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Las revoluciones del planeta

Por  Alvaro Vélez Pareja 


En el libro La Génesis, Los Milagros y Las Predicciones según el Espiritismo, Capítulo IX, Allan Kardec nos presenta una visión científica y explicativa sobre las revoluciones periódicas, parciales y generales que ha sufrido la Tierra a través de las Eras y de su desarrollo geológico, así como los cataclismos futuros que podrían acontecer, descritos según los conocimientos, investigaciones y conceptos propios de la ciencia de mediados del siglo XIX. Indudablemente, si fuesen abordados y redactados en los tiempos modernos, tendrían una terminología y un enfoque acorde con lo que hoy se sabe sobre el origen, la formación y el estado de nuestro planeta. Sin embargo, es de admirar como, en términos generales, su descripción es bastante aproximada y, en varios aspectos, cobra vigencia ante los acontecimientos actuales que estamos viviendo, no solo en el sentido geológico, sino ecológico, social, político y moral, en que se ve más claramente la interacción e interdependencia de todos estos factores que ya nunca más podrían ser abordados independientemente, a riesgo de llegar a conclusiones parciales.


A la luz de Doctrina Espírita, transmitida mediúmnicamente por Espíritus superiores y los hallazgos de la ciencia actual, vamos comprendiendo más claramente todos los procesos evolutivos que ha experimentado nuestro planeta desde su formación primera. No obstante, ya no podrían ser vistos ni analizados separados de los factores biológicos, sociales y espirituales concomitantes, lo cual es absolutamente necesario para tener una visión integral y direccional en la que vemos la Tierra como un valioso mundo temporal y transitorio, como morada de un inmenso número de Espíritus en evolución, de una gran diversidad de niveles, encaminados gradualmente hacia estados cada vez más elevados de perfeccionamiento y trascendencia. 


Nuestro planeta, desde sus iniciales momentos de conformación atómica y molecular, ha pasado por innumerables cambios graduales; algunos súbitos y violentos, otros regulares y periódicos, hasta la Era actual en donde hasta cierto punto, la Tierra se ha mantenido en un relativo período de estabilidad, como expresa Allan Kardec: “Los períodos geológicos marcan las fases del aspecto general del globo, como consecuencia de sus transformaciones. Pero, con excepción del período diluviano, que lleva impreso los caracteres de un cambio súbito, todos los restantes se cumplieron con lentitud y sin transiciones bruscas. Durante todo el tiempo que los elementos constitutivos del globo tardaron en encontrar su lugar definitivo, los cambios deben haber sido generales. Una vez consolidada la base, sólo debieron producirse modificaciones parciales en la superficie… Físicamente, la Tierra ha pasado por las convulsiones de la infancia. Desde ese momento en adelante entró en un período de relativa estabilidad: el del progreso normal, que se cumple por el acontecer regular de los mismos fenómenos físicos y el concurso inteligente del hombre”. (La Génesis, Cap. XIX, nºs. 1 y 14). 


Indiscutiblemente, en virtud del instinto de conservación y por reacción natural y racional, el hombre, los pueblos y la humanidad en general siempre sintieron el rigor y los efectos destructivos y dolorosos de tales revoluciones y catástrofes, ya fueran súbitas o regulares, causándoles vicisitudes materiales, sociales y morales que los afectaron profundamente. Al respecto, la mentora espiritual Juana de Ángelis, en su libro Después de la Tempestad, capítulo 1, expresó: “Con frecuencia regular, la Tierra se ve visitada por catástrofes diversas que dejan rastros de sangre, luto y dolor, en vehemente invitación a la meditación de los hombres. Consecuencia natural de la Ley de destrucción que enseña que la renovación de las formas faculta la evolución de los seres y siempre consigue producir impactos, gracias a la fuerza devastadora de que se revisten.  Cataclismos sísmicos y revoluciones geológicas que irrumpen voluptuosas en forma de terremotos, maremotos y erupciones volcánicas obedecen al impositivo de las adaptaciones, acomodaciones y estructuración de las diversas camadas de la Tierra, en su tránsito de “mundo expiatorio” hacia “mundo regenerador”.


Como es natural, el ser humano recibe y asume las convulsiones geológicas como eventos destructivos y dolorosos, por la devastación que ocasionan y por eso solemos preguntarnos: ¿es necesaria la destrucción y por qué? Recordemos lo que Kardec preguntó a los Espíritus sabios y lo que ellos le respondieron en El Libro de los Espíritus, en la pregunta 728: “¿La destrucción es una ley de la Naturaleza?

Es preciso que todo se destruya para que renazca y sea regenerado, porque lo que llamáis destrucción no es más que una transformación, cuyo objeto es la renovación y mejoramiento de los seres vivientes”.


Esto es comprensible, haciendo alusión a nuestro planeta Tierra como mundo de expiación y prueba, pero ¿será necesario en los mundos superiores?. La respuesta a la pregunta 732, ¿La necesidad de destrucción es la misma en todos los mundos?, es la siguiente:

“Es proporcional al estado más o menos material de los mundos, y cesa en un estado físico y moral más depurado. En los mundos más adelantados que el vuestro, las condiciones de existencia son otras”.


Y si acaso muchos vieron o siguen viendo estas convulsiones de la naturaleza como “castigo” de Dios por la conducta del hombre, Kardec quiso despejar las dudas, con la pregunta 737, en el mismo sentido:  “¿Con qué objeto castiga Dios a la humanidad con calamidades destructoras?           

«Para hacerla adelantar con más rapidez. ¿No hemos dicho que la destrucción es necesaria para la regeneración moral de los espíritus, que adquieren en cada nueva existencia un nuevo grado de perfección? Es preciso ver el fin para apreciar los resultados. Vosotros no los juzgáis más que desde vuestro punto de vista personal, y los llamáis calamidades a consecuencia del perjuicio que os ocasionan; pero estos trastornos son necesarios a veces para hacer que se establezca más prontamente un orden de cosas mejor y en algunos años lo que hubiese exigido muchos siglos».


Es oportuno recordar que la Doctrina Espírita nos trajo un nuevo paradigma en nuestra forma de pensar y de ver las cosas, incluyendo en el concepto de Dios, ya no más como un ser castigador sino como la inteligencia suprema, causa primera de todo lo existente, infinito en perfecciones, infinitamente justo, sabio y misericordioso, el Dios de Amor. En este sentido, es justo ver que muchos desequilibrios que actualmente vemos en los diversos reinos de la naturaleza han sido provocados por la acción desconsiderada, inconsecuente e irresponsable del ser humano y que es natural que se originen consecuencias violentas, desastrosas y dolorosas hacia el propio hombre, en el marco de la ley de causa y efecto.


Está más que claro, que la necesidad de la destrucción está en proporción al estado físico, moral y espiritual de los mundos y sus respectivos habitantes, pero cesa en los mundos claramente superiores. En consecuencia, Kardec pregunto a los Espíritus superiores si esa necesidad de destrucción existiría siempre en nuestro mundo, a lo que ellos respondieron en la pregunta 733:  “La necesidad de destrucción se debilita en el hombre a medida que el Espíritu se sobrepone a la materia, y por esto veis como al horror a la destrucción sigue el desarrollo intelectual y moral”.


Es oportuno concluir que, estando la Tierra y la humanidad en pleno proceso de transición de un mundo de expiación y prueba hacia un mundo de regeneración, es consecuente que sigan ocurriendo catástrofes, calamidades y convulsiones geológicas y ecológicas. No obstante, como lo señaló Kardec en diversas oportunidades, las convulsiones “serán morales y sociales antes que físicas”. Por eso, si queremos estar acordes con el estado del mundo de regeneración al cual nos encaminamos gradualmente, es necesario que sigamos elaborando y construyendo internamente nuestra propia regeneración moral y espiritual. 

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