sábado, 18 de julio de 2015

Los Mayores Enemigos

Los Mayores Enemigos


Un día, Simón Pedro le preguntó a Jesús:
- Señor, ¿cómo sabré dónde viven nuestros mayores enemigos? Quiero pelearme con ellos, a fin de trabajar de manera efectiva por el Reino de Dios.

Caminaban los dos entre Cafarnaúm y Magdala, bajo el sol resplandeciente de perfumada mañana.
El Maestro le escuchó y empezó una larga reflexión.
Sin embargo, bajo la insistencia del discípulo, le contestó benévolamente:
- La experiencia todo lo revela en el preciso momento.
- ¡Oh! – exclamó Simón, impaciente – la experiencia puede tardar muchísimo.
El Divino Amigo le esclareció, imperturbable:
- Para los que poseen “ojos de ver” y “oídos de oír”, una hora puede bastar para aprender inolvidables lecciones.

Pedro se calló, desencantado.
Antes que pudiera retornar a las interrogaciones, notó que alguien se escabulló por detrás de viejas higueras, erguidas a la orilla. El apóstol empalideció y le obligó al Maestro a interrumpir la marcha, declarando que el desconocido era un fariseo que le quisiera asesinar. Con palabras ásperas le desafió al viajante anónimo a marcharse, amenazándole, con mucha irritabilidad. Y cuando intentaba cogerlo, por fuerza, diamantina carcajada se oyó. La suposición era injusta. En lugar de un fariseo, fue Andrés, su propio hermano, quien apareció sonriente, asociándose a la pequeña caravana.

Jesús enderezó expresivo gesto a Simón y obtemperó:
- Pedro, nunca te olvides de que el miedo es un terrible adversario.
Recompuesto el grupo, no habían avanzado mucho, cuando avistaron a un levita que recitaba pasajes de la Torá y les dirigió la palabra, menos respetuoso.


Simón se llenó de cólera. Reaccionó y discutió, ajeno de nociones de tolerancia fraterna, hasta que el interlocutor se fugó, amedrentado.
El Maestro, entonces silencioso, fijó en el aprendiz los ojos muy lúcidos e inquirió:
- Pedro, ¿cuál es el primer deber del hombre que se postula al Reino Celeste?
La respuesta fue clara y breve:
- Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
- Habrás observado la regla sublime, en este conflicto. – siguió el Cristo, serenamente – recuerda que, antes de todo, es indispensable nuestro auxilio al que ignora el verdadero bien; no olvides que la cólera es un perseguidor cruel.

Más adelante encontraron a Teofrasto, judío griego, vendedor de perfumes, que informó sobre cierto Zeconias, leproso sanado por el profeta nazareno y que había huido a Jerusalén, donde acusaba al Mesías con falsas acusaciones.
El pescador no se contuvo. Gritó que Zeconias era un ingrato, mencionó los beneficios que Jesús le había prestado y se consagró a largos y amargosos comentarios, maldiciéndole el nombre.
Cuando terminó, Cristo le indagó:
- Pedro, ¿cuántas veces perdonarás a tu hermano?
- Hasta setenta veces siete – contestó el apóstol, humilde.
El Amigo Celeste le contempló, calmo, y remató:
- La dureza é un verdugo del alma.

No atravesaron gran distancia y encontraron a Rufo Gracus, un aciano romano semiparalítico, que les sonrió, desdeñoso, del alto de la litera sostenida por los fuertes esclavos.
Marcándole el gesto sarcástico, Simón habló sin disimulo:
- Deseaba curarle a ese pecador impenitente, a fin de doblarle el corazón a Dios.
Jesús, sin embargo, le acarició el hombro y añadió:
- ¿Por qué instituiríamos la violencia en el mundo, si el propio Padre nunca se impuso a nadie?
Y, ante el compañero desilusionado, concluyó:
- La vanidad es un verdugo sutil.

Algunos minutos más tarde, para breve merienda, llegaban a la hospedería modesta de Aminadab, un seguidor de las ideas nuevas.
A la mesa, un cierto Zadias, liberto de Cesarea, se puso a comentar los hechos políticos de la época. Expuso los errores y excesos de la Corte Imperial, cuando Simón respondió, colaborando en la poda verbal. Dignitarios y filósofos, administradores y artistas extranjeros sufrieron acusaciones hirientes. Tiberio fue mencionado con impiedosas recriminaciones.
Terminada la animada palestra, Jesús le preguntó al discípulo si acaso  alguna vez había estado él en Roma.
La aclaración fue inmediata:
- Nunca.
El Cristo sonrió y comentó:
- Hablaste con tanta desenvoltura sobre el Emperador, que me pareció estar delante de alguien que con él había convivido íntimamente.
En seguida, añadió:
- Seamos conscientes de que la maledicencia es terrible tirano.
El pescador de Cafarnaúm se calló, desconcertado.

El Maestro contempló el paisaje exterior, mirando la posición del astro del día, como a consultar el tiempo, y, volviéndose hacia el compañero desidioso, comentó con benevolencia:
- Pedro, desde hace precisamente una hora intentabas encontrar la morada de nuestros mayores adversarios. Desde entonces, cinco de ellos aparecieron entre nosotros: el miedo, la cólera, la dureza, la vanidad y la maledicencia... Como has de reconocer, nuestros peores enemigos viven en nuestro propio corazón.
Y, sonriendo, concluyó:
- En nuestro interior, se entablará la guerra más grande.

La Doctrina Espírita, como las enseñanzas de Jesús, nos propone la lucha contra las propias adversidades. Debemos acoger a nosotros mismos, con la aceptación de nuestros límites personales, de nuestros conflictos y dolores, pero sin dejar que nos venzan o nos anulen. Es natural que el hombre encuentre, en el fenómeno de las vidas sucesivas, las luchas acerbas que le conducirán al autoconocimiento, autodominio y la autosuperación, con la conquista del autoamor y del amor al prójimo.



Lección 31 del libro “Luz Acima” del espíritu Hermano X (pseudónimo de Humberto de Campos, escritor brasileño; 1886 - 1934) y psicografiado por Francisco Cândido Xavier. (N. de la T.)  Traducción libre al castellano de Rosiani Gonçalves. 

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