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Periodo gestacional: relación psíquica madre-feto

Dr. Fernando Lora



El estudio sobre la gestación humana es un tema fascinante que refleja la bondad y la sabiduría divinas por la belleza y sublimidad de que se reviste.

El útero materno es el crisol que permite al Espíritu arrepentido y con deseos de reparar y progresar, realizar este desiderátum divino.

Por la ley de causa y efecto venimos a la Tierra para aprender, crecer y rectificar nuestras concepciones y actos, en que la vida infinita nos ofrece el tiempo y el espacio para que nuestro Espíritu realice el viaje de ascensión hacia lo Alto, buscando la paz y la armonía que fluye de la vida inmortal.

Joanna de Ângelis refiere que existe en nosotros una Diosidencia que nos impulsa a la ascensión, así como las plantas buscan la luz en el aire y el agua en la tierra.

Evolucionamos en ambas esferas de la vida, pero llegado a un cierto momento del aprendizaje se necesita que manifestemos y realicemos en el plano material, lo adquirido en el plano espiritual, de tal modo que templemos nuestras virtudes y adquiramos nuevos hábitos, venciendo las sombras de nuestro yo y del ayer.

Para este fin necesitaremos de una familia que nos acogerá y en especial de una madre que nos brindará la oportunidad de crecer en su interior para, unidos a su corazón, reiniciar nuestra marcha evolutiva.

El útero representa la acogedora cuna para recomenzar otra vez, pero es el amor de los cónyuges el que creará la atmosfera psíquica que atraerá a nuestro plano al Espíritu reencarnante. La unión de los padres y su relación psico-afectiva creará las bases del verdadero hogar; de ese cariño y respeto mutuo, fluyen las emociones de paz, armonía y coraje para acometer un hermoso y desafiante recorrido juntos, para rescatar y aprender en familia, creándose los cimientos para recibir a la prole, Espíritus comprometidos con nosotros desde el plano espiritual.

Todos encajamos dentro de un plan reencarnatorio y en el momento justo, se darán las condiciones para la concepción y el inicio de la reencarnación.

Previo a estos eventos se lleva a cabo una aproximación espiritual entre los padres y el futuro hijo, no siempre exenta de dificultades, como le ocurrió a Segismundo, el futuro hijo de Adelino su futuro padre, debido al asesinato que perpetró el primero sobre el segundo en tiempos.  Adelino se perturbó espiritualmente con la aproximación de éste, por lo que las emociones negativas dañaban la cromatina de los genes de sus espermatozoides, lo cual obstruía la adecuada genética del futuro bebé. Fue necesaria la intervención de los mentores amigos para restaurar su armonía, vencer la fobia hacia Segismundo y cumplir con su compromiso de recibir como hijo a su antiguo verdugo arrepentido (1).

El momento de la concepción ocurre varias horas después de la relación sexual. Sucede así para que los espermatozoides (las células más pequeñas de nuestro organismo) que han sido depositados en el fondo de la vagina, puedan alcanzar la región ampular de las trompas de Falopio, que es la región preparada para alimentar y conservar el óvulo (la mayor célula del cuerpo humano), éstos necesitan varias horas para llegar debido a que estas distancias representan un largo y difícil trecho.

La sabiduría divina actúa en todo momento, debido a que en ese instante, que suele suceder con la emancipación de los cónyuges durante el sueño, si tienen las debidas condiciones, la madre recibe el espíritu del reencarnante como niño, mediante ideoplastia previa y es ligado al periespíritu de ella, previo a la concepción en sí misma (2)

En el caso de Raquel, la esposa de Adelino, que estaba preparada espiritual y emocionalmente para asumir con sacrificio y renuncia su maternidad y la vida en familia, elevó una hermosa y sublime oración, para facilitar a los tres la reparación de su pasado, dando paso a la posibilidad de reeditar los lazos del amor futuro hacia la perfección.

Frecuentemente este instante queda registrado en un cierto número de personas que saben intuitivamente, en estado de vigilia, que algo maravilloso ocurrió esa noche y por esta razón cuentan a sus médicos con una precisión inusual el día exacto en que se quedaron embarazadas. Este acontecimiento también puede quedar registrado en el padre, aunque en un porcentaje menor según la casuística médica. Los médicos espíritas o espiritualistas son testigos de estos hechos felices, sorprendiéndose de que, para algunas madres, la acidez empieza ese mismo día, por lo que analizaremos más adelante por qué ocurren estos disturbios orgánicos.

De la misma forma que la mujer embarazada actúa directamente en el proceso reencarnatorio, donando energías orgánicas, fluídicas y psíquicas al hijo que está siendo gestado, también capta a su vez, ciertas influencias y sensaciones del reencarnante.

Este fenómeno de la gestante, lo esclarece el ministro Clarencio a André Luiz en el capítulo 30 del libro “Entre la Tierra y el Cielo”. […] Si Zulmira actúa de forma decisiva, en la formación del nuevo vehículo del niño, el niño actúa vigorosamente en ella, estableciendo fenómenos perturbadores en su constitución de mujer. El cambio de impresiones entre ambos es inevitable y los padecimientos que Julio acarreaba en la garganta fueron impresos en la mente materna, que los reproduce en el cuerpo en que se manifiesta. La corriente de cambio entre madre e hijo no se circunscribe a la alimentación de naturaleza material sino que se extiende al intercambio constante de las sensaciones diversas. Los pensamientos de Zulmira guardan inmensa fuerza sobre Julio, tanto como los de Julio revelan expresivo poder sobre la nueva madre. Las mentes de uno y de otro como que se yuxtaponen, manteniéndose en permanente comunión […](3). Otro aspecto de esta problemática la revela el mentor amigo a Hilario y André, médicos desencarnados que anhelan conocer los aspectos espirituales de la vida planetaria, él añade: […] La gestante es una criatura hipnotizada a largo plazo. Tiene el campo psíquico invadido por las sensaciones y vibraciones del Espíritu que le ocupa las posibilidades […] la mente materna es susceptible de registrar los más extraños desequilibrios, porque al igual que un médium, estará transmitiendo opiniones y sensaciones de la entidad que la ocupa” (4).

El “médium” del Espíritu reencarnante observa, mediante la yuxtaposición de ambas mentes, cómo la madre que ama a su esposo, pasa a detestarlo e incluso a odiarlo, siendo el enemigo del padre quien regresa. Conocí un caso extremo en el que el marido tuvo que abandonar el hogar durante la gestación para volver únicamente cuando nació el bebé. El padre regaló un dije de oro para el guillo a cada uno de los seis hijos que tuvieron. La madre no podía ni verlo y se la veía como exacerbadas exageraciones de gestante incomprendida. Evidentemente el padre tenía la intuición del significado espiritual de lo que estaba ocurriendo, porque nunca se lo tomó a mal, por lo que ello no lesionaba su relación de pareja.

Volvamos a las observaciones de Clarencio, quien confirma la gloriosa misión de la maternidad en la Tierra: 

“[...] La esposa, por devoción al compañero cede fácilmente a la necesidad del alma que vuelve al reducto materno con fines regeneradores [...]”.

En cuanto a los disturbios orgánicos que sufren numerosas embarazadas, Clarencio nos explica y revela: “[...] el desequilibrio es de esencia espiritual. El organismo materno, absorbiendo las emanaciones de la entidad reencarnante, funciona como un extractor de fluidos en desintegración, fluidos estos que no siempre son apacibles o fácilmente soportables por la sensibilidad femenina. Ahí está, la razón de las frecuentes náuseas de tratamiento hasta ahora muy difícil [...] (5).

Esta extracción de fluidos pesados y perniciosos de la entidad renaciente nos explica varias situaciones que la ciencia médica no puede explicar. Por ejemplo, hemos sido testigos de una gestante que cursó con un escozor y erupciones en la piel, inexplicables y rebeldes ante cualquier tratamiento, teniendo que visitar al dermatólogo, luego al alergólogo y viceversa, pasando por todas las salas de espera posibles. Al final del periplo, su obstetra le afirmo que “eso” desaparecería con el nacimiento de su hijo, porque él ya había observado “eso” antes… y así fue. Todos los síntomas desaparecieron a la media hora del parto.

Sin embargo, no todo es adverso en esta yuxtaposición de mentes e hipnosis a largo plazo, pues la gestante se ve rodeada del cariño de su esposo, de su familia y de amigos en ambas esferas de la vida. El instinto del nido le ayuda a realizar los preparativos para recibir a su hijo y le rodea de música, caricias y mimos que el reencarnante recibe y con los que va aprendiendo a identificar a sus padres, se familiariza con el idioma que va a recibir y para sorpresa de muchos, los niños aprenden.

Los psicólogos y educadores van adentrándose en esta relación madre e hijo a raíz de múltiples casos que les llamaron su atención, hechos que empezaron a levantar hipótesis con investigaciones posteriores que arrojan luz de tan bella conexión entre ambos.

Un ejemplo notable fue el caso de una violonchelista canadiense, que por no poder postergarlos, tuvo que preparar durante su embarazo, parte de los solos de los Conciertos de Brandeburgo en la Ópera de Toronto. Su participación fue todo un éxito. Veinte años después, su hijo, también violonchelista, estaba concursando por una beca en Salzburgo, cuando para su examen práctico debía interpretar uno de los Conciertos de Brandeburgo, que no conocía a la perfección debido a su dificultad técnica. El hijo comenzó su ejecución atento a la partitura, pero llegado cierto momento cerró sus ojos finalizando una perfecta interpretación de la obra de Bach, porque su cerebro ya conocía interiormente esta obra desde su vida intrauterina.

La relación madre-feto, además de producir el vínculo de apego afectivo, hará que los padres sean más sensibles al llanto del niño para suplir sus necesidades y que les aporten los cuidados precisos; este mecanismo se desencadena mediante la oxitocina, como expresión del instinto de conservación de la especie. Todo ello  induce a una dulce relación con el bebe, que se comunica mediante la sonrisa, los balbuceos, los gestos, fortaleciendo de este modo el efecto psíquico alimentador observado por Carl Jung, cuya obra analiza la profesora Dalva Silva Sousa “[…] Con las informaciones que la Doctrina Espírita propicia, es fácil entender que, después del periodo pasado en el útero, en el cual la madre alimenta al hijo con su propia sangre, se sigue un periodo en que la criatura permanece ligada psíquicamente a ella, alimentándose de su psicoesfera. Antes de la fecundación del óvulo, el periespíritu del reencarnante es ligado al periespíritu de la madre. Cuando se da el nacimiento, se rompe el cordón umbilical físico, mas no el psíquico. De ahí la certera observación de Jung, señalando los efectos dañinos de la carencia del afecto materno. Esa carencia de afecto perjudica al flujo de energía que parte de la madre y envuelve al hijo en los primeros tiempos de la vida en la Tierra, periodo en que este flujo es absolutamente esencial para el desenvolvimiento del ser” (6).

El psicoanalista suizo Jung aborda, en su obra “Sobre el desarrollo de la personalidad” estos aspectos señalando que, al igual que en la fase embrionaria, el ser depende absolutamente de la madre “[…] así también de modo semejante la psiquis de la primera infancia, hasta cierto punto, es apenas parte de la psiquis materna y después, también de la psiquis paterna, en consecuencia, de la actuación en común de los padres” (7).

Todo este mecanismo de donación produce en los padres una retroalimentación positiva que genera más amor y cariño hacia la prole y entre la pareja, que les empapan de optimismo y coraje para luchar en la vida y ven colmados sus sueños de la felicidad relativa que los espíritus pueden gozar en la Tierra, uniéndose a un Amor mayor, según las sabias palabras del apóstol Juan: “Dios es amor” (1 Juan 4:8).

Para finalizar mostramos un segmento del poema “Amor filial” de Amado Nervo:

“Yo adoro a mi madre querida,

yo adoro a mi padre también;

ninguno me quiere en la vida

como ellos me saben querer.

Si duermo; ellos velan mi sueño;

si lloro, están tristes los dos;

si río su rostro es risueño:

mi risa es para ellos el Sol…”.


Bibliografía:

1 Francisco Cándido Xavier. Misioneros de la luz. IDE Cap. 12, 13 y 14.

2 Francisco Cándido Xavier. Misioneros de la luz. IDE Pág. 181.

3 Francisco Cándido Xavier. Entre la Tierra y el Cielo. IDE Pág. 174.

4 Francisco Cándido Xavier. Entre la Tierra y el Cielo. IDE Pág. 175.

5 Francisco Cándido Xavier. Entre la Tierra y el Cielo. IDE Pág. 176.

6 Dalva Silva Souza. Los Caminos del Amor. Rio de Janeiro, feb 2007 Pág. 48.

7 Carl Gustav Jung. El desenvolvimiento de la personalidad. Pág. 76 y 77.


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