Higiene mental

David Santamaría


“… la vida moral se impone como una obligación rigurosa para todos aquellos a quienes preocupe algo de su destino; de aquí la necesidad de una higiene del alma que se aplique a todos nuestros actos, ahora que nuestras fuerzas espirituales se hallan en estado de equilibrio y armonía. Si conviene someter el cuerpo, envoltura mortal, instrumento perecedero, a las prescripciones de la ley física que asegura su mantenimiento y su funcionamiento, importa mucho más aún velar por el perfeccionamiento del alma, que es nuestro imperecedero yo, y a la cual está unida nuestra suerte en el porvenir. El Espiritismo nos ha proporcionado los elementos de esta higiene del alma.”

 

Léon Denis, Después de la muerte, cap. 42

 


Se podría definir la mente como el conjunto de interacciones psíquicas del Espíritu con el medio en que se encuentre, ya sea en el mundo material a través del cerebro, ya sea en el mundo espiritual donde actúa directamente por sí mismo. Contenido psicológico o psíquico podrían ser sinónimos de contenido mental.

El contenido mental está repleto de pensamientos, sentimientos, emociones, buenos o malos, adecuados o indignos, constructivos o destructivos, empáticos o egoístas, humildes o soberbios, modestos u orgullosos… Es decir, de todo género y tendencias.

Para mantener orden y conseguir implantar una correcta higiene mental en ese amplio conjunto de  potenciales contenidos, deben considerarse algunos aspectos imprescindibles:

  •  ¿Quién “coloca” esos contenidos en nuestra mente?

  •  ¿Podemos ejercer algún control sobre la entrada de esos contenidos?

  •  ¿Tenemos alguna posibilidad de expulsar los contenidos molestos y perniciosos para nuestro equilibrio espiritual?

  • Finalmente  ¿es, pues, posible una higiene mental?



¿Quién “coloca” los contenidos mentales en nuestra mente?


Básicamente nosotros mismos somos los responsables por todo lo que, bueno o malo, va entrando en ese lugar propio, íntimo, personal. A veces podemos tener la sensación de que son otros quienes nos insuflan sus pensamientos, ideas y opiniones; y así sucede en múltiples oportunidades. Sin embargo, muchas de las veces que ello ocurre, esos contenidos han sido atraídos inconscientemente por nosotros mismos.


¿Cómo ocurre ello? Con nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras opiniones, nuestra manera de proceder, nuestros deseos, nuestros comportamientos…, estamos atrayendo fatalmente pensamientos, sentimientos, opiniones… de la misma índole. La ley de las Atracciones, de las Afinidades, funciona de una manera ineludible. Igual que vivimos en un ambiente repleto de ondas electromagnéticas, eléctricas… también estamos sumergidos en un océano de pensamientos ajenos. Pensamientos que serán atraídos inevitablemente por sus homólogos que están formando parte de nuestro propio contexto psíquico.


Hay otro tipo de situaciones en que se pueden sufrir influencias exteriores  que pueden llegar a ser muy duras. En Espiritismo las denominamos “procesos obsesivos”. Estos procesos pueden variar desde actuaciones mentales en las que se nos envían pensamientos negativos, que pretenden confundirnos, crearnos desasosiego, distraer nuestra atención de lo que realmente nos importa, hasta procesos en los que la influencia es tan intensa que pueden dar lugar a un dominio completo por parte de algún/nos Espíritu/s  sobre la voluntad de algunas personas. Los procesos obsesivos, sea cual fuere la intensidad que presenten, siempre tienen una razón de ser. Pueden estar propiciados por la atracción que nuestro comportamiento inadecuado puede ejercer en algunos Espíritus con tendencias similares a las nuestras. También pueden ser procesos de venganza, de deseos de tomarse la justicia por su mano, por parte de Espíritus que tienen cuentas pendientes del pasado con ciertas personas. De ninguna de las maneras podemos aceptar la idea de que, en estas últimas situaciones, puedan llegar a producirse lo que mal se llaman “posesiones”. Por intensa que sea la influencia externa nunca nadie puede expulsar al Espíritu que vive vinculado a ese cuerpo. Hay dominación, nunca una expulsión.



¿Podemos ejercer algún control sobre la entrada de esos contenidos en nuestra mente?


Ciertamente que sí, de lo contrario estaríamos completamente supeditados a las influencias externas y seríamos unas marionetas. Sin embargo hay que resaltar que esto último puede ocurrir si nosotros no ponemos impedimentos proactivos para que ello no suceda. La actitud proactiva más básica consiste en prestar atención a nuestras ideas, a nuestros pensamientos. Aquellos que nos sorprendan, que nos “choquen” por ser inadecuados, negativos, egoístas… hay que impedirles el paso a nuestro contenido mental.  No hay que enfrentarse a ellos sino todo lo contrario, no hay que hacerles caso, dejar que pasen, sustituirlos de inmediato por pensamientos tranquilos, amables, optimistas… Es un ejercicio muy efectivo. Otra actitud también esencial es esforzarse, con todo nuestro empeño, en ir modulando nuestras actitudes. Hay que dar preferencia a pensamientos y sentimientos propios tendentes a contenidos empáticos, pacientes, generosos, benévolos, alegres. No es algo que se resuelva de hoy para mañana, puede llevarnos incluso varias vidas conseguirlo; pero, si no empezamos hoy, ni mañana ni pasado mañana (ni en esta vida ni en las siguientes) no lo lograremos. El primer paso es el que siempre cuesta más.



¿Tenemos alguna posibilidad de expulsar los contenidos molestos  y perniciosos de nuestra mente?


Ello es posible; pero, como en todas las cosas importantes de la vida -y esta lo es realmente-, implica comprensión y atención. Comprensión de por qué se producen esas situaciones, como ya comentamos anteriormente, y atención con el fin de conseguir que no vuelva a ocurrir o por lo menos que nos podamos dar cuenta bien pronto que ello nos está pasando de nuevo y seamos capaces de intentar poner remedio lo antes posible. En principio, el método es lógico: “sacar” lo malo y permitir sólo la entrada de lo bueno. Evidentemente eso no es tan fácil.


Necesitamos realizar algunas acciones para conseguir que eso suceda, como, por ejemplo:


1. No ceder a la tentación de permitir que pensamientos inadecuados puedan instalarse en nuestra mente. Hay que “pasar” de ellos como señalábamos antes.


2. Cada vez que detectemos una tendencia o dependencia poco adecuada (como esas que nos disgustan en los demás, por ejemplo) en nuestros pensamientos y emociones más personales, hemos de esforzarnos en realizar un análisis de la situación para llegar a comprender el por qué de nuestra vinculación a esas ideas negativas. Al mismo tiempo, en paralelo, hay que esforzarse en manifestar actitudes adecuadas aunque sean forzadas,  por algo se empieza y ya acabarán siendo espontáneas con el tiempo y la dedicación.


3. Hay que tener cuidado con lo que se desea de corazón porque la mente lo crea, y creamos, creamos conflictos y situaciones sólo con el pensamiento. El pensamiento es una herramienta formidable, más poderosa (en bien o en mal) de lo que suponemos. Por eso, ¡cuidado con lo que deseamos!


4. Tampoco hay que estar siempre a la espera de que nos ayuden los otros. La gente pide, pide y pide…, y esto ha hecho que en muchas oportunidades no sepamos hacer las cosas por nosotros mismos; siempre esperando de los demás la solución. Y la solución está casi siempre en nosotros pero encontrarla y ponerla en práctica en muchas ocasiones nos cuesta muchísimo. Sin embargo este es el camino adecuado; el inadecuado sería buscar videntes y clarividentes para que resuelvan las dudas y problemas cuya solución nos compete personalmente.


5. Hay que poner constancia en el esfuerzo a realizar pues sólo cuando se hace hay resultado. Esta última frase es casi una obviedad pero es así mismo, sin acciones no hay resultados. 



¿Es, pues, posible una higiene mental? La respuesta a esta última pregunta es, después de lo expuesto hasta el momento, rotundamente afirmativa pero con matices. Ya hemos ido viendo que su eficacia dependerá siempre de nuestro grado de implicación positiva en la resolución de los diferentes conflictos mentales que cada uno tenga. El contenido mental no deja de ser una expresión, un reflejo de nosotros mismos como Espíritus. Por ello nunca hay que perder de vista que nuestro contenido mental es eso: “nuestro”. De ahí, pues, el interés personal en mantenerlo bajo control, lo más limpio posible, lo más útil que seamos capaces.


¿Qué podemos hacer para conseguir esa tan deseada higiene mental? Algunas sugerencias:


●  Pensar bien. O sea, esforzarse en tener buenos pensamientos.

●  Sentirse bien con uno mismo a pesar de nuestros defectos.

●  Cultivar la reflexión de los pasos dados en esta presente experiencia vital.

●  Agradecer a la Inteligencia Suprema, al Poder Infinito, a la Inteligencia Cósmica la oportunidad de un nuevo día para aprender.

● Estar atentos a las indicaciones constructivas de nuestro Espíritu protector (de los incorrectamente nombrados como “ángeles de la guarda”) que nos llegan en forma de pensamientos positivos, de ideas correctas a las que muchas veces no hacemos caso.

● Ser pacientes, respetuosos, empáticos con aquellos con quienes nos relacionemos, si realmente deseamos que ellos también nos respeten y tengan paciencia con nuestras equivocaciones.


Estas recomendaciones son o intentan ser actitudes prácticas ante las diversas circunstancias de la vida. No representan ningún ritual, no tienen nada de sobrenatural, no piden ningún favoritismo… Solamente implican un trabajo activo, muchas veces arduo, en ocasiones sacrificado, de nuestra mente, de nuestra conciencia, de nuestro Yo, de nosotros mismos como almas. Cuando nos damos cuenta de que todo progreso y toda mejoría en nuestra situación vital depende mayoritariamente de nosotros y de nuestras actitudes, resoluciones y actuaciones, es cuando podemos entender la importancia de la higiene mental.



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