento de la sexualidad, frente a los ancianos, que viven con más temor el contagio y al aislamiento; o los profesionales sanitarios, que han estado directamente en contacto con la enfermedad y la muerte, frente a los que nos hemos quedado en casa encerrados. Cada uno lo vive de manera diferente.

¿Qué herramientas nos ofrecen la Psicología y el Espiritismo para enfrentarnos al malestar emocional, general, común a todos, que se deriva de esta crisis?

La Psicología, como sabemos, se centra en la forma en la que funciona nuestra mente. Para ella, los pensamientos son lo más importante. En líneas generales, afirma que emociones y conducta son producto de lo que pensamos. Epicteto, un filósofo griego de la antigüedad, decía, “no es lo que nos pasa lo que nos perturba, sino lo que nos decimos sobre lo que nos pasa”. Ramón de Campoamor,  poeta asturiano contemporáneo de Kardec, decía: “en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. 

No podemos negar que los que nos sucede tiene un impacto en nuestro estado mental. Ese impacto inicial, sin embargo, se puede gestionar, lo podemos trabajar para nuestro propio bien. De ello se encarga pues, la Psicología Cognitiva, de encontrar la forma más racional de encarar la realidad.¿Porqué interpretamos las cosas de una manera o de otra? Es una pregunta interesante que seguro que os hacéis. De entre la multitud de factores que intervienen, podemos destacar tres:

Efectivamente, el aprendizaje en la primera infancia es fundamental, ya que es cuando más moldeables somos. Aunque vengamos con tendencias de vidas pasadas, este periodo es una oportunidad increíble para construir una estructura mental sana y estable. Sobre todo, nos referimos aquí a la educación y a los valores que recibimos de nuestros cuidadores más próximos, en la mayoría de casos, nuestros padres.

En segundo lugar, por cuestiones genéticas. Aún así, la expresión genética no deja de ser, al menos en cierta medida, consecuencia de nuestros pensamientos, nuestra conducta y de la influencia del entorno, como, todavía más importante, si cabe, de la programación espiritual a la que tenemos que responder. 

En tercer lugar, todas aquellas creencias que son social y culturalmente alimentadas a través de la publicidad, las películas, la tele, etc. Muchas de ellas, absolutamente irracionales, ¡falsas!, pero que las tenemos instaladas en nuestro software mental. Fijaos en estas ideas que solemos repetirnos a menudo:

“Sin ti no soy nada”
“Te necesito como el aire que respiro”
“No puedo vivir sin ti”
“Nada valgo sin tu amor”
“Nunca te des por vencido”
“Nada es imposible”
“Lo que imaginas, lo haces realidad”
“Nunca es tarde”

¿No suenan mal del todo, no? Nos enganchan fácilmente. Pero si nos parásemos a analizarlas científicamente veríamos que son completamente absurdas. En algunas puede costar más que otras verlo, y podemos buscar argumentos que las defiendan. Pero es así: son creencias irracionales, son validez empírica, ni lógica ni pragmática.

Si nos conducimos por la vida sin cuestionarnos nuestras creencias nunca fundamentales, se nos pueden colar ideas ilógicas e irracionales. Sin embargo, con un poco de vigilancia podemos pasar a elegir conscientemente lo que pensamos. Al menos, filtrar lo que no nos interesa. Simplemente, hay que observar un poco más, no creerse todo lo que viene a nuestra mente.

Es interesante afirmar esto porque nosotros sabemos que los Espíritus desencarnados ejercen mucha influencia en lo que pensamos y en lo que sentimos, ¿no es así? A pesar de ello, nuestra vigilancia mental puede ser capaz de poner freno a los pensamientos que no nos ayudan, para quedarnos solamente con aquellos que voluntariamente elegimos pensar. 

En la cuestión 461 de El Libro de los Espíritus, Kardec les pregunta si es posible distinguir nuestros pensamientos de los de los Espíritus. Responden ellos que es posible, pero innecesario: “no hay -dicen- gran interés para vosotros en hacer esa distinción, y es frecuentemente útil que no lo sepáis: actuaréis más libremente: si os decidís por el bien o por el mal camino, será vuestra responsabilidad”.
De todos los pensamientos que circulan por nuestra mente a lo largo del día, que son más de 60 mil, somos capaces, si nos lo proponemos, de alimentar algunos y de poner a dieta otros. No nos hemos de creer, en definitiva, todo lo que nos pasa por la mente, sea de origen inconsciente o espiritual: hemos de elegir conscientemente lo que pensamos y descartar lo que no nos interesa.

¿Qué forma de pensar nos puede ayudar a vivir mejor estos momentos desafiantes? Veremos ahora algunas sugerencias. En primer lugar, hablaremos de la aceptación racional. 

La aceptación racional no quiere decir aceptar todo porque sí; no es una aceptación ciega. La aceptación racional es aquella que comprende que estamos sometidos a ciertas leyes universales de las que no podemos escapar, por nuestro propio bien, como la ley de Causa de Efecto y la reencarnación, entre otras. La aceptación racional es aquella que alcanza a comprender la justicia de las aflicciones, como nos enseña el capítulo quinto de El Evangelio según el Espiritismo, según el cual las vicisitudes de la vida derivan de una causa justa, aunque ésta permanezca enterrada en el olvido.

Implica aceptarlo desde un punto de vista amplio y esperanzador, es decir, siendo capaces de ver como en una foto panorámica, más allá de lo inmediato, de lo que tenemos apenas delante de las narices. En este caso, podemos entender que epidemias como ésta suceden cada cierto tiempo, y que siempre las hemos superado como especie, mejorando tras la crisis en algunas cosas importantes. 
Entendiendo que, aunque nos cubra la capa oscura de la temida muerte, a nosotros o a algún ser querido, abriremos de nuevo los ojos en el hogar al que en realidad siempre hemos pertenecido, para continuar con el viaje que no tiene fin. 

También nos dice el Evangelio que no nos perdamos en dolorosos lamentos por quienes mueren prematuramente: “precisamos -dicen los Espíritus en aquél mismo capitulo, cuando habla sobre las muertes prematuras- elevarnos encima de la inmediatez de la vida, para comprender que el bien, muchas veces, está donde juzgáis ver el mal, la sabia providencia donde pensar divisar la ciega fatalidad del destino”.

Aceptar, también con esperanza, significa aceptar con calma, confiando: ante la multitud hambrienta que había estado escuchando las palabras del Maestro, los discípulos sucumbían ante la preocupación por no saber cómo alimentar a esas cinco mil personas. Discuten porque sólo tienen un puñado de panes y dos peces. Él les manda sentarse, tener calma, confiar una vez más en Él. ¿Recordáis? Algo parecido sucedió en el Mar de Galilea, cuando la lluvia y el viento pusieron en peligro la barca en la que viajaban los Apóstoles con Jesús. ¿Porqué teméis? Les dijo. ¿Dónde está vuestra fe?
En caso de tratarse de una corrección, si así fuera, aceptemos la corrigenda ya que, como sabemos, “bienaventurado el espíritu que comprende la corrección del Señor y la acepta sin quejarse”, sostienen Emmanuel y Chico Xavier en Pan Nuestro. “A veces -escriben- la reprensión generosa de lo Alto, símbolo de su desvelado amor, alcanza al hombre en la forma de advertencia sagrada y silenciosa. En la mayoría de ocasiones, la mente encarnada repele el aguijón salvador, se sumerge en la noche de la rebeldía, elimina posibilidades preciosas y cualifica de infortunio insoportable la influencia renovadora, destinada a clarearle el oscuro y triste camino”. 

El Evangelio según el Espiritismo nos aconseja: “solamente las pruebas bien soportadas pueden conducirnos al reino de Dios. El desánimo es una falta, así como la falta de coraje. La oración es un bálsamo para el alma, pero no es suficiente: es preciso que tenga por base una fe viva en la bondad de Dios. Más opulenta será la recompensa, de que penosa la aflicción”.

A la oración y a la fe en Dios, la Psicología añade el pensamiento racional. Éste se basa, en primer lugar, en desmontar ciertos mitos -que llamamos creencias irracionales-, como los que hemos visto antes. 

Una tendencia muy común, por ejemplo, es la de “terribilizar”, término acuñado por mi hermano Rafael y que quiere decir que, sin darnos cuenta, nos desbordamos emocionalmente al considerar lo que nos pasa como algo absolutamente terrible, catastrófico, apocalíptico. 

La realidad que conocemos nos demuestra que hemos conseguido superar varias epidemias en nuestra historia; incluso Kardec vivió una; crisis económicas; enfermedades; ¡dos guerras mundiales! Incluso la muerte, sabemos nosotros, para nada significa el fin de la existencia; que este mundo ni siquiera es el más importante.

Pero aún así, hacemos nuestro muchas veces ese discurso de terribilitis, aún sin pruebas, aún viendo que nos conduce a largo plazo a la depresión y a la ansiedad; aún viendo que es ilógico pensar que por el hecho de preferir vivir una vida tranquila y feliz, la vida no pueda incluir momentos de crisis e inestabilidad. Una cosas es preferir, otra exigir a la vida que sea de una manera determinada. Hablaremos de ello un poquito más adelante. 

Todo esto es doloroso, es incómodo, pero no es para nada insoportable. Esta es la segunda creencia irracional más extendida: la “nosoportantitis”. Veamos el caso de Stephen Hawking, el famoso científico británico que padeció ELA; O Christopher Reeve, el actor de Superman, que quedó tetrapléjico tras caerse del caballo; o Pablo Ráez, un joven español que padeció leucemia y se hizo famoso por luchar a favor de las donaciones de médula ósea; o Albert Espinosa, el creador de las Polseras Vermelles, esa serie de TV sobre unos niños que estaban hospitalizados tratándose de cáncer. 

¿Qué tienen en común estas personas? Es muy difícil, por no decir imposible, ponerse en la piel de alguien que pasa por estas circunstancias tan difíciles. Pero su testimonio nos demuestra que, aun siendo doloroso, no es insoportable. Y encontraremos otros ejemplos, como Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, que pasó tres años en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau.

Volvamos un momento a esas creencias absurdas de “sin ti no soy nada” y demás. ¿Qué creencias irracionales esconden detrás, y que conducen irremediablemente a la locura? Lo que Rafael denomina “necesititis”. 

La necesititis es esa enfermedad mental sostenida por creencias del tipo: “necesito el amor de esta mujer para ser feliz”. Cuántas personas consiguen esa mujer o ese hombre “para ser felices”, y al cabo de un tiempo dicen: “necesito... ¡verme libre de ese hombre o de esa mujer para ser feliz!”.

La “necesisitis” expresa un pensamiento extremo, fijaos bien, absolutista, radical, que también se expresa en la forma de “deberías”: por ejemplo: ¡el gobierno debería hacer tal cosa!; ¡la vida debería ser de otra manera! 

Cuando pensamos en nuestros ancianos que han fallecido en residencias de la tercera edad: cuántas veces pensamos: “esto no debería ser así”, “deberíamos tratar mejor a nuestros padres y abuelos”. Y parece un pensamiento racional, pero no lo es, y nos dejamos llevar por la rabia, la desesperación y la depresión.

Las cosas no “deben” ser como nosotros pensamos que “deben” ser. Nada. Ni nuestro cónyuge, ni nuestros hijos, ni el gobierno, ni los Espíritus. Las cosas simplemente “son”, y lo que hay que mejorar, mejorémoslo. Lo que nos demos cuenta que ya no funciona, arreglémoslo. Pero las cosas no “deben” ser.

En todo caso, “hubiéramos preferido”, o “preferiríamos” que fueran diferentes. Es ilógico pensar que por desear que las cosas sean diferentes, éstas deban de ser diferentes. Hay una transformación mágica e irracional aquí. 


Por lo tanto, manejarse por la vida a partir necesititis, deberías, terribilitis, nosoportantitis... nos conducirá a la depresión, a la ansiedad, a la ira, a la culpa, a la vergüenza, etc. Manejarse por la vida con un pensamiento más flexible y sobre todo más racional, puede que nos lleve a momentos incómodos, desagradables, tristes, molestos, pero desde luego no fatales, ni horribles, y perfectamente soportables.

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