jueves, 26 de junio de 2014

PENAS Y GOZOS TERRESTRES

Hola familia,

nuestros monitores nos envían el texto de estudio para la clase de sábado.

Cariños de la hermana menor

PENAS Y GOZOS TERRESTRES

El hombre vive buscando incesantemente la felicidad que también incesantemente se le escapa, porque la felicidad pura no existe en la Tierra. Entre tanto, a pesar de las vicisitudes que integran el inevitable cortejo de esta vida, podría por lo menos, disfrutar de una relativa felicidad si no la buscara en las cosas perecederas y sujetas a esas mismas vicisitudes, es decir, en los placeres materiales, en vez de buscarla en los goces del alma que son un anticipo de los regocijos celestiales, imperecederos. En vez de procurar la paz del corazón, única felicidad real en este mundo, está ávido de todo aquello que lo conmociona y perturba, y, ¡cosa singular! Parecería que el hombre creara intencionalmente para sí mismo, tormentos que está en sus manos evitar. Por el contrario, cuántos tormentos se evita aquel que sabe contentarse con lo que tiene, que mira sin envidia lo que no posee, que no trata de aparentar más de lo que es. Éste es siempre rico porque no crea necesidades quiméricas para sí mismo. Y esa serenidad, ¿no será una felicidad, la calma en medio de las tempestades de la vida?.


Al ignorar la realidad espiritual que lo cerca y la continuidad de la vida después de la muerte del cuerpo físico, el  hombre carnal, más apegado a la vida corporal que a la espiritual, tiene en la Tierra penas y placeres materiales. Su felicidad consiste en la satisfacción fugaz de todos sus deseos. Su alma, preocupada y angustiada constantemente por los avatares de la vida, se mantiene en una ansiedad y una tortura perpetuas. La muerte lo atemoriza porque duda del futuro y porque tiene que dejar en este mundo todos sus afectos y esperanzas. El hombre moral, que se ha elevado por encima de las necesidades ficticias que crean las pasiones, obtiene ya en este mundo, gozos que el hombre material desconoce. La moderación de sus deseos le brinda calma y serenidad al Espíritu. Dichoso por el bien que realiza, no sufre decepciones, y las contrariedades se deslizan por su alma sin dejarle ninguna impresión dolorosa.

De esa manera muchos se sorprenden de que haya en la Tierra tanta maldad, tantas pasiones viles, tantas miserias, enfermedades de toda clase, y llegan a la conclusión de que la especie humana es una triste cosa. Pero este juicio proviene del punto de vista limitado en el que se colocan quienes lo emiten, que les da una falsa idea del conjunto. La situación material y moral de la Humanidad terrestre no tiene que asombrarnos, porque debemos tener en cuenta el destino de la Tierra y la índole de aquellos que la habitan.

En ese sentido, sabemos que el planeta Tierra pertenece a la categoría de los mundos de expiación y de pruebas, razón por la cual el hombre vive en ella luchando con tantas miserias. El ser humano no puede aún gozar de completa felicidad en el planeta, porque aquí la vida le ha sido otorgada como prueba o expiación. Por lo tanto, depende de él que sus males se suavicen y que sea tan feliz cuanto le es posible serlo en la Tierra. En realidad, el hombre es casi siempre el artífice de su propia desdicha. Si practica la ley de Dios, evitará muchos de sus males y se proporcionará a sí mismo una felicidad tan grande como su existencia grosera se lo permita. Aquel que está bien identificado con su destino futuro no ve en la vida corporal más que una estadía temporaria, un período momentáneo en un pésimo hospedaje. Se consuela fácilmente de los inconvenientes pasajeros que pueda tener durante un viaje que lo conducirá a una posición tanto mejor cuanto mayores hayan sido las precauciones que tomó en los preparativos para emprenderlo.

Debemos recordar que nuestra precaria evolución espiritual representa un serio obstáculo para la correcta utilización del libre albedrío, por eso es que nuestras elecciones no siempre son las más acertadas. Entretanto, a medida que vamos incorporando mayor caudal de conocimiento y de moralidad, comenzamos a darle menos importancia a las exigencias impuestas por la vida en el plano material. En este sentido, el sentimiento de posesión, aceptado generalmente como un estado de felicidad plena, es sustituido por otro: el del desprendimiento de las cosas materiales. Vemos, entonces, que verdaderamente el hombre es desdichado cuando carece de lo necesario para vivir y para mantener la salud del cuerpo. Pero, – es oportuno destacar – puede suceder que esa carencia haya sido ocasionada por su culpa. Entonces, sólo tendrá que quejarse de sí mismo. Si hubiera sido ocasionada por otro, la responsabilidad recaerá sobre aquel que la causó.

Nos enseña la Doctrina Espírita que comúnmente, el hombre es desdichado sólo por la importancia que le otorga a las cosas de este mundo. Producen su infelicidad, la vanidad, la ambición y la codicia, que le causan decepción. Si se ubicara fuera del estrecho círculo de la vida material, si elevara sus pensamientos hacia lo infinito, que es su destino, las vicisitudes de la Humanidad le parecerían insignificantes y pueriles. Aquel que sólo es dichoso satisfaciendo su orgullo y sus apetitos groseros, es desdichado porque no los puede satisfacer, mientras que aquel que no le interesa lo superfluo es feliz con aquello que los otros consideran calamidades. El hombre tiene la facultad de reflexionar sobre los medios de obtener consuelo y de analizarlos. Ese consuelo lo encuentra en el sentimiento cristiano que le brinda la esperanza de un futuro mejor, y en el Espiritismo, que le da la convicción de ese futuro.

Al comprender que somos nosotros los artífices de nuestro destino, comenzamos a ser más cuidadosos con nuestros deseos y con las cosas que elegimos. Con el Espiritismo, ampliamos nuestra visión respecto de las penas y gozos terrestres, y percibimos que las vicisitudes de la vida derivan de dos fuentes muy diferentes que es importante distinguir. Unas tienen su causa en la vida presente; las otras, fuera de esta vida. Si nos remontamos al origen de los males terrestres, se reconocerá que muchos de ellos son consecuencia natural de la índole y del proceder de los que los padecen. ¡Cuántos hombres sucumben por su propia culpa! ¡Cuántos son víctimas de su imprudencia, de su orgullo, de su ambición! ¡Cuántos se arruinan por falta de orden, de perseverancia, por proceder mal, o por no haber sabido limitar sus deseos! ¡Cuántas uniones desdichadas por haber sido el efecto en un cálculo de intereses o de la vanidad en los que nunca intervino el corazón! ¡Cuántas discrepancias y funestas disputas pudieron haberse evitado con un poco de moderación y menos susceptibilidad! ¡Cuántos padecimientos y enfermedades se originan a causa de la intolerancia y de toda clase de excesos! ¡Cuántos padres sufren por causa de sus hijos, por no haber combatido sus malas tendencias desde el principio! Después, cuando cosechan aquello que sembraron, se asombran y se afligen por la falta de consideración con que son tratados, y por la ingratitud que reciben.

Interroguen fríamente sus conciencias aquellos a los que las vicisitudes y decepciones de la vida han herido su corazón. Remóntense paso a paso hasta el origen de los males que los torturan, y comprobarán que la mayoría de las veces podrán decirse: Si yo hubiera hecho – o no hubiera hecho – tal cosa, no estaría en esta situación.

Entonces, ¿a quién ha de responsabilizar el hombre de sus aflicciones sino a sí mismo?.
Muchísimas veces es quien ocasiona sus propios infortunios, pero, en lugar de reconocerlo, le resulta más sencillo y menos humillante para su vanidad acusar a la suerte, a la Providencia, a la fortuna, a su mala estrella, mientras que la mala estrella es sólo su negligencia. Indudable- mente, los males de esta naturaleza son muy numerosos dentro de las vicisitudes de la vida. El hombre los evitará cuando se esfuerce por mejorarse tanto moral como intelectualmente.

En efecto – esclarece el Espíritu François Nicolás Madeleine, - ni la riqueza, ni el poder, ni la florida juventud son
condiciones esenciales para la felicidad. Digo más: ni aún reunidas esas tres condiciones tan deseadas. En este mundo, a pesar de que se haga lo que se pueda hacer, cada uno tiene su parte de trabajo y de miseria, su cuota de sufrimientos y de decepciones. De esto se llega fácilmente a la conclusión de que la Tierra es un lugar de pruebas y expiaciones. Así pues, los que predican que ella es la única morada del hombre y que sólo en ella y en una sola existencia es que le cabe lograr el más alto grado de felicidad que su naturaleza le permita alcanzar, se ilusionan y se engañan aquellos que los escuchan, porque está demostrado a través de una experiencia multisecular, que sólo excepcionalmente este globo reúne las condiciones necesarias para que el individuo sea feliz por completo.

Aquello en que consiste la felicidad en la Tierra es algo muy efímero para aquel a quien no lo guía el buen tino, porque, salvo por un año, un mes o una semana de completa satisfacción, el resto de su existencia es una serie de amarguras y decepciones. Y tened en cuenta, mis queridos hijos, que estoy hablando de los dichosos de la Tierra, de los que son envidiados por las multitudes.


Por consiguiente, si las pruebas y la expiación son características de la morada terrestre, es forzoso admitir que en algún lugar hay moradas más favorecidas donde el Espíritu, aunque continúe encarcelado dentro de la carne material, disfruta plenamente de los goces inherentes a la vida humana. Esta es la razón por la cual Dios sembró en vuestro torbellino esos bellos planetas superiores hacia los cuales vuestros esfuerzos y tendencias os atraerán un día, cuando os halléis lo suficientemente purificados y perfeccionados.



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